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domingo, marzo 08, 2009

Los hijos de Stalin y la deshonestidad burguesa

Uno de los grandes consuelos de un archiconservador reside en ver un grupo político que se mantiene inamovible. Y no solamente en sus principios, que ya sería de agradecer, sino también en sus conclusiones más elementales y en sus métodos. Desde Cuba nos llega una de esas noticias que confirman la solidez histórica del gran partido totalitario.

Uno pensaba que se habían terminado las purgas estalinianas, pero, ay, qué alivio, todavía subsisten, todavía quedan gentes con principios totalitarios vivos.

¡Qué consuelo, en medio de tantos que truecan sus raíces cristianas por un plato de lentejas!

La anécdota es sencilla. Carlos Lage y Felipe Pérez, ex Vicepresidente y ex Canciller, fueron destituidos por Raúl Castro, acusados de ambición y de conductas indebidas. ¿Qué pecados exactamente? No lo sabemos, porque la Revolución es muy caritativa con quienes la han servido por décadas. Quizás ambicionaban ejercer el poder durante cincuenta años . . . No, no, eso no puede ser pecado, si Fidel y Raúl lo hacen. Quizás sus “conductas indebidas” . . . No, no quiero ni pensarlo, porque Fidel y Raúl . . .

Lo más reconfortante de este elegante proceso es que los acusados no se defendieron. Dieron así un ejemplo de entereza a los viles burgueses, los no comunistas, que suelen patalear, heridos, cuando les enrostran algún error. ¡No, señores, faltaba más! Los compañeros Carlos y Felipe reconocieron sus miserias en sendas cartas publicadas en Granma, el periódico por medio del cual se ejercita ordenadamente la libertad de prensa en la Isla.

Mirad qué humildad: “Reconozco los errores cometidos y asumo la responsabilidad”, afirmó Lage. “Considero que fue justo y profundo el análisis realizado en la pasada reunión del Buró Político”. Y el ex Canciller: “Reconozco plenamente que cometí errores, que fueron analizados ampliamente en dicha reunión”.

Y renunciaron a todo. Salvaron su honra revolucionaria; quizás, la libertad; en una de esas, aun la vida.

Y los chilenos que contribuyen al ascenso del Partido Comunista son la comparsa del movimiento totalitario.

Sí, compatriotas, el Partido Comunista es el representante vivo de la experiencia totalitaria: una ignominia para la Humanidad. 

Ante este hecho macizo, nuestros políticos y nuestros intelectuales laboran en vano por construir argumentos que justifiquen la complicidad de los defensores de la sociedad libre, especialmente si son cristianos, con el progreso del comunismo. Y no es aceptable ninguna estratagema de sofistas resabiados que conceda al Partido Comunista lo que no se concedería, en las mismas circunstancias, al Partido Nacionalsocialista.

Yo entiendo que, durante el primer tercio del siglo XX, los burgueses trataran a los partidos totalitarios como si fueran dignos de participar en el diálogo político. Solamente algunos espíritus preclaros, como Romano Guardini, vieron que a los nazis y a los comunistas había que combatirlos sin ambages. C. S. Lewis incluso denunció la trampa moral de detenerse a pensar cuál de los dos movimientos totalitarios sería el peor. Así se resbalaba por la pendiente interminable de “optar por el mal menor”. Se terminaba en la complicidad con uno de los dos sistemas.

Comprensión para los ingenuos del comienzo, bien, concedida. Pero después del completo desvelamiento de los horrores totalitarios y de sus raíces ideológicas, esa actitud cómplice no admite ni siquiera una mirada de disculpa. Me remito a las obras ya antiguas de Raymond Aron, Hannah Arendt y Karl Popper. Sugiero la lectura —se lee como una novela, con todo rigurosamente documentado— de Richard Overy: “Dictadores”. Me uno a la reflexión de Alain Besançon en “A Century of Horrors”, que denuncia la asimetría de la memoria colectiva sobre estos gemelos del mal. Al mismo tiempo que todos se pronuncian contra el nazismo a la menor muestra de presencia pública, como un obispo cismático que niega el Holocausto o el funeral de Miguel Serrano, el comunismo genocida goza de una amnesia y de una amnistía casi unánimes, no solamente de parte de los que todavía lo apoyan —una inmoralidad incomprensible—, sino también de quienes han sido sus enemigos y aun de sus víctimas.

De manera que no se discute acerca de acoger en la mesa a nuestros adversarios civilizados, sino sobre si facilitar o no que un enemigo de la civilización vuelva por sus fueros.

Todavía no encuentro al intelectual coherente que propicie similar apoyo para los neo-nazis.

Y los políticos que actualmente dudan, particularmente los democratacristianos, exhiben solamente oportunismo e hipocresía. Si fueran sinceras sus razones de principio en esta materia, no habrían pasado veinte años sin pactar con los hijos de Stalin.


domingo, noviembre 30, 2008

La izquierda en América

En diciembre de 2007 se llevó a cabo una reunión académica en la Universidad de Princeton para analizar el alza de la izquierda en América durante los últimos diez o quince años. El Instituto Witherspoon —un pujante think tank situado en Princeton, independiente de la Universidad— y la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton convocaron a un grupo de políticos, académicos y líderes de opinión, bajo este título magnífico: «La Globalización y el Surgimiento de la Izquierda en América Latina», para discutir acerca de los cambiantes roles y objetivos de la izquierda política en nuestras tierras (la cursiva corresponde a mi traducción o síntesis del texto ofrecido por los organizadores).

Vamos a analizar cómo se plantearon las cuestiones y el marco conceptual de las respuestas.

¿Qué condiciones llevaron al resurgimiento de la izquierda en América en la última década? ¿No os parece que las condiciones sociales de la última década —miseria extendida, oligarquías centenarias, debilidad de las instituciones, corrupción política y administrativa . . .— son, sencillamente, las de siempre? En cambio, el hombre civilizado parece suponer, cuando pregunta, que algo ha cambiado, que unas condiciones, que antes no existían, ahora, de la noche a la mañana, hacen surgir a Chávez y Lula y Morales y Bachelet. No, por desgracia: ¡todo estaba ahí desde hacía décadas! Solamente una cosa había cambiado: no hay ya la guerra fría, ni, por ende, el marxismo revolucionario de los sesenta y setenta, ni, por tanto, la lucha represiva militar de esos mismos años, esa autodefensa desesperada de los pueblos americanos contra la amenaza de una dictadura totalitaria como la de Cuba. Quitad la fuerza para reprimir la revolución y tendréis otra vez la revolución; eliminad el apoyo totalitario a la revolución —la fuerza del comunismo violento— y ya no tendréis una auténtica revolución, sino izquierdistas liberalizados, que han aprendido a no provocar la ira de los dioses.

¿Hay dos izquierdas —se pregunta el nortino desconcertado—: una heredera de la lucha comunista o proletaria y otra populista y nacionalista? ¿Cómo se relacionan los líderes de una izquierda con los de la otra? ¿Cuál es más fuerte y por qué? Aquí sí que tenemos una paradoja. Si ustedes recuerdan, durante las luchas sociales del siglo pasado los nacionalistas y los populistas —especialmente los nacionalistas— eran considerados de derecha. ¿De dónde procede, entonces, que ahora parezcan ser de izquierda? Ya os lo he explicado en otras ocasiones: ¡de la astucia!

El paradigma es Hugo Chávez. Él intentó primero ser un militar golpista. Su ideología es sencilla, como la de cualquier líder totalitario: no importan los medios, con tal de ganar el poder. El líder venezolano, tan carismático, tan mono él, tuvo la inmensa suerte de fracasar en su golpe militar, y de ser perdonado cuando debió haber sido pasado por las armas, como cualquier militar que se subleva. Entonces volvió por sus fueros de la mano de un discurso rojo, donde el socialismo y el marxismo leninismo y el populismo y el amedrentamiento de los opositores —tantos han huido ya de su patria— son un totum revolutum que ha servido para neutralizar la crítica de los izquierdistas. El razonamiento es falaz, pero eficaz y subliminal: «él está contra Bush; yo estoy contra Bush; ergo, él y yo estamos juntos».

Es que los izquierdistas del mundo desarrollado suelen ser fáciles de manipular desde la distancia.

Mas ahora fijaos en otras preguntas que preocuparon sobremanera a todos los participantes en la conferencia: ¿Cuál es el futuro de la política democrática en América Latina? ¿Qué ha sucedido con la construcción de un consenso transversal, más allá de las fronteras partidistas? ¿Qué ha sucedido a las instituciones que sirven de soporte a la democracia, incluyendo la rama judicial y el sistema de partidos políticos? ¿Quién denunciará los abusos contra los derechos humanos? ¿Lo veis? ¿No entendéis la angustia, acaso? Es la pregunta que tanto escuchamos desde niños, siguiendo la serie mexicana «El Chapulín Colorado»: «Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?». No se os oculta —os considero a todos bien maduros— que esta preocupación legítima supone cierta visión idílica de lo que sucedía antes, como si hubiera habido un consenso transversal duradero en América, y una institucionalidad jurídicamente estable, y una judicatura impoluta. Salvo el caso de Chile, donde la mayoría estimó sensato recoger el legado del gobierno de Augusto Pinochet y hacerle algunos ajustes menores —precisamente mediante consensos transversales—, en el resto de América ha habido una lucha que ha terminado por cansar a los países o por destruirlos. Algunos gobiernos de derecha han conseguido sentar las bases de una institucionalidad seria: Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Ecuador —antes del desastre reciente—, Brasil —Lula no lo ha tocado— y Uruguay, por ejemplo. Se trata, sin embargo, solamente de las bases, pues queda mucho por hacer para que todo eso funcione como en países serios.

Lo más preocupante es la referencia a los abusos de los derechos humanos. El cuadro es el siguiente: cuando eran violados sistemáticamente por regímenes de derecha, es decir, militares, ahí estaban los movimientos de la izquierda local y universal para denunciar esos crímenes. Sí, siempre lo he sostenido: verdaderos crímenes, sin paliativos; pero que jamás hubieran llegado a existir si los ciudadanos perseguidos por la revolución izquierdista —criminal y violenta a su vez— no hubieran sido forzados a llamar en su defensa a las . . . bueno, para eso están: las fuerzas de la defensa nacional. Mas ahora que las armas callan, y que los gobiernos están en manos de quienes, por definición, nunca violan los derechos humanos, sino que siempre denuncian a sus enemigos, que son los que los violan, entonces, ¿quién podrá denunciarlos?

El marco conceptual de este tipo de preguntas revela cómo nos ven desde donde se ha alcanzado un nivel de cultura y de institucionalidad cívica asombroso. Estados Unidos —su gente, sus instituciones— tiene energía y generosidad para ocuparse de sus problemas y de los nuestros por añadidura: ¡gracias!

domingo, septiembre 21, 2008

El totalitarismo democrático de Hugo Chávez

He releído, en el último tiempo, algunos intentos de describir el totalitarismo, intentos incluso de comprenderlo. Me impulsa la convicción de que las condiciones culturales, históricas y políticas, que hicieron posible los regímenes totalitarios, y especialmente la más básica de todas —el nihilismo de masas—, siguen vigentes: solamente falta el líder y el movimiento gnóstico —sigo el diagnóstico de Eric Voegelin— que unifique las fuerzas políticas y las oriente hacia la dominación total. Vale la pena pensar en los totalitarismos: no porque estemos así seguros de evitarlos, pues los menos son los que piensan en este mundo, sino, cuando menos, para alcanzar a huir, llegado el caso, o para morir en la defensa de un orden social justo.

 
Las teorías sobre el totalitarismo son un intento desesperado por redimir al hombre mediante la comprensión de un mal que supera toda comprensión humana, que empuja a creer en el infierno más que en Dios. Un intento de comprensión fracasa cuando se topa con el mysterium iniquitatis. Además, a veces me asalta el temor, la sospecha, de que la explicación racional puede enmascarar una falsa tranquilidad individual y social: la ilusión de haber redimido al hombre mediante esa misma razón que, desbocada y cruel, lo hundió en el abismo. Yo rechazo el vano intento de redención, de exorcizar nuestros demonios a fuerza de leer y hablar y escribir. Sin embargo, aun sin concederle un poder curativo o catártico a las palabras humanas que escudriñan nuestras miserias y se ofrecen a enmarcarlas en un cuadro racional, más nos vale acoger las chispas pequeñas de la razón moral: mejor es vivir alertas ante lo que podría repetirse que caer otra vez en la tentación totalitaria por falta de pensamiento.

 
Desde Arendt y Voegelin hasta nuestros días, todas las sugerencias tienen su atractivo y la profundidad que el tema amerita. A los mortales, con todo, nos cuesta penetrar en las sutilezas de la reflexión filosófica sobre el mal totalitario. No me es fácil optar por explicaciones excluyentes, y creo que no lo voy a hacer. Cada mirada aporta una pincelada al cuadro macabro de aquello que sucedió y sigue acaeciendo. Mi visión personal apunta a esto último: que continúa sucediendo lo que abominamos del pasado. Y se repite la historia: que los contemporáneos, especialmente la masa de los ciudadanos donde el fenómeno totalitario se instala a sus anchas, no lo advierten como un mal radical sino como una opción salvadora y necesaria.

 
Incluso sucede, a veces, que quienes observan el fenómeno totalitario desde lejos, quienes podrían sacudirse el embrujo de la mirada del líder totalitario, no lo hacen y se convierten en cómplices del terror y de la muerte. Lo he pensado especialmente hoy, cuando un compatriota critica al régimen de Hugo Chávez, en Venezuela, y, al hacerlo, describe los rasgos del sistema totalitario tal como lo han descrito los mejores teóricos. No parece advertir que se trata de la descripción de un líder totalitario al menos en los siguientes rasgos.
Por una parte, afirma que “el rasgo más notorio de Chávez es su carácter mayoritario”, porque fue electo con el 56% de los votos, y ganó un referendo con más del 90%, a pesar de haber intentado un golpe en 1992. “Casi todos sus actos se encuentran refrendados por votaciones, mitines y plebiscitos”, nos dice. ¿Quién no recuerda que Adolfo Hitler también intentó un golpe en Baviera (1923), para diez años más tarde terminar como flamante Canciller de Alemania? Y de ahí en adelante, todo fue sobre rieles tan democráticos como los que transita Chávez.

 
Por otra parte, el comentarista que comentamos le reprocha, a Chávez —y eso que hace no tanto hizo una defensa más generosa del totalitario bolivariano—, el tener “una tendencia … a pisotear … los derechos de los individuos”. Dice que “en Venezuela gobierna la mayoría; pero cada día que pasa se arruinan el conjunto de procedimientos, mecanismos y alternativas para que la minoría excluida del gobierno pueda abrigar la esperanza de hacer eso a que tiene derecho en todas las democracias del mundo: ganar competitivamente la voluntad de los mismos que por ahora apoyan a Chávez”. Su conclusión es sencilla: “El modelo bolivariano … es entonces un gobierno demócrata, pero iliberal”.

 
Así han sido los regímenes totalitarios.

 
En fin, otros rasgos de Chávez son también propios del régimen totalitario: “muestra, con exceso, que uno de los defectos de la izquierda latinoamericana” es “esa tendencia al mesianismo y a los atajos que acaba estropeando los bienes menos ambiciosos, pero más reales, de los derechos civiles y políticos del individuo”. El mesianismo y el carácter revolucionario, que pretende destruir lo establecido para instaurar la utopía, son características que los modelos de Hitler y de Stalin exhiben de manera prominente. De manera que no se trata, simplemente, de un “defecto de la izquierda latinoamericana”, sino de un rasgo de todos los regímenes de izquierda radicales. La propaganda comunista logró, en tiempos de la Guerra Fría, situar a Hitler y el fascismo “a la derecha”, y al comunismo de Stalin y Mao “a la izquierda”, pero ya es hora de poner del mismo lado a los enemigos de la libertad y del orden. Todos promueven lo mismo: la dominación total con el apoyo democrático de las masas y el exterminio programado de quienes se oponen.
En Venezuela, las amenazas de muerte contra los opositores, los secuestros y las desapariciones son cosa corriente desde hace, por lo menos, ocho años. El comentarista lo ignora (cree que no hay desaparecidos ni torturados …: ¡feliz, él!). Los grupos defensores de los derechos humanos no se atreven a atribuirle, al régimen totalitario, lo que realiza por medio de matones, de ataques que oficialmente se confunden con la delincuencia común. Por eso, el Informe de Human Rights Watch (2008) es, en realidad, timorato. Es como si narrara lo que los nazis hicieron abiertamente, mediante leyes y decretos, y callara el resultado de las órdenes orales. ¡Se negaría el Holocausto!