Los hijos de Stalin y la deshonestidad burguesa
Uno de los grandes consuelos de un archiconservador reside en ver un grupo político que se mantiene inamovible. Y no solamente en sus principios, que ya sería de agradecer, sino también en sus conclusiones más elementales y en sus métodos. Desde Cuba nos llega una de esas noticias que confirman la solidez histórica del gran partido totalitario.
Uno pensaba que se habían terminado las purgas estalinianas, pero, ay, qué alivio, todavía subsisten, todavía quedan gentes con principios totalitarios vivos.
¡Qué consuelo, en medio de tantos que truecan sus raíces cristianas por un plato de lentejas!
La anécdota es sencilla. Carlos Lage y Felipe Pérez, ex Vicepresidente y ex Canciller, fueron destituidos por Raúl Castro, acusados de ambición y de conductas indebidas. ¿Qué pecados exactamente? No lo sabemos, porque la Revolución es muy caritativa con quienes la han servido por décadas. Quizás ambicionaban ejercer el poder durante cincuenta años . . . No, no, eso no puede ser pecado, si Fidel y Raúl lo hacen. Quizás sus “conductas indebidas” . . . No, no quiero ni pensarlo, porque Fidel y Raúl . . .
Lo más reconfortante de este elegante proceso es que los acusados no se defendieron. Dieron así un ejemplo de entereza a los viles burgueses, los no comunistas, que suelen patalear, heridos, cuando les enrostran algún error. ¡No, señores, faltaba más! Los compañeros Carlos y Felipe reconocieron sus miserias en sendas cartas publicadas en Granma, el periódico por medio del cual se ejercita ordenadamente la libertad de prensa en la Isla.
Mirad qué humildad: “Reconozco los errores cometidos y asumo la responsabilidad”, afirmó Lage. “Considero que fue justo y profundo el análisis realizado en la pasada reunión del Buró Político”. Y el ex Canciller: “Reconozco plenamente que cometí errores, que fueron analizados ampliamente en dicha reunión”.
Y renunciaron a todo. Salvaron su honra revolucionaria; quizás, la libertad; en una de esas, aun la vida.
Y los chilenos que contribuyen al ascenso del Partido Comunista son la comparsa del movimiento totalitario.
Sí, compatriotas, el Partido Comunista es el representante vivo de la experiencia totalitaria: una ignominia para la Humanidad.
Ante este hecho macizo, nuestros políticos y nuestros intelectuales laboran en vano por construir argumentos que justifiquen la complicidad de los defensores de la sociedad libre, especialmente si son cristianos, con el progreso del comunismo. Y no es aceptable ninguna estratagema de sofistas resabiados que conceda al Partido Comunista lo que no se concedería, en las mismas circunstancias, al Partido Nacionalsocialista.
Yo entiendo que, durante el primer tercio del siglo XX, los burgueses trataran a los partidos totalitarios como si fueran dignos de participar en el diálogo político. Solamente algunos espíritus preclaros, como Romano Guardini, vieron que a los nazis y a los comunistas había que combatirlos sin ambages. C. S. Lewis incluso denunció la trampa moral de detenerse a pensar cuál de los dos movimientos totalitarios sería el peor. Así se resbalaba por la pendiente interminable de “optar por el mal menor”. Se terminaba en la complicidad con uno de los dos sistemas.
Comprensión para los ingenuos del comienzo, bien, concedida. Pero después del completo desvelamiento de los horrores totalitarios y de sus raíces ideológicas, esa actitud cómplice no admite ni siquiera una mirada de disculpa. Me remito a las obras ya antiguas de Raymond Aron, Hannah Arendt y Karl Popper. Sugiero la lectura —se lee como una novela, con todo rigurosamente documentado— de Richard Overy: “Dictadores”. Me uno a la reflexión de Alain Besançon en “A Century of Horrors”, que denuncia la asimetría de la memoria colectiva sobre estos gemelos del mal. Al mismo tiempo que todos se pronuncian contra el nazismo a la menor muestra de presencia pública, como un obispo cismático que niega el Holocausto o el funeral de Miguel Serrano, el comunismo genocida goza de una amnesia y de una amnistía casi unánimes, no solamente de parte de los que todavía lo apoyan —una inmoralidad incomprensible—, sino también de quienes han sido sus enemigos y aun de sus víctimas.
De manera que no se discute acerca de acoger en la mesa a nuestros adversarios civilizados, sino sobre si facilitar o no que un enemigo de la civilización vuelva por sus fueros.
Todavía no encuentro al intelectual coherente que propicie similar apoyo para los neo-nazis.
Y los políticos que actualmente dudan, particularmente los democratacristianos, exhiben solamente oportunismo e hipocresía. Si fueran sinceras sus razones de principio en esta materia, no habrían pasado veinte años sin pactar con los hijos de Stalin.