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jueves, junio 08, 2006

Dan Brown: ¿se nos pasó la mano?


Dan Brown chatea conmigo.

—Chris, haz caído en la tentación, al dejar de lado tu rigurosidad argumentativa . . . Haz caído en el juego, ya no podrás criticarlo.

—Dan, recuerda tus lecciones de español, se escribe “has caído”, no con zeta sino con ese.

—Ya poh, Chris, ponte serio de una vez poh ho —chateó en chileno, el desgraciado, para emocionarme, siempre lo hace—.

—No puedo, si cada vez que oigo sobre tu Código me baja la risa, más cuando reconstruyo la historia oculta, tú sabes, la que comenzó en Frankfurt.

—Look, Chris, look —replicó, se notaba impaciente—: be reasonable! Te sugiero que dejes de escribir sobre esto. Sé que tienes cosas mucho mejores para aportar, tal como se ve en posts anteriores.

Sentí un secreto orgullo antes de responder: ¡Dan Brown ha leído mis posts anteriores!

—¿Y por qué había de reírme de la Concertación de Partidos por el Poder y del humanismo cristiano, y de nada más? Oye, a propósito, tu consejo suena un poco como a amenaza.

—I will sue you, man, if you do not stop this bullshit —confirmó mis sospechas—.

—Anda, Dan, be nice, déjame terminar con lo prometido nada más —supliqué—. Después me autocensuro, me dedico a la fe, con fuerza y amor, que a los códigos se los llevará el viento. Mira que María Magdalena quiere saber más secretos, y a Cambiaelmundo le gusta la reducción al absurdo, y Marta me pone un enlace de inmediato (un enlace virtual, se entiende, que ella es tan casta como tú).

—O.K., Chris, go on, man (léase meeeaaannn), publica el resto de la historia, pero que sea breve —terminó Dan, y remató con un dejo de ironía—: al fin y al cabo, a ti te van a leer cuatro gatos y no cien millones de almas como a mí.

Frankfurt, noviembre de 1989, según los documentos de la CIA en Google premium.

Bouillon recibió a Mr. Brown en el salón VIP del aeropuerto internacional. Le presentó a un negro como de dos metros, negro-negro de veras.

—Mr. Gnchucu, éste es nuestro hombre —dijo el Merovingio—.

—Dan, Mr. Amín Gnchucu es Cooperador. Él es el único dueño del Grupo Bertelsmann, a través de diversas sociedades, por cierto, que no te imaginas la que se arma aquí si se enteran de que el dueño es negro (perdone, Herr Gnchucu, mi realismo), aunque peor sería que supieran que es Cooperador del Opus Dei.

—Mr. Brown, el negocio es muy sencillo —comenzó Herr Gnchucu—. Nuestra empresa ha adquirido las más importantes editoriales del mundo, entre ellas Doubleday. Posee también parte principal de Sony Inc. Hemos diseñado un plan para rescatar al Opus Dei de la campaña difamatoria iniciada en Alemania. Usted ha sido elegido para escribir un libro, que luego será llevado al cine. Su lema será el consabido “lo importante es que hablen de ti, aunque sea bien”.

Dan entendió, entonces, que debía hablar mal. ¡Genial! ¡Qué mejor que una polémica para vender y aparecer en todos los diarios y hacernos famosos! De inmediato expuso un bosquejo de su idea, lo que sería El Código Da Vinci. Al negro le pareció un poco herético, sí, pero, en fin, el creativo no era él, sino Brown. Además era obvio que era broma.

—Eso no es todo, Mr. Brown —continuó Amín Gnchucu—. Se trasladará usted a Hollywood dentro de un par de años. Ahí conocerá a su futura esposa, Blythe Newlon, una Cooperadora experta en marketing, que se encargará de todo. Usted solamente debe obedecer, y escribir, sobre todo escribir.

—But, but . . . —tartamudeó Dan—: I am a Numerary, I am a virgin! This is impossible!

—No se preocupe, Mr. Brown, su integridad está ga-ran-ti-za-da —sentenció Gnchucu solemne—. Ella es doce años mayor que usted. Será solamente un matrimonio de conveniencia, totalmente nulo. Solamente compartirán el escritorio.

—But . . . who the hell will believe that?

—Hombre, que si llegan a creer que Jesucristo, que ha otorgado a tantos el don del celibato por el Reino de los Cielos, se casó y tuvo descendencia, al final también creerán que Dan Brown fue un Numerario virgen.

—O, that’s a good point. My novel is a joke, my marriage is a joke, only my virginity is real. And the Father, does he agree with all this mad plan?

—Él no conoce los detalles —intervino Bouillon—. Ha dicho que actuemos con libertad y responsabilidad.

—Pero la carta —Dan cambió al castellano— decía que me reuniría aquí con él.

En ese preciso momento entró Aringarosa. Se dirigió de inmediato a Dan:

—Tienes una misión clave.

—Yes, Father.

—Hazlo lo mejor que puedas, con libertad, que yo no me meto; sigue el plan de nuestro amigo, el negro de Bertelsmann.

—Yes, Father.

—Y no dejes de usar tus disciplinas y tu cilicio, ni de dormir en el suelo.

—Yes Father. Pero —otra vez cambió al castellano—, ¿por qué yo, humilde servidor inútil?

—Sí, hijo mío, tendrás que ser humilde. He leído tus cartas, trata de no mancharlas con sangre; he leído tus cartas y me he reído mucho. Eso es lo que necesitamos: una buena comedia, en un inglés para las masas. Tú sabrás hacerlo.

—Yes, Father —respondió Dan con un dejo de orgullo—. Y todo esto será secreto, ¿verdad?

—No lo creo, hijo mío —respondió Aringarosa—. No habéis limpiado los micrófonos ocultos: hay uno bajo mi asiento, otro en ese macetero, dos en la punta de la mesa, y ese cuadro de los delfines es un solo gran micrófono.

Bouillon se abalanzó sobre el cuadro y lo dio vuelta. Todos leyeron en grandes letras rojas: “This secret microphone belongs to the C.I.A. If you find it, please return it to P.O. Box 45789, Florida”.

No había nada que hacer.

—No os preocupéis —terminó Aringarosa—: en el Opus Dei no tenemos secretos.

Solamente amor a la libertad y buen humor.

jueves, junio 01, 2006

El Código Dan Brown: entre ficciones y mentiras

Widenberg es la Residencia del Opus Dei en Münster. ¿Me creerían si les digo que su actual Director, Hartwig Bouillon, es el último descendiente vivo de Jesucristo? Él es Numerario, es decir, célibe, así que, por desgracia, aquí se nos termina la descendencia de su noble familia.

Herr Bouillon es, además, el Director de la Oficina de Información del Opus Dei en Alemania. En la sala de torturas de Widenberg —el desván donde guardamos la bicicleta estática, que el sacerdote suele usar para expiar por nuestros pecados— hemos acumulado todos los documentos necesarios para descifrar el Código Dan Brown. Diré brevemente cuáles son; luego resumiré la historia; pero no tengo espacio para relacionar la historia con los documentos.

Primero contamos con decenas de libros y artículos sobre el Opus Dei. También tenemos todas las comunicaciones secretas entre el Opus Dei y el Grupo Bertelsmann (más no puedo decir porque son secretas). En tercer lugar, no creo que ningún otro investigador tenga las minutas de las reuniones de los protagonistas en su periplo por Europa, América y Japón, en los años ochenta y noventa del siglo pasado, cuando, según esta narración, comenzaba a crearse el mito Dan Brown. Otra información, que no puedo decir si existe o no existe sin arriesgar la seguridad de los informantes, pero que de existir habría sido muy útil, está constituida por los balances y documentos del grupo Bertelsmann, así como por las actas de asambleas secretas sobre el Proyecto Opus Dei. En quinto término, gracias a los servicios premium de Google y Yahoo, disponibles solamente, como todos ustedes saben, para Bill Gates y el Opus Dei, hemos accedido a cuatro millones doscientas cincuenta y ocho mil seiscientas dieciséis páginas web con transcripciones de entrevistas, correos electrónicos, comunicaciones privadas y documentos secretos de los servicios de inteligencia que han participado en la operación. Finalmente, un tesoro: la carta con que Dan habría pedido la Admisión como Numerario en el Opus Dei, así como varias otras misivas suyas dirigidas al Prelado Aringarosa, una de ellas manchada con la sangre de sus disciplinas.

No tengo tiempo de entrar en los detalles para demostrar que todo esto no es una patraña. Me imagino simplemente que nadie pondrá en duda la capacidad de producir documentos de un descendiente del que multiplicó los panes y los peces. Sí, tuvimos que asesinar a unos cuantos idiotas que se interpusieron en nuestro camino. Imagino también que nadie dudará de la capacidad de matar de un descendiente de quien la tenía para resucitar.

Soy consciente de que, como decía Fanny Lewald, “la verdad es a menudo demasiado sencilla como para ser creída”. Os corresponde a vosotros, queridos lectores, decidir qué creer y qué no creer en esta historia tan sencilla. Yo, por mi parte, tengo ante mi vista todos los documentos en los que se basa. No puedo abrigar ninguna duda acerca de su veracidad.

Hasta ahora los lectores o espectadores de El Código Da Vinci se dividen en tres grupos. La mayoría son los simplemente frívolos, los mismos que leían sin inmutarse literatura antisemita antes del Holocausto, simple libertad de expresión. Esos no necesitan pensar ni un instante acerca de qué es verdad o mentira, porque el asunto no tiene nada que ver con la literatura. Otra es la situación de los tarados, que son quienes se devanan los sesos sin saber qué pensar. ¿Se casó Jesús? La Iglesia católica, ¿oculta violentamente una verdad durante veinte siglos, a costa de millones de mártires que mueren por confesar su fidelidad a una mentira? Yo —piensan y dicen— soy católico, pero ¿puedo estar seguro de que los evangelios dicen la verdad y no más bien Dan Brown o el Evangelio de Judas? Son los de siempre, los que para no imponer su verdad a nadie dejan de creer en ella. Un tercer grupo es el de los anticlericales ilustrados. Ninguno de ellos da por buena la literatura de Brown; pero contemplan con agrado la lucha de las fuerzas de la libertad —un imperio editorial y cinematográfico— contra las oscuras presiones de los censores clericales —el Opus Dei y la Iglesia católica—, y se refocilan secretamente, suspiran como beatas con el pensamiento de que la Iglesia y el Opus Dei podrían de hecho ver bajar sus bonos. El fin santifica los medios.

De acuerdo, quedan los inclasificables, que no son ni frívolos, ni tarados ni anticlericales ilustrados. Son quienes han leído o visto el Código por motivos razonables: un crítico de cine, un censor, un periodista, un invitado que no podía rehusar, un despistado excusable . . . Si quieres, para que no te enfades, clasifícate tú aquí.

El punto es que todos se engañan. La clave del Código Dan Brown es ésta.

Dan nació el 22 de junio de 1964, fiesta de santo Tomás Moro, en Exeter, New Hampshire, Estados Unidos. Desde pequeño desarrolló un apego a todo lo religioso. A los diecisiete años conoció, en su exclusivo colegio privado Phillips Exeter Academy, a un Numerario de su edad, Mike. Tuvo una experiencia mística: ¿no será esto también para mí? Dudó, pero cuando supo que la virginidad estaba incluida en el contrato y que, al fin, podría usar cilicios y disciplinas, cayó rendido. Así escribía a Aringarosa: “Father: I wish to become a Numerary: I love the cilice; I am a virgin”. Aringarosa dudó, porque sería el primer Numerario en amar el cilicio así de entrada, y, en cuanto a la virginidad, aunque no tenía estadísticas, no era costumbre en el Opus Dei ir exhibiéndola como un trofeo.

El caso es que, de tanto insistir, Dan fue admitido.

Pasó el tiempo. Era un Numerario ejemplar —hay muy pocos así: yo no conozco a ninguno— cuando, a los veinticinco años, recibió una carta urgente y cinco mil dólares. Debía reunirse dentro de tres días con Aringarosa y Bouillon en el salón VIP del Aeropuerto de Frankfurt.

Su vida estaba a punto de dar un giro inesperado.

jueves, mayo 25, 2006

Toda la verdad sobre El Código Da Vinci

Ya en el capítulo anterior, que quería ser solamente un homenaje a Juan Pablo II, caí en la tentación de mencionar, como contraste, el estreno de El Código Da Vinci. Tenía hasta entonces el firmísimo propósito de no referirme jamás a este episodio que seduce al populacho.

El hecho es que caí en la tentación: nombré El Código. Y como decía ese cínico que la forma más fácil de librarse de una tentación es caer en ella, así me he estado diciendo todo este tiempo que qué importa no cumplir este firmísimo propósito si otros mucho más importantes —a veces incluso más firmes— han quedado también a la vera del camino durante todos estos años que vengo usando las disciplinas y el cilicio (un juego de niños, si lo que no consigo es salir a correr; y la bicicleta estática se trancó a los seis meses: ¡Dios mío, qué tortura!).

En fin, que puestos a ceder a las tentaciones, he decidido contar toda la verdad sobre El Código Da Vinci.

Necesitaré dos capítulos. Si alguien me envía no ya un millón sino solamente doscientos mil dólares, les cuento de una sola vez, en una novela igual de larga que la de Daniel, todos los detalles, hasta los más inverosímiles. Sí, inverosímiles, amigos míos, porque una vez que el mundo entero se revuelca discutiendo acerca de hasta dónde será verdadero el culebrón de Dan Brown, que si Jesús y la Magdalena, que si el Priorato y el Opus Dei, entonces todo puede ser creído.

Hasta la verdad, sólo que ella se nos hace inverosímil.

Y ahora, al fin, ante vuestros ojos incrédulos . . . ¡toda la verdad!

¡No, momento! Tengo que explicar por qué precisamente yo sé la verdad y por qué me decido ahora a publicarla, bien comprimida, ¡y gratis!

Comencemos por lo más fácil. ¿Por qué gratis? Muy sencillo, ingenioso, notable: porque por la verdad nadie paga un centavo. Sería de locos. Todos están dejándole sus doblones apasionadamente a la editorial, a la productora cinematográfica, a Daniel, a los del merchandise, y el último capricho de la polola (la novia; chilenos míos, perdonad, pero ahora registro más lectores extranjeros: nadie es profeta en su tierra . . ., como decía Jesucristo alrededor del año 2000 a. D., antes de Dan) y las cabritas (palomitas de maíz: vid. nota precedente) . . . Todo el mundo está tan ocupado que, cuando se trata de pagar por la verdad, entonces ya de repente son todos pobres, y que pague el Estado, que pague la Iglesia, que paguen los ricos, que pague tu abuela.

Así que nadie iba a pagar por la verdad, mientras yo sentía un impulso irresistible a darla a conocer, siempre brevemente, que, eso sí, tampoco se trata de alargarse gratis. La verdad en una nuez, salvo, como digo, que alguien envíe el maldito cheque.

¿Por qué me decido ahora a desvelar este misterio, la conspiración tras El Código Da Vinci? Ya lo saben ustedes en parte: porque la verdad puja fervientemente por abrirse paso, y, aunque me había propuesto no decir esta boca es mía, he aquí que soy un hombre débil. ¡Ya me gustaría ser fuerte como Silas!

En todo caso, hay un motivo razonable, y es éste: no soporto más la desinformación que campea, que reina inclemente sobre las conciencias. Realmente me apenan esas muchedumbres que han sido engañadas, que creen ver una guerra apocalíptica entre poderes imbatibles: la Iglesia católica y el Opus Dei contra el Imperio Editorial y Cinematográfico de Doubleday y Sony Pictures. (También me apenan, por cierto, los tarados que deliran con la lucha de la Iglesia y el Opus Dei contra el Priorato de Sion).

De manera que, si he desenredado esta madeja increíble, en una labor que comenzó por casualidad y prosiguió como una profunda y larga investigación, me ha parecido ahora hasta un deber darla a la luz pública.

¿Se fijan qué fácil? Lo que pocas líneas más arriba era una tentación, una caída, una debilidad quizás excusable en un tipo veleidoso, ahora se ha transformado en un deber inexcusable para un hombre honrado. ¿Me estaré convirtiendo en liberal?

Por último, me preguntarán ustedes, si a Dan Brown y a su mujer les tomó tantas horas y tanto esfuerzo descifrar su propio código, si hasta tuvieron que leerse un libro inglés casi entero, si la Oficina de Información del Opus Dei y las Conferencias Episcopales han tenido que dedicar tanto tiempo para aclarar su propia versión de los hechos, ¿cómo te atreves tú a pretender que tienes la verdad en este asunto tan complejo? Tú, miserable esbirro, ¿cómo dirás algo distinto, algo que no se haya dicho ya, y que, además, sea verdadero? Tú, tan débil que no puedes ni tenerte cerrada la boca, ¿de dónde sacas las fuerzas para descifrar este misterio de aguas profundas?

Más brevemente: ¿cómo lo sabes?

La humildad es la verdad. Lo sé porque en los últimos años, desde que salió el famoso libro a la calle, he estado recorriendo los lugares clave. He estado en Nueva York, comiendo en el Centro de la Comisión Regional del Opus Dei en Estados Unidos, ese edificio que ha aparecido en todas partes, pequeño en comparación con los que le rodean. He estado en la Universidad de Princeton. He estado en Londres, en Cambridge, en París.

He estado en Villa Tevere, la Sede Central de la Prelatura del Opus Dei en Roma. He estado conversando con el entonces Cardenal Ratzinger en su oficina de la Congregación para la Doctrina de la Fe. He estado en Múnich, en Colonia, en Münster, en Bonn, en Würzburg, en Berlín.

Y en Ciudad de México.

He estado donde ha acontecido esa verdad. He descubierto los documentos que la contienen. He hablado con los protagonistas. Lo sé todo sobre El Código Da Vinci. Y lo revelaré en el próximo capítulo.

La verdad comienza por aquí: ¡Dan Brown es Numerario del Opus Dei!

jueves, mayo 18, 2006

El cumpleaños de Juan Pablo II


Hace catorce años canté el Cumpleaños Feliz a Juan Pablo II, en persona, en otro 18 de mayo. Había trescientas mil personas, apiñadas en la Plaza de San Pedro, así que en realidad cantamos en veinte o treinta idiomas la misma canción de celebración de la vida. Nos daba el sol en la cara, sonaban las trompetas, avanzaba el Papamóvil. La primera vez que el Papa había recorrido la Plaza al descubierto, después del atentado de 1981, había sido el día anterior, cuando la beatificación de Josemaría Escrivá, el Fundador del Opus Dei, ese inolvidable 17 de mayo de 1992.

Recuerdo que el Papa improvisó unas palabras ante los peregrinos: “Esto es algo fuera de lo normal (fuori norma); esperemos que con el tiempo sea lo normal”. Era extraordinario hasta el punto de sorprender a todos. Maravillaban el orden, la alegría de los participantes, la limpieza, esa paz interior que parecía penetrar hasta las piedras milenarias de la antigua Roma. En 1992 era fuori norma; pero luego vinieron las beatificaciones y canonizaciones de Madre Teresa y de Padre Pío y del mismo san Josemaría, canonizado el 6 de octubre de 2002, de nuevo por Juan Pablo II, y la cuasi canonización por aclamación popular, el 2 de abril de 2005, del que había sido como un padre para casi todas las generaciones vivas de hombres y mujeres del mundo entero. “¡Santo subito!”, escribían, clamaban, coreaban, esas muchedumbres que no han cesado de desfilar frente al cuerpo muerto del Mensajero de la Vida.

Las trescientas mil personas que el 17 y 18 de mayo de 1992 eran algo fuori norma, en diez años habían pasado a ser lo normal, lo ordinario.

Trescientas mil, siete mil, cuatrocientas voces, una sola: ¿qué más da? Ese 18 de mayo de 1992 yo estaba frente al Papa Magno. Era como si estuviésemos a solas los dos, como años más tarde, esa mañana del 2000, a la salida de su Misa en su pequeño oratorio. Él podía aún caminar, lentamente. Yo todavía daba gracias por la Eucaristía cuando se me acercó, arrastrando los pies, apoyado en su bastón. Me salí del protocolo, con naturalidad, llevado por no sé qué viento, y le di un beso en la mejilla. Sonrieron todos, él sonrió, musitó: “Ah, Chile, Chile” , y me regaló un rosario. Su faz era ya de músculos fláccidos, su mano temblaba. Pero, ¡Dios mío, qué mirada!

Esos ojos no tenían Párkinson.

Ese fuego de su mirar fijo, enérgico, azul —le sostuve la mirada por amor: para no perderla—, era el mismo fuego del Papa joven, ese que tuvo a Chile entero en sus manos. Se me venía a la memoria, en la intimidad de su biblioteca, cuando le costaba articular las palabras, pero ¡cómo miraba, Dios mío, cómo miraba!, se me venía a la memoria su voz de actor y poeta, de sacerdote encendido, en el Estadio Nacional, un día de abril de 1987. Cuando algunos ideales juveniles comenzaban a marchitarse en el fango de la sensualidad, él sostuvo con la voz y con la mirada (¡Dios mío, Dios mío, cómo miraba!) las esperanzas de la mayoría, el impulso hacia el Amor Hermoso, la renuncia a todos los ídolos, el abrazo brioso a la Vida.

¿Quién no recuerda esa exhortación viril “¡Miradlo a Él!”, de Juan Pablo II apuntando con vehemencia hacia el rostro de Jesucristo?

Mas en esa mañana de enero del 2000, cuando avanzaba el año de la purificación de la memoria, el Papa casi no tenía voz. Ése era el milagro, que hablaba con los ojos. El grito de 1987 en el Parque O’Higgins, cuando el lumpen y una turba de drogadictos agitados por los sembradores del odio prendían fuegos y arrojaban piedras en medio de la Misa de beatificación de Teresa de los Andes, ese grito: “¡El amor es más fuerte!”, fluía el año 2000 de los ojos del Papa cansado, entregado, vivo.

El 13 de mayo de 1981, el Peregrino de la Paz fue alcanzado por una bala asesina en la Plaza de San Pedro. Entre los protagonistas —también en Alí Agca, el instrumento de poderosos intereses ocultos— existe la convicción de que algo preternatural desvió ese proyectil. El turco nunca había fallado antes; era un profesional. (Si cambiara de trabajo, por cierto, podría santificarlo muy bien: ¡podría ser del Opus Dei!) En esa ocasión, inexplicablemente, falló: se interpuso la fuerza de ese nombre dulce y fuerte: ¡Fátima!

El Papa fue salvado por una intervención fuori norma, y vinieron como en cadena otros acontecimientos extraordinarios: el comienzo del fin del totalitarismo soviético, y aun —bajo la cáscara de un comunismo capitalista— del chino y del cubano, todavía incompletos; la paz entre Argentina y Chile; el desarme de tantos grupos violentos en América Latina, proceso aún inacabado.

De la mano del Papa de la Luz vino una renovación en la Iglesia, con focos de apostolado y de santidad que impregnan todos los ambientes, con muchedumbres —hablo de millones— que entregan sus vidas por el Reino de Dios. Juan Pablo II no inventó, no fundó nada. Él acogió, orientó con prudencia exquisita, corrigió, nos hizo ampliar nuestra mirada con la suya, ¡qué mirada!

Y vienen en camino más mujeres y hombres a entregarse: si tan sólo supieran dónde y cómo darse. Tuve un sueño, hace años, donde veía venir cientos de hombres jóvenes, todos de una vez, y pedían que les dejáramos vivir en sacrificio y en silencio, escandalizando a la masa amorfa de los esclavos del dinero, del poder, de los placeres. Sentían en lo más hondo de sí el don del celibato apostólico, el impulso generoso hacia la penitencia —sí: también con cilicios y disciplinas, como los de Madre Teresa y Padre Pío y san Josemaría—, el deseo de desvivirse sin hacerlo notar.

Hoy es el cumpleaños de Juan Pablo II. Le han regalado el estreno mundial de El Código Da Vinci.

El Peregrino de la Paz sonríe desde el Cielo.

jueves, mayo 11, 2006

Todavía quedan fanáticos

Ha comenzado la solemne y apasionada preparación para el más grande acontecimiento que soñar se pueda.

Chile, al fin, estará bien representado.

Por Brasil y por Argentina. ¿Acaso no somos también sudamericanos?

O por Costa Rica. ¿Acaso no somos también americanos?

Los alemanes parecen haberse escogido un paquete para el partido inaugural Alemania vs. Costa Rica. Tienen derecho, los teutones, a desear una victoria inicial en casa, aunque después ya deban merecer ir adelante. Puede haber, sin embargo, una sorpresa. No pensemos que el país centroamericano —americano como nosotros— está dispuesto a jugar de comparsa, a hacer de pushing-ball para los rucios del equipo alemán. No, señor: todavía hay dignidad. Nuestros hermanos saldrán como toros al ruedo, como perros de presa, como profesionales del deporte de multitudes, donde todavía quedan fanáticos.

Saldrán a mojar la camiseta, a patear el balón, a doblegar a sus adversarios, a poner firmes los pies y a gritar y a correr y a sacudir y a temblar. Y a llorar.

Puede haber una sorpresa. Eso significa que igual es probable que pierdan.

O quizás nos representa Estados Unidos. ¿Acaso no son ellos también, como nosotros, americanos?

Vamos bien representados al próximo Mundial, a esa fiesta de los fanáticos que quedan, los únicos que son tolerados en estos tiempos tan intolerantes.

Ya lo estoy viendo. Baja la productividad —qué palabra tan fea— en todos los puntos del planeta, pero de manera dramática en España y América Latina. Si Brasil va bien, Lula termina de embolsarse unos cuantos millones. Si Brasil va mal, aumentan los suicidios en el país de la alegría y de la zamba. Si Argentina va bien, Kirchner termina su gobierno con números azules —me refiero a los números de Kirchner, no a los del gobierno—; si va mal, volvemos a ver el caos argentino en la primera plana de los periódicos del mundo. ¿Y España? España va siempre mal. Tenían que optar entre el fútbol y los maricas.

Ya lo estoy viendo. Estados Unidos pasa a la segunda vuelta. Fiesta americana. Se multiplica el merchandise. Surgen negocios para los gringos fanáticos. Vuelos charter para más gringos latinos, vuelos especiales para ese tercio de obesos. Si parece que está delante de mis ojos la nueva publicidad: "por el precio de uno, ocupe usted dos asientos". O mejor: "viaje usted con su pareja por el precio de tres solamente". Se venden balones de fútbol con la imagen, la caricatura, de George Bush. Con alguna frase suya del tipo: "I know that soccer is something important to all of us, including myself". Si Estados Unidos llega a las semifinales, quizás envían a la señora Rice, de camino hacia Irán. Y los europeos, especialmente los alemanes, que, como en los años treinta, se creen todo lo que les dice la prensa oficial, odiarán más a Bush y a Rice y a los pobres gringos, que solamente van por el mundo llevando la paz y la victoria (¿o acaso 1945 está muy lejos en la memoria alemana?).

Ya lo estoy viendo. Chile, por eso de que ahora está tan bien representado, paraliza sus actividades. Es muy difícil que no estemos representados en las semifinales. Hasta un país europeo podría representarnos. ¿Acaso no somos los ingleses de Sudamérica? ¿O no hemos recibido oleadas continuas de alemanes, que han dado nueva fuerza a nuestra patria? ¿O no fuimos descubiertos y conquistados por españoles? ¿Acaso no venimos todos, de alguna manera, de Rómulo y Remo, y corre por nuestras venas leche de loba?

El asunto es que estaremos representados, vibrando por la victoria. Y vamos a parar de trabajar como burros para poder gozar de esta fiesta universal.

Todavía quedan fanáticos. Cuando estemos más cerca de la fecha del puntapié inicial, cuando estemos metidos de lleno en la fiesta de los puntapiés, cuando nos acerquemos al final jadeante . . ., entonces daré algunas indicaciones para encauzar —no limitar ni reprimir: ¡líbreme el cielo!— ese bendito fanatismo que todos llevamos dentro. Consejos para disfrutarlo mejor, para hacerlo más violento, para no andarse con contemplaciones en materia tan sublime.

Ahora los conmino a desfogar ese fanatismo en una intensa preparación. Mas asegúrense ustedes, asegúrate tú —queda mejor el tú en este caso, ¿no te parece?— de ser realmente un fanático. ¿Estás a la altura del momento o más bien te quedas en la medianía del pobre espectador apático, del que se levanta para ir al baño cuando todavía rueda el balón, del que omite un partido porque tiene que trabajar?

Responde con sinceridad.

Si coinciden las horas de trabajo con un evento de la Copa del Mundo, ¿contemplas o trabajas? Si tuvieras el dinero justo o para ir al Mundial o para llevar de vacaciones a tu mujer o a tu madre o a tus hijos, ¿irías al Mundial, dejando a esas pobres criaturas abandonadas por un mes? En medio de un partido, ¿prefieres usar pañales o ir al baño? Si tu jefe no ve el fútbol, ¿lo desprecias o lo respetas? Cuando vas por la calle y ha comenzado un partido, ¿te detienes en las vitrinas hasta el entretiempo o sigues, por vergüenza, tu camino? ¿Procuras convencer a tus amigos de que vean los partidos o respetas su libertad para perderse en frívolas actividades laborales, amorosas o, qué asco, literarias? ¿Estás dispuesto a refutar, gritar, insultar, a cualquiera que intente impedirte disfrutar de un partido o que apoye a un equipo equivocado, o más bien prefieres callar por cobardía? Si un hijo tuyo o un amigo no quiere ver el fútbol, ¿ejerces alguna forma de presión o dejas que se deslice por el camino del mal? Ante un resultado adverso, ¿lloras, gritas, golpeas o destruyes el televisor, o, por el contrario, te resignas con tímida indiferencia? Ante la victoria, ¿sales a las calles a hacer todo tipo de ruidos, a emborracharte, a rayar las paredes y los monumentos, o simplemente festejas como un caballero, o sea, como un imbécil?

¿Eres un fanático? ¡Bienvenido a Alemania 2006!

jueves, mayo 04, 2006

El Estado Penélope: moralidad pública y políticas sociales


Penélope destejía de noche el lienzo mortuorio que tejía de día, para aplazar así la decisión de contraer un nuevo matrimonio con alguno de sus pretendientes. El final de su historia fue relativamente feliz, con el regreso de Ulises tras veinte años.

No tan feliz es el final del Estado Penélope, que de noche desteje, con su descuido de la moralidad pública, lo que procura tejer de día con sus políticas sociales. Son innumerables los buenos efectos indirectos de una sana moral pública, tanto en el nivel cultural como en la salud y el bienestar públicos. Detrás del aumento de la delincuencia hay, en primer lugar, una crisis de la familia y de la moral pública. Si el mal no se reprime y el bien se dificulta, ¿a qué extrañarse después de que uno prolifere y el otro disminuya?

El socialismo liberal, que engendra corrupción pública allí donde pone sus manos, pretende revertir las consecuencias de sus políticas morales mediante políticas sociales que apenas rozan los efectos y dejan intocadas las causas de la crisis. Mientras tanto, los refinados ideólogos, las propagandistas del libertinaje, los artífices de las políticas públicas “liberadoras” y de una educación ideológica y deficiente, no sufren, por lo general, los peores resultados de sus experimentos. Ellos no están entre los pobres conejillos de Indias. Se dedican, más bien, a explicarles a los tarados que en realidad las cosas están mejor que nunca.

Y siguen echando combustible al fuego: más libertinaje, más disolución de los principios morales fundamentales, más degradación de las estructuras básicas de la sociedad.

Contra esa ola hemos de luchar. Algún día se darán cuenta las víctimas y, ojalá, los que son cómplices con sus cobardes silencios o con ese refugiarse cómodo en la vida privada. Verán qué falaz es sostener que el Estado no debe promover la moralidad pública y reprimir los vicios públicos. Advertirán, quizás, que al Estado Penélope, que desteje de noche, en la oscuridad de los bajos fondos, lo que con esfuerzo de todos ha tejido de día, a ese Estado Penélope nunca le llegará un Ulises.

Se convencerán, al final, de que el Estado contemporáneo goza aún, a pesar de la reinterpretación liberal de sus fundamentos operada en las últimas décadas, de la potestad de establecer leyes, reglamentos, etc., para proteger la moral pública. La idea de que el fin de las leyes es hacer buenos a los hombres —no solamente permitirles relacionarse en armonía para perseguir cualesquiera fines morales que cada uno se invente—, está ya en Aristóteles, y es recogida y matizada en la obra de Tomás de Aquino. Su denominación y caracterización modernas datan del siglo XVIII, con Emmerich de Vattel y William Blackstone. Esta potestad pública va más allá de la protección de los derechos individuales y de las relaciones de justicia, para promover el bien público en cuanto tal, de manera que “comprende tanto bienes y regulaciones de carácter económico (pesas y medidas, mercados, limitaciones a la propiedad) como otros relacionados con la moral, las buenas costumbres y la salud (prohibición del duelo y la vagancia, regulación de los prostíbulos, el juego y el alcohol)” (Santiago Legarre, Poder de policía y moralidad pública, p. 85). De todas maneras, aunque la preocupación por la virtud y el ambiente moral sea una parte de la policía, tanto De Vattel y Blackstone como Tomás de Aquino restringen la policía al ámbito de lo público, de por sí limitado.

El poder de policía se extendía al orden público en materias económicas, de seguridad, de salud y de moral públicas. El liberalismo mutilado de algunos juristas ha llevado a amparar, alternativamente, una excesiva libertad económica o una excesiva libertad en materias de moral pública. En Estados Unidos, por ejemplo, la Corte Suprema de la Era Lochner (1905-1934) invalidó muchas leyes de policía económica para amparar la libertad de contratar. Redujo el poder de policía a la tríada seguridad, salud y moral públicas. Por el contrario, a partir de los años sesenta del siglo XX, ya reconocida la potestad de policía económica, el liberalismo moral de la Corte Suprema echó abajo las leyes contra la anticoncepción (Griswold v. Connecticut: 1965), el aborto (Roe v. Wade: 1973) y la sodomía (Lawrence v. Texas: 2003). Con sentido común, el profesor Legarre no deja de observar que el caso del aborto es parcialmente diverso, pues la protección del no nacido no es una exigencia de moralidad pública sino del estricto derecho individual que le asiste a la misma protección contra el homicidio de que gozan los demás seres humanos.

El poder de policía en materias de moralidad pública, a su vez, abarca tres tipos de prácticas: el juego, las bebidas alcohólicas y la inmoralidad sexual. Si el lector tiene paciencia, puede llevar la cuenta de cuántos de los hechos públicos —no estoy entrometiéndome en la vida privada de nadie— que hemos de lamentar cada día están vinculados al permisivismo estatal en materia de sexo, alcohol o drogas y juegos.

¿Qué son los crímenes pasionales sino un explotar de la lujuria, que no se controló antes? ¿Cuántos jóvenes que hubieran sido ejemplares se malogran por la facilidad pública para embarcarse en la loca carrera del alcohol o de las drogas? ¿Cuántas familias rotas, y hurtos, y suicidios, a cuenta de la ludopatía que podría no haber sido, si se le hubieran puesto más trabas?

“No”, dice el libertino, el Estado Penélope, “si eso corresponde a la vida privada de cada uno”. Y luego, al clarear el día, comienza a tejer de nuevo, a remendar las hilachas de la noche negra y larga. A enterrar a sus difuntos, a los muertos de sobredosis, a las apuñaladas por sus amantes celosos. A recoger a los borrachos y a los drogadictos, y a pagarles su rehabilitación. A desenredar los cadáveres alcoholizados de entre los fierros. A limpiar las calles, a acoger a los huérfanos, a perseguir la violencia intrafamiliar, a escandalizarse por los delitos sexuales.

¡Ay, Penélope!

jueves, abril 27, 2006

Poder de policía y moralidad pública


Todo lo que se tiene por supremamente importante en la comunidad política es defendido coactivamente por organismos especialmente facultados, que no se limitan a armonizar los derechos individuales y los diversos intereses en conflicto, sino que velan por un bien común que trasciende esos derechos y esos intereses. Los miembros de la sociedad, merced a la extendida conciencia de la importancia del bien protegido, ni siquiera sienten esas intervenciones autoritativas como limitaciones de la libertad o como ejercicio de la fuerza.

Piensen ustedes, por ejemplo, en los muchos organismos que defienden el ordenado funcionamiento del mercado: superintendencias de variados tipos, inspecciones del trabajo, organismos que salvaguardan el medio ambiente, y que si las comunicaciones, y que si la energía . . . En ningún otro terreno se ejerce la autoridad con más fuerza que en la economía, pues vivimos en una sociedad que valora los bienes económicos por encima de cualesquiera otros. Aquí no se toleran fallas. Y, sin embargo, algunos piensan que campea el libertinaje económico.

Hay quienes van más allá y dicen que les gustaría que en materias culturales y morales hubiera la misma libertad de mercado que hay en materia económica. Entiéndanlos bien: ellos quieren más libertinaje moral, menos trabas —como si hubiera muchas— a la inventiva para difamar, calumniar, corromper a los jóvenes y azuzar a los viejos hacia maniobras viles. Y hacen como si ese paraíso del libertinaje ya estuviese vigente en materia económica.

Es pura propaganda libertina.

¿Se imaginan ustedes que en materias morales y culturales hubiera la misma cantidad de superintendencias, inspecciones, prohibiciones, controles de calidad moral y cultural, normas higiénicas morales y culturales, etc., que en el actual mercado libre?

¡Los libertinos se subirían por las paredes!

No, no es posible ni deseable, en materias morales y culturales, tan poca libertad como la que hay en el mercado. Con todo, siempre ha sido necesario orientar una parte de la autoridad a acotar el libertinaje moral.

El poder de policía o simplemente la policía regulaba el comercio, el orden público, los juegos de azar, el alcohol y la moral pública. A la policía le compete hacer efectivas las limitaciones a las libertades públicas fundadas en la moralidad pública y el orden público. Actualmente, sin embargo, asistimos a un diálogo de sordos sobre la manera de entender las cláusulas que se remiten a la moralidad pública, el orden público, las buenas costumbres, etc., para limitar el ejercicio de los derechos fundamentales, aceptadas en todas las constituciones y tratados internacionales.

Por una parte, no faltan quienes, como Lord Devlin en su debate con H. L. A. Hart sobre la imposición coactiva de la moral, defienden la moral social por el solo hecho de ser mayoritaria. Esta posición, denominada por Hart “populismo moral” para distinguirla de la auténtica democracia, funciona como fuerza reaccionaria contra toda posibilidad de progreso en las buenas costumbres, como si hubiéramos de resignarnos a repetir los errores del pasado. Al mismo tiempo, apenas una mayoría momentánea abraza una causa, el populismo moral se queda sin argumentos para defender los auténticos valores transmitidos de generación en generación. En el debate Hart vs. Devlin sobre la despenalización de la sodomía, por ejemplo, Lord Devlin, que se había opuesto a la idea porque repugnaba a la convicción mayoritaria, terminó firmando una carta colectiva para pedir, pocos años después, la mencionada despenalización. Los tiempos habían cambiado rápidamente; la opinión mayoritaria había sido sagazmente convencida por la propaganda liberalizadora.

Por otra parte, a menudo chilla en los oídos de los legisladores y de los jueces el grito desaforado del relativismo moral, que quiere reducir esas cláusulas a la nada, o, más bien, pretende neutralizar las convicciones morales de los jueces y legisladores para sustituirlas subrepticiamente por los juicios éticos de la minoría liberal. Así, por ejemplo, se ha ido reduciendo la actividad de la judicatura para proteger a las víctimas de los abusos de la libertad de expresión; se han eliminado formas de censura necesarias para defender a los niños y a los jóvenes de la pornografía, y para evitar que los viejos corrompidos se entusiasmen con el mal; se permite abiertamente el reclutamiento de adolescentes por organizaciones de homosexuales, que trabajan a control remoto en los colegios. Se supone, además, que los legisladores y los jueces no pueden intervenir —a pesar de las cláusulas expresas sobre la moralidad pública— porque los han convencido de que quiénes son ellos para decidir lo que es bueno y lo que es malo para los demás.

Una discusión seria sobre asuntos tan importantes debería partir por un conocimiento adecuado de la historia y de los fundamentos filosóficos y jurídicos de esa potestad que desde siempre se ha reconocido a la autoridad para defender la moralidad pública. Si alguien estima que esa potestad ha sido un error histórico, que ofrezca sus argumentos. Mas es del todo irracional e injusto —sucede, por desgracia, cuando los jueces y los políticos son ignorantes— que, por un par de apelaciones superficiales a una ideología de moda, o por las bravuconadas violentas de los defensores del libertinaje, o por la simple afirmación de la igualdad entre los ciudadanos, casi sin necesidad de argumentos, las autoridades dejen incumplido su deber de proteger el orden moral público que les ha sido explícitamente confiado.

Santiago Legarre, profesor de Filosofía del Derecho y Derecho Constitucional de la Universidad Austral de Buenos Aires, en su obra Poder de policía y moralidad pública (Ábaco de Rodolfo Depalma, Buenos Aires, 2004), ofrece una descripción actualizada de la cuestión, especialmente en el derecho estadounidense y argentino, aunque con alcance universal en cuanto a los argumentos de fondo. A los jueces y los legisladores les vendría bien leer este libro para razonar con conocimiento histórico y jurídico sobre este tema, en lugar de ser esclavos de la última sofística local. Esta lectura no determinará la solución a ningún problema concreto, pero ayudará a razonar correctamente sobre todos ellos.

Y ayudará a no confundir la libertad con el libertinaje.

jueves, abril 20, 2006

Las mil maneras de decirme qué viejo estás


Son mil las maneras que ellos han encontrado para decirme que estoy viejo y qué viejo, por Dios, que estoy. No saben ellos, ya les diré quiénes son ellos, no saben que desde que fui niño (“¡uy!”, exclaman cuando oyen algo como esto, que alguna vez fui niño: y ésta es la primera, la más corriente de las formas en que me dicen, como riendo, hombre, pero que qué viejo estás), desde chico, desde el primer uso de razón, siempre quise ser eso: no mayor, no anciano, sino viejo, siempre eternamente viejo.

Y Dios, el Señor de la Historia, esa señora tan joven para él, tan vieja, viejísima para nosotros, hasta ahora siempre me ha hecho caso. Recuerden nada más cómo, por mi culpa, nos liberó Él del humanismo cristiano. Así que no fue ni magia, ni enfermedad, ni capricho, sino pura benevolencia divina: que desde tanto ha que soy como si nada viejo, viejísimo, viejérrimo.

La vejez comienza a los veinticinco. Ahí ya no se corre tras la pelota como antes y empieza uno a decir que qué rápido pasa el tiempo, que nada más ayer estábamos graduándonos del colegio, que si todos éramos unos bestias excepto . . . ¡cómo cuesta hallar una excepción!

La vejez comienza a los veinticinco. Ya no puede uno preguntar idioteces, si se supone que las idioteces ya nos las sabemos. Comienza la carrera entre la calvicie y la canicie, y mueren más neuronas que estrellas tiene la mar, y podemos explicar nuestras operaciones —claro: honrosas, como de meniscos, pero a veces alguna menos honrosa—, y que qué hacemos para mantenernos en forma, y que si nos casamos o a qué nos comprometemos o si he decidido no comprometerme, una forma ésta bien preocupante de vejez, esclerótica y adolescente al mismo tiempo.

Y crecemos más para adelante que para arriba, aquí ya más bien nos achicamos poco a poco.

La vejez comienza a los veinticinco. “A los veintitrés comienza”, me refutó, para mi alegría, un amigo alemán.

A los veinticinco o a los veintitrés, qué duda cabe, comenzamos a hacernos viejos. De ahí, sin embargo, a que te lo digan ellos —ya les diré quiénes son ellos—, y de mil maneras, como si nada, resta todavía un trecho de dignidad que en algún caso, no en el mío, podría sentirse ultrajada. En un noble intento de reparar tal ultraje posible, les ofrezco un elenco de esas mil maneras en que ellos me han llamado viejo. Consuélese usted, señor, señora, que a tanto con usted no han llegado ni se atreverán.

Un día, un colegial, uno de ellos, me trató de usted.

—Anda, trátame de tú, que no soy tan viejo —le dije. Lo mismo le dije al primer universitario que fue conmigo tan solemne: él dieciocho, yo veinticinco; él alumno, yo ya profesor (un profesor joven, decían algunos, que es como un hierro de madera, como decía el viejo ése, es decir el profesor embalsamado en la Universidad de Londres). Y así hasta que, pasados los treinta, con un lustro de vejez al hombro, ya no me atreví más a proponer “trátame de tú”. Por lo menos no a la primera, que comenzó a sonarme hasta marica.

Y lo peor es que ellos lo hacen de buena fe. —“¡¿Cómo?! ¿Todavía juega usted fútbol?” —“En su época, Profesor . . .”, y ahí cae la pregunta llena de respeto: que si había los Macintosh o que si conocí a Churchill.

Un año recuerdo que mi padre y yo escribimos muchas, demasiadas, cartas al Director de El Mercurio, sobre temas de viejos, es decir, importantes, que a mí me han preocupado desde niño, desde que quise ser pronto viejo. Entonces, uno de ellos, de los que de mil maneras me llaman viejo, para felicitarme, para decir algo simpático —y a mí me lo pareció—, me lanzó un risueño: “Usted y su hermano se han tomado El Mercurio”.

Otro alumno mío, hijo de una amiga de mi madre, y perdonen los lectores el trabalenguas, le dijo a su madre que el marido de su amiga, es decir, de mi madre, que es mi padre, lo había tratado muy bien o muy mal —ya no lo recuerdo: cosas de la edad— en un examen oral de Derecho Natural.

Así que de pronto pasé de ser hermano de mi padre a ser el marido de mi madre. Ríete, Edipo, ríete, pero ellos se están pasando un poco. Ya les diré quiénes son ellos.

Sí, mi madre y mi padre aún viven. —“Deben de ser muy mayores, ¿verdad?” —“Pues como de su edad, más o menos”, le respondí al viejo de la pregunta. Y cuando llamé a mi madre para su cumpleaños, y se lo conté a un amigo viejo . . .: “¿Cuántos cumple? ¿Como ochenta?”, preguntó. “Pues no, sesenta solamente”, le dije; pero no hay caso con ellos: “¡Uy, pero qué joven se casó tu madre!”.

Al final, mi identidad senil entró en completa crisis después de que terminé de pronunciar un discurso académico. Lo recuerdo muy bien. En el vino de honor, donde se olvidan los discursos y se justifica la presencia, un viejo como de mi edad, aunque reconozco que mejor conservado, me espetó por sorpresa:

—Usted, profesor Orrego, ¿no será acaso el padre de un compañero mío de universidad, al que no veo desde entonces, Cristóbal Orrego?

—Yo soy Cristóbal Orrego —le respondí con una sonrisa, con cierto énfasis amistoso para salir del paso, mientras él enrojecía un poco y luego nos reíamos todos.

Ahora me imagino caminando bajo los altos árboles del campus universitario, junto a mi padre y a mi madre, y esos que de mil maneras me llaman viejo van diciendo que ahí va la señora Sánchez de Orrego, con sus dos maridos o sus dos hijos, o con su marido y su hijo, pero vaya Dios a saber cuál es cuál.

Mañana les diré quiénes son ellos.

jueves, abril 13, 2006

Corazones grandes, familias pequeñas


“Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera”, leemos en Ana Karenina, esa novela de León Tolstoi que nos sedujo cuando éramos demasiado jóvenes. Después hemos conocido muchas familias, cada una con sus penas, sus alegrías, sus sueños, sus esperanzas.

No, estimado León, no: es justo al revés. Las familias infelices se parecen; las felices, lo son cada una a su manera.

El egoísmo, la búsqueda del propio interés, la intolerancia con los defectos ajenos —nos parecen mayores que los nuestros—, la primacía de los valores materiales sobre los espirituales, el intento de sojuzgar a los otros, la molestia que se insinúa como un murmullo interior sutil y leve y termina en odio soterrado y luego manifiesto, la desobediencia de los hijos a sus padres, la infidelidad matrimonial —comienza con los pensamientos y los sueños, las miradas, las quejas y los desahogos . . .: un largo camino, a veces rápido, hacia las sábanas—, el orgullo, el desprecio de la religión —vínculo fundamental del matrimonio— o el descuido de apoyarse en Dios, la desconfianza . . . ¿Para qué seguir? Todas las familias infelices lo son de la misma manera.

Las familias felices, en cambio, son cada una un universo original y propio. Alguien podría pensar, leyendo los capítulos precedentes, que yo creo que solamente las familias numerosas son felices. Por el contrario, pienso que todas las familias pueden ser felices, cada una a su manera, siempre que eviten el cáncer de la desunión, del egoísmo, del orgullo, de eso que puede hacerlas a todas infelices.

Una familia con un solo hijo puede ser feliz. Un matrimonio sin hijos puede ser feliz. La condición es llevar esa realidad con la clara conciencia de que no es el ideal, de que haber recibido más hijos no hubiera sido una carga, sino un don de Dios. Solamente así podrán abrirse a acoger y a servir a otras familias. Y, entonces, una familia, sin ser numerosa, se hace grande por la grandeza de los corazones de sus miembros. Su tamaño —un matrimonio solo, un niño, dos o tres solamente— no procede del egoísmo, sino de la Divina Providencia; sus confines se abren, por la generosidad, más allá de sus puertas. Entonces esa familia será feliz a su manera, a veces con el sufrimiento de no haber podido tener más hijos.

Las familias numerosas multiplican los modos de ser felices. Cada uno se goza en la felicidad del otro, como dice Leibniz. La presencia de los otros redunda en la mayor felicidad de cada uno, como en esas salas de espejos donde una misma imagen se duplica indefinidamente. Entonces parece que, mientras más numerosa es una familia, se nos hace exponencialmente más grande: cada uno reproduce dentro de sí su propia familia, con matices diversos, llena con la alegría y con las penas de los otros.

No es así, sin embargo. La familia numerosa se multiplica en las infinitas resonancias de la vida interior de sus miembros, pero, cuando uno mira fuera de sí, su propia familia le parece más pequeña mientras más crece.

Una persona que vive encerrada en sí misma puede abrigar la ilusión de que su mundo es gigantesco, y en parte tiene razón: cada alma tiene una profundidad infinita. Pero no todos los infinitos son iguales. Un laberinto también puede ser infinito. Además, la profundidad infinita del encierro egocéntrico no corresponde nunca a la profundidad real del alma, que solamente puede advertirse mirando a los ojos de otro, oyendo de la boca del otro el reconocimiento del propio yo, que nos es tan desconocido y misterioso. Sin un tú permanecemos infinitamente oscuros.

A quien ha vivido siempre en una familia de pocos hijos puede parecerle grande una de seis, nueve u once. Es numerosa, sin duda; pero no grande. Desde dentro, siempre parece pequeña. Cada nacimiento agranda los corazones en una medida proporcionalmente mayor a ese nacimiento, como si pudieran haber venido trillizos. Entonces cabe imaginarse que la familia podría haber sido más numerosa, pero no menos. Podríamos haber sido catorce hijos, pero no cinco. Con otras palabras, la familia numerosa que tenemos llega a parecernos pequeña, porque nadie sobra y todavía hay espacio para más.

No se extrañarán si les cuento, entonces, que mi familia ha sido feliz a su manera —no digo que sea imitable—, haciéndose más pequeña cuanto más crecía.

La familia se achica cuando uno mora en una casa viva. Se añadieron ampliaciones, se construyó un gallinero para los gallos de la pasión y para las gallinas, creció la vegetación, y fue llegando todo tipo de animales . . .¡como una gran arca de Noé!

Hago el recuento.

Una ternera, que había quedado huérfana, fue alimentada por mi madre y por los niños con leche en una botella de Coca-Cola, hasta que creció y hubimos de enviarla al campo de un tío. La vaca Pepita era un animal doméstico: respondía a su nombre y galopaba a saludar a sus amigos.

He perdido la cuenta de los perros. Solamente recuerdo bien a Lucero, un pastor alemán cachorro que me robaron cuando yo era niño; a Max, un boxer de fieras y frecuentes peleas callejeras; a Joe, que se volvió loco y murió en circunstancias trágicas, y a Von Struddel, un salchicha inconvenientemente deforme. A algunos los vi ser amigos de los gatos y jugar con ellos. Más tarde fueron protectores de las ovejas, innumerables también. Cabras hubo, cómo no. Y gansos y patos, si no recuerdo mal.

Y una tortuga.

Si el mundo crece así alrededor de una familia numerosa es porque la vida a atrae a la vida. Los corazones crecen y la familia parece cada vez más pequeña. El cariño a todo lo que tiene vida, a los animales de toda especie, es como una extensión natural de una familia viva.

Las familias numerosas son una bendición de Dios. Nos parecen pequeñas desde dentro porque se nos ha agrandado el corazón.

jueves, abril 06, 2006

Las riquezas de una familia numerosa


Ya no recuerdo cuándo descubrí que no es redundante hablar de una familia numerosa y pobre.

No me refiero al hecho de que, poco a poco, fui conociendo familias numerosas que no eran pobres como la mía. Había siempre Coca-Cola y yogur en sus refrigeradores; los hijos mayores tenían una habitación individual; viajaban a Europa o a Estados Unidos de vez en cuando. Sí, sé que son pocas esas familias numerosas; pero existen, y, en cuanto a la alegría de ser muchos, son maravillosas, iguales a la mía.

No es que haya encontrado yo, de pronto, a la familia de Carlos Slim. Él es un mexicano inmensamente rico, el tercer mayor multimillonario del planeta, que tiene seis hijos y es proporcionalmente gordo. Varios hijos, gordo y rico: ¿qué más contrario a los actuales seis mandamientos de lo políticamente correcto?

Se ve que tuvo que elegir entre ser feliz —a costa de la ira y de la envidia de los resentidos— y ser políticamente correcto: o lo uno o lo otro.

Muy bien, Carlitos: ¡ojalá seas más rico y tengas más niños!

Lo que sucedió fue que, en definitiva, advertí que decir que una familia numerosa es pobre no solamente no es un pleonasmo, sino que, por el contrario, es una contradictio in adiecto. ¿Cómo podría ser pobre una familia numerosa? Ya no me cabe en la cabeza semejante imposibilidad.

Su primera riqueza es la vida perennemente nueva. Cada nacimiento supone una alegría especial, indescriptible. No es solamente que la criatura aterrice siempre —no hay excepciones— con un pedazo de pan bajo el brazo, sino que ella misma es el mejor juguete de los padres y de los hermanos. (Sobre esto deberé callar porque arriesgo una demanda intrafamiliar si cuento demasiado; aunque, ya sabéis, queridos lectores, que por un millón de dólares puedo hacer una excepción).

Además, una familia que crece nunca es una sola familia. Nadie tiene la misma familia que otro, aunque vivan todos bajo el mismo techo. El padre y la madre reciben cada hijo como un don del otro. Ante todo como un don de Dios: la alegría no sería tan intensa si no fuese algo divino. El hijo mayor solamente tiene hermanos menores, y ha sido él mismo el primer experimento de los padres: ¡inmenso mérito! Los siguientes hijos tienen algo que mirar hacia arriba y hacia abajo, una familia progresivamente más amplia. Quien nace al final tiene hermanos que podrían ser sus tíos o sus padres, y nunca tendrá la experiencia de tener hermanos pequeños. Mi hermana menor fue el juguete de todos, pero ella no tuvo a ninguno. Para compensar, con ella ya no se hicieron experimentos.

El don de la vida es la riqueza incomparable, que no puede ser igualada por ninguna comodidad material.

La segunda riqueza de una familia numerosa es la muerte. Toda familia sufre, normalmente, la muerte de los abuelos antes que la de los padres. En una familia numerosa esas muertes se multiplican en resonancias de recuerdos en cada hijo y en cada nieto. Y la muerte nos hace madurar, crecer en agradecimiento, mejorar la memoria, aquilatar el pasado.

Hay algo, sin embargo, más difícil de comprender. Quienes se arriesgan a tener muchos niños aumentan la probabilidad de que alguno de ellos muera. No puedo imaginarme un dolor más grande que la muerte de un hijo. La de los abuelos, la del padre y la madre —más cuando han pasado años de plenitud—, tienen algo de natural. La de un hijo es siempre violenta e incomprensible.

Le sigue, en la escala del dolor, la muerte de un hermano. En mi familia han muerto dos, una recién nacida, a la que no conocimos los hermanos, y uno de cinco años, que dejó una huella indeleble de cariño y de alegría (por cuarta vez uso esta palabra).

La muerte de un niño es una riqueza especial porque asegura que se ha alcanzado la meta de la vida. No puede llamarse prematura la partida de quien es llamado por Dios. La familia que la sufre comienza a estar unida por un lazo más fuerte que la muerte, que es el vínculo del amor consumado. La muerte nos revuelve interiormente contra las trivialidades de una vida frívola, de una respuesta insuficiente o tibia al sentido de nuestra misión trascendente.

Sé que esto de la muerte como riqueza repugna al materialismo en boga más que ser rico, gordo y prolífico. Al fin y al cabo, a Carlos Slim se le puede envidiar. Pero es que la verdad no está en boga, y, a veces, no admite medias tintas. Y la verdad es que la muerte es, cuando viene sin buscarla, la segunda riqueza de una familia.

La tercera, un tesoro inagotable, es la abundancia de los juegos y de las risas. Evoco ahora tantos juegos y vacaciones juntos, y a los amigos y las amigas de los otros, que siempre caben en una familia numerosa, no importa cuán pobre pueda parecer.

En una familia numerosa, las risas sobreabundan; pero, ¿y las peleas y los golpes y las rabias? ¡También, no faltaba más! La violencia intrafamiliar es la cuarta riqueza de una familia numerosa.

Desde muy pequeño aprende uno a luchar por la existencia, a usar bien la lengua y, con o sin razón, los puños. Este mismo aprendizaje rudo de las fronteras de lo real, cuando se tiene poca fuerza física y, al final, uno quiere a la víctima (¡o al victimario!), es una fuente más de buena educación, carácter, virtudes recias, capacidad negociadora, saberse querido, no sentir la indiferencia.

¿Cómo puedo serle indiferente a mi hermano, si le estoy robando sus camisas?

A veces pienso que, si hubiese habido ley de violencia doméstica en mis años juveniles, deberían habernos asignado dos carabineros de punto fijo. Hubieran sido bienvenidos, como hijos, como hermanos.

Volveré a tratar de las riquezas de una familia numerosa, especialmente sobre una rodeada de misterio: cuanto más crece, se hace más pequeña.