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jueves, agosto 17, 2006

Fumaderos


He dejado de fumar.

No, que no cunda el pánico: no se debió a la nueva ley, que prohíbe tanto, sino a la ley antigua de mi madre, que no prohibía nada.

Ya san Agustín mostró en sus Confesiones que el sabor de lo prohibido puede ser muy fuerte. A pesar de eso, en nuestra familia, donde, en ese entonces, el padre y la madre fumaban, el asunto se complicó cuando los infantes comenzaron a preguntar y a exigir sus derechos en la materia. Y es que un enano puede llegar a encontrar agradable el humo del tabaco.

El caso es que las políticas públicas en la familia no estaban consensuadas: el papá decía que el cigarrillo podía ser no del todo saludable para el crecimiento, pero que, cuando cumpliéramos los quince, y entonces parecía lejana la fecha, nos permitiría fumar tres cigarrillos al día; a los quince ya seríamos “grandes”. La mamá, en cambio, asumió la postura liberal a fondo: podíamos fumar cuando nos diera la gana.

Es verdad que por un tiempo prevaleció entre los hermanos la más fascinante versión de que estaba prohibido. Aprovechábamos las ausencias paternas para fumar. El más ingenioso de los hermanos, el mayor, el aventurero, descubrió que de los abundantes restos de los cigarrillos de nuestros progenitores podían juntarse suculentas provisiones de tabaco, y que con la plastilina que los pobres escolares usábamos para las clases de “manualidades” podían hacerse unas pipas estupendas. Así comenzó mi vida de vicio imparable: cuando no estábamos bebiéndonos ese licor de menta, fumábamos en pipas de plastilina.

El sabor de lo prohibido, la aventura, duró poco, sin embargo, porque muy pronto fue quedando claro, clarísimo, que en la casa mandaba la mamá. Cada vez que le preguntábamos al papá si podíamos esto o lo otro, nos respondía invariablemente: “pregúntele a su mamá”. Así que sobre esto del tabaco también terminamos por preguntarle solamente a ella, sin pasar por la intermediación de tan subordinado funcionario del régimen interno de la familia.

Y sí, por desgracia, esa vieja loca que es mi madre terminó de demoler el sabor de lo prohibido. “Si quieren fumar, fumen”. “Tome, aquí tiene un poco”. Diabólico, ¿verdad? A fin de cuentas, pasé tantos atoros y apuros y ahogos y sinsabores con el maldito cigarrillo, para colmo de males no prohibido, que decidí dejarlo al cumplir los nueve años. Sí, dejé de fumar a los nueve, por culpa de la liberal de mi madre.

Y cuando llegué a los quince, al recordar lo del permiso para fumar tres al día, no tenía ya ganas. Había vivido demasiado tiempo en la inmoralidad, en los abismos del vicio, y desde mi conversión a los nueve, era un hombre nuevo. ¡No más cigarrillos! ¡No más pipas! ¡Pulmones limpios!

¿Pulmones limpios en Santiago de Chile? ¿En Ciudad de México? ¡Dejen que me ría un momento, antes de que me lo prohíban!

En fin, volvamos a las confesiones. Dejé el tabaco a los nueve. Pero, si la curiosidad morbosa de alguno pretende averiguar cuándo y cómo y por qué dejé a la mujeres, ya sabe, tendrá que pagar los quinientos mil dólares, que esa novela no voy a escribirla gratis.

Pasó el tiempo y comencé a ver películas con cierta conciencia política. En algunas, de esas de cárceles y de campos de prisioneros, recuerdo haberme sorprendido por que, en medio de tanta restricción de la libertad, los miserables enjaulados se las arreglaban para . . . ¿lo adivinas, querido lector?

¡Sí, para fumar! Con ingenio, contrabando, intercambio de favores, no sé yo cómo, pero se las arreglaban para fumar. En medio del tedio y de la opresión, el suave y mortífero olor del tabaco les traía un poco de alivio, de calma, de escape mental. Esos cigarrillos, ese humo en los rincones, parecían como un símbolo de la libertad en medio de la más deprimente privación. También a los condenados a muerte se les permitía un último cigarrillo.

Ese lado romántico del fumar debe de ser lo que llevó a mi maestro, Javier Hervada, a colgar un aviso a la entrada de su oficina: “En este Departamento se permite fumar; se prohíbe prohibirlo”. Me recordó a mi madre, sobre todo porque él también fumaba bastante.

Quizás por eso, a pesar de que yo mismo me he visto libre de tan espantoso vicio, miro con compasión a quienes se arremolinan como ganado en torno a los fumaderos. No encuentro nada más parecido a los rincones de libertad de los campos de concentración que esos fumaderos en los aeropuertos, en ciertas esquinas asquerosas de centros comerciales y de bares. Y casi tanta pena dan cuando simplemente salen a la intemperie de algún edificio público, de una universidad, a fumar en el frío como uno de esos agentes secretos que esperan a hacer un contacto. Ahí están ellas y ellos, con su mala conciencia, mal mirados como parias, chupando a la rápida como esos murciélagos a los que los chicos malos enchufan un cigarrillo en la boca hasta que revientan, revientan quizás de placer, que por algo chupan.

¡Oh, fumaderos, que nos recordáis la tristeza de vivir perseguidos!

¡Oh, fumaderos, que hacéis presente la capacidad de prohibir que le queda a la sociedad liberal!

¡Oh, fumaderos, hoyos negros para perseguidos y humillados! Se permite abortar, se permite cometer adulterio, se aplaude a los maricas, se ensalza la usura, se permite explotar los horarios de comercio hasta niveles de escándalo, se permite rendir culto a Mammón, se prohíbe fumar.

He dejado de fumar, pero confieso que fumo una vez al año. En el Día Mundial Sin Fumar tomo un cigarrillo, lo enciendo y lo estiro lentamente, hasta que se extingue en mi mano el símbolo de que los Diez Mandamientos se redactaron y no cambian más. Que no vengan los idólatras a inventarse uno nuevo, cuando a la vez pretenden acabar con los antiguos.

Sí, Neruda proclamaba su confieso que he vivido, y mal vivió el pobre. Yo confieso que he fumado.

jueves, agosto 10, 2006

Flagelo de Dios, festín del demonio


Se prolonga la guerra en el Líbano. La reiteración de las imágenes de ruinas amenaza con anestesiar nuestras conciencias. La inmediatez del conflicto —inmediatez aparente, realidad virtual sometida al márketing de los medios de comunicación de masas— nos impulsa a erigirnos, llenos de soberbia, en jueces de vivos y muertos, protegidos por la rutina de nuestra expectación lejana.

Los daños visibles de la guerra levantan una niebla que difumina los contornos de esos peligros insidiosos, ante los que el demonio ríe, mientras llora ese espíritu impotente, el Dios en el que creemos los cristianos.

El primer peligro oculto de la guerra es que, porque se justifica sólo como último recurso, nos hace creer retrospectivamente que de hecho era inevitable. La mente ansía de tal manera la paz, que encuentra sumamente difícil aceptar que la hecatombe se desató pudiendo haberse evitado. El mito de la inevitabilidad histórica no solamente niega la libertad sino que la encadena al horror histórico como cosa desesperada. Todo se justifica entonces, pues ad impossibilia nemo tenetur. Lo más irritante es que, normalmente, la guerra es evitable. Su desencadenamiento no es el desatarse de las fuerzas de la justicia, sino el último recurso, sí, el último recurso de la impaciencia, de la ambición, del cálculo y de la ira, de la debilidad o de la malicia.

Vamos a decirlo de otra manera. El primer daño mortal de la guerra es la ceguera moral de sus protagonistas, el autoengaño de creerla ineluctable, ese grito blasfemo exaltado: “¡Dios está con nosotros!”. El peligro es insidioso porque, mal que les pese a los pacifistas, alguna vez, muy rara, es verdad que solamente la injusticia por omisión y la cobardía pueden evitar una guerra.

Ya sé que es aquí donde algunos se desesperan. Esos que, si no tienen una varita mágica que les diga cuándo es justa una guerra y cuándo no lo es, se lanzan de cabeza al mar del escepticismo, con lo que vienen a hacerse cómplices mentales de todas las guerras: si nada es verdad o si no podemos conocerla, tampoco es verdad que sea mala la guerra, ninguna guerra ni ésta en particular. Nadie nos librará de la necesidad de discernir lo justo de lo injusto, mucho menos el pseudo-mandamiento de nunca usar las armas. Sin embargo, queda en pie que frecuentemente nos engañamos sobre lo justo cuando estamos en medio de la guerra.

Otro daño soterrado de la guerra es que justifica, durante los tiempos de paz, un desperdicio continuo de riquezas en los preparativos para la guerra, la próxima guerra, la posible guerra: si vis pacem, para bellum! El mundo gastó, en el último año tan solo, cerca de un billón de dólares (US$ 1.000.000.000.000.-) en defensa, es decir, en la preparación para la guerra y en la ejecución de cada guerra. América del Sur gastó solamente veinte mil millones (US$ 20.000.000.000.-), de los cuales poco más de tres mil se los ha gastado Chile (US$ 3.400.000.000.-), no demasiado en comparación con los cuatrocientos sesenta mil millones (US$ 460.000.000.000.-) de Estados Unidos, casi la mitad del total mundial.

¿No demasiado? ¿No te parece ahora que la tragedia de la guerra se acerca a una comedia con olor a pólvora? ¿Quién puede creer que todo eso es necesario, que ese gasto no es excesivo, un escándalo retorcido pero patente?

Yo puedo creer que todos los responsables de las decisiones sobre compras de armas y gastos de defensa han sido sobornados; que todos van a terminar sus carreras políticas con enormes flujos de donaciones internacionales para sus iniciativas benéficas, culturales, sociales y políticas, es decir, para su pecho y su vientre; puedo creer que todos tienen manchadas las manos con tinta verde de dólares frescos, y con sangre; puedo creer todo eso con más facilidad que cualquier intento de convencerme de que esos gastos son necesarios, razonables, comprensibles.

No soy pacifista, ya lo he dicho, y que me ahorquen si tan siquiera siento la tentación de serlo. Los pacifistas son enfermos de apoliticidad y normalmente terminan, so pretexto de evitar la violencia lejana, ejerciéndola en sus familias y en su patria. Ellos creen que puede dejarse el mundo en manos de los criminales, que es, como decía san Agustín, el resultado seguro de una prohibición moral total de la guerra. No soy pacifista; pero no creo, no he creído nunca, no creeré jamás en la ideología de las armas ni en la ceguera del poder y la riqueza que detrás de ella se oculta. Y tal es el peligro insidioso de las guerras: que muchos humanos sensatos entran en esos cálculos como si fueran bestias, calculadoras y cerebrales pero bestias. “¿No has visto la guerra en el Líbano? ¿Se te olvidó ya la Guerra del Pacífico? ¡Mira cómo gastan los argentinos! ¡Tenemos que prepararnos!”, dicen, como si no tuviera remedio.

Entre todos los peligros soterrados de la guerra —son incontables: no puedo agotarlos—, el peor es el más invisible: se condenan las almas a granel. La brutalidad de la guerra —contra la visión romántica, mal que nos pese a los románticos— se ceba en el ocio de los soldados, que se acostumbran a ver a tantos saltar de sus pecados a la muerte. Las pasiones desatadas —la ira, el odio, la lujuria— se desfogan sobre los enemigos desarmados, sobre los niños y las mujeres y los muchachos. Las violaciones, el saqueo y las represalias son armas en la guerra psicológica. Y entonces, los soldados y los civiles, mucho más que en los tiempos de concordia, se olvidan de que tienen alma.

La Iglesia envía capellanes a las guerras porque, desde el episodio aquel del ladrón arrepentido (cf. Lc. 23, 40-43), cree en las conversiones de último minuto, así, al filo de la hora. También porque hay guerras justas.

Los sacerdotes tienen que estar al pie del Infierno, arrancándole algunos frutos a Satanás. El Cielo guarda silencio, ausente, porque la guerra es el flagelo de Dios, el festín del demonio.

jueves, agosto 03, 2006

Los peligros soterrados de la guerra


Los peligros de la paz son insidiosos. Los hombres se aburguesan, los soldados se nos ablandan, las mujeres se creen iguales a los varones, pensamos más en cómo aprovecharnos del Estado que en darnos a la patria. El heroísmo se nos antoja extraordinario, los placeres nos sojuzgan, nos acostumbramos a las injusticias con tal de no pelear, la muerte nos parece lejana: sólo de tarde en tarde viene como dolor transitorio a perturbarnos.

Las guerras, por el contrario, despiertan las energías dormidas de una nación. Los corazones se enardecen, los detalles cotidianos se reciben como un regalo precioso, incluso se estima mejor el valor de la justicia y de la paz por la que combatimos. Las mujeres y los varones recuperan el sentido de la diferencia, de su complementariedad y de la precariedad de sus vidas, y del valor de sus maridos, de sus mujeres, de sus hijas y de sus hijos. Se enrecian los caracteres, se vuelve a honrar la lealtad y la valentía, y ya nadie se atreve a tacharlas de exageradas.

Es frecuente que, después de la guerra, por desgarradora y cruel que haya sido, la fortaleza y la dignidad acrisoladas se apliquen tozudamente a engrandecer el país, a reparar, a dar un impulso aún más poderoso y duradero a las obras de la paz. No es raro que los sobrevivientes de los campos de batalla y los más jóvenes, que han contemplado como niños la lucha valerosa de sus mayores, demuestren la grandeza de alma y la generosidad, el ánimo y los ideales, la entereza de carácter y la disposición al sacrificio, que a la masa de los aburguesados tanto nos falta cuando se prolonga la concordia.

Entiendo muy bien, por eso, a quienes, porque viven en medio de una guerra continua y sienten a diario las pisadas de la muerte, y no tienen más remedio que vivir así, desprecian la cobardía de los pacifistas de escritorio, de los que marchan por la paz en España o en Francia sin ver de frente la sangre inocente que se derrama a cada instante en sus propias cloacas.

Entiendo bien a esos hombres recios, que quizás contemplaron pasmados las cicatrices de sus padres o de sus abuelos, o los sepultaron o perdieron sus cuerpos para siempre o sembraron al viento sus cenizas, los comprendo cuando dicen, en esas tierras por tanto tiempo tranquilas, que nos hace falta una guerra, una conmoción que nos arranque de esa nuestra tozuda inercia hedonista.

Los entiendo demasiado bien porque soy romántico, tengo ideales, sé que por defender la justicia debemos estar dispuestos a morir y aun a matar.

Los entiendo demasiado bien porque no soy ni he sido nunca pacifista, y que me acribillen y apuñalen mil veces si alguna vez pienso un segundo en serlo.

Los entiendo demasiado bien, pero, por desgracia, los peligros de la guerra son infinitamente mayores que los de la paz. Algunos son patentes, clamorosos; otros, como los de la paz, insidiosos, y aun más insidiosos.

Sé que algunos se asombran de que una bitácora que lidera la opinión pública mundial no haya emitido su veredicto sobre la reciente guerra en el Líbano, todavía en curso. A esos ochenta lectores semanales puedo decirles que, simplemente, no tengo nada que aportar cuando gentes mejor informadas y con más autoridad moral han llamado a la paz; que un juicio ético definitivo e imparcial es imposible cuando las comunicaciones no son transparentes y, por ende, no se puede trazar una frontera nítida entre la defensa de Israel contra el terrorismo —a la que tiene derecho— y una reacción desproporcionada, que castiga a los inocentes, o entre las muertes directas de civiles desarmados y las que son efectos secundarios de acciones militares legítimas.

No es tan fácil como, por ejemplo, condenar todo homicidio directo de un inocente, como el crimen nefando del aborto.

Gente hay mejor informada —repito— y con mayor capacidad de juicio moral; pero yo, por falta no de principios sino de testimonios, no apruebo ni condeno, no explico ni justifico la guerra en el Líbano. Sí que la deploro, rezo por su suspensión inmediata y por su pronto término, definitivo y justo, como acabó, en su momento, el estado de guerra entre Egipto e Israel, con los acuerdos de Camp David.

No soy pacifista porque creo que la paz es posible sin comprometer la justicia, sin renunciar al patriotismo, con la disposición a la guerra como último recurso.

En esta idea del último recurso, de la guerra necesaria por la justicia y por el bien común nacional o internacional, estriba el comienzo de sus males ocultos.

No me detendré en los peligros patentes de la guerra, que se refieren a las desgracias que necesariamente han de suceder, aunque su magnitud sea impredecible: los muertos, civiles y combatientes, siempre más de lo que las mentes brillantes habían previsto; la destrucción de edificios, instalaciones, máquinas, campos, lagos y aun mares, ciudades enteras ahora que somos tan poderosos; la orientación de las fuerzas económicas, culturales e intelectuales, de las ciencias y del arte, a una finalidad destructiva; la desinformación interior por necesidades tácticas y anímicas; la efectiva instalación, aunque sea transitoria, de una forma de gobierno dictatorial, la única que sirve para llevar adelante una guerra efectiva.

Todo esto, y más, es verdad. Nunca es suficiente cuanto pueda mostrarse en imágenes desoladoras y terribles. En el combate contra la guerra —como contra el aborto: no hay asesinatos privilegiados—, una parte importante del secreto de la victoria de las armas de la paz, del respeto por la vida que nace y que madura bajo el sol, está en hacer visibles los horrores, la sangre inocente vertida en el altar de la razón de Estado.

No vamos, sin embargo, a insistir en lo que a todos nos consta. Los peligros soterrados de la guerra también merecen nuestra atención. Ellos comienzan por la creencia en el último recurso, como espero mostrar en el próximo capítulo.

jueves, julio 27, 2006

Chile: ¿pesadilla o ilusión?


Vitek Ostendorf, académico checo que escribe su segunda tesis doctoral, me cuenta su visita a Chile.

Estaba él no sabe dónde cuando lo visitó uno de esos indicios de la ley natural independientes del dónde y del cuándo, una necesidad imperiosa, universal y necesaria, como los primeros principios, como ese hay que hacer el bien y evitar el mal, sólo que cincelado en la carne como un simple hay que hacerlo pronto.

Había cerca un lugar habilitado, gracias a Dios, el autor de la ley natural, que no manda imposibles. Solamente que las leyes humanas, siempre más complicadas que la ley de la naturaleza, habían añadido una exigencia para usar las instalaciones.

—Yo tenía que pagar, sí, depositar unas monedas chilenas en una alcancía, a la entrada —me confidenció, como si a mí me fuera a causar extrañeza, casi como esperando una reprimenda.

Me causó extrañeza, por cierto, pero no porque le cobraran por hacer lo que tenía que hacer en un servicio público, sino por un fenómeno paranormal que explicaré luego. Ahora debo seguir con su relato.

El caso es que Vitek ingresó en el cuartucho, se detuvo ahí lo imprescindible —disculpen ustedes la vaguedad: no hay más remedio—, se lavó las manos y salió con nuevos bríos, dispuesto a continuar su visita por tan hermoso país en todo su estival esplendor.

—Entonces se me acercaron dos carabineros —continuó—. Muy cortésmente me indicaron que yo no había, al parecer, pagado la tasa correspondiente al uso del servicio.

— “Yo creo haber depositado la cifra establecida”, les dije con un poco de rubor, por el tema, tú sabes —narró Vitek.

—“Eso no está del todo claro. Sus documentos, por favor”, dijeron ellos.

—Vitek —lo interrumpí, hipócrita justificado por el patriotismo—: ¿estás seguro de que estabas en Chile? ¿No estarías en otro país, en uno de esos que te suben las tarifas mientras estás en ello, que te cortan el gas en medio de una ducha de invierno?

—No, Cristóbal, lo lamento: era Chile.

El caso es que los carabineros ni siquiera le dejaron pagar de nuevo. Pagar dos veces por un servicio público, mal que mal, es la solución chilena típica. Uno paga al Estado para que eduque a los niños; después, como el Estado los deseduca, le paga a un buen colegio; y ahora hay que hasta pagarles a los niños para que vayan al colegio. ¿Por qué no le dejaron, a Vitek, pagar ahí mismo otra vez?

Lo llevaron ante el Juez.

—El juez me dijo, muy serio y adusto, que eso no se hacía en Chile —siguió Vitek.

—“Pero si todos los seres humanos necesitan hacerlo”, le respondí —dijo Vitek.

—“No me refiero a eso”, replicó el juez, “sino a no pagar la tasa por hacer eso: eso es lo que en Chile no se admite, ¿me entiende?” —prosiguió Herr Ostendorf.

Vitek, cuyo castellano no es bueno, por lo menos no tanto como para descifrar a un juez, no entendía nada. Pero se mostró dispuesto a pagar ahí mismo la tasa y una multa razonable.

—“No es tan fácil, doctor Ostendorf”, me dijo el magistrado, con una sonrisa sardónica: “Usted debe demostrar que pagó la tasa. Debe encontrar a una persona que lo haya visto depositar esas monedas antes de ingresar al servicio” —narró mi amigo otra vez.

­—Entonces —terminó Vitek—, en la cúspide de la pesadilla, desperté. Realmente estaba impresionado de lo serios y exigentes que son los policías y los jueces en Chile. No te dejan pasar ni una.

Ha llegado el momento de explicar mi extrañeza por el fenómeno paranormal.

El relato precedente es un verdadero sueño de un hombre realmente existente, pero que nunca ha visitado Chile. Me lo contó hoy a la hora del desayuno. De Chile, aparte de los mapas, solamente me conoce a mí. Yo no le he contado nada sobre tan singular franja de tierra semipoblada, ni menos sobre nuestras leyes, policías y jueces. Deduzco de ahí que el subconsciente de Vitek Ostendorf ha elaborado una imagen de mi país a partir de comunicaciones inconscientes, derivadas de opiniones y gestos míos sobre otros asuntos.

Es mi culpa, lo admito, pero ¿cómo pudo él saber tanto? ¡Oh poder del subconsciente! Supo que hay que pagar para hacer eso, supo que los carabineros son intransigentes, supo que al juez no se le entiende nada y que, finalmente, uno debe demostrar su inocencia: ¡lo supo todo!

A partir de ahora, para engañar su subconsciente en bien de mi patria, comenzaré a contarle mis sueños buenos, dejando de lado las brujas y el hampa y el espesor de esas pesadillas mugrientas que me abruman.

Nada sobre cuando vi que Michelle era coronada reina vitalicia y que volvía Lagos de Presidente. Nada sobre la reforma de la educación, que una comisión de setenta y pico personajes va a hacer lánguida y tortuosa, caricatura sediciosa de lo que el pueblo reclama.

No le diré ni una palabra sobre la respiración fatigosa de los precandidatos presidenciales de derecha, que se obnubilan viendo la luctuosa caída de esa adolescente perpleja que no se somete a presiones, salvo a la leve tensión de la manaza pegajosa del tío Hugo, y creen que ahora les toca a ellos, y se ven ya encaramados en los últimos peldaños de la escala hacia el poder. No le contaré, a mi amigo checo, cómo los veo derrengados sacándose los ojos con avidez mal disimulada, hostil a la más elemental cordura.

Solamente hablaré con él —remedaré el acento argentino, magnánimo aun en medio del fracaso y la miseria— de cuando sueño con hombres y mujeres valientes, que empujan una alternativa realmente distinta a lo que tenemos, no diluida por complacer al populacho, radical si se quiere y efectiva, limpia, abierta, liberal.

Le contaré sobre un futuro con jóvenes que vuelven a tener ideales, a luchar por los más débiles y no solamente por los viejos ídolos de antaño.

Hablaré como un chileno inundado de ilusiones.

jueves, julio 20, 2006

Aeropuerto Internacional José Stalin


Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto fue tan humilde que quiso ocultar su nombre bajo el de Pablo Neruda.

Ahora debe de sentirse incómodo, en su mansión eterna, con la proposición parlamentaria de que todo un aeropuerto internacional sea puesto bajo su patrocinio. No olvidemos que imponer el nombre es poner a alguien bajo el patrocinio del santo respectivo. Ricardo Eliecer se puso bajo el de san Pablo, el patrono de los perseguidores. Claro que este santo fue convertido a tiempo, para transformarse en el Apóstol de los Gentiles.

No se convirtieron a tiempo, en cambio, la mayoría de los perseguidores que en el siglo genocida han sido: Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot . . . Añada usted a su preferido.

Y Pablo Neruda fue cómplice de la más grande persecución sangrienta que conozca la historia de la humanidad. El Libro Negro del Comunismo (1997) contabilizó cien millones de muertos. Por cierto, una cifra así, atribuida al comunismo internacional, tiene que parecer falsa, y el estudio, lógicamente, sesgado y anticientífico. Por eso se publicó enseguida el antídoto: El Libro Negro del Capitalismo (1998). Entre imperialismo, esclavismo y más ismos capitalistas, contabilizó también sus millones. Es que el primer libro negro no ponía los hechos en su contexto.

Aunque, por cierto, el contexto no explica por qué los ciudadanos huían y huyen todavía de izquierda a derecha, de Cuba a Miami, de Berlín Oriental al Occidental, de Corea del Norte a la del Sur.

El genocidio nazi —seis millones de judíos muertos, más esos muertos minoritarios: polacos, enfermos mentales, etc.— también lo pondrán, estos científicos sociales, en su contexto, como el más reciente de Ruanda, con uno o dos millones de muertos en un par de meses o así, que ya se nos están olvidando: no hay museos ni reportajes ni efemérides . . . en fin, son negros (¿se ha preguntado alguien por qué titularon esos libros de negros y no de blancos?).

En medio de ese contexto tranquilizador, las cifras serias, no contaminadas por El Libro Negro del Comunismo, son menos precisas. Bajo Stalin habrían sido entre 8 y 51 millones de muertos. Si usted es de extrema derecha, memorice los 51; si es de izquierda, los 8; si es de extrema izquierda, quédese con la cifra más baja que he logrado encontrar: 800.000 ejecutados y un millón de muertos en el Gulag. A Mao Zedong atribúyansele entre 19 y 75 millones. O, si usted es de extrema izquierda, diga simplemente como Neruda, ese gran viajero, incansable trotamundos, cuando visitó China: que no le disgustó Mao Zedong sino el Maozedongnismo, el culto a la personalidad.

El culto a la personalidad, eso es lo que le molestó al humilde Pablo Neruda. Por eso, vuelvo a lo del patrocinio del Aeropuerto Pudahuel. Nuestro Poeta Nacional debe de sentirse incómodo con la idea, repito. «Seguro que hay nombres más indicados», lo oigo musitar desde el Cielo. «Podrían buscarse entre los que han recibido el Premio Stalin de la Paz», sugiere.

Ese Premio Internacional, bautizado como Lenin tras la desestalinización —porque Lenin no hizo matar a nadie—, era el equivalente soviético del Premio Nobel de la Paz. Uno de extrema izquierda para compensar el de centro izquierda burguesa. A Neruda se lo otorgaron en 1953, año del tránsito de José Stalin a la morada celestial, cuando todos en Occidente —todos los que no querían taparse los oídos— sabían con certeza de sus crímenes. El premio, instituido para honrar a quienes se destacaban por haber «fortalecido la paz entre los pueblos» (sic: ¡no te rías, majadero!), le fue concedido el año en que escribió, con lágrimas en los ojos, su Oda a Stalin, «el más grande de los hombres sencillos».

Se entiende que, en su humildad de gran escritor, proponga, pues, que el aeropuerto lleve el nombre de otro de esos pacifistas, recipientes del gran premio: Salvador Allende (1972), Luis Corvalán (1973-4), Hortensia Bussi de Allende (1975-6). O quizás podríamos bautizarlo en honor de un amigo que Neruda hizo en México, el italiano Vittorio Vidali o «Comandante Carlos», asesino estalinista al que le cargan unos 400 muertos, ¡la nada misma!, quizás ni aparecen en el Libro Negro. O podríamos llamarlo Aeropuerto Internacional Winnipeg, en honor del barco que Neruda envió a Chile con refugiados del partido, mientras dejaba en la estacada a los pobres anarquistas y otros bichos, para no hablar de su negativa a dar refugio a los españoles perseguidos a muerte al comenzar la Guerra Civil de España: si los perseguían, es que serían fascistas.

—O bautícenlo Boris Pasternak —me dice desde ultratumba, arrepentido—, para reparar mi silencio cuando fue reprimido por su disidencia en la Unión Soviética.

El asunto es que poner un aeropuerto bajo el patrocinio de un santo que, con sus silencios, con sus poemas y sus panfletos, con su actividad política, promovió el totalitarismo en Chile y desde Chile, en el mundo entero, es demasiado arriesgado. Podrían caerse hasta esos aviones gigantes que comienzan a volar ahora. Total, novecientos muertos, ¿qué tanto? Cuestión de contextos.

Yo admito que, como Hitler y Stalin, Neftalí tuvo su vida buena, sus amigos, sus amores. De hecho, tras divorciarse de su primera mujer, la madre de su hijita fallecida a los ocho años, se casó con su amante Delia Del Carril, y, tras divorciarse de esta, su segunda mujer, se quedó con su amante Matilde Urrutia.

Mas nunca supo nada del amor, como se comprueba leyendo sus poemas. ¿Qué enamorado le diría a su amada brutalidades como que te beso y me voy o por favor quédate callada, como si no estuvieras?

Aun así, aunque haya sabido algo del amor, y por grande poeta que haya sido, y por mucha compasión que nos merezca quien muere de cáncer a la próstata, la seguridad de los aeropuertos está primero. No podemos ponerlos bajo el patrocinio de un cómplice de la mayor masacre que conozca la historia.

O, puestos a arriesgarnos, hagámoslo a lo bestia: Aeropuerto Internacional José Stalin.

jueves, julio 13, 2006

Jesús: estación terminal


Todos los pasajeros deben descender.

Si todos vamos en el mismo tren y hacia idéntico desenlace, ¿por qué tanto revuelo cuando unos buenos cargamentos arriban a su destino juntos, a la vez, con solo una pequeña sacudida de por medio: un terremoto, un par de aviones contra las Torres Gemelas, las bombas coordinadas en Bombay, el descarrilamiento accidental del Metro de Valencia? ¿Qué hace que cuarenta y pico muertos en el Metro sean tanto como doscientos en India, y más, mucho más, que los miles que mueren cada año en accidentes o en crímenes aislados, como por goteo?

Pues eso: la diferencia entre las gotas refrescantes del agua bajo la ducha o de las olas mansas junto a la arena y un río caudaloso que te arrastra, te congela y te ahoga. Sabemos que hemos de contar con el dolor y con la muerte, pero no somos capaces de asumirlo en un grado de concentración público, es decir, visible más allá de una familia. Es lo que sucede cuando no muere solamente una persona, de muerte natural o accidental, sino muchas que mueren violentamente, que concitan la atención de todos, es decir, que mueren una muerte pública e inesperada.

La muerte remueve las almas de todos los que, por el vínculo del amor, querrían —en su querer más instintivo— que aquellos a quienes aman fuesen eternos. La muerte introduce un momento extático, de salida de sí mismo para ver la propia vida como la Tierra desde la Luna. A la luz de una vida que termina, como el dictamen del amor es que debiera ser eterna, se contempla tanto la vida de quien se nos ha ido como la propia a la luz de la totalidad posible de su realización.

Si el difunto es, supongamos, un joven de diecisiete años, que ya ha conocido el amor y los ideales, que ya se ha proyectado y —más todavía— ha sido proyectado por otros hacia un futuro de valía, ¿cómo no considerar que su muerte es prematura? Y, sin embargo, no existen las muertes prematuras. La vida no tendría sentido de responsabilidad si no viviéramos para morir en cualquier momento; si, en lugar de acumular un tesoro en la eternidad —no hacen falta muchos años ni pocos: solamente el acrisolamiento del alma en el amor—, pusiéramos nuestras esperanzas en una meta temporal, que pronto, tras nuestra muerte, será humo, polvo, paja, nada.

La vida de los que sobreviven, esa es la cuestión. Yo todavía estoy aquí: ¿qué he hecho con mi vida?

La pregunta se torna banal apenas la referimos a sus realizaciones materiales, temporales, que en sí mismas valen menos que la vida empleada en su consecución. La pregunta es: yo que, como este hijo o este amigo o esta madre, cuyos ojos muertos contemplo, yo que voy a morir, ¿qué he hecho de mi vida?, ¿qué sentido tienen las metas y las rutinas, los regocijos patéticos del orgullo y los placeres pequeños del que yace en su lecho mortuorio sin saberlo?

¿Qué hago yo con mi vida ahora? ¡Ahora!, no en el plazo dilatado de supervivencia que me asigno.

Así es como la muerte, que necesariamente ha de venir, que primero nos ronda y luego nos silba y más tarde nos acaricia hasta que nos abraza, ayuda a vivir bien. La muerte es un instrumento en las manos de Dios. El ocultamiento de Dios corre a parejas con el ocultamiento de la muerte; pero la muerte tiene, por decirlo así, una ventaja. Dios es invisible y Dios es Amor, así que mientras más se le expulsa de la sociedad humana, mientras más domina el apego a las riquezas visibles, a los placeres de este mundo, y campea la violencia, menos presente está ese Amor Invisible. La muerte, por el contrario, es visible y es el fruto del orgullo y del odio. Entonces nadie es capaz de ocultarla, por mucho que se simplifiquen los funerales y se sumerjan en verdes praderas las casas de los muertos.

Por eso el Omnipotente puede usar la muerte —el castigo divino por excelencia— para remover las conciencias. “Yo soy quien hace morir y quien hace vivir, el que hiere y el que sana” (Dt. 32, 39). “Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza y las riquezas vienen de Dios” (Sir. 11, 14).

Dios castiga para sanar, si se puede; y, si no se puede, castiga por lo menos para vengar a sus elegidos.

Sé que vivimos en una era en la que lo políticamente correcto es ser agnóstico o, por lo menos, suavizar las aristas de la fe hasta que no hieran a nadie. Y eso de un Dios que castiga parece un exceso retórico apto para otras épocas, cuando los humanos eran tan primitivos que, sin tener a la vista, bien pintadas, las penas del Infierno, no iban a portarse como Dios manda.

¿Y ahora somos menos primitivos acaso? Preguntada Hannah Arendt si se habría impedido el totalitarismo si los hombres hubieran creído en Dios, respondió que no lo sabía, pero que pensaba que podría haberse evitado si hubieran creído en el Infierno.

El Holocausto, como la muerte de Jesús, vino de la mano de Dios. Quienes tratan de excusar a Dios —su tremenda ausencia del campo de batalla— hacen una teología barata y no terminan de dejar que la muerte haga su trabajo: ¡despertar las conciencias! El castigo divino no requiere de excusas ni de apologías. Es un llamado paternal a revisar la conciencia y a cambiar.

Dios tiene sus leyes y sus mensajeros. Las muertes colectivas y violentas llevan el sello divino. Esto parece inaceptable, pero para los cristianos morir es saltar a los brazos de Jesús. Los que iban en el Metro de Valencia llegaron solamente a esa estación: Jesús.

No pudieron participar en la Jornada Mundial de las Familias con el Papa. Tampoco en el Congreso de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales, de la víspera, financiado por el Gobierno Español.

jueves, julio 06, 2006

Un minuto fatal, un gran señor, lo indecidible


Las semifinales de la Copa del Mundo 2006 han sido un espectáculo no de belleza, sino de inteligencia, de astucia y de nervios, además de resistencia física.

Yo nunca he creído en eso de que lo importante no es ganar, sino competir. La vida no es así. Lo fundamental no es vivir y que al final perdamos, que todo haya sido nada más que un infierno de punta a cabo: ¡hemos de ganar! Y hemos de ganar ahora porque tanto el Cielo como el Infierno comienzan en el mismo instante de la concepción. Así lo muestra, a su manera, C. S. Lewis en El Gran Divorcio, donde la visión retrospectiva de los protagonistas abarca la vida terrena como parte de su vida eterna. San Josemaría expresa lo mismo en Forja: “la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la tierra” (n. 1005).

Ya lo saben quienes practican el fútbol: lo importante no es competir, sino ganar.

No importa cometer errores. Ganar un partido tiene menos que ver con no cometer errores que con acertar en los momentos decisivos. Aunque uno tenga más tarjetas amarillas y haya concedido más tiros de esquina, gana si al final mete más goles. Y punto final, nada de justicia o injusticia, simplemente hechos: ¡goles, goles, goles!

Nunca hay que bajar la guardia, ni al comienzo ni al final; pero, sobre todo, nunca al final. Aunque hayan corrido 117 minutos de una vida larga, es una locura creer que la carrera está ganada.

Sé que estás pensando en la semifinal Alemania vs. Italia. Alemania tenía un equipo de guerreros, pero los italianos fueron más ágiles, más móviles, más resistentes, más astutos. Y, sin embargo, los mejores no marcaban el gol. Parecía que, tras casi agotarse el tiempo adicional, todo se decidiría en esa mezcla de nervios y de azar que son los penales. Mas no: un minuto fatal, una distracción, un delantero a solas, y se acabó: ¡gol de Italia! Abrazos en Roma. Llanto en Alemania, mezclado con emoción y agradecimiento hacia los soldados que habían luchado como héroes.

Un minuto fatal y se acabó. Así es el cara y sello de la vida. La esperanza de ganar no debe perderse hasta el último segundo, aunque todo nos haya sido adverso, incluso cuando toda esa adversidad haya sido por nuestra culpa. Siempre es posible marcar el gol de la victoria, darse el festín que se dio Italia. Mas tampoco podemos abandonar el temor a perder. Un instante basta para echar por tierra y convertir en lodo el vino bueno enriquecido durante largos años. No se puede jugar en serio sin esperanza, pero tampoco sin temor.

Italia ganó y, ¡oh coincidencia!, eran, además, los mejores. No comparto, sin embargo, el deseo bobalicón de que gane el mejor. Con esos instintos, solamente los soberbios pueden abrigar esperanzas. Yo quiero ganar, y así lo espero, aunque sea el peor. Nada me importa ser el mejor o el peor: yo soy lo único que soy y así tengo que ganar. Nadie ganará por mí.

Sí, adivinaste: ahora hablo de la semifinal Portugal vs. Francia. Los franceses eran menos buenos, pero vencieron. Su secreto se reduce a una nueva demostración empírica de la existencia del alma: Zinedine Zidane.

El capitán del equipo francés nació el 23 de junio de 1972 en Marsella. Ha anunciado su retiro a los treinta y cuatro años, tras haber sido mejor jugador del mundo en 1998, 2000 y 2003, según la FIFA. ¿Quién no recuerda sus dos goles de cabeza contra Brasil, en la final de Francia 1998? Y es embajador de la ONU en la lucha contra el hambre. Bautizó a su primer hijo como Enzo en honor del jugador que él más admira, el uruguayo Enzo Francescoli. Para sus amigos es simplemente Zizou.

En el campo de fútbol ha sido un conductor genial. Ya no hace la bicicleta como antes. Ya no patea ni cabecea como antes. Ya no corre tan velozmente como antes. ¿Entonces? Es que tiene un alma más grande que el cuerpo. Su agilidad sorprendente de pies palidece al lado de la inteligencia para ordenar su equipo: dos gestos, una mirada, un cambio de juego, esos pases de precisión milimétrica . . . y, sobre todo, alma, alma, alma. Él es un señor del campo de batalla.

Y así, con alma y con señorío, podemos ganar aunque no seamos los mejores. Eso es lo bueno del fútbol y de la vida: siempre podemos abrigar la esperanza de ganar, conscientes de nuestras limitaciones, si jugamos más con la cabeza y con el corazón que con las piernas.

Sí, quizás estuvo mal cobrado ese penal que, tras la fría y poderosa ejecución por Zizou, le dio la victoria a Francia.

O quizás estuvo bien sancionado.

Antes no me tomaba en serio la idea de lo indecidible, de Jacques Derrida: esa imposibilidad humana de determinar lo justo y lo injusto. El fútbol me ha enseñado a matizar. Quizás debemos decir que no puede ser penal y no penal a la vez; pero, si la decisión fue o no justa, quizás es indecidible para los pobres fútbol-fanáticos.

Vivo en una casa con ocho fanáticos del fútbol, es decir, gente sensata. Hemos visto a cámara lenta varias veces la jugada discutida. Uno dice:

—Si hubieras visto eso mismo fuera del área, ¿habrías cobrado la falta? El pie del defensa se alzó y tocó la pierna del delantero, sin tocar la pelota, y el francés cayó de bruces . . . Yo cobraría eso fuera del área. Luego, también dentro. Solamente las consecuencias son peores. Un penal no es una falta más fuerte, sino sólo en un lugar especial.

Aparentemente inapelable; pero aquí viene el otro:

—Si el mismo roce hubiese ocurrido fuera del área, ¿se habría caído el francés? ¡Jamás! Fue un toque suave, sin intención, que el delantero aprovechó para tirarse a la piscina. Debió seguir jugando. No fue penal.

Irrefutable.

Indecidible.

jueves, junio 29, 2006

Octavos de final


Historia magistra vitae, experientia mater scientiarum, futbol pater sensus communis.

La historia es la maestra de la vida, una verdad que todavía no aprendemos a pesar de habérsenos enseñado con fórmulas diversas, como esa de que quien olvida sus errores está condenado a repetirlos o que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

La experiencia es la madre de las ciencias, a veces, por cierto, con el método de ensayo y error, pero dejando de lado los errores. . . No así los pseudocientíficos que nos tienen acostumbrados al método de error y ensayo, donde de las malas experiencias no emergen las ciencias sino la reiteración ideológica de los errores.

¿Cómo salir de ese profundo hoyo en que nos hundimos cuando una ideología nos impulsa a repetir, una y otra vez, las malas experiencias mil veces refutadas por la vida de quienes han sido felices, por el verdadero conocimiento científico y por la historia de la humanidad? ¿Cómo liberarnos de la propaganda que domina impunemente a la opinión pública, que le hace creer que progresamos cuando en realidad nos abraza cada vez más fuertemente la barbarie?

Futbol pater sensus communis!: he aquí la solución. El fútbol es el padre del sentido común.

Yo me conformo con que llevemos a la vida personal, familiar, económica, social y política, nacional e internacional, moral y espiritual, el sentido común que hace que el fútbol funcione bien, dé lo que promete, progrese a pesar de los errores.

No afirmo que el fútbol esté fuera de peligro. No: todos los subsistemas sociales están comunicados entre sí. Apenas uno de ellos comienza a ser demasiado exitoso, seguro que vienen los fracasados —los corrompidos— a tratar de aprovecharse, es decir, a corromperlo. Ya hemos visto corrupción en el fútbol: no lo niego. De todas maneras, de momento funciona bastante bien. Sugiero solamente que, para mejorar en lo que estamos mal —como la política y la moralidad pública, la educación y la justicia social—, nos apoyemos en lo que va bien.

Se me ocurre la siguiente comparación. ¿Qué hace un enfermo para sanarse? El médico y su arte son una ayuda externa, que debe, para ser eficaz, apoyarse en lo que todavía está sano. Si colapsan simultáneamente el corazón, el cerebro, los pulmones, el hígado, los riñones, el estómago, el sistema inmune . . . ¡el médico sirve para extender el certificado de defunción!

Así también acontece en nuestra vida personal y social. Hemos de apoyarnos en lo que sin duda va bien para conocer los criterios sobre cómo actuar en aquello que no va tan bien. Si hay malestar ante los resultados de la educación, pero hay consenso en que las empresas y los emprendedores funcionan relativamente bien tanto en el mercado interno como en el internacional, quizás es hora de inyectar más mentalidad empresarial y emprendedora en el sistema educacional, de vincular todavía más a los empresarios con la educación. Sería de locos hacer exactamente lo contrario, que es, al parecer, lo que proponen algunos de los responsables de la debacle.

Y aquí es donde cobra especial importancia mirar hacia el fútbol de calidad, de calidad técnica y humana, a cualquier escala. No nos fijemos en los clubes de pacotilla que reproducen en su interior, como en miniatura, el mundillo de las mafias y de la política. Propongo que miremos el fútbol que funciona, que es el de los países grandes como Brasil, Argentina, Alemania, Inglaterra, España, Italia . . . (aunque no falten síntomas de corrupción), pero también, cuando se respetan las reglas del juego y de la decencia, el de un club amateur y hasta el de un grupo de amigos, un colegio o una universidad.

Así, observando un partido de fútbol, analizando un campeonato, podemos aprender mil lecciones de sentido común, válidas para otros ámbitos de la vida. De hecho, me siento capaz —perdonen la presunción— de escribir un libro entero, y más de uno, sobre las lecciones del fútbol para la vida, para la familia y para la sociedad. Lo haría por solamente la quinta parte de lo que pido para revelar los secretos del amor.

Ahora debo limitarme a comentar la lección, sencilla pero importante, que nos enseñan los octavos de final. Una lección para la vida, pero también para la política y la familia.

Hemos de optar: ¿creemos en la reencarnación o en una sola vida, con una sola muerte?

La primera ronda del Mundial de Fútbol está compuesta por partidos que no se parecen a la vida tal como es.

Los partidos de la primera ronda no terminan con una victoria o una derrota definitiva. Incluso el que pierde tiene una segunda oportunidad; puede, por decirlo así, reencarnarse en el siguiente partido. Quizás hoy jugué como una tortuga, pero pasado mañana puedo ser un leopardo.

La razón, además, funciona de manera calculadora: contra Brasil me conformo con empatar, si luego puedo ganarle a Croacia; incluso puedo perder contra Brasil, si luego empato con uno y le gano al otro. En una vida con reencarnación, la calculadora funciona con toda paz: no me siento con fuerzas para vivir los próximos cincuenta años como humano, así que viviré como un cerdo; en mi otra vida seré un cochinito simpático y ascenderé a caballo en la subsiguiente; pero, ahora, por favor, déjenme en paz, que a Brasil no hay quien le gane.

Los octavos de final, por el contrario, son como la vida verdadera. Se gana o se pierde. No se calcula: se lucha por la victoria.

Una familia se vive una sola vez. Ya basta de creer que hay segundas oportunidades, basta de soñar con las rondas preparatorias, basta de pensar que este partido, el que juego ahora, puede empatarse: ¡no hay empate en la familia! ¡Se gana o se pierde!

Un país parece ser eterno, pero cada generación vive una sola vez. Hemos de ganar ahora.

A la final no llegaremos si perdemos en los octavos de final.

jueves, junio 22, 2006

Un modelo para salir de la masa


Hoy es el dies natalis de santo Tomás Moro, buena ocasión para recordar, entre sus muchas virtudes, la lealtad y el sentido de responsabilidad con que se ocupó de la vida pública.

Muy conocida es su vida diplomática y jurídica, su habilidad política, su fidelidad al rey Enrique VIII y su martirio por negarse a traicionar a la Iglesia. También es grande su fama como humanista cristiano, para quien todo lo humano —la familia y la política, los negocios y las diversiones, las artes y las letras, la teología y la ciencia, las lenguas vivas y clásicas: ¡todo!— constituía don de Dios y camino al Cielo. No era, lo suyo, ese humanismo cristiano de quienes poco saben de humanismo y mucho de medrar con la etiqueta de “cristianos”, que desechan como inútil apenas comienza a pesar más de lo que paga.

Moro ayudó a renovar la cultura de su tiempo a nivel europeo, nacional y familiar. Hubo de soportar las críticas de quienes no entendían que diera a sus hijas una educación igual de honda y esmerada que la que recibían los varones en la Europa de esos años. Su ejemplo, por desgracia, no cayó en terreno fértil. ¿Cuántos quebraderos de cabeza nos habríamos ahorrado si, desde el siglo XVI, en lugar de evolucionar hacia la sociedad del dominio machista sobre las personas y sobre la naturaleza —so pretexto de racionalidad— hubiésemos sacado las consecuencias de la visión de Moro, rectamente igualitaria sin igualitarismos sentimentales?

También es famosa y envidiable la amistad entre Tomás Moro y Erasmo de Rótterdam, quien le dedicara su Moriae Encomium (Elogio de la locura o de Moro, en un juego de palabras). Los dos trabajaron, cada uno con su estilo peculiar, en rescatar la cultura cristiana y europea de su decadencia. No callaron ante la barbarie, pero tampoco se dejaron arrastrar por las reacciones extremistas, que pretendían solucionar los problemas mediante una crítica destemplada y la destrucción del orden vigente, la violencia en definitiva.

Moro hizo resonar su voz en toda Europa casi sin proponérselo. Incluso cuando, intentando salvar la vida, renunció a su alto cargo de Canciller del Reino y se recluyó en el silencio y en la ausencia, negándose en todo caso a apoyar una ley inicua, sus silencios fueron gritos de fe y de amor, de honradez en defensa de la verdad y de la conciencia. Ante sus acusadores supo hablar para defenderse y, una vez condenado a muerte, supo declarar sin ambages que moría no por su capricho sino por fidelidad a Jesucristo, sin condenar por eso a quienes veían las cosas de otra manera.

A mí me cuesta pensar en un modelo mayor de equilibrio y de fortaleza para defender la verdad sin fanatismo. Tomás Moro se esforzó por creer en la inocencia de las conciencias de quienes le perseguían, mas sin ceder, no obstante su agonía ante la muerte, en el fondo del asunto.

También nosotros nos hallamos ante una crisis de la cultura, una crisis en que visiones incompatibles del hombre y del bien común se enfrentan sin posibilidad de reconciliación. En medio, como siempre, yace la masa inconsciente que no sabe qué pensar, que mira por turnos a un lado y al otro, desconcertada: ¿indisolubilidad o divorcio?, ¿castidad o anticoncepción?, ¿libertad para abortar o absoluta protección del no nacido?, ¿eutanasia o cuidados paliativos hasta la muerte natural?, ¿permisivismo moral o defensa de la moralidad pública?, ¿matrimonio heterosexual o libertad de combinaciones?, ¿libertad de enseñanza para las familias o igualación estatal de la educación?, ¿apoyo público a la religión o esfuerzo secularizador?

Tomás Moro es un buen guía para salir de la masa, para pensar con responsabilidad en las cuestiones públicas.

Me atrevo a decir que prefiero relacionarme con alguien que, como Enrique VIII, pelea por sus propios intereses, por el poder o por una ideología atea, contra la Iglesia, antes que con un católico que no lucha por su ideal, convertido en átomo de una masa manipulada, servil, indiferente.

He conocido ya a muchos defensores de la secularización, de un relativismo radical o sutil que está en la raíz de nuestros más serios trastornos individuales y sociales. Advierto en algunos de ellos, sin embargo, algo de la nobleza de Moro: amor a la verdad, aunque digan que no creen en ella; sentido de la civilidad, de la responsabilidad pública, de la necesidad de empeñarse en algo más que comer y beber y divertirse; un esfuerzo serio por vivir a la altura de cierto ideal ético, aunque no sea demasiado exigente ni sepan cómo fundamentarlo; y aun la increíble lucha por liberar la tierra de la fe cristiana, que desconocen.

Y he conocido a demasiados católicos completamente secularizados, aunque sean obispos y sacerdotes y religiosos: que no derramarían una sola gota de sangre por su fe, aunque estén dispuestos —harto mérito tiene— a cansarse en un activismo loco por causas meramente terrenas; que viven como si Dios no existiera, porque nada hay en su conducta —cuánto comen, cuánto beben, qué lujos usan, cómo viajan, qué leen y oyen y miran y dicen y alaban— que nos recuerde la Cruz de Cristo, esa exageración histórica; que en realidad, como decía el Venerable Cardenal John Henry Newman, creen por tradición cultural, pero fe, fe sobrenatural, no tienen.

Con esos agnósticos, ateos comecuras, puedo hablar y luchar de frente; con esos católicos tibios, hombres-masa, aliados ingenuos del relativismo y de la secularización, casi no puedo dar un paso.

Mas he aquí el desafío: extraer de la masa —especialmente de la masa de los creyentes, pero también de quienes no creen: siempre cabe la conversión—, de la masa de los que viven hundidos en la vida meramente privada, en un egoísmo al que toda la sociedad empuja, una selección de hombres nuevos, de seguidores del ejemplo cívico y cristiano de Tomás Moro.

A fin de cuentas, la masa merece nuestro cariño, el de todos los que durante demasiado tiempo hemos vivido en ella.

jueves, junio 15, 2006

La verdad está de paro


Ya conoces el refrán: el que dice verdades pierde las amistades. Yo tengo otra experiencia. He hecho incontables amigos, también entre mis ex alumnos, a fuerza de decirles a la cara, con lealtad, lo que honestamente estimo que es la verdad. En ocasiones he apuntado hacia algo negativo que sus mismos padres veían, sin atreverse a decírselo . . . ¡durante años! Otra veces les he alabado cualidades ocultas —¿por qué decir unas cuantas verdades se entiende siempre acerca de lo malo?— que ellos no conocían. Una vez desveladas, han sido el inicio de una alegría nueva, de una superación creciente, de frutos maduros en el largo plazo, mérito de ellos y de sus familias, sólo secundariamente de quien, en torno a un café o a una cerveza, les sopló casi al oído: “tus preguntas en clase son especialmente lúcidas: ¡profundiza en ellas!”, o “no sé si lo has notado: tus compañeros te escuchan con atención, podrías influir en ése y ese otro para que estudien un poco más” —entonces influía y los tres se hacían mejores—, o, en fin, “con lo bueno que eres para el fútbol, seguro que puedes ser igual de deportivo en tu vida de cristiano”.

No niego que he sufrido, por excepción, malas experiencias. Mis palabras rebotaban en una conciencia encallecida. Incluso entonces no ha padecido la amistad.

Por eso, aunque no te conozco a ti personalmente, a ti que has estado de paro y estarás ahora, si eres la mitad de fanático que yo, casi tan parado con el Campeonato Mundial de Fútbol, aunque no nos conocemos voy a comenzar a ser tu amigo.

No me voy a callar ahora por falsa humildad, por ese cobarde que quién soy yo para entrometerme, que quién puede saber cuál es la verdad.

No se me ocurre nada más cobarde que un gobernante que no ejerce la autoridad o que un maestro —un profesor, un sacerdote— que no dice la verdad tal como la ve, aun a riesgo de equivocarse.

Y eso lo he contemplado en las semanas del paro de estudiantes secundarios: mentiras, hipocresía, manipulación, insistir en los errores de siempre sobre la educación. Naturalmente, no he sido capaz de leer todo lo que se ha escrito —estaba perdiendo el tiempo con una novela sobre Dan Brown—, y desde luego que alabo el esfuerzo de quienes han procurado sacar a flote algunas verdades incómodas, como Joaquín García-Huidobro, Sebastián Kaufmann, Diego Ibáñez, Hermógenes Pérez de Arce, Carlos Peña y Gonzalo Vial, entre otros. El punto es que, hasta donde he podido enterarme, a ti no te han dicho la verdad básica sobre tu paro: que has cometido una injusticia y es necesario repararla.

Solamente hay apariencia de justicia cuando uno lucha por sus propios intereses, porque la justicia es una virtud que nos mueve a dar a los demás lo que les debemos. Eso no significa que sea injusto luchar por los propios derechos: es justo, sin duda, pero no acto de justicia sino simplemente conforme a la justicia. Entonces no te creas un héroe de la justicia cuando clamas que se haga tu santa voluntad.

Además hay formas justas e injustas de reivindicar un derecho. Solamente en casos excepcionales es lícito afectar los bienes ajenos por la fuerza, es decir, usar la violencia para reivindicar la justicia. Un caso así puede ser el de un país donde han colapsado los cauces ordinarios para reclamar —los tribunales y la lucha política pacífica, las elecciones, el ejercicio del derecho de petición, las manifestaciones y reuniones verdaderamente pacíficas— o donde el gobierno ha instaurado una tiranía intolerable, extrema.

Tú has ejercido la violencia fuera de un caso de excepción. No me refiero solamente a haber creado, mediante la orquestación de una marcha pacífica de estudiantes, la ocasión para que actuaran a su manera los delincuentes comunes, el lumpen, los anarquistas y otras heces de nuestra sociedad. De estas injusticias eres ciertamente responsable, en mayor o menor medida, aunque creas que en esos momentos solamente jugabas el juego del poder; pero además pesa sobre ti el solo hecho de haber paralizado la enseñanza, de haber interrumpido el normal cumplimiento de los deberes profesionales de los profesores y de tus compañeros.

El único camino para salir de la crisis crónica de la educación es la mayor exigencia en el cumplimiento de los deberes: más horas de estudio, no menos; más disciplina, no menos; más competencia entre los estudiantes y entre los colegios, no menos; más libertad para alcanzar metas que diferencien a los mejores, no más controles para igualar hacia abajo.

Tú has partido de los presupuestos contrarios. Has cometido una injusticia y debes repararla con más estudio.

También ha sido injusto, aunque quizás por esa ignorancia que es parte del problema de la educación, lo que has pedido.

La gratuidad del pase escolar y de la Prueba de Selección Universitaria constituyen un asunto complejo, pero, al menos, que podría llegar a ser justo. Depende de comparar los costos de esas medidas con lo que deje de gastarse en los débiles de nuestra sociedad, los ancianos abandonados, los niños hambrientos, todos aquellos que no pueden parar porque se mueren y nadie les hace caso. (El paro de ancianos y de enfermos se combate con la ley de eutanasia).

Exiges la reforma de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza porque te han manipulado muy fácilmente los mismos ideólogos que han destruido la educación en Chile. En resumen, tú pides ¡más estatismo! ¡Qué injusticia! Apoyándose en tu violencia, los políticos cobardes se disponen ahora a profundizar en el mal que explica tu mala educación. Los mismos que te halagan y te prometen todo tipo de libertades licenciosas, ahora no le darán a tus padres, ni a ti mañana, una libertad de lo más básica, la de impulsar hacia lo mejor a los propios hijos.

Veo en ti otras verdades, verdades nobles y esperanzadoras, pero tenía que empezar como un buen amigo, por donde más cuesta.