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domingo, diciembre 23, 2007

La culpa de las víctimas


El capítulo precedente fue todo lo violento que tenía que ser, pues se trataba de decir la verdad sobre una injusticia. La verdad, que nunca podemos agotar por entero pero que nos hace ruines si no la acogemos, nos depara mil desagrados. ¿Acaso hay algo más agradable que vivir en la mentira? Solamente se me ocurre una cosa: ver a Dios cara a cara y dejar que la triste verdad sobre nosotros se transfigure en el dolor. Mientras eso no suceda, ¡es tan agradable vivir en la mentira! Es un placer como de sol y arena vivir creyéndonos tipos decentes y descubriendo a cada paso lo malos que han sido los otros, unos otros ya derrotados para siempre. Dolor y sufrimiento, en cambio, nos trae la verdad desnuda: que tras los crímenes de los otros estuvo siempre la complicidad de los buenos, la cobardía mía y tuya, el cansancio de oponerse al mal que, después de todo, no parece ser tan malo. Incluso debemos hablar —esto sí que duele— de la máxima victoria de Satanás: que las víctimas de la injusticia también hayan sido antes culpables de su suerte y sigan siendo, después, presa de todo tipo de males del alma.

Sé que es cruel decirlo, que incluso suena a argumento que suaviza las culpas de los victimarios, de los asesinos, de los totalitarios. Mas da igual cómo nos suena a nuestros oídos anestesiados por el placer de la mentira, porque es verdad: la culpa reside mil veces en las víctimas. No siempre, lo concedo, pero sí muy a menudo: cae bajo la violencia asesina quien ha provocado el odio; se hunde bajo las piernas de un toro desbocado y cruel, cegado por la lujuria violenta, la putilla —a veces, una chica fina— que ya hacía lo mismo a cambio de dinero o de palabras de amor; pierde unos billetes de nada, unas joyas, un automóvil, quien se había paseado durante años con sus riquezas bajo la mirada de los hambrientos, de los miserables, de los que nunca supieron de ideales más altos porque vieron la luz en medio del huracán de privaciones inicuas.

La culpa de las víctimas es una parte del misterium iniquitatis, la más dolorosa, la más inaceptable. Comprendo bien la tentación de escupirle en la cara a quien la descubre. Sin duda, sería culpa mía —aunque no totalmente— que algún lector, si me encontrase casualmente por estas calles calurosas del Sur, me pateara las costillas por mi atrevimiento. Sería culpa de mi falta de tacto, de mi pésima retórica, de la manera destemplada que tengo de decir la verdad. O quizás es que la verdad es desagradable y nada hay más placentero que vivir en la mentira, porque existe esa culpa de las víctimas.

Nos parece muy fuerte en algunos casos, pero todos razonamos así. No vale aceptar que una parte de la culpa está en las víctimas para algunos casos, pero no para otros. ¿Por qué el oligarca es culpable de la rebeldía popular, tantas veces violenta, y no ha de ser, la mujer sensual y casi desnuda, igualmente culpable del ataque violento de un bruto sediento de tomar por la fuerza los placeres del amor? “¡Es que no es lo mismo, no es lo mismo!”, oigo que chillan voces beatas. El problema de este griterío es que unos admiten la culpa de la mujer carnaza y no la del populacho sublevado, mientras que otros, por el contrario, reprochan la culpa del ricachón egoísta y no la de la hembra alzada.

Pensadlo con más calma. Veréis que la culpa nunca es solamente de los pecadores y de los delincuentes, sino que siempre se yergue detrás de cada historia de crueldad y de muerte una historia más amplia de sociedades asesinas y crueles. No soy, sin embargo, de esos que quieren exculpar a todos —comenzando por ellos mismos— para cargar las responsabilidades sobre la sociedad, porque si nadie es culpable tampoco puede serlo la sociedad. Si toda la responsabilidad —o la más importante— de ese chicuelo marginal que asaltó a una diva de la farándula reside en la sociedad que lo marginó y que lo malcrió, esa sociedad lo marginó y lo malcrió por medio de otros tantos individuos que tampoco son responsables, y así hasta el jardín del Edén. ¿Que acaso el único culpable es el diablo? No, amigos, somos todos culpables, sí, pero no porque, como por magia, no lo sea nadie, sino porque cada uno es responsable de sus actos y de cómo influye en los actos de los demás.

Entonces se entiende que hasta las víctimas pueden ser culpables, aun cuando muchas nunca lo sean en ningún sentido. ¿De qué es culpable un niño escarnecido, abusado o abortado? ¿De qué, un enfermo terminal que tarda demasiado en morir? En cambio, por la matanza de Santa María de Iquique, en parte lo fueron esos anarquistas que usaron la vida de los obreros como escudo en una lucha por exigencias justas, sí, pero no tan justas que ameritaran oponer la sangre de los inocentes a las fuerzas del orden liberal. Cien años después, seguimos luchando por la justicia, o por nuestros ideales, o por nuestros intereses: ¡muy bien, pero no a cualquier costo!

Así también sucede que la sociedad oligárquica —en América Latina, todas lo son, aun cuando no lleguen al extremo venezolano— es en parte culpable de la violencia que los grupos subversivos han hecho estallar por más de un siglo, enrolando ya a los miserables ya a los jóvenes ricos, indignados y atribulados por la injusticia que les rodea, con sus olores mezcla de caros perfumes y orines de pobres.

Sí, el burgués asaltado en su casa no carece de culpa. Y la mujer de escaparate violada en la playa, o cuando caminaba semidesnuda por el parque, que encendía los ojos exorbitados de los monstruosos hijos de la sociedad permisiva, esa mujer es, sobre todo, una víctima.

Mas no olvidemos jamás las culpas de las víctimas.

domingo, diciembre 16, 2007

Lecciones de Santa María de Iquique


El 21 de diciembre es el centenario de la “matanza” de Santa María de Iquique.

El resumen de los hechos es simple: los agitadores sindicales hicieron marchar a Iquique a los obreros de las salitreras para presionar a favor de algunas mejoras laborales: alza de salarios, indemnizaciones por despido e invalidez o muerte, más libertad de mercado al interior de los pueblos salitreros, medidas de seguridad en el trabajo . . . El afluente de miles de personas causó preocupación en la población. Era necesario proveerles agua y alimentos, para lo cual ellos mismos hacían colectas . . . Muchos colaborarían voluntariamente por simple compasión cristiana ante los necesitados; pero, ¿qué tan voluntarias podían ser las erogaciones de los vecinos ante obreros que ya usaban su masiva presencia como manera de presionar a poderosos empresarios? El surgir de acciones violentas, sin embargo, llevó a algunas familias a buscar refugio en los buques estacionados en la rada. Atestiguado este hecho, no podemos desconocer que había temor. No podemos idealizar una marcha anarquista como si hubiera sido una peregrinación de carmelitas.

De ahí que desde Santiago vino el mandato de poner término al desorden. Los patronos, por su parte, no cedieron un palmo: solamente negociarían después de que todos regresaran a las pampas. Los trabajadores veían en esa exigencia el fracaso puro y simple de su intento: ¡volver con las manos vacías! Y ya se rumoreaba que las cosas irían a peor, que urgía disolver la amenaza . . . Entonces vino el ultimátum: o dejaban la escuela y se trasladaban al Club Hípico, o se los desalojaría por la fuerza. Los dirigentes rebeldes vieron el peligro: el hipódromo estaba fuera de la ciudad; desde ahí, su presión se reducía a la nada; fácilmente podían obligarlos a marchar de regreso, cabizbajos. El jefe militar ordenó desembarcar las tropas, proveídas de caballería y ametralladoras. La autoridad amenazó: ley y orden, por la razón o la fuerza. El comité anarquista se mantuvo firme.

Las ráfagas duraron un par de minutos. No más. Murieron los cercanos, los que en el pánico se abalanzaron contra los soldados . . . Y la fuerza de la ley pudo más: las gentes obedecieron; los muertos fueron levantados; los heridos, trasladados al hospital. Se disipó el humo de la pólvora y triunfó el orden público sobre los agitadores anarquistas. Según el parte oficial, los muertos no llegaron al centenar; según la investigación de un simpatizante del movimiento, los muertos fueron cerca de dos centenares. Después se ha dicho que esos números había que ampliarlos a cuenta de los muertos rápidamente enterrados, que no fueron contados . . . En fin, que podían haber sido trescientos, cuatrocientos . . . Demasiados para lo que duró la balacera; demasiado pocos para armar una leyenda, pues que en tantos otros casos ha habido más muertos. Así que la imaginación calenturienta de sus ideólogos redondeó la cifra a tres mil seiscientos, como canta Quilapayún.

El juicio sobre los hechos no puede ser tan simple. ¿Quiénes somos los mortales para atribuir responsabilidades definitivas? Podemos, sin embargo, decir algo que nos permita aprender de nuestros errores. Me atrevo, pues, a sugerir tres juicios morales.

Primero: la matanza fue una injusticia atroz debida a una visión demasiado rígida, casi desquiciada, de la ley y el orden. Era el liberalismo de la época, por cierto: ¿no estaba fresco en el aire, acaso, el olor de la pólvora y de la sangre de los indios masacrados desde el Norte hasta el Sur de América para consolidar el Estado moderno? Ante exigencias laborales del todo justas o, en cualquier caso, negociables, la reacción de la autoridad y de los dueños fue sencillamente insensible e inicua.

Segundo: los obreros del salitre y sus líderes también son responsables. Ellos eran trabajadores privilegiados en esa época —como los del cobre hoy—, unos señores elegantes —puede verse en las fotografías de los marchantes, bien trajeados, con sus sombreros y camisas blancas—, dignos como todos deberían serlo. Y efectivamente hubo desórdenes que llevaron a que el cónsul inglés exigiera a Santiago garantizar la seguridad, de donde procedió el estado de sitio y el uso de la fuerza y . . . ¡siempre están los elementos más violentos que todo lo desquician! De manera que, aunque a la postre siempre gana el más fuerte —en este caso, el Estado con su fuerza militar—, y debemos condenar el uso rígido de la represión, no podemos olvidar que la fuerza del número, de la masa, es tan temible como la de los fusiles, y tanto lo fue que también cabe atribuir responsabilidad a la rigidez, a la apuesta insensata de los huelguistas.

Tercero: existe una responsabilidad más alta, indirecta respecto de los hechos individuales, si se quiere, pero real. Es la responsabilidad de las ideas y de los ideales. En este caso, la propaganda de la izquierda quiere hacer creer a los niños que hubo una masacre de pacíficos y explotados obreros —reitero: eran los más ricos de la época—, luchadores por la justicia, a manos de desalmados capitalistas, militares y oligarcas. En cambio, lo que había de parte de los obreros era la lucha por sus intereses —no por los derechos de los demás, que esto es la justicia—, y de parte de sus líderes había la ideología anarquista, y el uso general que la izquierda hace de la pobreza y de la necesidad para introducir el conflicto y la violencia. No nos tapemos los ojos ante la explotación que la izquierda ha hecho siempre de las miserias humanas, de la pobreza y de la debilidad, para hacer progresar su ideología dominadora y violenta. Pocos se atreven a decirlo, precisamente porque, con razón, tienen miedo. De la misma manera, la ideología liberal de la ley y el orden, que era y sigue siendo ciega respecto de los más débiles, puso a algunos hombres —la autoridades de la época— en la tesitura de amenazar y de cumplir la amenaza.

domingo, diciembre 09, 2007

La supersticiosa ética del lector


El título te parece, ¡oh, lector!, tan endiabladamente atractivo, aunque no tienes ni la más peregrina idea de adónde vamos, por la simplicísima razón de que no lo he inventado yo. Me lo sopla Jorge Luis Borges desde el pasado. La distancia temporal entre su breve ensayo y nosotros hará quizás sorprendente la constatación de que ahora las cosas son al revés de como fueron entonces. Entre eso que él notaba y denunciaba suavemente —la superstición de lo estilísticamente correcto como baremo de calidad literaria: ¿puedes tú creer tanta sordidez?— y los extremos contrarios que hemos alcanzado hoy, cuando cualquier badulaque es entronizado como genio de la lengua porque no la habla ni la escribe ni la entiende, entre los dos extremos se destaca más, si cabe, el sentido común del gran argentino: “la pasión del tema tratado manda en el escritor, y eso es todo”.

Borges se quejaba, en “La supersticiosa ética del lector” (OC I, 202-205), allá por 1930, de “una superstición del estilo”. La padecen gentes enfermas del alma —me perdonarán que yo use, como un bruto sin pretensiones de escritor, palabras más fuertes que las de Borges—, que valoran más, y aun exclusivamente, la corrección de lo escrito que la eficacia de las letras en el espíritu, su capacidad para calar y agradar y herir. Se dejan asombrar por “las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y de su sintaxis”. Lo terrible de estos espíritus es que están inseguros acerca de lo más inmediato, es decir, de si les gusta o no lo que leen, porque piensan —a veces inconscientemente— que no puede agradarles lo que objetivamente no debe agradarles según no sé qué reglas de estilo y de gramática: “Subordinan la emoción a la ética, a una etiqueta indiscutida más bien”. Se fijan en la dicción, la sintaxis, el ritmo, la acústica, para ver si se cumplen ciertas reglas y tecniquillas “que les informarán si lo escrito tiene el derecho o no de agradarles”.

De esa supersticiosa ética del lector viven, me temo, los críticos literarios que ahora nos asedian. Yo ya no les creo. No le creo a ninguno. Hace tiempo que he dejado de leer las maravillas recién salidas del horno. Me decepcionan. Soy un lector poco ético. Me importan un comino las sutilezas de estilo, de ambiente, de trama, de caracteres, de lo que ustedes quieran, si no disfruto apasionadamente con lo que leo. Y he aquí que me regocijo con Borges y con Chesterton, con C. S. Lewis y con Tolstoi, con Gabriela Mistral y con Rubén Darío, con Nicanor Parra y con José Miguel Ibáñez, con Wilkie Collins y con Conan Doyle . . . ¡pero no puedo avanzar ni una página, a lo más dos, con algunos autores de moda!

Recientemente, por ejemplo, me dejé llevar por el entusiasmo de algunos lectores del novelista sueco Henning Mankell (1948). Leí El retorno del profesor de baile (2000). Sí, logré terminar; pero nada más. Todo lo que podría, quizás, encantar a un europeo desencantado en busca de quien refleje sus propias taras nihilistas, a mí no me atrae especialmente. Y la trama misma, a fuer de elemental soporta el peso solamente de esos personajes brutalmente secos y vacíos, con la desfachatez, además, de transmitir una moraleja beata sobre los restos de ideología nazi que, al parecer, subsisten en Europa. En conclusión, nunca más leeré a Mankell.

Sin embargo, me atendré a mi propia supersticiosa ética lectora, que consiste, de ahora en más, en no leer nada que no me sea recomendado entusiastamente por un lector confiable. Y ojalá por más de uno. Y, de todas maneras, sólo transcurridos por lo menos diez años desde la publicación del libro. Sobre todo porque a veces me parece —entonces no avanzo en la lectura: la abandono— que hoy hemos tocado el otro extremo, contra el que también nos prevenía Borges: la desesperación o el nihilismo, la negligencia en el escribir, ese creer de algunos “en la mística virtud de la frase torpe y del epíteto chabacano”. La literatura, como todo arte, existe para plasmar en la novedad el gozo de la contemplación. Si no logro penetrar en ese gozo, en la emoción de las palabras, de esas que enuncian sonidos seductores o hacen saltar las emociones del alma o aclaran la verdad o el ingenio en la mente, así, de manera que todo nos agrada, que nos captura y catapulta fuera del tiempo, si nada de eso está ante mis ojos, quizás la culpa es mía y no del autor, quizás no sé leer ni me he formado en tan egregio arte . . . ¡Qué importa! ¡No leeré! ¡No me gastaré los ojos para hacer como que me gusta lo que debería gustarme si fuera yo un buen lector!

No soy un buen lector, un modelo de apreciación estética, unos de esos tipos que deslumbran por su dominio del matiz y por la profundidad hermenéutica. Sí, soy un mal lector, ¿y qué? Soy un sibarita de la literatura: mi único criterio es el gusto. Y tengo la suerte de que me agradan los poemas y los ensayos, las novelas y los cuentos, la intriga policial y la ciencia ficción, las aventuras de marineros y piratas (¡La isla del tesoro!) tanto como las tormentas del alma (¡Cumbres borrascosas!). Vivo abierto a nuevos gustos, además de los antiguos y de los clásicos; pero no a dejar pasar como bueno aquello que realmente no me atrape desde el comienzo hasta el fin.

No quiero decir, con esto, que no esté dispuesto al esfuerzo en la lectura. Sé darme cuenta de cuándo un esfuerzo inicial será recompensado, porque el talento —incluso si oculta por largo rato el fruto de la palabra—, la pasión del escritor, el pulso y el tino con que conduce las cosas, se sienten desde la primera página.

También cuando la paciencia es necesaria para hacerse con un mundo nuevo.


domingo, noviembre 25, 2007

El Señor del Mundo

El futuro está tan indeterminado que no es predecible ni siquiera por una inteligencia casi perfecta que conozca solamente el presente. La inteligencia infinita de Dios, en estricto rigor, tampoco puede pre-decir el futuro: lo conoce tal como es, lo dice como lo que es visto en el infinito presente que llamamos eternidad. La eternidad, en efecto, es —según la célebre definición de Boecio— “la perfecta, total y simultánea posesión de una vida interminable” (interminabilis vitae tota simul et perfecta possesio). Escapa, pues, a nuestra comprensión cómo puede ser conocido, desde ese infinito instante allende el tiempo, todo aquello que nosotros dividimos en horas interminables y en años que se nos van al vuelo, como se deshace la espuma del jabón en el aire.

Si dejamos de lado, pues, el misterio de Dios, cualquier inteligencia finita, aunque sea casi perfecta, no puede predecir el futuro porque el futuro depende de acciones libres, que dan origen a lo completamente nuevo dentro de ese incierto margen para la creación, de que gozamos. Sin embargo, en el presente están las semillas de las posibilidades futuras, sobre las que actúa nuestra libertad. Y sobre la base de esas semillas, una inteligencia lo suficientemente informada y perspicaz puede conjeturar hacia dónde enderezarán, los hombres, sus pasos rutinarios, cansinos, exentos de imaginación creadora. Sin esa razonable previsión, los países no progresarían; no resultarían los negocios —por imprevisión, precisamente, fracasa la mayoría de los que se emprenden—; no se lucharían las grandes batallas; no habría jamás esperanza. Más allá incluso de una previsión humanamente razonable, los ángeles, los demonios y los genios, los hombres preclaros, parece como que ven el futuro. Hegel predijo: después de mí, ¡la locura! Y entonces comenzó el declive del sueño moderno, la locura de la mentalidad fragmentada que algunos denominan postmodernidad. Nietzsche vio saltar por los aires los presupuestos de la sociedad que había matado a Dios, que había basado la convivencia —como tantos ingenuos de nuestros días— en una gran mentira, y entonces predijo: habrá guerras como jamás las ha habido en la tierra. Y esas guerras vinieron como jamás las había habido: millones de muertos y mutilados, trincheras sempiternas, cámaras de gases, ciudades arrasadas, bombas atómicas. Así también el Papa León XIII predijo que, abandonadas las enseñanzas de la Iglesia sobre la justicia social, o se verá reducida la mayor parte del género humano a la vil condición de esclavos, como en otro tiempo sucedió entre los paganos, o la sociedad humana se verá envuelta por continuas agitaciones, devorada por rapiñas y asesinatos. Y así están ahora los más pobres de los pobres —la inmensa mayoría de la humanidad—, gimiendo bajo el yugo de una explotación que no sabemos de dónde viene, y todos, pobres y ricos, llorando por la violencia en sus casas, en sus calles, en sus rostros, en sus sueños.

En ese marco de profecías cumplidas, enunciadas con o sin la ayuda de la fe —con inteligencia—, brilla la novela Señor del Mundo, de Robert Hugh Benson (1871-1914), reeditada en 2006 por Bibliotheca Homo Legens. El autor, hijo del Arzobispo de Canterbury, quien lo ordenó como clérigo de la Iglesia anglicana, se convirtió al catolicismo tras un largo proceso de estudio y de profundización teológica y espiritual, como había sido el caso de otros clérigos anglicanos antes que él, el más famoso de los cuales fuera John Henry Newman. Recibido en la Iglesia el 11 de septiembre de 1903, fue ordenado sacerdote al año siguiente. En 1907 publicó una de sus novelas más famosas, que cobra actualidad en la medida en que se han ido cumpliendo sus profecías, tan cercanas —paradójicamente— a las de Nietzsche. Sí, Lord of the World es la historia de un futuro quizás difícil de soñar a comienzos del siglo XX, donde aún había una mayoría de cristianos practicantes en Europa y América. La Iglesia católica es agitada por una continua sangría de defecciones, desde cardenales y obispos y sacerdotes hasta millones de fieles. El mundo está regido por partidos políticos enteramente racionales y materialistas, cuyos fines últimos son la paz y la fraternidad entre los hombres. Mantienen a raya, en Roma, al Papa, con un dominio temporal donde se vive al ritmo de la naturaleza, sin los progresos de las máquinas, y en los demás países controlan a los católicos, que son tolerados en sus prácticas privadas pero que carecen de los derechos civiles. No se trata de una persecución —nada por el estilo—, sino de la vida pacífica de millones de personas que han superado las supersticiones. La eutanasia, por ejemplo, se practica de forma completamente natural y suave. Hasta que un buen día, en el medio de una crisis internacional, un hombre logra, con su poder retórico, la paz entre Oriente y Occidente. Unifica el mundo bajo su autoridad, por aclamación popular, a la par que establece una Religión de la Humanidad. Entonces sí arrecia la violencia de las turbas y la obligación legal, bajo apercibimiento de pena capital, de jurar lealtad a la nueva religión humanista. El Romano Pontífice, para hacer frente a los últimos tiempos del Anticristo, crea la Orden de Cristo Crucificado, dirigida por el mismo Sumo Pontífice y, en cada diócesis, por el Obispo, si se incorpora a ella. Los miembros pueden ingresar desde los diecisiete años, vinculados por los votos de pobreza, obediencia y castidad, más la intención peculiar de recibir la corona del martirio con la resolución y el propósito de abrazar los tormentos y la muerte, si se diera la ocasión de sufrirlos por Jesucristo.

Un detalle de misterio: el Señor del Mundo tiene la misma apariencia física que el Papa.

La batalla final, cuando todo el poder del mundo va a destruir, mediante armas de destrucción masiva aerotransportadas, los últimos vestigios de la Iglesia católica, de esa superstición que se opone a la paz, encuentra al Santo Padre reunido con sus cardenales, todos inermes, abandonados por la mayoría de los católicos.

Inermes y rezando.

domingo, noviembre 18, 2007

El rey y Mr. Bean contra el mono cojonudo


He vivido varios años en España y pienso que puedo daros la clave del encontronazo del rey y míster Bean contra el tirano que regenta Venezuela.

Presentemos primero a los personajes.

El Rey don Juan Carlos de Borbón es la cosa que simboliza la unidad de España. Es un señor mayor, que se educó en las sobrias tradiciones monárquicas europeas, que sabe de protocolos, de yates, de galanterías, de altura de miras, de prudencia . . ., en definitiva: ¡de todo lo que necesita saber un rey! A propósito de prudencia, dice el rumor, vox populi, que él tuvo la imprudencia de decirles a los militares, en 1981, ante el desorden político y el avance de ETA, que a ver si tenían cojones, y luego tuvo la prudencia de quitarles el piso a los huevones que se alzaron el 23-F.

Y don Juan Carlos hace siempre lo que quiere y sigue siendo el rey. Por eso, cuando asiste a la Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, todos saben que él es la figura. Lo que haga o diga el rey de España importa más, unas veinte o treinta veces más, que lo que pueda hacer o decir un jefezuelo que dura cuatro, seis o diez años, y luego se va para la casa, y nadie se acuerda de sus brillantes tonterías.

El segundo personaje es de lo más divertido: Mr. Bean en América. El presidente del gobierno español tiene la misma carita simpática de ese comediante inglés, Mr. Bean, que con solamente mover los ojos nos hace partirnos de la risa. Amigos: procurad ver a Mr. Bean y a Rodríguez Zapatero frente a frente y luego me diréis si no son el mismo sujeto. La pregunta del millón de euros, por cierto, es cómo diablos consiguió Mr. Bean que la mayoría de los españoles, que suelen tener un sentido del humor más basto que el inglés, votaran por él. ¡Excelente broma!

El tercero: Hugo Chávez. El gran tirano de Venezuela, que descubrió cómo reírse de los izquierdistas de América y del mundo. Tenemos que reconocer, eso sí, una cosa: él llegó al poder por culpa, en gran medida, de esa oligarquía corrupta que nunca introdujo las reformas necesarias para beneficiar a las masas misérrimas, que luego alimentaron la popularidad del mono. No olvidemos, sin embargo, que don Tirano fue un puro y simple coronel golpista, que intentó derrocar por las armas un gobierno democrático. Si le hubiera salido bien, sería ahora un paria, atacado por la izquierda de todo el mundo.

Pero le salió mal. O quizás le salió todo mejor. Descubrió que con traje de tribuno socialista podía llegar al poder y perpetuarse en él con todo tipo de trucos antidemocráticos, bien atestiguados: prohibición de encuestas independientes, persecución de los enemigos —incluido el asesinato de los opositores más duros—, clausura de medios de comunicación, fraude electoral ante observadores internacionales aliados suyos, un asco infinito . . . Sí, porque su discurso estalinista, castrista, serviría para paralizar la crítica mundial. Y así fue.

El mono venezolano le dijo “¡por qué no te callas!” a todo el mundo, porque se vistió de socialista y revolucionario. Mas, cuando el mono se viste de izquierda, más mono se queda.

Y ahora comprended lo que ha sucedido.

Primero: Chávez hizo lo que sabe hacer mejor que nadie: insultar y robarse la cámara.

Segundo: Rodríguez Zapatero hizo lo que sabe hacer mejor que nadie: el ridículo. Intentó argumentar para moderar a Chávez con un vago discurso sobre el respeto debido a Aznar por haber sido elegido con votos españoles, como si los socialistas en España no hubieran dicho de Aznar cosas mil veces peores que las balbuceadas por el mono.

Tercero: Juan Carlos de Borbón hizo lo que sabe hacer mejor que nadie: abrió la boca. Ahora su frase está a la venta bajo todo tipo de formas, desde nombres de dominio como porquenotecallas.com hasta pegatinas y libros. Da como para planificar sus próximas aperturas de boca, a puertas cerradas, con inversionistas de su círculo íntimo. ¿Qué tal si le espeta, para la próxima cumbre, por ejemplo, a la señora K, algo así como: “¡qué guapa que sos!”? Sus socios, al instante o un poco antes, inscriben queguapaquesos.org y tienen ya en prensas un libro de autoayuda, Qué Guapa Que Sos: Cómo Conquistar los Piropos de Su Rey. Y pegatinas.

Ahora os explico, pacientes lectores, que la salida de madre del rey no es poca cosa. Cuando yo viví en España, mis amigos usaban todo tipo de expresiones malsonantes, de manera cariñosa. Un amigo puede tratarte de “coño”, “maricón”, “cabrón” . . . y hasta de “hijo de puta”. Era famosa la historia de esa madre gitana que se asomó a la puerta de la casa y llamó a su hijo a gritos: “¡Eh, Juanillo, a comer, hijo de puta!”. Y si una cosa cualquiera está muy buena, una película, una comida, lo que sea, dicen que “es de puta madre”.

Increíble, pero cierto.

Lo único que es inequívocamente violento, que no admite interpretaciones, es esto: “¡Por qué no te callas!”.

Así que ese tapaboca hispano puede ser el comienzo del fin de Hugo Chávez. Ahora podemos esperar cualquier cosa: que se suicide, que alguno de sus generales —o todos— se rebelen en su contra, que algún francotirador cometa tiranicidio, que su misma enfermedad mental —es un genio de la política, pero está desequilibrado— lo reviente de una vez por todas.

O puede que no. También puede ser que la voz del rey lo convierta en marca registrada. Así pasó en Navarra, hace años, cuando el rey, de visita, fue obsequiado con un plato de espárragos. Y el rey exclamó alborozado: “los espárragos . . . ¡cojonudos!”. Del dicho al hecho, en este caso, poco trecho: Ahora se venden bajo esa nueva marca. Y Chávez puede terminar siendo, por la tolerancia de los buenos, un mono cojonudo, dueño y señor de su palabra.

miércoles, noviembre 14, 2007

Un coloquio con Agustín Squella

El coloquio de presentación de mi libro salió muy bien. El objetivo principal para mí era que fuese un coloquio suelto en el que mi invitado, el profesor Agustín Squella, se sintiera muy a gusto. Y que el público también lo pasara de lo mejor.

Algunos estudiantes me dijeron, a la salida, que esperaban que yo hablara más tiempo y que diera mis argumentos sobre los diversos temas polémicos que aparecieron. Piensen ustedes que Agustín recorrió desde el poder del Vaticano hasta la píldora del día después, pasando por lo malo que es George Bush . . .

Pero yo les había dicho, a los que me habían preguntado ya antes del acto, y lo reiteré después a quienes se lamentaban por la brevedad de mis intervenciones, que mi intención no era intervenir en un debate -por eso lo denominé sencillamente "coloquio"-, sino ser un anfitrión de un colega y amigo, a quien me pareció de elemental elegancia conceder el rol protagónico.

Así que no tenía mucho sentido alargar el encuentro -ya eran como las 9 p.m.- solamente para que yo me diera el gusto de recorrer cada uno de esos temas. Cosa distinta sería sostener un verdadero debate.

Así que le estoy muy agradecido a Agustín por haberle dado realce al evento.

Además, me gustó mucho una de las cosas que afirmó: su idea sobre el pluralismo obligado de las universidades estatales. La libertad de enseñanza exige admitir la pluralidad de orientaciones entre las universidades no estatales, pero es obligado preservar el pluralismo al interior de las universidades estatales. Estoy 100% de acuerdo con eso y coincide con mi adopción de la tesis de Alasdair MacIntyre sobre el futuro de las universidades y de la investigación en filosofía práctica. Si ese ideal se consiguiera, habría más profesores que defendieran el derecho natural y la visión cristiana de la vida en las universidades estatales. Y habría más debate en ellas.




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viernes, noviembre 09, 2007

Otro libro, pero ahora en serio


Estimados amigos de la blogoesfera:

Os invito cordialmente a un diálogo entre colegas y amigos —el profesor Agustín Squella y yo— a propósito de un libro publicado a fines de 2005, que no pudimos presentar porque regresé de Alemania recién antes de la pasada Navidad.

El coloquio está abierto a todos los interesados en una conversación amistosa sobre este tipo de cuestiones abstractas de filosofía del derecho.

Les copio la invitación oficial.





Hernán Corral Talciani
Decano
Facultad de Derecho

tiene el agrado de invitar a usted a la presentación del libro

Analítica del derecho justo.
La crisis del positivismo y la crítica del derecho natural,

publicado por el Instituto de Investigaciones Jurídicas
de la Universidad Autónoma de México, y cuyo autor es
el profesor de Filosofía del Derecho y Derecho Natural
de la Universidad de los Andes,

Cristóbal Orrego Sánchez.

La obra será presentada por medio de un coloquio sobre

“Positivismo jurídico y teoría del derecho natural”,

sostenido entre el autor del libro y el profesor

Agustín Squella Narducci,

Catedrático de Filosofía del Derecho
de las Facultades de Derecho
de las Universidades de Valparaíso y Diego Portales.

El acto tendrá lugar el día
martes 13 de noviembre de 2007 a las 19:30 horas
en el auditorio D del edificio Biblioteca.
(Av. San Carlos de Apoquindo 2.200, Las Condes)

Se ofrecerá un vino de honor.


Santiago, octubre de 2007


S.R.C.: 4129204
E-mail: tsimonetti@uandes.cl



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domingo, octubre 21, 2007

La lucha de un pseudoapóstol


El debate generado por la publicación de los capítulos precedentes demuestra, en buena medida, la tesis de fondo que he defendido. Ya veis que la apología aparentemente racional y abstracta de la anticoncepción está motivada muchas veces por el estilo de vida —un estilo contraceptivo— de los apologetas. Y cada palabra que dicen lo confirma penosamente.

La situación es lastimosa también porque la expansión de esos estilos de vida ayuda a que las personas y las instituciones que argumentan en sentido contrario sean perpetuamente incomprendidas. Más aún: tergiversadas. Por eso, la discusión racional se torna muy difícil. ¿Qué se puede hacer si cada vez que uno dice una cosa recibe una réplica como si hubiera dicho algo distinto? ¿Qué se puede hacer si hasta los datos más incontrovertibles son negados pertinazmente cuando no favorecen el imperio universal de la lujuria? ¿Qué se puede hacer?

Porque la corrupción moral en los países opulentos está llegando a un punto de quiebre, donde los jóvenes mismos se ven ante una disyuntiva radical: o creerles a sus padres y a sus abuelos, a pesar de que les están legando un mundo destrozado —¡un mundo donde tiene sentido hasta matar niños!—, o rebelarse con todas sus fuerzas y convertirse a una vida en la amistad con Dios, con la vida y con el dolor, con la familia y con los compromisos perpetuos, altos, nobles, irrevocables. Y quienes son hostiles a esos compromisos se tapan los ojos, son incapaces de atribuir a sus propios desvaríos colectivos —reitero: lujuria, engreimiento, falsa autonomía del hombre fuerte— lo que hemos visto crecer a diario junto a ellos: más embarazos adolescentes, más abortos, más eutanasia, más niños depresivos, más depauperación de las mujeres, más violencia en las familias y en las escuelas, más de todo lo que necesariamente se sigue del vicio: ¡destrucción de las personas y de las comunidades!

Sin embargo, no me parece justo atribuir ese aletargamiento solamente a las malas disposiciones del auditorio. Pensemos también en nuestra incapacidad para moverlo. Nuestra ineficacia para mostrar la belleza de la verdad no puede achacarse a esos quinceañeros y veinteañeros que todavía creen en un amor limpio y perpetuo, que quizás estaban abiertos a nuestras ideas antes de que los tomara y los corrompiera un grupo de cínicos o un profesor escéptico. No. También falla el testimonio y la fuerza de quienes debemos transmitir la novedad eterna del amor.

Mas dejemos el plural. No me escudo en un mal colectivo. No deseo formular un reproche a otros.

¡Yo soy el problema!

Me pregunto hace tiempo por qué será que tantos sofistas consiguen rodearse de una pléyade de discípulos, mientras que yo, que lucho por una causa mejor, logro entusiasmar a muy pocos. Mi experiencia en esta materia es muy triste. He llegado a pensar que mi suerte cae bajo el diagnóstico implacable, saludable, de estas palabras de san Josemaría:

«¡Qué desencanto para los que vieron la luz del pseudoapóstol, y quisieron salir de sus tinieblas acercándose a esa claridad! Han corrido para llegar. Quizá dejaron por el camino jirones de su piel... Algunos, en su ansia de luz, abandonaron también jirones de su alma... Ya están junto al pseudoapóstol: frío y oscuridad. Frío y oscuridad, que acabarán de llenar los corazones rotos de quienes, por un momento, creyeron en el ideal.«

«Mala obra ha hecho el pseudoapóstol: esos hombres decepcionados, que vinieron a trocar la carne de sus entrañas por una brasa ardiente, por un pasmoso rubí de caridad, bajan de nuevo a la tierra de donde vinieron . . ., bajan con el corazón apagado, con un corazón que no es corazón..., es un pedazo de hielo envuelto en tinieblas que llegarán a nublar su cerebro.«

«Falso apóstol de las paradojas, ésa es tu obra: porque tienes a Cristo en tu lengua y no en tus hechos; porque atraes con una luz, de que careces; porque no tienes calor de caridad, y finges preocuparte de los extraños a la vez que abandonas a los tuyos; porque eres mentiroso y la mentira es hija del diablo . . . Por eso, trabajas para el demonio, desconciertas a los seguidores del Amo, y, aunque triunfes aquí con frecuencia, ¡ay de ti, el próximo día, cuando venga nuestra amiga la Muerte y veas la ira del Juez a quien nunca has engañado! —Paradojas, no, Señor: paradojas, nunca» (Forja 1019).

Aunque algo de esto también obran esos liberales y esos sofistas a los que me he opuesto metodológicamente (en lo personal, no; en lo personal, los amo a todos en las entrañas de Cristo Jesús: Filipenses 1,8). Ellos atraen con la luz de las apariencias de libertad y de verdad; seducen a los jóvenes sedientos de ideales, especialmente a los cristianos, porque la libertad y la verdad son ideales centrales del cristianismo, son como la marca del soplo del Espíritu: el Espíritu sopla donde quiere y donde está el Espíritu de Dios ahí está la libertad; la verdad os hará libres, promete Jesucristo, y el Consolador que él envía de parte del Padre nos guía hacia la verdad completa (cf. Juan 3,8; 2 Corintios 3,17; y Juan 8,32; 16,13; 15,26). Entonces, esos cristianos, deformados quizás por el sentimentalismo, son atraídos, ¡por amor a la verdad!, hacia el escepticismo radical.

Y, con todo, esos liberales y esos sofistas, a los que me opongo, no pueden ser calificados de pseudoapóstoles. Ellos no pretenden ser apóstoles de nadie, salvo de sí mismos. Yo, por el contrario, soy cristiano. No tengo excusas para esta paradoja, que se debe, en definitiva, a la carencia del fuego del amor: «Tu caridad es . . . presuntuosa. —Desde lejos, atraes: tienes luz. —De cerca, repeles: te falta calor. —¡Qué lástima!» (Camino 459).

¡Qué lástima!

Y, sin embargo, he de proseguir descorriendo el velo de mis opciones metodológicas en la lucha por la vida de los inocentes. Más vale luchar por ellos con la luz de la verdad, aun cuando carezca del fuego del amor.

domingo, octubre 14, 2007

Más sobre castidad y razón recta


Los intensos debates generados por mis palabras netas y claras acerca del origen fundamental de los errores sobre el valor de la vida humana naciente, debates reflejados en Bajo la Lupa y también más allá, son una comprobación práctica de mi tesis. ¿O no habéis observado, estimados lectores, que se sienten heridos, se ponen como víctimas, los que confiesan en público a la vez su liberalismo moral en la teoría y su vida desordenada en la práctica? Y conste que he aclarado suficientemente que algunos podrían adherir a ese liberalismo por confusión de argumentos solamente. Mas entonces no tendrán muchas razones para venerar el matrimonio indisoluble y amar a los hijos como un don divino y abstenerse de todo lo que destruye el amor hermoso. A la larga, el resultado es el mismo: la lujuria y el liberalismo moral se aproximan.

A contrario sensu, resplandece la exigencia de cultivar las disposiciones morales que son condición de conocimiento recto. La castidad es relevante en el caso del aborto tanto como la generosidad con los propios bienes en el caso del deber de socorrer a los pobres.

No se trata de exhibir una pretendida superioridad moral que deje, a quienes no practican la castidad, fuera de juego, imposibilitados de presentar sus argumentos. Eso sería jugar con los dados cargados, como el liberalismo político. Al contrario: Todos están legitimados para presentar los argumentos que consideren convincentes y para oponer las dificultades que adviertan en los argumentos contrarios. Pero se ha de contar con la dificultad interior, para intentar superarla. Cualquiera que esté preso de la lujuria, incluso si todavía piensa que el aborto es un crimen, deberá luchar con una dificultad adicional para comprender por qué el aborto es un crimen. La duda liberal —la promesa de una conciencia tranquila— lo atenazará con cierta frecuencia.

Con otras palabras, sería absurdo reducir este asunto metodológico a una comparación entre virtudes —o entre grados de castidad— de los protagonistas de un diálogo sincero. Se trata solamente de luchar contra las distorsiones que nuestras pasiones introducen en la razón práctica.

Ahora bien, según los datos del Instituto Nacional de la Juventud de Chile, sabemos que solamente un 16% de los jóvenes entre 19 y 24 años no ha tenido jamás relaciones sexuales. Todos los demás, salvo los pocos comprometidos en matrimonio a esa edad, han practicado actos de lujuria. Además, en promedio han comenzado a los 16 años. Además, solamente el 16% de los practicantes no lo ha hecho en los últimos seis meses. De ahí se sigue —como también de las caras que he visto y de las risillas que he escuchado, inconfundibles, en el debate público—, que no hay demasiadas esperanzas de que los jóvenes de marras estén moralmente bien dispuestos a ver con claridad que la anticoncepción es moralmente mala y que el aborto, que procede de la misma mentalidad anti-vida, es un “crimen nefando”, en expresión del Concilio Vaticano II. Sin embargo, cuando las pasiones están más calmadas los intemperantes también pueden advertir la verdad de los principios, en alguna medida. Además, la gracia divina opera en el secreto de los corazones, como hemos visto, por ejemplo, con las conversiones al catolicismo de personas como Mortimer J. Adler, Alasdair MacIntyre, John Finnis, el Dr. Bernard Nathanson (llamado “el rey del aborto”), Norma McCorvey (quien, bajo el pseudónimo Jane Roe, protagonizó el proceso “Roe v. Wade”). En fin, ningún obstáculo —ni siquiera la lujuria— puede impedir que la fuerza del amor a la verdad, la pasión superior de la honestidad intelectual, que todos los lectores poseen en alto grado —por eso pasan por aquí— los mueva a tomarse en serio este dilema cultural y personal y a comenzar el camino de búsqueda apasionada de la respuesta correcta. No tengo ninguna duda de que, con la ayuda de Dios y si mantienen firme su resolución de no dejarse ganar por las pasiones, cualesquiera sean las debilidades que todos padecemos, también ustedes pueden llegar a donde llegó el rey del aborto: de los miles de niños asesinados sobre su conciencia a las manos misericordiosas de Dios.

Por otra parte, las equivocaciones en el razonamiento práctico sobre el aborto no siempre se enraízan en una mala disposición moral. He sostenido lo inverso: que las malas disposiciones morales —la lujuria especialmente, pero también la voluntad de poder— dificultan y ofuscan el conocimiento moral. Aunque esta situación es frecuente, no podemos desconocer las otras causas de error y ofuscación en la deliberación moral: los sutiles argumentos de los sofistas, la presión de la cultura y de las costumbres sociales, la dificultad intrínseca de determinados casos difíciles o situaciones límite, etcétera. Por eso, yo me abstengo de achacar a priori una indisposición moral a quien plantee un argumento favorable al aborto o una duda sobre los argumentos pro-vida. Sigue abierta, pues, la más amplia libertad y el consiguiente pluralismo argumentativo contra el dogma liberal de la “razón pública” o cualquier otra forma de exclusión de argumentos como ilegítimos. Cada argumento ha de sopesarse según sus méritos, con independencia de las causas subjetivas que muevan a proponerlo.

Los últimos capítulos han estado centrados en las exigencias de método para razonar rectamente, a propósito del debate sobre el aborto. Me atrevo a reducirlas a tres: libertad intelectual para liberarse de las constricciones del liberalismo político y académico; honestidad intelectual para presentar los argumentos en que uno cree, sin importar que sean religiosos, teológicos, metafísicos o “éticos comprehensivos”; y rectitud moral para dominar las pasiones que desvían nuestra mirada de los datos fuertes de la cuestión, que impiden mirar de frente a un feto cuando muere. Son contraculturales, políticamente incorrectas. Algunos pueden sentirlas como un insulto o una agresión, pero mi intención ha sido seria, pacífica y respetuosa: lanzar un desafío, una provocación saludable, para que por lo menos unos pocos emprendan la mutación ética a la cual los invito, para que este mundo sea más habitable y seguro para los niños de cualquier edad.


domingo, octubre 07, 2007

¿Es posible la corrupción moral?

La comparación con los cerdos puede parecer muy dura y dolorosa, pero la verdad de fondo es incontestable: la corrupción moral es posible.


Pues bien, la magnitud del enfrentamiento entre quienes defendemos la vida del que está por nacer y quienes la atacan —dejo de lado, por ahora, a los tibios y a los indecisos— indica que el problema ético subyacente probablemente se debe a una gran corrupción moral de muchos. Y esa corrupción tiene que ver con la inmoralidad sexual, porque, como dice Peter Kreeft, el día que el tema del aborto no tenga nada que ver con el del sexo, todos se pondrían de acuerdo por unanimidad para proteger la vida de esos niños.

Lógicamente, una parte de esa corrupción moral implica que los moralmente corrompidos —reitero que no hablo de los engañados, de los tibios, de los indecisos— nos consideren corrompidos a nosotros. Lo admito y no me ofende: es un aspecto de su propia corrupción. Y reconozco su derecho a decir lo mismo de quienes ven las cosas de manera diferente a la suya.

El punto que deberíamos examinar con más calma es dónde están más revueltas las pasiones, que explican el desorden racional. Entonces veríamos que las conclusiones falsas y falaces a las que arriban los defensores liberales del aborto, de acuerdo con lo que les parece bueno mas es vicioso, solamente pueden enfrentarse con una tesis lamentablemente ofensiva por verdadera: “Piensas así no por tener razones sino por la carencia de ellas, por la esclavitud de las pasiones”.

Por el contrario, quien vive una vida ordenada, acorde con las virtudes morales —en la medida de su capacidad—, se hace cada vez más amigo de la sabiduría; está cada día mejor dispuesto para conocer la verdad sobre los principios éticos. Cuando ha adquirido la prudencia como virtud cardinal, también advierte la solución para los problemas morales difíciles y la acción recta en los casos particulares. En cambio, quien vive una vida desordenada comienza a sentir cada vez más atrayente la sofística. La capacidad de cubrir el mal con razones de bien —la sofística en moral— cautiva sobre todo a la persona inteligente y refinada. La potencia de la argumentación racional desvinculada de la verdad sobre el bien humano es el complemento perfecto de la vida licenciosa de los hombres inteligentes, porque les ofrece las máximas posibilidades de racionalización, de justificación de la propia conciencia acusadora. Esos individuos, por desgracia, se corrompen hasta el punto de padecer serias dificultades para captar los principios morales en toda su integridad. Naturalmente, no pueden negar fríamente y en universal el atractivo racional de los bienes fundamentales, como vivir, conocer, tener amigos, darle un sentido a sus vidas. Sin embargo, fallan frecuentemente en aplicar esos principios a las situaciones típicas que les afectan negativamente, es decir, a los casos en que el seguimiento de los principios podría exigir un cambio en las costumbres. De ahí que existe una dificultad adicional en un diálogo como el que nos ocupa, relacionado con la protección de la vida humana. Así, por ejemplo, un estilo de vida dominado por el deseo de dominio y de placer —una forma pervertida de entender la autonomía personal y el sentido del bien honesto— se impacientará con la perspectiva de permanecer demasiado tiempo en situación de dependencia y de sufrimiento, pero también con la idea de malgastar ingentes recursos personales y sociales —tiempo, dinero, cuidados— en atender y cuidar enfermos incurables, vidas sin valor.

Más dramática es la situación de quienes están atrapados por la lujuria, que es un vicio que nubla de manera particularmente intensa el uso de la razón práctica. El tema del aborto —como el de la anticoncepción y otros relacionados— nos presenta este problema de manera radical. Es una cuestión metodológica, si se piensa que, según la idea cristiana y también aristotélica, no podrá razonar correctamente quien tenga sus pasiones fuera de control. La akrasía o incontinencia impide la acción recta, aunque se salve el conocimiento moral; pero la intemperancia, el vicio, corrompe incluso el principio práctico en la mente. Ahora bien, aunque el aborto es un crimen contra la vida del no nacido, su motivación directa no es el odio a la vida. El odio a la vida es la consecuencia final de un proceso sostenido de lujuria. La raíz del crimen del aborto es la necesidad de gozar del placer sexual desordenado sin asumir las consecuencias desagradables. La nueva vida se transforma en la primera consecuencia desagradable del sexo extramarital, su más seria amenaza. Por eso, como afirmó Juan Pablo II en Evangelium Vitae, aunque la anticoncepción y el aborto difieren en especie moral, pues aquélla es contraria a la castidad y éste es contrario a la justicia, proceden de la misma planta envenenada. Por eso, el mapa de la difusión de la anticoncepción es muy a menudo el mismo que el de la expansión del aborto. La mentalidad que subyace a los dos fenómenos impulsa, con una irracionalidad atestiguada por innumerables testimonios de mujeres y varones arrepentidos de su crimen, a eliminar al hijo cuando falla la maniobra anticonceptiva. Gracias a Dios, hay una distancia entre las dos acciones. Muchas madres valientes —a veces, cobardemente abandonadas y aun presionadas para matar— han sacrificado su estilo de vida, su comodidad, su honra familiar o social, sus perspectivas de estudio, con tal de respetar y acoger la vida del niño en su seno. La comprensión cristiana para con quienes no han seguido adelante con su embarazo —la misericordia que Cristo nos invita a manifestar con todos los seres humanos, pues todos somos pecadores— no puede llevarnos ni a negar la gravedad del delito ni a desconocer la cuestión metodológica que nos ocupa, a saber, que un estilo de vida sexual desordenado —la lujuria— impide comprender o aceptar los argumentos racionales que prohíben matar directamente a un niño en el seno de su madre.

La corrupción moral es posible. Gracias a Dios, también es reversible. Ya lo veremos.