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miércoles, abril 09, 2008

En España y otra cosa

Mi desconexión de la contingencia chilensis ha sido más que agradable. Por eso, espero escribir en las próximas semanas algunas observaciones desde Europa.

A los que esperan columnas en El Mercurio, les aviso que ya conversé con mi editor para abstenerme durante el viaje. Ya les he contado que esto permitirá probar nuevas voces, y, en una de esas, replantear no solamente mi periodicidad, sino incluso mi permamencia.

Es que desde Europa, desde lejos, se ve demasiado tentador volver a la reclusión de la exclusividad académica.

domingo, abril 06, 2008

Good News: ¡Descanso como Columnista de El Mercurio!

Un comentario, un anticipo de El Mercurio del domingo 6.

Verán que llegan rostros nuevos a la sección de columnistas de Reportajes. Quedan como autores semanales solamente uno de izquierda, Carlos Peña, y otro de derecha, Joe Black.

¡No! ¡Yo no soy Joe Black! ¡Córtenla de una vez con las preguntas!

Ask me no more! (Mejor no les digo de dónde viene esto. Autocensura).

Los columnistas nuevos y yo escribiremos con diversa periodicidad. Eso me permitirá descansar y estar más al día con este Bajo la Lupa. Mis cálculos son que este blog es más leído que El Mercurio —quiero decir, que mis disparates en El Mercurio—, así que es una buena noticia para ustedes y para mí.

Claro que un amigo me dice que se trata solamente de un paso hacia mi expulsión del diario Decano.

Estoy dispuesto.

No soy una diva.

Sé que no le gusto a mucha gente.

Desde el primer momento he escrito consciente de que deberían echarme por incompetente. Me resisto a adaptarme al estilo en boga entre los opinólogos de Chile.

Sin embargo, me encanta escribir en el diario, así que hagan fuerza mental —¡recen!— para que dure un par de meses más por lo menos.

Aunque igual siento la llamada de la selva, la tentación de volver a recluirme en escritos serios, puramente académicos. Por ahora, resisto.



miércoles, abril 02, 2008

Juan Pablo Magno

Que no pase este 2 de abril sin que recordemos a uno de los grandes. La primera vez que le escuché a alguien hablar de Juan Pablo II como "Magno" fue como una anécdota referida al Cardenal Agostino Casaroli. El cardenal, por tantos años Secretario de Estado, le habría dicho a alguien, al poco andar del pontificado de Karol Wojtyla, que en el futuro se le llamaría "Juan Pablo Magno".

Sus hazañas fueron semejantes a las de Gregorio dentro de la Iglesia y a las de León en su lucha por lidiar con los bárbaros.

Aunque esos bárbaros de otrora eran aire, ira, ignorancia, brutalidad, nada grave comparado con el refinado nihilismo de los que nos rodean ahora.

Joannes Paule Magnus, ora pro nobis!

Deslenguado, mal hablado

Marta se duele del mal lenguaje que he adquirido desde que abandoné Alemania. Y tiene razón. Allá escribía en español; aquí, en medio del debate, en el lenguaje que pueda hacer no ya pensar sino escandalizarse un poco a los más sensibles, especialmente a los que todo lo toleran y se erigen en jueces de los intolerantes.

A ver si logro bajar los decibeles de vez en cuando, en honor a mis lectores más moderados.

Acepto opiniones y críticas, pero, por favor, que no sean anónimas.

lunes, marzo 24, 2008

Día Mundial del No Nacido

Se va extendiendo el 25 de marzo como día mundial por la vida de los no nacidos. Si llegara a unificarse internacionalmente, su fuerza comunicativa sería extraordinaria. Una fuerza hay, sin embargo, mayor que la de las comunicaciones humanas: la fuerza de la comunión divina. Por eso, el martes 25 de marzo a las 19 hrs. se celebrará la Misa en la Catedral de Santiago con esta intención. Todos estamos invitados; ojalá que podamos asistir.

Semana Santa

El Santo Padre ha bautizado al subdirector del Corriere della Sera, quizás el periódico más influyente de Italia (una especie de El Mercurio), Magdi Allam, hasta ahora musulmán y feroz crítico contra el radicalismo islámico. Ya ven que no todos los musulmanes son fanáticos; algunos, incluso, están tan abiertos a la verdad que pueden recibir el don de la fe.

Naturalmente, los que se informan por la prensa tradicional, o dedican media hora al día a saber el color de los zapatos de la última putilla televisada, no se enteraron de esta noticia realmente espectacular.

¡Viva Internet!

viernes, marzo 21, 2008

Viernes Santo: ¿día de la tolerancia?

Ya estoy hasta las narices de los cristianos que querrían que la muerte de Cristo en la Cruz se transformara en el símbolo de la paz y el amor y la tolerancia. De la paz, que Él vino a traer como fruto de la justicia y de la reconciliación con Dios, de acuerdo. Esa justicia, ese haber venido "para dar testimonio de la verdad", lo llevó derecho al enfrentamiento con las fuerzas tenebrosas de este mundo. Del amor universal, que perdona a los enemigos y que da la vida por los amigos (por todos los hombres), ¡de acuerdo! Ese amor le arrastró a ayunar en el desierto, a fustigar a los hipócritas, a perdonar a los pecadores con la advertencia "ahora ve y no peques más", y a dejarse matar con tal de cumplir su misión divina.

¿Día de la tolerancia? Aquí, en esta historia de amor y de odio, el único tolerante, como bien observara Hans Kelsen, fue Poncio Pilato. Quien desee compartir ese honor, que se olvide de ser cristiano.


Para pensamientos piadosos de Viernes Santo id a otro sitio.

jueves, marzo 20, 2008

Para los fanáticos de Bajo la Lupa

He visto la preocupación de algunos lectores por mis retrasos en enviar las columnas semanales.

Lo lamento.

He decidido, por eso, hacer algo "super-heavy, ¿cachái?".

Voy a escribir de nuevo en las Máximas Mínimas.

Voy a escribir con más frecuencia mensajes-relámpago en Bajo la Lupa.

Voy a tratar de intentar retomar la frecuencia semanal de las columnas más largas.

Y cuidado con los mensajes relámpago, que pueden venir con truenos.


domingo, marzo 16, 2008

Sobre el mal en potencia


Mr. Clean es el alias de un político estadounidense recientemente caído en desgracia. Le gustaba a él el sobrenombre. Reflejaba a las mil maravillas su denodado empeño por barrer la prostitución, que tanto ensucia la moral pública y privada. Lamentablemente, el pobre Mr. Clean fue cazado en las redes de esa antigua profesión, en un hilo subidamente caro y exclusivo, pero, en fin, no indefectiblemente secreto.

La prensa lo hizo pedazos.

A propósito de escándalos como éste —digamos: personajes intachables que, de pronto, son descubiertos en su hipocresía— se extiende la sospecha sobre todos los que, aunque no sean intachables ni pretendan ponerse como ejemplos, procuran comportarse de la mejor manera posible y defender una distinción objetiva entre el bien y el mal, entre lo virtuoso y lo vicioso.

“No, no se moleste usted”, viene a decirnos la voz sibilina de los cínicos, “mire que todos somos iguales. Todos los que luchan por la moralidad pública son, en realidad, hipócritas redomados. Solamente intentan privar a sus prójimos de los placeres culpables que ellos mismos disfrutan, aunque tantas veces —a fuer de hipócritas, cobardes— en el secreto de sus deseos reprimidos, proyectados, sublimados”. Frecuentemente, sin embargo, esos cínicos quieren simplemente que reconozcamos —todos, todos: nada de diversidad de opiniones en esto— la legitimidad pública de la miseria humana. Es como si la existencia de urinarios —bien situados, limpios, desinfectados, ventilados— nos obligara moralmente, para no caer bajo la acusación de hipocresía, a vivir toda nuestra vida remojados en orina; o como si la existencia de cloacas —bien escondidas, subterráneas—, que tanto facilita la higiene en la superficie, impulsara indefectiblemente, a todos los que quieran parecer auténticos y transparentes, a desfilar por este mundo decorosamente untados en mierda.

Prefiero ser hipócrita.

De todos modos, no hay por qué escoger. Podemos decir simplemente: “Mira: yo soy un desgraciado, que con más frecuencia de lo que se advierte incurro en los siete pecados capitales; pero tengo pudor, sé dónde y cómo reciclar o destruir la mierda, y solamente la imbecilidad humana —que también me afecta, pero no a tales extremos— podría llevarme a exhibir todas mis miserias, a abrumar al prójimo con mis desagradables olores, que ya cada uno tendrá los suyos”. ¿Que a alguien la parece hipocresía todo esto? ¿Que por eso nos abruma rellenando el espacio público con sus traumas de adolescente? ¿Que sostiene, en consecuencia, que todos somos iguales, el Nerón desenfrenado y cruel y la Madre Teresa, el Hitler racista y despiadado y el Padre Pío, el burgués perezoso y consumista y San Josemaría? ¿La única diferencia estriba en que los primeros fueron auténticos y los segundos unos reprimidos?

¡Viva la diferencia! ¡Vivan los reprimidos! De los reprimidos, entonces, es el reino de los cielos. Más todavía: de los reprimidos es la buena voluntad sobre la tierra. De sus obras brota la paz, fruto de la justicia.

De un impulso de ira, bien reprimido a tiempo, brota la paz en una familia. De un impulso de lujuria, ferozmente reprimido apenas surge en el horizonte del pensamiento y del deseo, brota un matrimonio perpetuo, unos hijos sanos y equilibrados, una paz interior que la infidelidad matrimonial destruye, quiebra, enerva, mata. De un torbellino de orgullo aplastado —no imponerse a los demás, escuchar sus opiniones, atender a sus deseos, someterse a las condiciones de la convivencia—, ¡re-pri-mi-do!, emana la fraternidad arraigada, la amistad sincera, la concordia social.

De manera que no somos todos iguales. Algunos preferimos ser “hipócritas” y por eso podemos decir sin jactancia que llevamos sobre nuestros hombros la carga de la paz del mundo. Solamente dejamos de llevarla cuando nos sacude un ataque de cinismo, de sinceridad brutal, y dejamos de reprimir las bajas pasiones.

No somos todos iguales. Los hipócritas tenemos, además, la ventaja de distinguir entre el bien y el mal. Nos negamos a legitimar públicamente el vicio. Legitimar públicamente el vicio, darle carta de ciudadanía so pretexto de diversidad cultural o de autonomía moral —lo dicen quienes luego se horrorizan por lo que a ellos les parece intolerable: generalmente, que maltraten a los de su partido—, reemplazar el pudor por la desvergüenza, burlarse de quienes defienden las virtudes —sí, porque ninguno las posee cabalmente—, igualar lo alto con lo bajo, lo limpio con lo soez, lo fino con lo basto, lo elegante con lo cursi, todo eso es la marca de los cínicos. Y más encima quieren obligarnos, con una ética y un derecho a su medida, a que les hagamos reverencias, a que no los discriminemos.

Con todo, los desvergonzados —hipócritas descontentos del ocultamiento— tienen algo de razón. La Madre Teresa, el Padre Pío, San Josemaría, fueron en su momento iguales a Nerón, a Hitler, al último burgués contento de vivir en medio de placeres mientras los inocentes de este mundo son entregados en manos inicuas. Todos somos iguales en nuestras entrañas y en nuestro corazón, en la potencia para el mal. Y para el bien. Nerón pudo haber sido un estoico sereno en lugar de un gordo sibarita y tiránico (¡mira que asesinar a su propia madre!); Hitler pudo haberse convertido en un soldado obediente y pacífico; y el burgués acomodado a todas las iniquidades de este mundo —las considera cuestiones subjetivas, opinables, mientras él viva tranquilo— puede convertirse, en cualquier momento, en un luchador por los oprimidos y los débiles. Y Teresa pudo haber sido una prostituta en Skopie; Pío, un capo de la Camorra en Nápoles; Josemaría, un asesino de monjas en Madrid. Podrían haber sido cualquiera de esas cosas y muchas más, peores, si hubieran querido. El mal está en potencia dentro de nosotros. Si triunfa el bien, que también está en potencia, es porque interviene nuestra libertad junto con la ayuda divina.

Los cínicos no creen en la ayuda divina. Los escépticos desdibujan las fronteras entre el bien y el mal. Procuran convencernos de que, en el fondo, todos somos igualmente ruines.

No comprenden la lucha eterna contra el mal en potencia.



domingo, febrero 17, 2008

Una columna esotérica


Por esas cosas del destino, la última columna que envié a El Mercurio no llegó a la imprenta. No se trata de alguna forma de censura, algo impensable, porque El Mercurio, contra las apariencias, es el diario más liberal de Chile. Su competidor, el tabloide La Tercera, en cambio, adopta la pose pluralista, pero es de un liberalismo monolítico. En efecto, hace propaganda bajo el lema: “Piensa sin límites”; pero, por si acaso alguien se ha creído el cuento, publican todas las noticias y todas las columnas de opinión bajo un prisma uniformemente liberal, sin tapujos y sin complejos, como la revista de un convento de cartujos sería rigurosamente conventual y religiosa. Por eso me gusta escribir en El Mercurio, porque sé que rondan por esas páginas visiones liberales —erradas, ciertamente, pero interesantes y divertidas— y socialistas y esteticistas y extremas y moderadas, todas aptas para darle el contexto de falsedad que ayuda a apreciar mejor las mías.

La columna no será publicada. Aquí, en exclusiva para mis lectores esotéricos:




Pingüinos 2.0


He recaído en uno de mis traumas de juventud: la vejez. En ese nicho esotérico, el blog “Bajo la Lupa”, he contado ya que desde muy niño quise ser viejo, quizás porque tuve la suerte de conocer ancianos admirables casi desde la cuna, la tan vilipendiada cuna, que hace la diferencia entre el caballero y el roto.

Recuerdo una vez que un viejo nos llevó, a mi hermano mayor y a mí, que teníamos unos diez años más o menos, a pasar el día al campo, en una antigua hacienda mexicana con piscina y animales y “squash” y olor a tiros y a mariachis y a todo lo que la imaginación podía captar con unas pocas miradas. En el camino de regreso, después de pasárnoslo bomba, el viejo nos preguntó si queríamos sentir la emoción de la velocidad. Mi hermano dijo que sí, y yo, en fin, no me atreví a decir que no. Así que asumo mi responsabilidad histórica, moral, jurídica y política, pues el caso es que nos fuimos un buen rato a 170 kms./hora. La culpa principal fue del viejo, que tenía 17 años a la sazón; pero nosotros, los jóvenes de entonces, fuimos cómplices. Y con la sensación de velocidad quise ser viejo pronto, aunque, eso sí, he ido posponiendo un poco la edad de la vejez.

Oficialmente sostengo que la ancianidad comienza a los 25, por una serie de razones filosóficas, médicas y deportivas, que sería largo y humillante repasar. Extraoficialmente, “off the record”, estoy dispuesto a conceder que la vejez comienza a los cincuenta. Y ni un segundo más tarde. No me gustan esos eufemismos que terminan atacando mucho más a los viejos: “¡qué bien se conserva!”; “¡no se le notan los años!”; “¿cómo lo hace para verse tan joven?”; “¿abuela, ya, ¡tan joven!?”; “pero si se ve fresco como una lechuga”; “¡está tan lúcido!” (esto se dice de los que, en fin, además de viejos están cojos, ciegos, sordos . . .). No, no, y eso de los “adultos mayores”, ¡qué violencia al lenguaje y a la dignidad del hombre!

Después fui conociendo a mis tíos y tías, a mis primos mayores —algunos tan viejos que se casaron cuando yo era niño . . .—, a mis profesores, a los carabineros . . .

Los carabineros eran los viejos más choros, qué quieren que les diga. Ellos perdonaron a mi madre tantas veces como para sospechar algún tipo de soborno, que ella dice que consistía en rogarles comenzando por “mi Capitán”. ¡Qué felices esos tiempos! Una sola vez se la llevaron, y mi padre —otro viejo choro— tuvo que ir a rescatarla de la comisaría. Fue un malentendido. La vieja estaba familiarizada con la experiencia de México, donde se pagan las multas sobre la marcha. Es el sistema del PRI, la Concertación de allá: la “mordida” (nuestra “coima”) se considera parte del sueldo del policía. En fin, ella, una vez que vio que no podría sacarse el parte de encima, abrió su cartera y le dijo al pobre cabo: “Ya, ya, muy bien, dígame cuánto le debo”. “¡Pero, señora, qué se ha imaginado!”, respondió el hombre, quien, naturalmente —entonces no había PRI en Chile—, sintió que intentaban sobornarlo. Y fue detenida, “retenida” si ustedes quieren.

Hoy quizás los reprenderían. Ni siquiera pueden echar a los maricas de la institución, hasta que . . . ¡terminamos sospechando de todos! No pueden reprimir a los indios salvajes . . . ¡ni siquiera cuando están en el mismísimo acto de atacar! No pueden esperar justicia por sus mártires. No se hagan ilusiones, paquitos queridos: ustedes seguirán cayendo, y los subversivos y los delincuentes seguirán mandando. No se hagan ilusiones; ni se hagan los lesos. La viuda que decía confiar solamente en la institución, y no en los tribunales, no estaba pidiendo que la institución acudiera a los tribunales. No: ella pedía una solución a la inglesa. Una solución inaceptable, sin duda, pero que nos indica adónde estamos llegando bajo un gobierno débil, corrupto, miserable, mentiroso, pendenciero, anti-vida, anti-familia, anti-reconciliación, anti-estado-de-derecho, anti-empresa, anti-todo.

Tantos viejos superiores he conocido, que ahora me dedico profesionalmente a convertir a los jóvenes en viejos, cuanto antes. Una adecuada formación filosófica, ética, religiosa, profesional, en la tradición del rigor, puede convertir a un niño caprichoso en un hombre de valía; a una niña mimosa en una mujer preparada para ser madre (todo lo demás, que ella pueda ser, será más fácil). Y los estudios superiores, universitarios o técnicos, son eso: tiempo para madurar.

Por eso, a los pingüinos 2.0 les ruego, les exijo, que no se agoten con un verano infernal, que descansen como humanos y no como cerdos, que duerman de noche y jueguen de día, que alimenten ideales altos y nobles y no esa acumulación de ideas rastreras que algunos conciben como consustancial a la juventud.

Pingüinos 2.0: la juventud interior puede perderse más rápido que la exterior. Pero también puede no acabarse nunca.