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jueves, febrero 23, 2006

¿Qué nos cabe esperar?


Calma, ¡que no cunda el pánico!

No vamos a airear el fantasma de Immanuel Kant, quien resumía los intereses de la filosofía en tres preguntas: ¿qué puedo saber?, a la que responde la metafísica; ¿qué debo hacer?, a la que contesta la ética, y ¿qué me cabe esperar?, de la que se ocupa la religión. Las tres pueden reducirse a una sola —continuaba Kant—: ¿qué es el hombre?

No, no vamos a ir tan a fondo. Nos preocupa ahora solamente qué nos cabe esperar del gobierno de Michelle Bachelet.

No puedo responder la pregunta “¿qué puedo saber?”; pero sí sé lo que no puedo saber: el futuro. Si alguno de los que ansiosamente esperaban llegar a este capítulo pensó encontrarse con una gitana leyéndole las manos o con un brujo clavado en su bola de cristal, lamento desilusionarlo.

Sucede que todavía tengo grabada en mi memoria la audacia de un famoso comentarista internacional, quien pronosticó no recuerdo bien qué cosa —quizás el resultado de una elección presidencial en Estados Unidos— apoyándose en que todas, todas las señales sin excepción, y por un amplísimo margen, lo daban por seguro. A la semana siguiente, nuestro prestigioso periodista tuvo que ponerse rojo ante las cámaras, con una honestidad y sencillez que hablaban mejor de él que lo que pudiera afectarle un pequeño traspié. Nos contó que uno de sus grandes maestros de periodismo les había encarecido enérgicamente: ¡nunca intenten predecir el futuro!, ¡jamás den un pronóstico!

Desde entonces, jamás he intentado predecir el futuro y no lo haré nunca.

En consecuencia, con Kant me ocupo ahora solamente de lo que podemos esperar de Michelle. Esperar no es saber, no es predecir. Yo espero salvar mi alma, pero no me atrevo a predecirlo. Yo espero que el conflicto entre Chile y Bolivia se resuelva con una salida al mar, aceptable para los tres países que tienen algo que decir; pero no me atrevo a predecirlo.

Esperar es un acto con múltiples modos, infinitos sentidos y matices.

Esperar es, en primer lugar, pensar que es posible un hecho futuro si se dan ciertas condiciones presentes, por las que debemos luchar. En este sentido se esperan cosas buenas, como las espero yo de los próximos cuatro años.

Espero, por ejemplo, que se note el perfume de mujer. Soy un convencido de que la política racionalista —tantas veces cargada de trapisondas y hasta de violencia—, que domina el mundo desde que dejó de haber reinas —con poder, quiero decir—, necesita urgentemente una inyección de femineidad, de esa otra mitad del ser humano que tiene el alma más abierta a las necesidades concretas de las personas, que es más fuerte ante el sufrimiento físico y moral, que sabe intuir mejor los valores estéticos —el mercado y la política viril los captan solamente de lado, cuando producen dinero o dominación—, que podría advertir —quizás mejor que los varones— la crisis contemporánea de la paternidad y comenzar a sugerir algún remedio.

No espero nada bueno de Michelle Bachelet por ser socialista, pues el socialismo ha causado estragos en todas partes; pero pongo un poco de mis esperanzas en que ella es mujer, y no dejó de serlo ante las tentaciones próximas —técnicas, retóricas— de hacerse más agresiva, asertiva, individualista. La tan anhelada reconciliación nacional, amagada durante todos los gobiernos precedentes por las exigencias de una política técnicamente racional —los dividendos fáciles del odio y de la venganza—, puede ser más fácilmente promovida por un régimen con más mujeres, aunque se les asignen solamente la mitad de los cargos superiores. La unidad tras objetivos compartidos de bien común—como muchos de los que figuran en los dos programas de gobierno— puede ser adquirida más fácilmente por quien ha surgido como líder gracias al apoyo popular y no a una fantástica máquina política (ésta fue necesaria, naturalmente, para ganar las elecciones).

También espero que el sistema político y social se mantenga bien ordenado, con una economía dirigida según las líneas neoliberales que ya nos son familiares, sin perjuicio de los consabidos tributos periódicos que debemos pagar al socialismo: un recorte por aquí, otro por allá. Si hubiese todavía más libertad —ordenada, sin libertinaje—, la economía y la sociedad civil serían todavía más pujantes. Sin embargo, con lo que hay podemos estar tranquilos. No olvidemos que, en esta materia, la derecha ya ganó la batalla histórica y no es posible una súbita vuelta atrás.

Todas estas esperanzas buenas se fundan en condiciones presentes y realistas, pero requieren lucha y compromiso de parte de las personas más sensatas en el gobierno. Yo espero: no profetizo.

Esperar, no obstante, también puede significar solamente aguardar a que algo suceda, estar ahí donde se supone que ha de ocurrir algo, no necesariamente bueno. Así esperamos la llegada del invierno, aunque nos gustaría vivir siempre en primavera. Así esperamos la muerte, que a todos nos afecta poco a poco y, de repente, cuando creíamos que todavía teníamos tiempo, toda entera. En este sentido, también espero lo que no celebro.

Estoy a la espera de que continúe la imperturbable política de persecución a todo lo relacionado con el gobierno militar: la familia de Pinochet, los militares de la época, los colaboradores civiles . . ., ¡todos los que amenacen el poder de la Concertación! No me extrañaría que se creara todavía una tercera comisión, so pretexto de reconciliación, pero que realmente sirviese para terminar de aplastar cualquier vestigio de reconocimiento de la historia verdadera sobre la crisis política en Chile. ¿Qué tal una Comisión para la Reconciliación Civil en Chile? Su finalidad, naturalmente, sería rescatar la verdad sobre la cooperación de los civiles con la dictadura, para, después de conocer la verdad, ofrecerles el perdón, siempre que se arrepientan y lo pidan.

De manera semejante, cabe esperar que los enclaves estalinianos de la Concertación y la internacional progresista sigan causando daño en el campo moral, cultural, familiar y religioso, de la manera que explicaré en el próximo capítulo.

jueves, febrero 16, 2006

Las instrucciones del microondas


Chilenos: ¡preparaos a pasar vergüenza!

Estas páginas han sido leídas no solamente en Chile, donde nuestras miserias podrían pasar ocultas, sino también en Alemania, Argentina, Bolivia, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, México, Uruguay y Venezuela. De manera que el mundo sabrá ahora lo que hace unos años se demostró científicamente: el 80% de los chilenos no entiende lo que lee.

(En realidad, como soy chileno, y son chilenos los periodistas que difundieron estos resultados, nunca estaré seguro de si el 80% no entiende el 100% de lo que lee o si el 100% no entiende el 80% de lo que lee o si . . . en fin, alguna posibilidad intermedia que algún extranjero podría explicarnos y algunos chilenos podrían entender en alguna medida).

No quiero decir con esto que seamos totalmente imbéciles, entiéndanme bien.

Solamente estoy preparándome para las más incomprensibles incomprensiones cuando lean ustedes, en el próximo capítulo, lo que cabe esperar del futuro gobierno de la primera mujer que gobierna en Chile (¿la primera?). En previsión de tan infaustos sucesos (me refiero a las incomprensiones por mi próximo capítulo, no al gobierno de ella), he decidido poner bajo la lupa algo menos contingente que un reinado de cuatro años: las instrucciones de nuestro nuevo microondas.

¿Por qué?

Por una parte, porque la desgraciada investigación sobre nuestra “comprensión lectora” —así hablan ahora los que deberían enseñar castellano— no puso a los conejillos de indias frente a Luis de Góngora y Argote, Martin Heidegger o Jürgen Habermas, sino que les hizo leer despiadadamente las instrucciones de uso de productos cotidianos. Con el manual del microondas podemos hacer un ejercicio de comprensión a la altura de la ciencia moderna.

Por otra parte, las instrucciones del microondas vienen en ocho idiomas, se basan en una larga experiencia y sirven durante un tiempo considerable. Ya veo que el 20% de ustedes ha entendido la comparación, pero hagámosla explícita. Después de la absurda reforma constitucional que redujo el período presidencial a cuatro años —¡creían que iban a perder!—, casi cualquier cosa dura más que un gobierno; además, los programas se preparan sobre la marcha de la campaña electoral y en un idioma que oculta tanto como revela. De manera que fijarse en el microondas tiene un alcance más amplio, profundo y duradero, que entrar de inmediato a comentar el futuro de Michell Bachelet con nosotros.

Sepan ustedes, pues, que bajo mi lupa no solamente pasan objetos efímeros, volátiles, contingentes, como las pasadas elecciones o el futuro del gobierno, sino también elementos de más peso en la vida de una comunidad, como, sin ir más lejos, nuestro nuevo microondas.

Estoy cierto, además, de que la audiencia de estas páginas, su rating, comienza a subir apenas emprendo este camino de mostrar mi vida privada. Puede ser una opción peligrosa, tortuosa, casi impúdica; pero no me queda más remedio que mostrarme como soy —ya: sin exagerar— y atraer las miradas curiosas del mundo entero. ¿Y qué más privado que la cocina de la casa?

Vamos, pues, a las instrucciones del microondas.

Llama la atención, al inicio, un esquema claro del equipo, con nueve números: todo está en orden. Por eso funciona. “Atención: ¡No retire ningunas piezas montadas del espacio interior de cocción o de la parte interior de la puerta!” (sic: está claro que se escribió en otro idioma, y lo tradujo al castellano alguna máquina o, quizás, un experto en “Lengua y Comunicación”). Si el gobierno sigue desmontando las piezas (la familia, la moral pública, las exigencias de respeto en el uso de la libertad de expresión . . .), el horno funcionará cada vez peor.

“Solamente utilice el aparato para el fin previsto”. Sabio consejo, un antiguo principio olvidado por los propagandistas liberales, que creen que cualquier fin es válido con tal de no chocar con el vecino. ¿Nunca han usado un microondas, acaso?

A la hora de desconectar el aparato, se nos dice: “tire de la clavija no del cable”. Y más adelante: “por favor tire de la clavija y no del cable”.

“Para evitar que los niños se hagan daños eléctricos (sic) . . . que los niños no tengan acceso al aparato”. Common sense, my lady. Pero en Chile les damos acceso a los más peligrosos aparatos, y, claro, aumenta el número de los analfabetos funcionales (primero), de los adictos (después) y de los degenerados (al final).

“Niños y personas decrépitas solamente podrán utilizar el aparato sin vigilancia si se ha realizado una instrucción adecuada”. ¿Quién no recuerda ahora el continuado fracaso de las políticas socialistas en educación? ¡Si ya no hay nada que hacer! ¡Pobres niños! (y personas decrépitas).

“¡Existe peligro de explosión!”; “¡Existe peligro de quemarse!”; “posibles llamas”. ¿Exageran las instrucciones del microondas? No: este tipo de indicaciones es bienvenido en la vida ordinaria. Es rutinariamente rechazado en la política, hasta que viene la explosión, las llamas.

“Nota: El microondas no está previsto para calentar/cocer a animales vivos” (sic: énfasis en el original). Dicen que esta nota tuvo que añadirse después de que una señora, tras lavar a su querido gato, intentó secarlo en el horno microondas. Hizo explotar a la pobre mascota adentro . . . Dantesco espectáculo, que se repite en el terreno moral y político, donde algunos piensan que se pueden despreciar las instrucciones sin asumir las consecuencias. Mas ahí está todo ese lastre social: desarraigo, inmoralidad pública, delincuencia, corrupción, miseria material y espiritual . . .

“Es válida la siguiente regla general: Cantidad doble = casi el doble de tiempo / Mitad de cantidad = mitad de tiempo”.

“Para asar a la parrilla utilice por favor la parrilla”.

“Se pueden programar máximamente 9 horas, 99 minutos. Después de haber transcurrido el tiempo, sonarán señales acústicas y la palabra ‘END’ aparecerá en el display”. Todo llega a su fin. Todavía hay esperanza.
Si usted no comprendió este capítulo, vuelva a leerlo. ¿Todavía no? No se preocupe: es estadísticamente normal. Algunos le dirán que en eso consiste la virtud. ¿Entiende?

jueves, febrero 09, 2006

Un techo político para Chile


Una de las iniciativas sociales más exitosas de las últimas décadas ha sido “Un Techo Para Chile”. En otro capítulo vamos a considerarla en sí misma. Ahora nos interesa solamente observar que en la política también se necesita un techo para el país, una solidez de estructuras y de propósitos capaz de transmitir calor y seguridad al pueblo.

Más allá de explicaciones superficiales —que si se manipula al Monstruo, que si la oposición es débil, que si las primarias, que si la intervención electoral . . .—, las causas de fondo de la continuidad de la Concertación de Partidos por la Democracia pueden resumirse en que ha constituido un techo político para Chile.

Winston Churchil decía que “el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y de explicar después por qué no ha ocurrido”. Yo no soy político, pero reconozco que mantuve una cierta esperanza en que el Monstruo se rebelara contra sus domadores (ver “El Monstruo de la Quinta Vergara”), a pesar de ver con mis propios ojos como los partidos de oposición se sacaban sus propios ojos, con el correr de los años, desde el encumbrarse de Joaquín Lavín en 1999. Sin haber llegado al optimismo de predecir una victoria de la Alianza por Chile, siempre me limité a decir que la política es muy contingente y todo puede cambiar en pocos meses, semanas y aun días. Por eso, en los años de la euforia —cuando Joaquín Lavín tenía el 60% de las preferencias— yo parecía pesimista, recordando que todo podía darse vuelta. Por la misma razón, me consideraban optimista cuando, cayendo nuestro hombre fuera de serie en las encuestas, afirmaba yo que todavía podrían hacerse las cosas bien y ganar (y entonces vino Sebastián Piñera y terminó de hacerse todo mal).

El asunto es que ahora, como está claro por los capítulos precedentes, me encuentro en la fase de “explicar por qué no ha ocurrido” lo que podría haber sido: la victoria sobre este régimen que tanto daño le está haciendo a Chile.

Dejando de lado las explicaciones de superficie, pues, me aventuro a ésta: la Concertación de Partidos por la Democracia es un techo político para Chile. Para comprender esta metáfora concentrémonos en tres aspectos.

En primer lugar, la derecha política no gana porque ya ha vencido todas sus batallas históricas. Si se revisa la oposición antigua entre derecha e izquierda, se verá claramente que nadie sostiene hoy los programas sociales y económicos de la izquierda tradicional: igualitarismo absoluto, abolición de la propiedad privada de los medios de producción, revolución violenta para acceder al poder, subordinación de los individuos al Estado. Sí, de acuerdo: los principios siguen operando, de una manera sibilina y más peligrosa. El materialismo de fondo está ahí. La subordinación de la religión y de la moral a la economía y a la política no ha desaparecido. Por supuesto, todo esto es verdad, pero la izquierda ha hecho suyas —porque fue derrotada en la lucha histórica— las fórmulas de derecha, materialistas también: estricta propiedad privada, protección del individualismo, libertad de los mercados, orden macroeconómico, uso de medios pacíficos para obtener el poder, alianza y confusión con los capitalistas, interpretación liberal-burguesa de los derechos humanos. Y si la derecha ya ganó en la historia, ¿qué puede ofrecer ahora? ¿Por qué, además de ver honradas todas las banderas por las que ha luchado, había de quedarse también con el poder?

Brevemente: así como los proletarios, en su lucha de clases, no tenían nada que perder, ahora la derecha ya no tiene nada que ganar. La izquierda le ha dado en el gusto en casi todo, y lo seguirá haciendo con tal de retener el poder. Esta situación es una parte del techo político. En términos económicos, la izquierda gobierna para la derecha y esto significa la paz definitiva. En cambio, pensar en un gobierno de derecha, asediado continuamente por izquierdistas ávidos de poder, es como quedarse a la intemperie otra vez.

En segundo lugar, la derecha es incapaz de imitar a la izquierda en este ejercicio de transformación. La derecha ha sido siempre una santa alianza en defensa de menos santos intereses, con una ceguera sorprendente para la cuestión social, para las injusticias inherentes a la ideología liberal-capitalista. Los intentos de revertir esta situación —notables en la penetración de la UDI en las poblaciones— no son suficientes para la diferenciación política, ahora que existe un consenso mundial en la necesidad de erradicar la pobreza y de superar las desigualdades excesivas: el triunfo histórico de la izquierda.

En tercer lugar, el trabajo de la izquierda en los medios de comunicación, el arte y la cultura en general, ha ido moldeando una masa adicta a su discurso y domesticada por una nueva moral. El efecto es devastador en los políticos que, en lugar de ir por delante, trabajan obsesionados por las encuestas. En definitiva, se trata del techo político que la Concertación ofrece en materia de ideas y de sensibilidad colectiva.

La derecha no necesita ni cultura ni intelectuales, porque sus ideas ya han triunfado y porque la cultura y los intelectuales no producen dinero. La derecha, además, cultiva el desprecio de la política y el refugio en la vida privada. Sucede, por desgracia para ella, que los pueblos viven bajo el cielo de lo público, y solamente pueden gozar del calor y del cobijo bajo un techo construido fundamentalmente con ideas, con discursos y con una estructura social y cultural que dé cuerpo a esas ideas y a esos discursos. Este aspecto esencial de la concepción clásica de la política está en la izquierda, no en la derecha.

Necesitamos una alternativa política, no meramente técnica, a la Concertación, porque, aunque el apoliticismo puede atraer a la masa, jamás podrá entusiasmar a quienes trabajan para llegar a gobernar.
El espacio simbólico solamente se construye con ideales públicos: si faltan, estamos desnudos bajo el cielo oscuro y frío.

jueves, febrero 02, 2006

Más causas de la victoria y de la derrota

La victoria de la Concertación de Partidos por la Democracia puede explicarse solamente en parte por la intervención electoral del Presidente —una respetable tradición republicana desde el siglo XIX—, por los errores de cálculo y la anémica oposición de la Alianza por Chile y por la farándula socialista internacional en la campaña de Michell Bachelet.

Señalaré un par de causas superficiales, que deben tenerse en cuenta en el futuro si se quiere cambiar el gobierno. Dejo a los expertos de la Alianza —su nombre es Legión— seguir revolcándose en la superficie de otras mil explicaciones posibles de una derrota merecida. Yo prefiero ir después —en el próximo capítulo— al fondo del asunto, aunque de él pueda aprenderse solamente algo para el largo plazo y no una receta para hacerse con el poder.

No olvidemos, en primer lugar, el error de no tener primarias en la Alianza. Ciertamente tiene algunas ventajas utilizar el mecanismo de la segunda vuelta; pero, cuando uno de los lados decide tener primarias en un sistema como el actual, el escenario está ya definido.

Las primarias tienen tres efectos cruciales en un sistema bipartidista como el nuestro: evita el desgaste de la competencia interna, porque lo adelanta en lugar de hacerlo simultáneo con la competencia externa; unifica las fuerzas del sector para la campaña final, pues los derrotados en las primarias tienen fuertes incentivos para apoyar al vencedor (además de poder jugar un papel protagónico como candidatos a otros cargos de elección popular), y, en fin, revisten al ganador de una primera imagen de vencedor: asocian a su persona y a su rostro una adhesión proporcionalmente importante. Este último efecto me parece primordial de cara a la confrontación nacional porque constituye, junto con las primarias en sí mismas, una forma de comenzar antes la campaña presidencial.

La segunda vuelta es un mecanismo constitucional sabio y necesario, que no se fundamenta en razones electorales sino en la necesidad de legitimidad política. El nuevo presidente siempre tendrá —cualquiera sea la simpatía que despierte, incluso si es elegido por muchos como simple mal menor— más de la mitad de los votos válidamente emitidos. Además, la existencia de esta alternativa abierta es una salvaguarda in extremis del derecho a exigir primarias justas en un sector y alguna forma de compensación para los sectores políticos que, por el bien de su coalición, renuncian a su derecho a presentar candidato en la elección presidencial.

Con todo, la irrupción de la candidatura de Sebastián Piñera fue intempestiva, rehusó —porque le convenía personalmente— toda posibilidad de primarias y, por último, no duró lo suficiente como para arrastrar, además de a quienes apoyaban a Lavín, a los descontentos de la Concertación.

En el futuro, si la Concertación sigue teniendo primarias, la Alianza por Chile debe imponer este instrumento para evitar toda emulación del piñerazo.

Naturalmente, me retracto de todo lo que precede si se termina el sistema binominal y se disuelven las dos grandes coaliciones. La política es muy contingente y mis opiniones están sujetas a todos los cambios imaginables.

Otra causa superficial —con este calificativo no me refiero a algo poco importante, sino a algo próximo a la situación contingente, mudable en el corto plazo— que contribuyó a la derrota de Joaquín Lavín, además de la arremetida inoportuna de Sebastián Piñera, fue la serie de opciones estratégicas para mantenerlo vivo como líder después de su casi victoria del ‘99-2000.

Primero: ¿Por qué Alcalde de Santiago? ¿Por qué no continuar en Las Condes o, mejor aún, atreverse con una comuna pobre y popular? En su momento, los expertos me dijeron que no, que Santiago era algo central, emblemático, con dinero para hacer algo, mientras que en una municipalidad periférica no se habría logrado mucho. No veían —por algo son expertos— que el éxito de un líder popular no depende de tener muchos recursos o de estar en el centro de una municipalidad seria, sino de hacer por los pobres todo lo posible con pocos recursos. Véase la popularidad de Ossandón en Puente Alto y, ahora, de Orrego en Peñalolén y de Undurraga en Maipú. Los tres, si extendieran el conocimiento de su obra y de su carisma hacia otras comunas, podrían ser excelentes líderes para una elección presidencial. El alcalde de Santiago, en cambio, ¿dónde está?

Segundo: el liderazgo moral débil y la casi nula profundidad política, ideológica, que se pensó como medio para atraer a un espectro amplio (moral e ideológico) de los votantes. Una astucia poco astuta. Los socialistas lo consiguen de otra manera. Nietzsche decía que los filósofos antiguos conocían la diferencia entre lo esotérico y lo exotérico, sabían decir a sus discípulos, a quienes ilustraban y seducían, todo lo que pensaban, y a los demás, a quienes arrastraban, solamente lo que podían entender. A mí no me cabe duda de que Michell Bachelet debe de ilustrar y seducir con ideas claras sobre los ideales socialistas y progresistas a un número suficiente de quienes la siguen por fuertes motivos éticos y políticos; ella ha tenido buen cuidado de no enajenarse esta adhesión profunda mediante actitudes ambiguas o un desperfilamiento de sus opciones ideológicas. Sin embargo, ha sabido cultivar exotéricamente su otra imagen, menos política, más conciliadora. Por el contrario, yo pude observar semana a semana como antiguos entusiastas de Joaquín Lavín —a quien yo siempre he admirado (véase “Un hombre fuera de serie”)— se iban desencantando, porque encontraban en él solamente el líder exotérico —el muñeco de las masas— sin el ancla esotérica de la ética y de la política.

Y así podríamos seguir buscando causas en la superficie de las aguas. Por desgracia, aunque todas estas causas desfavorables fuesen superadas, sigue siendo muy difícil cambiar la orientación del gobierno solamente mediante recetas de corto plazo, aunque sean tan sabias como las que puedan advertirse bajo una poderosa lupa.

Necesitamos profundizar. Ver que la Concertación de Partidos por la Democracia está en el poder por algo más que su excelente máquina electoral.

jueves, enero 26, 2006

La Concertación de Partidos por el Poder

O por la democracia, que es lo mismo: conseguir el poder, y retenerlo, a través de la seducción periódica de los votantes.

O por la alegría, porque con el poder ya en la mano viene la celebración. Y la repartija de los regalos.

O por el amor, porque la Concertación está cada vez más tomada por los que se llaman “progresistas”, y ya sabemos que el progresismo, tal como ellos lo entienden, tiene que ver sobre todo con avanzar hacia el amor: ampliar las posibilidades de hacer el amor con el mínimo de consecuencias molestas.

Poder, democracia, alegría, amor. Todo eso representa la Concertación que gobierna Chile desde hace años. Aunque realmente está gastada como coalición desde el punto de vista de sus ideales políticos, ha tejido muchos intereses concretos que la mantienen unidad como una gran máquina de poder (y de democracia y de alegría y de amor).

Recuerdo ahora un aspecto de la vida de H. L. A. Hart, famoso profesor de Filosofía del Derecho en Oxford a mediados del siglo pasado. A pesar de la afinidad intelectual e ideológica con su mujer, Jenifer, el amor y la complementariedad sexual habían ido palideciendo con los años: “a uno de nosotros no le gusta la comida y al otro no le gusta el sexo”, diagnosticó Herbert. Entonces se propusieron un nuevo comienzo, que —pensaban— podría ser ayudado teniendo otro hijo. Y lo tuvieron, y ayudó a ir adelante. El primer amor, sin embargo, nunca se recuperó. Al final no podían vivir el uno sin el otro, y no tenían eso que los progresistas llaman “amor”.

¿Por qué no se divorciaron, si los dos eran liberales y aceptaban el divorcio como una salida natural a este tipo de problemas? Jenifer Hart se horrorizaba ante la sugerencia y para Herbert era simplemente impensable. Ninguno creía que fuese mejor vivir solos ni que pudieran encontrar una pareja a la altura del otro. La estructura familiar —con los hijos, pero también con un cúmulo de relaciones y de afinidades tejidas más allá del amor— los mantuvo unidos, no a la fuerza, sino porque querían seguir así. Ese querer seguir unidos, potenciado por la llegada de un nuevo hijo, aunque no se sientan los efluvios del sentimiento ni de la afinidad sexual, es lo que yo llamo amor. (Explicaré más esto en otro capítulo si alguien me envía un cheque por un millón de dólares).

De manera que la Concertación de Partidos por el Amor se mantiene unida por los hijos que ha engendrado y por los intereses que ha tejido. Por eso siempre he considerado ridículas las profecías conservadoras —comenzaron ya en el primer año de democracia— de un inminente quiebre en esta tupida red, como si fuera una frágil taza de porcelana y no una maraña muy difícil de cortar. Naturalmente, la contingencia de todo lo político no excluye que se desarticule esa liga exitosa de partidos, especialmente si las nuevas circunstancias, como los cambios en el sistema electoral, hacen posible o incluso aconsejable mantener la red de intereses mediante acuerdos políticos posteriores a las elecciones.

A pesar de todo, el matrimonio polígamo de la izquierda está realmente muy gastado. La mayoría de los votantes no participa de esa red de intereses. ¿Por qué eligieron de nuevo, entonces, a la Concertación?

Pido permiso para señalar una serie de causas superficiales de la victoria, dejando de lado la razón fundamental y obvia que he indicado en el capítulo precedente: ¡se me olvidó rezar!

La primera es que, conscientes del carácter popular del evento, los estrategas de Michell montaron un espectáculo mejor. Parece que leyeron el capítulo sobre el Monstruo de la Quinta Vergara.

Mientras Joaquín Lavín y, después, Sebastián Piñera, posaban delante de una Polaroid —lo que está muy bien— y traían a cantar a un tal Adrián y los no sé qué negros, un morenazo feazo al que solamente mujeres valientes deben de besar, nuestra actual reina acumulaba el apoyo de mujeres extranjeras —esa parlamentaria argentina casada con el Presidente Kirchner, la diputada socialista francesa . . .— y de artistas de alta audiencia, como Miguel Bosé. Si dicen que Piñera necesitaba conquistar el voto femenino, ¿cómo podría competir con Miguel Bosé? ¡¿Cómo?!

Por cierto, eché de menos los comentarios de esos amigos míos concertacionistas que se escandalizaron cuando Lavín comenzó con la política farándula, con sus batucadas y bailarinas y cantantes del ‘99. Ahora la manipulación del populacho (nuestro querido Monstruo) es, simplemente, una aceptable manifestación del carácter cultural-popular de la campaña socialista, una gran fiesta de la democracia.

Una segunda razón que explica la derrota de la Alianza por Chile es la descarada intervención electoral del Presidente Lagos, profetizada en nuestro capítulo “El Monstruo de la Quinta Vergara” como una necesidad política y personal de defenderse contra el avance de las investigaciones por corrupción. De todas maneras, la práctica es esperable y, ya que está legitimada, tendrá que hacer uso de ella la Alianza cuando gobierne.

En tercer lugar, la campaña de la oposición se guió por un cálculo chato basado en preferencias superficiales del Monstruo; pero omitió atacar la corrupción con la indignación moral que amerita y que debía haberse transmitido al pueblo, como con tanta eficacia hace nuestra izquierda cuando elige indignarse por algo. No se hizo sentir a los votantes que tenían una razón poderosa para desear el cambio, a saber, que el régimen actual ha cometido injusticias que requieren un castigo. Este tema seguirá vigente y se agudizará en el futuro, porque —con independencia del signo político— la prolongación en el poder tiende a generar corrupción. Las personas más idealistas, más honestas y más políticas de la Concertación lo saben bien, y luchan contra este fenómeno desde dentro de sus filas. Nada más penoso que una oposición que no lo hace desde afuera.

Estas causas no explican demasiado: son superficiales. Todavía debo señalar algunas más, casi tan elementales. A ti, ¡oh, profundo lector!, te imploro paciencia y comprensión.

jueves, enero 19, 2006

Gracias por favor concedido

Dios mío: no sabía que Tú también estabas leyendo estas columnas. Si lo hubiera sabido, no habría publicado “Del humanismo cristiano, ¡líbranos, Señor!”.

—Yo siempre te escucho, hijo mío —respondió Él—. Así que os he librado de la amenaza del humanismo cristiano; pero, si no os portáis como Yo mando, vendrá uno todavía peor: el humanismo demócrata cristiano.

Temblé, sudé, imploré de nuevo. Y continuó ese diálogo, pero no me es lícito publicarlo ahora porque revelaría cosas que ustedes no pueden todavía asimilar.

Después de la entrevista con Dios, recordé que efectivamente Él me ha otorgado, hasta el momento, todo lo que le he pedido, excepto una cosa que dice que debo implorarle durante algunas décadas (¡ya van dos!). Yo quería que ganara Sebastián Piñera, pero . . . ¡se me olvidó pedirlo!

El hecho es que la causa principal de la derrota ha sido mi miserable diatriba contra el humanismo cristiano.

En cualquier caso, lo pedido era bueno, y ojalá nos dure: que se termine el clericalismo en Chile, que se deje de utilizar la religión para ganar votos. Si la elección de un nuevo Presidente socialista contribuye a este fin, bien vale la pena soportar cuatro años más.

Tres preguntas quedan en el aire, a pesar del favor que la Divina Providencia nos ha concedido. Primera: ¿contribuye la aparente euforia episcopal en favor de Bachelet a combatir el clericalismo o es un resabio de la militancia clerical en las filas de la izquierda? Segunda: ¿por qué triunfó de nuevo la Concertación, cuando venía tan gastada? Tercera: ¿qué cabe esperar?

La primera cuestión es difícil de explicar para quienes no tengan perspectiva histórica.

A los obispos católicos les ha faltado tiempo para ponerse sus arreos e ir a felicitar a una mujer agnóstica, de un pasado no del todo claro, partidaria del divorcio (¡bien ejercitado!), del aborto —aunque las exigencias de la campaña le hayan bajado el perfil—, de las uniones homosexuales . . . Naturalmente se ha producido un escándalo ante lo que parece, por lo menos, hipocresía, y, en cualquier caso, apoyo político a una Presidenta que puede continuar dañando moralmente a nuestra patria.

Hipocresía, sí, porque la Jerarquía guardó una aparente neutralidad antes de la elección; pero ahora se vuelca hacia el lado vencedor, con alegría (¿por qué, si daba lo mismo quién ganara?), con felicitaciones por lo que parece —ahora: no antes— un acierto del pueblo: haber elegido el amor. Y la otra mitad del país, ¿quería el odio, acaso? Y la Concertación, que medra con las heridas del pasado —no conviene que cicatricen—, persigue sin tregua a sus enemigos políticos —con malas artes—, utiliza todo el aparato del Estado para aferrarse al poder, ¿es la encarnación del amor?

Más elemental, con todo, es el escándalo de la Jerarquía católica como comparsa de un régimen injusto.

El gobierno socialista en Chile es un fragmento de la Internacional Socialista, como se ha visto en los múltiples apoyos de emergencia que recibió Michelle Bachelet. El socialismo internacional ha combatido los principios cristianos: la libertad personal; el matrimonio indisoluble y —ahora hay que decirlo— entre varón y mujer; el derecho a la vida de los niños no nacidos y de los enfermos terminales . . .

En consecuencia, aunque la Jerarquía de la Iglesia puede dejar a los fieles libres para que estimen en conciencia si cabe defender mejor los principios desde dentro o desde fuera del régimen actual, no debería ella misma aparecer apoyando a una mitad de la población en su elección de Presidente.

Con perspectiva histórica y mejor conocimiento de la doctrina católica, en cambio, el escándalo se desvanece.

Desde luego, no hay hipocresía: los obispos mantienen su neutralidad cuando felicitan a la vencedora, porque hubieran felicitado también al otro, al humanista cristiano. Quizás no hubiera sido un triunfo del amor, pero habrían alabado la victoria del tesón y del espíritu emprendedor, que también son valores cristianos.

Ahora recuerdo que un día, cuando el Gobierno del ex Presidente Pinochet expulsó a unos sacerdotes extranjeros hostiles y condecoró a otros sacerdotes, más afines, el Nuncio, preguntado ante las cámaras acerca de tan insólito suceso, respondió que él seguía a san Pablo: “me alegro con los que se alegran, lloro con los que lloran” (cf. Romanos 12, 15). Poco tiempo después, ese Nuncio, Angelo Sodano, pasó a ser Secretario de Estado de Juan Pablo II.

En la Alemania nazi, el Cardenal Clemens August von Galen (1878-1946), beatificado por Benedicto XVI, terminaba sus homilías, en las que predicaba fuerte y valientemente contra el régimen totalitario, así: “Oremos por los que están necesitados (...), por nuestro pueblo alemán y nuestra patria y su Führer”. El Papa Pío XI, para defender los derechos de la Iglesia en Alemania, aconsejado por todos los obispos alemanes, firmó un Concordato con Hitler (1933). Después fulminó su Encíclica Mit Brennender Sorge (1937) contra el nazismo, cuando ningún país europeo quería aún hacerle frente.

Después del 11 de septiembre de 1973, la Jerarquía católica asistió al Te Deum con la Junta de Gobierno Militar, a la que aseguró la misma fidelidad que había tenido para con el gobierno recientemente derrocado.

Los obispos chilenos no hacen más que seguir la Historia de la Iglesia, cuya doctrina es clara desde el mismo san Pablo: “Que todos se subordinen a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no venga de Dios, y las que existen han sido establecidas por Dios” (Romanos 13, 1). En ese momento, la autoridad establecida por Dios era Nerón, quien lo haría decapitar poco tiempo después.

¿Y si la señora Bachelet no fuese la tierna amante o la Presidente amorosa que los obispos esperan, y profundizara la experiencia socialista, a la española? Igual irían a visitarla, siguiendo a san Pablo: “bendecid a los que os persiguen; bendecidlos y no los maldigáis” (Romanos 12, 14).

Respondo, pues, a la primera pregunta: los obispos no fomentan el clericalismo ni son de izquierda.

¡Gracias, Señor, gracias!

jueves, enero 12, 2006

Del humanismo cristiano, ¡líbranos, Señor!

Una comprensible hipocresía colectiva caracteriza estos tiempos de elección presidencial. La política se presenta valiente y aguerrida y nos pone ante alternativas excluyentes, donde nos jugamos el futuro, donde no da lo mismo quién lleve las riendas del gobierno, donde al fin queda claro que hay diferencia entre el bien (nosotros) y el mal (ellos).

Bajo la superficie de tanta crispación, en cambio, nuestros líderes —los políticos, los intelectuales, los empresarios— saben que no es mucho lo que puede cambiar; que, con cualquier gobierno, continuaremos con los mismos problemas y los mismos caminos trillados que procuran resolverlos, sin renunciar a las orientaciones de fondo —esa mezcla variable de socialismo y de liberalismo— que, agotadas, solamente pueden administrar la crisis y estabilizar la convivencia.

El problema de la hipocresía, sin embargo, subsiste. ¿Por qué tenemos que aparecer como peleados, cuando en realidad nos queremos bastante? ¿Por qué hemos de gritar que el de enfrente es un imbécil, un incapaz, un inmoral, un peligro, un terrorista, un ladrón . . ., cuando ya querríamos tenerlo de nuestro lado?

Personalmente siempre he pensado que es simpliciter falsa cualquier crítica así, absoluta, contra un hombre o una mujer que ha servido cargos de relieve en la vida pública (alcalde, senador, ministro, académico, empresario, etc.) y que se ha impuesto en su sector político, con adversarios a diestra y siniestra. Alguien así no puede ser light o incompetente o un completo egoísta preocupado solamente de sus intereses económicos. Sebastián Piñera, por ejemplo, no necesita de la política para ser más rico. Para él, como para todos los que ya no pueden contar cuánto tienen, la política solamente es una carga, que debe satisfacer aspiraciones de otra naturaleza, ojalá más altas.

Comprendo, con todo, que, cuando las constricciones institucionales impiden las grandes revoluciones y el estado de la opinión pública y las reglas de la retórica exigen apelar a intereses básicos, los políticos encuentren difícil diferenciarse en sus propuestas sociales y económicas. Necesitan llegar a lo personal, apelar a los resortes morales y religiosos de los electores. Esta realidad es una demostración de que el fundamento moral y religioso de la política se mantiene vivo en la conciencia colectiva.

Mi comprensión no llega a justificar este ejercicio que, además de hipócrita, traslada la distinción básica de la ética, que es permanente, al terreno inestable de las corrientes y de las organizaciones políticas. Nada justifica clasificar a los hombres en los buenos (¡nosotros, no faltaba más!) y los malos. Si ponemos la hipocresía entre paréntesis un momento —todos lo hacemos cuando estamos en confianza— admitiremos fácilmente que el mal está dentro de nosotros y que no podemos decir sandeces como “no me arrepiento de nada”. Lo mismo sucede en los grupos humanos, en cualquier tipo de sociedad —desde una familia a un país, pasando por los partidos políticos—: hay aciertos y errores, virtudes y vicios, personas que hacen más bien que mal y al revés, avances y retrocesos, buenas y malas intenciones, lealtad y traición, libertad, mérito y culpa, y la posibilidad de rectificar.

De manera particular al acercarse una elección conviene insistir en la serenidad necesaria para respetar en el otro —también cuando nos parece que sirve de vehículo a ideas y propuestas objetivamente erróneas y aun perversas— el bien de la común humanidad, su igual derecho al reconocimiento y a luchar por difundir su visión del bien común. Este respeto básico no excluye, sino que garantiza de igual manera, nuestro derecho a la misma lucha política con fines sustancialmente opuestos.

En el fundamento de la moral está la religión. Por eso, más perversa todavía que la división entre buenos y malos es la oposición entre ángeles y demonios. Aquélla tiene el mérito, al menos, de recordar la naturaleza esencialmente ética de la política, aunque con la soberbia de situar el mal solamente al frente. Ésta, por el contrario, auque se apoye en el fundamento religioso de la ética y, en último análisis, de la política, lo hace de manera fanática: reduce la religión a mero instrumento de fugaces asignaciones del poder terreno. Y el fanatismo es una perversión de la religión como el moralismo es una perversión de la ética.

Estoy convencido de que gran parte de la violencia política que asoló nuestra patria se ha debido a la siembra del odio, a la representación de los adversarios como demonios. La Providencia Divina nos ha ahorrado desde hace un tiempo este clima; pero no nos creamos nunca más el cuento del nunca más en Chile. Todo fanatismo, todo mesianismo político, lleva tarde o temprano a la violencia. Y el fanatismo no es de izquierda ni de derecha ni de centro: es un trastorno moral —quizás un problema psíquico— compatible con cualquier idea, con cualquier causa.

El uso de la religión para fines políticos, particularmente de la religión cristiana, repugna más todavía, aunque no alcance hoy al sectarismo de otras décadas. Por eso, aunque quiero con toda el alma ser cristiano y admiro el humanismo —el de Tomás Moro, Pico, Erasmo—, no me parece bueno el intento de apelar al humanismo cristiano como a un talismán para atraer votos.

Son cada vez más los temas políticos en los que los cristianos, como en la resistencia contra el nazismo, el fascismo y el comunismo, debemos estar unidos: la indisolubilidad del matrimonio, el derecho a la vida, la educación de la juventud . . . Ojalá muchos cristianos estén dispuestos a dar razón de su nombre en los temas difíciles, pero renuncien a usarlo para encaramarse en el poder.

La Jerarquía de la Iglesia no ha exigido a los católicos, de momento, uniformidad para votar en las elecciones presidenciales. Pienso, por eso, que los católicos están ante la Concertación en la misma posición que ante el Gobierno Militar: deben ponderar en conciencia si pueden conseguir más desde dentro, colaborando lealmente con los aspectos positivos, o desde fuera, con una oposición dirigida a cambiar el régimen.

Del humanismo cristiano, ¡líbranos, Señor!

jueves, enero 05, 2006

¿Un eje antiimperialista en América?


Un tío del gobierno español llamó al Nuncio en Madrid para exigirle que pusiera orden en la COPE, una cadena de radios que tiene cierta conexión con la Iglesia. ¿Qué había sucedido? ¿Qué podía haber escandalizado tanto a los apologistas de la más desbocada libertad para el sexo, la droga y el anticlericalismo, hasta el punto de llevarlos a pedir la “censura eclesiástica”?

Nada. En comparación con las aberraciones que el régimen hispano acoge en su seno, no había pasado nada. Se trataba solamente de una broma de dudoso gusto: inmediatamente después del triunfo de Evo Morales en Bolivia, lo llamó, para felicitarlo, el conductor de un programa de conversación, personificando nada menos que al Presidente del Gobierno de España.

Y, claro, siguió un diálogo delicioso.

El falso presidente anima al verdadero, le pregunta por Fidel (el Presidente de Cuba) y por Hugo (el de Venezuela), bromea sobre el “eje del mal” en Latinoamérica y sobre el frente antiimperialista, mientras el homenajeado le agradece tan amables palabras, se ríe con él de que no lo haya llamado el Presidente de Estados Unidos, le recuerda que un ex Presidente socialista de España —ése que salió en medio de la debacle de una corrupción galopante— estuvo por ahí ayudándolo y que el Ministro de Relaciones Exteriores español —¡en ejercicio!— le había prometido doblar la ayuda económica si ganaba él las elecciones . . . (por cierto, tan jugosa delación fue desmentida de inmediato por el tal Ministro: un desmentido inútil, difícil de creer). Y, como colofón, Morales le dice a su pseudo colega: “¡somos aliados naturales, Presidente!”.

Desde luego, la risa de los españoles llegó lejos. No habrá censura eclesiástica capaz de acallarla.

El jefe de los indios cocaleros, que en justa lid derrotó al líder de los bolivianos más sensatos, se sentía aliado natural del conquistador español; no tenía ningún problema en revolverse contra el imperialismo del Norte, al mismo tiempo que (¿se daría cuenta?) servía como una pieza más en el puzzle de la Internacional Socialista; sacaba las uñas contra cualquiera que amenazara con hacer rendir las riquezas naturales de Bolivia, a la par que se acaramelaba con quienes solamente han exportado corrupción moral y decadencia cultural.

Confieso que he sido malo, porque me reí cuando —lejos de España y de Bolivia— un amigo catalán me hacía oír la entrevista, bajada de Internet. Me burlé del Presidente de un país hermano.

Quizás esta risa mía pueda ser reparada en parte por los sentimientos compasivos que ahora inundan mi corazón: la pena y la vergüenza ajena. ¿Cómo podría no entristecerme que un país, al que me unen lazos afectivos —amigos cercanos—, caiga una y otra vez en las manos de gente inútil y peligrosa? ¿Cómo no apenarme si, además, en este caso puede venir, con la ayuda de los países socialistas, toda esa reata de corrupción moral que vamos conociendo de cerca en Chile?

La vergüenza ajena procede, en cambio, de las apariencias solamente. Parece que el pobre Evo Morales se cree eso del antiimperialismo y del anticapitalismo. Así se vende dentro, a sus indios, y fuera, a la tropa de burgueses europeos —sumamente imperialistas y capitalistas— que blanquean sus conciencias dando dinero para todas estas payasadas lejos de su casa. Y da vergüenza ajena —por solidaridad latinoamericana— la imagen del Presidente de Bolivia, patética, como si realmente pudiera hacer algo para elevar a su pueblo luchando contra el capitalismo y contra el imperialismo.

Más allá de la risa, la pena y la vergüenza, sin embargo, la realidad es tranquilizadora. Evo Morales no es un indio loco suelto, que dice lo que dice por ignorancia, sino un indio vivo —más vivo de lo que le hace bien a su patria—, que se ha leído un buen montón de libros con ideología barata, en la que no cree, y ha aprendido a utilizar a los que creen en ella.

Evo Morales pertenece al grupo de los caudillos astutos, que no solamente no están contra el imperialismo y contra el capitalismo, sino que viven como reyes gracias a tan misteriosos ismos.

Fidel Castro, por ejemplo, es uno de los capitalistas más ricos del mundo, de acuerdo con los estudios objetivos de la revista Forbes. Cuba ha vuelto a ser lo que era: un paraíso para los ricos —turistas de mala reputación, inversionistas extranjeros aliados con los gobernantes— y un infierno para los pobres, es decir, para casi todos.

¿Y Hugo Chávez? ¡Otro capitalista! Con el buen criterio, desde luego, de hacer participar a los soldados en el festín, apoyado —como siempre en Venezuela— en el petróleo nacional, y dando a los pobres un poco más —por lo menos más palabras . . .— de lo que siempre les dio la oligarquía criolla. Hugo Chávez es un tirano en el más clásico sentido de la palabra.

Algo distinto es el caso de Lula da Silva en Brasil. Naturalmente, como buen líder de izquierda tiene que habérselas con la creciente corrupción en su gobierno; pero él ha tenido el acierto de, más allá de la retórica, mantener la macroeconomía dentro de los parámetros básicos del capitalismo: sin quiebres, sin locuras. Así es más fácil atacar los puntos neurálgicos: la familia, la educación y el derecho a la vida.

Algunos quieren añadir a este elenco de capitalistas encubiertos a Néstor Kirchner. Habrá que esperar al siguiente ciclo de la crisis argentina y ver con cuántos millones sale él del gobierno. Por ahora, el oxígeno que ha conseguido alienta algunas esperanzas que no querría yo ahogar desde tan lejos.

Al final del día, todos ellos parecen presidentes rebeldes ante la opinión pública; pero son, como todos, capitalistas e imperialistas. Aprecian el dinero y el poder y tejen unas alianzas internacionales que les ayudan a acrecentar uno y otro. Por eso los rondan asesores progresistas de España (v.gr., Felipe González) y de Estados Unidos (v.gr., Jimmy Carter).

Sabremos más cuando los llamen de nuevo por teléfono. Con permiso del Nuncio.

jueves, diciembre 29, 2005

¿Quiénes ganaron en las elecciones?



Todos.

Jamás se ha oído de una elección popular en la que alguien haya perdido. Sería como si el pueblo no estuviera de mi parte, cosa absurda e impensable.

La candidata de la Concertación de Partidos por la Democracia vio fugarse los votos del centro, que los analistas políticos adscriben sin pensarlo dos veces (ni una siquiera) a la Democracia Cristiana, como si la geometría ideológica significara algo para el grueso de la masa que acude cada cierto tiempo a votar. El caso es que ella es menos que la Concertación y menos que el Presidente. Por eso éste ha tenido que salir a las calles a tirar bombitas al exitoso empresario que ganó la primera vuelta en la derecha, no vaya a ser que el PRI chileno tenga que irse para la casa con la mitad de los juicios por corrupción sin concluirse satisfactoriamente.

De manera que la candidata ha ganado, gracias a la fuga, un activista más para su campaña, el mismísimo Presidente de todos los chilenos. De todas formas, él galopa para sí mismo, porque ha visto lo que hacen en Chile a quienes pierden el poder.

Ella ganó la primera vuelta con más del cuarenta por ciento de los votos, y casi llega al cincuenta. Ya tendríamos Presidente si no fuese por la competencia del Pacto “Juntos Podemos”. En fin, el caso es que ella ganó y todavía no gana del todo, aunque ganas no le faltan. Dios la bendiga.

Y con esto de Dios pasamos al verdadero ganador de la jornada, con un cuarto de los votos del país. Sí, con un cuarto se gana en Chile: pasó a la segunda vuelta el hombre que, poniendo a prueba su propia lealtad al hasta entonces candidato único de la Alianza por Chile, decidió a última hora entrar en la carrera presidencial. Tras esta victoria entra Dios en escena porque, con el veinticinco por ciento de los sufragios y su paso a la segunda vuelta (el balotaje, como ha comenzado a decirse a la francesa), nuestro héroe se ha transformado en el representante de todos los cristianos. Claro, como ella es agnóstica y tiene un enredo genético en la descendencia, y él es sobrino de Obispo y pariente de curas y bautizado y casado por la Iglesia, salta a la vista que el humanismo cristiano tiene en él su campeón. Si le sale por todos los poros. Si hubiera tercera vuelta se nos convierte en Papa.

En fin, dejamos la teología de lado, que esto de los políticos cristianos me pone la sangre verde. Si Dios quiere, lo explico en otro capítulo, cuando el humanista cristiano, Dios mediante, sea Presidente.

Joaquín Lavín sí que ganó, porque el que reconoce la derrota a tiempo, con hidalguía, siempre gana. Además, cooperó a la victoria de su partido, el más grande de Chile. Además, se convirtió en el aliado natural de su contrincante (me gusta esta expresión desde que el recién electo Presidente indigenista de Bolivia le dijo a quien él creía Presidente del Gobierno español, y era un bromista de la radio COPE: “somos aliados naturales, Presidente”: ¿no se daba cuenta de que era el Presidente de los conquistadores de América, de los que sojuzgaron a sus indios, del imperialismo?). Además, pudo tomar vacaciones. Y, además además, volverá cuando el Monstruo de la Quinta Vergara se revuelva de rabia viendo cómo lo han manipulado.

De todos modos, hay que reconocer que en algo perdió Lavín. Jugó el juego pragmático durante un tiempo tan largo que no consiguió seguidores firmes. Un poco de campaña del terror en su contra bastó para echarlo abajo como alguien que no era creíble. Me recordó lo que decía un humorista estadounidense (copiándolo de alguien que lo decía más largo y mejor): “No conozco la clave del éxito, pero la clave del fracaso es tratar de agradar a todo el mundo”. Sí: los calculadores pensaban que podían desagradar a los que de todos modos votarían por Lavín como mal menor (los conservadores morales de Chile y los aún leales a Pinochet), y decidieron agradar a todo el resto del mundo (minorías morales, jóvenes marginales, travestis, homosexuales, antipinochetistas. . .). Un dirigente de su partido, en un diálogo con estudiantes, decía que iban a estirar el elástico (ése de hacer aguantar el mal rato al público cautivo y halagar al público volátil) todo lo que hiciera falta . . . ¡y se cortó el elástico!

Desde el primer momento sostuve, ante quien quisiera oírlo, que el público cautivo podía no existir, y que el juego del liderazgo débil era un riesgo que no valía la pena frente a lo que realmente se necesita: un líder que encabece una oposición fuerte. Por eso, y porque pienso que Joaquín Lavín es un hombre fuera de serie y que puede ser un gran Presidente, me apenó la estrategia y me dolió, aunque no me sorprendió, su resultado.

De todos los que ganaron, el que menos ganó fue Joaquín Lavín.

En cambio, el que ganó más fue Tomás Hirsch, representando a quienes no podían nada en el Pacto “Juntos Podemos”. Lo más fácil es ganar cuando se sabe que se va a perder. Ciertamente, parte de su estrategia de campaña, además de un deseo legítimo (posiblemente sincero, en este circo de autoengaños que es la política), consistía en augurar un cifra de dos dígitos. No lo consiguió, pero sabía que, fuera lo que fuese (un cinco, un siete, un diez por ciento), su carrera estaba ganada: cientos de miles de personas lo seguían a él y creían más en sus sueños que en las promesas de los grandes.

Los ideales de Hirsch, su capacidad de aglutinar a los descontentos y a los marginales, obtuvieron una visibilidad y un poder de presión desproporcionados en relación con lo que otros marginales (mientras más se corrompe la sociedad, especialmente por el empuje de una política estatal corrompida, más honrados debemos sentirnos de ser marginales) hemos podido conseguir.

jueves, diciembre 22, 2005

Depresión de Navidad


La época más triste del año es la Navidad. No tengo estadísticas, pero no me extrañaría que aumentaran los cuadros depresivos y la violencia doméstica. Cuatro son las causas principales, y difíciles de aceptar los remedios.

Durante el resto del año, las ilusiones se reparten uniformemente, y también los desengaños. En Navidad, en cambio, todos coinciden a la vez en ilusionarse y en desengañarse: es un día más, un alto en la violencia doméstica —me refiero a esos hogares felices donde la violencia admite un paréntesis—, una reunión más amplia, algo que dice que estamos contentos . . . He aquí el problema: la obligación de ser felices, esa derivación del derecho a la felicidad —el motivo para divorciarse: no lo olviden—, es un peso insoportable para el alma humana. Los mortales podemos tener la obligación de comer y de dormir, de estudiar y de trabajar, de pedir perdón y de dar las gracias, de rezar y aun de jugar alguna vez; pero la obligación de ser felices solamente puede hacer infelices a los hombres, además de hipócritas.

El remedio para esta primera fuente de depresión navideña es renunciar a la felicidad. Más: prohibir que se hable de ella. La obligación de no pensar en la felicidad, unida a los deberes propios de la gente adulta —agasajar a los niños, visitar a los enfermos, aliviar a los hambrientos. . .—, puede devolvernos las felices pascuas.

Una segunda causa de tristeza es el uso de una fiesta originada en la pobreza de Dios como instrumento de lucro y de voluptuosidad de los hombres. Todos los paliativos —cajas navideñas para familias pobres, visitas a los mendigos con café y galletas, donativos a instituciones de caridad, porcentajes de las ventas que se destinan a la “responsabilidad social empresarial” . . .— pueden aliviar momentáneamente las conciencias individuales, son como un bálsamo para las almas que están en carne viva porque —a pesar de todo eso— no dejan de ofender al Dios de los pobres. ¿O acaso el bien que se hace compensa el mal que no se abandona? ¿Acaso las migajas de Epulón y esos perros que lamen las llagas de Lázaro justifican la violenta exhibición de un consumo desenfrenado y cruel?

El remedio para este cáncer tan extendido es un movimiento masivo de renuncia a los regalos. Solamente debe haber uno, como en Belén: el de los reyes para el niño. Propongo que, en general, solamente regalen los adultos a los niños, y ser moderados con las excepciones (no creo en reglas absolutas, pero sí en el criterio restrictivo). Además, a la hora de elegir los regalos han de buscarse cosas sobrias y que no hayan sido publicitadas —así se combate el abuso publicitario de la Navidad—.

La competencia por extender el límite de a quién y cuánto se regala, con la consiguiente exigencia social de reciprocidad, es otra causa de tristeza y de preocupaciones inútiles. Hordas trajinan de aquí para allá, hasta casi la misma Nochebuena, mirando y remirando, agobiadas por encontrar el regalo justo, dentro de un presupuesto ya excedido. ¿Cómo puede haber paz en una familia si tienen que gastarse en celebrar, por deber social, lo que no tienen, para felicidad de los bancos que otorgan, sonrientes, fabulosos créditos de consumo?

Contra esta tendencia sugiero renunciar a endeudarse. Más vale decirles a los hijos que este año hay regalos menos buenos —o un solo buen regalo para todos juntos—, y enseñarles el valor de la pobreza, que hacer de la Navidad una causa más de angustia.

La cuarta causa de la tristeza en Navidad —la más profunda— es que se celebra una fiesta cuyo significado se ignora y cuyos mensajes fundamentales ya no se aceptan.

El significado más profundo de esta fecha es el nacimiento de Dios hecho hombre. Llevamos décadas de prédicas sociales, de vagos discursos sobre el amor, y cada vez menos gente sabe que Jesucristo es verdadero Dios, que vendrá para juzgar a vivos y muertos, y que ya ha venido una vez —en pobreza y frío— para redimirnos del pecado. Si esto se supiera, las multitudes buscarían esas fuentes del perdón, especialmente el sacramento de la Confesión antes de comulgar en Navidad. Si los sacerdotes no tienen más penitentes —comenzando ellos por confesarse para instalarse luego en su confesionario—, las depresiones navideñas seguirán en alza.

En fin, junto al significado de la Navidad hay unas enseñanzas importantes, tan alejadas de la vida de este mundo post cristiano que celebrarlas —cuando ya no se creen ni se piensa en ellas—provoca un terrible desgarrón psicológico, moral y espiritual, en cada uno y en la sociedad entera.

La Navidad exalta el valor de la vocación divina —todo se ha de dejar por seguir la llamada de Dios—, pone ante los ojos la fecundidad milagrosa y la hermosura de la virginidad —María, José y Jesús son vírgenes—, somete al acontecimiento sobrenatural los poderes humanos —los magos se postran y adoran—, convoca ante el trono del rey primero a los más despreciados —los pastores que dormían a la luz de la luna—, invita a la pobreza efectiva y exterior —no solamente interior, como desprendimiento— y, sobre todo, muestra al niño como un don de Dios, alguien que se ha de acoger en toda circunstancia, causa de la felicidad más íntima de cada familia.

Por contraste, ¡cuántas familias resisten la vocación de los hijos! Y la virginidad es despreciada. La religión, en lugar de ser servida, es instrumento para el poder político. Y los más pobres siguen sometidos a tratos vejatorios: campañas de esterilización, educación miserable, halagos en tiempos de elecciones. . . La peor lacra social, con todo, es el rechazo de los hijos, que ya muchos no ven como un don, sino como la posibilidad indeseada de una falla en los anticonceptivos.

¿Puede ser feliz quien celebra lo que ignora, quien se obliga a ser feliz por aquello en lo que ya no cree?