Páginas

domingo, junio 24, 2007

El día de los pueblos indígenas


Dos celebraciones atraen nuestra mirada este domingo 24 de junio. Se trata de la fiesta de San Juan Bautista y del Día Nacional de los Pueblos Indígenas. Intentaré relacionarlas en este y el próximo capítulos.

¿Cómo dice usted? ¿Que no ha recibido los volantes, folletos, correos electrónicos, anuncios de radio y televisión, con sugerencias sobre posibles regalos para sus indios más cercanos? ¡Qué descuido! ¿Será, acaso, que los indígenas son demasiado pobres para ser tomados en cuenta por el cruel mercado?

En fin, que no vamos a entrar ahora en los arcanos de la publicidad, la mercadotecnia (o marketing) y la manipulación de las masas consumidoras. Nos basta con detenernos en el asunto éste de la manipulación de los indios.

Incurren en una deplorable explotación de los indios los extremos del liberalismo tanto como los del indigenismo.

Respire hondo, señor, a ver si me entiende.

No tengo nada contra los conquistadores. No me compro ni por un segundo la famosa leyenda negra sobre la conquista de América. Nuestros antepasados europeos —los míos: españoles, portugueses, ingleses— hicieron por estas tierras, desde Alaska a Tierra del Fuego, lo mejor que podría haberles pasado a los habitantes de la zona: liberarlos de imperios crueles y de religiones supersticiosas, de costumbres horribles y malsanas, de retrasos increíbles en los que nadie —ni el más indio de los indios— querría vivir hoy. Implantaron en América una civilización superior en lo esencial —en la visión del hombre y de Dios, en la cultura y la ciencia, en la moral—, aunque no superior en todos y cada uno de los respectos, cosa por demás imposible. Los indios, por ejemplo, solían ser más limpios: Se bañaban todos los días, como han comenzado a hacer recientemente la mayoría de los europeos.

¿Que hubo abusos? ¡Por favor, señor, por favor! ¡Pero si eran hombres, no ángeles! ¿Qué proceso histórico de intercambio, de conquista, de negocios, de guerras, no ha ido acompañado de sufrimientos e injusticias? No pretendo negar el genocidio de los indios en Estados Unidos: ¡lejos de mí! La América española, en cambio, protegió a sus indios de tal manera que sus habitantes somos ahora, mayoritariamente, mestizos, y hay aún muchos indios. No niego que haya habido abusos, como los hay ahora y aun menos; pero solamente el Estado liberal, después de los procesos de independencia del siglo XIX, se propuso dominar todos los rincones de estas tierras, a sangre y fuego, y hacer de los indios ciudadanos iguales a los demás ciudadanos.

De manera que, sin rencor contra mis antepasados blancos, repudio la ideología liberal que, hasta el día de hoy, so pretexto de considerar a todos los habitantes de nuestra tierra solamente como ciudadanos libres e iguales, ha dejado a los indios en manos de los más fuertes, de los que podían engañarlos y comprarles sus tierras y su dignidad. El liberalismo puro, extremista, quitó a los indios todas las protecciones paternalistas establecidas por la Corona.

Los hizo libres e iguales. Redujo sus diferencias y su identidad a la monocroma igualdad del hombre racional y libre. Despreció sus costumbres, sus tradiciones, su debilidad cultural frente a la astucia del hombre blanco, que hasta el día de hoy opera.

Por otra parte, la ideología indigenista no ayuda demasiado a restablecer la justicia histórica. En realidad, los pueblos indígenas jamás hubieran producido una ideología como la que parece dominar, desde Europa principalmente, todos estos movimientos de reivindicación india. Los indios puros, a diferencia de los europeos ingenuos y de conciencia culposa, no se conciben a sí mismos como “los pueblos originarios”, desde un polo al otro del continente. Semejante unidad conceptual solamente puede proceder de las categorías filosóficas inventadas en el Occidente cristiano; nunca, ni por asomo, de los caníbales de las Antillas, de los bebedores de sangre, de los machos explotadores de sus mujeres trabajadoras, de los ladrones empedernidos del Sur.

El indio, bueno o malo, es un invento europeo.

La ideología indigenista pretende arrancarle al Estado liberal cuotas de poder, de dinero, de autonomías, de tierras, es decir, de bienes liberales, para los hombres que conserven ciertos rasgos de raza. De ahí la paradoja de que el Día Nacional de los Pueblos Indígenas se celebra en Chile por Decreto Supremo del Estado desde 1999. La existencia de un “día nacional” no tiene nada que ver con las culturas originarias de estos lugares: ¡es un invento europeo! No obstante, un indio que celebró la institución de este Día Nacional, don Roberto Namuncura, sostuvo que se trataba de “un acto de justicia, a través del cual se dio reconocimiento a una sentida aspiración histórica de nuestras comunidades”. ¿Sentida? ¿Aspiración histórica? ¿Desde cuándo?

Ideología indigenista, que termina favoreciendo a los indios más vivos, a los más fuertes, incluso a los violentos.

Ahora dejo constancia de que nada tengo contra los indios. Yo procedo de un indio peruano, uno de los incas, según nuestro árbol genealógico familiar. He admirado desde pequeño tantas virtudes de los indios de México —por ejemplo, su devoción a la Virgen de Guadalupe— y de Chile —¡qué aguerridos que aparecen los araucanos en la Araucana, y qué trabajadoras sus mujeres!—, tantas buenas cualidades, que ahora solamente quiero decir que los indios deben ser protegidos de los abusos del indigenismo actual tanto como de los del liberalismo pasado.

El indigenismo, por ejemplo, en su empresa ideológica de recuperar todo lo aborigen, intenta adscribir a sus indios —los indigenistas son como dueños capitalistas de los pueblos originarios— sus antiguas prácticas religiosas y morales, en buena hora erradicadas por los conquistadores. Se intenta revertir el progreso cultural y moral traído desde Europa, como se vio en la asunción del mando de los presidentes Toledo (apellido indio peruano) y Morales (apellido indio Boliviano). La conversión de los indios, en cambio, fue sincera: El cristianismo respondía a sus aspiraciones trascendentes mejor que las creencias tradicionales, aunque algunas contenían elementos de verdad y de belleza casi propedéuticos.

Entre liberalismo e indigenismo, justicia con los indios.

domingo, junio 17, 2007

El día del padre: ¿quiénes celebran?


He celebrado muchas veces a mi padre, pero nunca en este día del padre, universal y omnipresente. Hemos celebrado, sus hijos y nietos, el cumpleaños del padre y abuelo. Nunca se nos había ocurrido celebrar, así en general, “el día del padre”.

La idea no parece mala; más bien, parece muy buena, justa, como el día de la madre, como una prolongación humana del gran mandamiento divino: “Honrarás a tu padre y a tu madre”.

Algo suena extraño, sin embargo, y como que cuesta acostumbrarse.

El día del padre fue establecido, en primer lugar, en los Estados Unidos de América del Norte, al despuntar el siglo XX. Una buena hija lo promovió para honrar a su señor padre, quien, tras enviudar por culpa del parto letal de su esposa, había asumido los dos roles, el de padre y el de madre.

Interesante origen. El día del padre comenzó porque un padre, mediando la desgracia de la viudez, asumió su rol de madre. Y porque una hija —nótese bien que no un hijo— quiso honrar a tan heroico progenitor. Después se sumaron otros estadounidenses, y, finalmente, el gobierno, que, en los países libres, siempre va detrás de lo que la gente ya ha decidido hacer.

La celebración, que quedó fija en el tercer domingo de junio, se ha extendido por el resto de América y por Europa, y luego por África y Asia y Oceanía. Es una fiesta universal, casi como si fuese un mundial de fútbol.

Yo personalmente no hago una fiesta, fundamentalmente porque no sé si mi padre me lo permitiría. El asunto nos ha llegado cuando los dos tenemos aproximadamente la misma edad. Además, solemos tomarnos juntos un café cualquier día, a cualquier hora, para conversar de cualquier cosa, y siempre siento como que estoy celebrando. Por último, no lo celebro porque él todavía no ha asumido su rol de madre; quiero decir que, gracias a Dios, y a la pericia de mi madre con los partos, los once partos que tuvo viva, el bueno de mi padre no ha enviudado.

Así que, a fin de cuentas, él todavía no se merece que lo celebremos como la señora yanqui celebró a su señor padre.

Insisto, algo huele a raro en toda esta fiesta tan hermosa.

Piensen ustedes, por ejemplo, ¿qué pensarían de un país donde se celebrara el día nacional del aire limpio? ¡Que viven en una nube de polvo y carbón!

¿Se imaginan a nuestros antepasados indios celebrando el día del agua pura? Yo puedo pensar en que rindieran culto al sol y a la luna, a los vientos y a los mares, a las fuerzas superiores de la naturaleza de la que dependían como de sus dioses. No me cabe en la mente, en cambio, pero estoy abierto a ser refutado por un sabio antropólogo, que celebraran como parece que celebramos nosotros: con nostalgia. Tiendo a creer, pues, que la conciencia del valor de la paternidad —y qué gran valor que tiene, sin duda— se expande por el mundo en la misma medida en que la paternidad se ha gastado, ha entrado en una crisis de dimensiones cósmicas, les parece a muchos —en algunos ambientes, a la mayoría de los niños— como un artículo de lujo, como la copa del mundial de fútbol, eso que —en Chile, al menos— se mira y no se toca.

La paternidad biológica, extramarital, de tantos adolescentes; la adolescencia prolongada de tantos padres, profesionales exitosos y bien casados, pero todavía inmaduros, con la esperanza de ir madurando un poco antes que sus hijos, una esperanza que tantas veces falla; los divorcios y las separaciones y esa masa errante, cada vez más pesada, de hombres con fracasos existenciales a cuestas, que hacen lo que pueden para estar —cada día que pasa, un poco menos— con sus pobres y abandonados hijos; las incertidumbres inherentes a ese mundo cruel, asesino, brutal, de la producción artificial de hijos deseados, los hijos del vidrio, que solamente a veces saben de qué genes proceden; la crisis de la autoridad incluso de los padres más maduros y recios, los mejor plantados, que deben luchar por sus hijos contra sus hijos, con la esperanza de que ellos, cuando maduren, entiendan y agradezcan esos choques, esos límites, esas negativas, esa exigencia, ese impulso a superarse; la sociedad que exalta la autonomía, la rebeldía de los niños, la explotación de los sentimientos adolescentes, el libertinaje; todo esto y más subyace a una crisis de la paternidad que podemos entender muy bien quienes hemos tenido un padre perfecto, y vemos las luchas de otros con su propia paternidad, y —por providencia divina— no sufrimos bajo la tribulación de la carne.

En este contexto, la celebración universal del día del padre es una cosa buena. Aunque provoque nostalgia y tristeza, aunque suscite preguntas dolorosas —mejor: porque suscita las preguntas de fondo—, es santo celebrar lo santo, y la paternidad es santa.

Algo, sin embargo, huele a podrido en los festejos del día del padre.

Lo más santo y bueno puede corromperse bajo el peso del estiércol del diablo.

Llevamos tres semanas, un mes quizás, con la burbuja comercial que nos envuelve con su mundo de alegría pop, donde todo son papás ultra-súper-descomunales a los que sus hiper-requetecontra-admirados hijos les harán el gran regalo que, lógicamente, la mayoría de la población del mundo no puede ni soñar en comprar, ese regalo que —otra vez— se mira y no se toca.

Los ricos, sin embargo, también lloran. El agrado que sintió ese papá comprándole su iPod al niño rico, lo sentirá ahora el niño grande, también rico, comprándole al viejo un buen viaje, un auto, una máquina de hacer café, una afeitadora, una corbata, un Macintosh (si tiene buen gusto, que, si no, cualquier PC vale), una botella de whysky; pero los dos, contentos, pensarán, sin duda, si acaso no han sido, cada uno a su turno, sendos juguetes del mercado y del capricho.

Hijos de Mammón.

domingo, junio 10, 2007

La muerte es mi compañera


No te acerques demasiado a mí. Del hálito de vida, que brota de una sonrisa, al helado soplo de la muerte, hay un paso débil, negro, suave. No te me arrimes, amigo, amiga, que la muerte es mi compañera.

He paralizado por un segundo a esta gran danzadora, compañera mía, para verla quieta y mirarla de frente y gritarle: ¡¿por qué?! ¿Por qué me acompañas desde que era yo tan joven que no debía haber sabido tu nombre?

Ya se lo he dicho hace una semana a mis alumnos en la Universidad de los Andes:

—Una desgracia tienen ustedes, ahora irremediable.

Silencio. Pensaron que era broma, otra vez, porque esa compañera mía me ha donado el humor negro. Sí, es humor; pero negro, negro como ella, y no siempre sutil.

—La desgracia es que ya se me han muerto muchos, demasiados amigos jóvenes, alumnos y ex alumnos —les expliqué con calma.

La muerte es mi compañera. Ahora veo que es eterna.

Ellos callan. Yo prosigo:

—¿Fueron “accidentes”? Así dicen, pero siempre hubo algo de más: o velocidad o vértigo o la embriaguez de mil fuentes inconscientes y malditas.

Silencio. Callan los chicos porque la muerte no es palabra para jóvenes. Quizás es verdad, entonces, que yo nunca fui joven. Quizás por eso, por ese desfilar de la muerte tan pronto a mi lado, que siempre quise ser viejo, y hasta me divertí y me reí con eso de que qué viejo estoy.

—Así que, ustedes, por favor, ¡cuídense!

Están advertidos. Quiera Dios que mi compañera no venga a danzar cerca de ellos, que elija a otros más aprovechados.

Como eligió a María de los Ángeles Manasero, la primera de nuestro grupo de doctorado que ha dado el salto al Cielo.

Sí, era joven. Sí, murió de cáncer. Sí, se preparó para morir como una buena cristiana, tras años de luchar por su existencia. Sí, la vi una sola vez en todo este tiempo de lucha, porque vivíamos lejos. Sí, me invade la tristeza, porque tengo corazón.

Se me vienen a la mente esas comidas del departamento de filosofía del derecho en la Universidad de Navarra. Esos seminarios. Nada espectacular ni frecuente, pero ahí nadie sobraba, todos aportaban lo suyo, en lo académico y en lo humano, en todo.

María de los Ángeles era una presencia discreta, amable, con buen humor, de esas que hablaban cuando tenían algo que decir de interés para los demás.

Y era argentina, por supuesto, argentina también de alma.

No tenía nada de ese aire avasallador que los pobres y tímidos chilenos asociamos instintivamente con la sustancia del ser metafísico argentino. No era esa tromba personificada por otro doctorando argentino, que era como un volcán de palabras y de acciones y que, por supuesto, todavía no se ha muerto (Dios te guarde muchos años, Fernandito, el tímido).

María de los Ángeles tenía que morirse así, tras la lucha, serena. Mas yo me rebelo contra mi compañera la muerte, que se me viene de cerca tan seguido.

Ahora es María de los Ángeles quien detona mi rebeldía. O quizás no es rebeldía de la mala, sino sólo la tristeza del que no se acostumbra, del que nunca ha asistido a unas exequias para fumar en el dintel de la iglesia, del que desde tan niño danza con la muerte y desea que ella, la compañera cruel, se quede quieta unos años.

¡Es que no cesa de moverse, de bailar con sorna delante de los que se creen inmortales!

Poco antes de María de los Ángeles había muerto Felipe, un estudiante de Ingeniería en la Universidad de los Andes. También se me agolparon los recuerdos de paseos, de conversaciones, de actividades varias, de ideales comunes, todas cosas pálidas y sin importancia cuando las cubre el manto de mi compañera la muerte.

No quiero decir ahora nada sobre Felipe porque no serviría más que para aumentar la tristeza, y yo no soy un hombre triste.

Lo más extraño de todo es que ella, mi compañera de ruta, ya no logra aguijonearme. No es que esté abotargado, como esos heridos de guerra que ya no sienten el horror de los cadáveres y los mutilados. No. Sucede que la tristeza, la pena, no se opone totalmente a la alegría, a la serenidad.

No es que me haya acostumbrado y resignado a que todos los que quiero se me mueran hasta que me muera yo. No. Sucede nada más que uno termina por amar a sus compañeros de viaje, y la muerte es mi compañera.

Tú ya estás advertido. No te me acerques porque te arriesgas a la muerte. Si un día vienes, como amigo, como alumno, como lector, procura pertrecharte de prudencia, de mesura, mira que mi compañera aprovecha el menor descuido en la velocidad, en la bebida, en la inconsciencia, para dar su abrazo eterno.

Y a veces, tan impaciente que es ella, tan caprichosa e incomprensible, no espera al descuido. Se lleva a quien quiere, al más sano, al mejor pintado, al más prudente. Sirve como una lección para todos, para vivir al día, para no tener asuntos pendientes de esos que son importantes, como dar las gracias o pedir perdón. Todos los demás, los poco importantes, se arreglan con la muerte.

Sé que ahora puedes tener la tentación de alejarte de mí: abandonar nuestra amistad, tan difícilmente construida; cambiarte a un curso distinto, con un profesor menos cercado por la muerte; renunciar a leer estas páginas de locura y de negro humor.

¡Supersticioso!

La verdad, por desgracia, es que ya no hay vuelta atrás. Aunque hayas llegado a este capítulo por Google, tu suerte está echada. Ya no tiene sentido huir, porque mi compañera de ruta abraza por igual a todos los que alguna vez, no importa cuán leve y breve e inopinadamente, hayan osado entrar en este círculo.

Solamente te queda una salida digna: prepararte a bien morir, como María de los Ángeles.

Y entonces diré una plegaria por tu alma.





domingo, junio 03, 2007

Esto sí que tiene nombre


Una de las experiencias más extrañas de mi niñez fue darme cuenta de que nadie se llamaba como yo. Sí tenía, entre mis conocidos y amigos, a varios Fernandos, Alejandros y Felipes, y Cristinas, Magdalenas y Teresas. Cristóbales, en cambio, no conocí a ninguno, durante mucho tiempo, hasta que, un día, un señor mayor, a quien todos conocíamos por Juan, me confesó que se llamaba Juan Cristóbal.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, he comenzado a reconocer mi nombre en otros, siempre muy jóvenes. Y mientras más joven es la generación, más tocayos se me aparecen.

Sin ir más lejos, ayer, en una librería del Parque Arauco, mientras hurgaba a ver si aparecía mi librico Las Instrucciones del Microondas, he aquí que una señora, con un libro en la mano, la cabeza echada sobre su hombro izquierdo, mirándome casi de frente dice: “Oye, Cristóbal, ¿cómo se llamaba tu libro?”.

Fue un instante. La miré. No pude reconocerla, pero me dispuse a responderle de inmediato, bastante halagado por que alguien buscase mi libro, me reconociera y me hablara tan directamente sobre el asunto. “Se llama Las Instrucciones del Microondas”, iba a decir, cuando ella, gracias a Dios, prorrumpió antes con ese “Ah, sí, El león, la bruja y el ropero, ¡aquí lo tengo!”.

Hablaba por su teléfono oculto con un niño lejano, claramente un tal Cristóbal.

Quedé como con el ímpetu en el aire. Miré para otro lado. Por suerte no alcancé a decirle nada. ¿Se imaginan? “Mi libro, señora, es Las Instrucciones del Microondas”. Y ella: “¿Y a quién le importa? ¡Déjeme hablar con mi Cristóbal?”.

Moraleja, Cristóbal: No olvides que hay muchos que se llaman como tú.

Todos tenemos un nombre. Antiguamente, el nombre era el ser mismo de la cosa. Dios era “Yo Soy”. La época posmoderna, que todo lo disgrega, parece separar cada día más el ser del nombrar. Sin embargo, todavía hay en el nombre que uno lleva algo similar al ser: que nos viene dado, que lo debemos a nuestros padres, que nos lleva a preguntarnos por su sentido.

Y así como no tiene nombre darle el ser a un niño sin garantizarle su identidad, como cuando se lo echa a este mundo huérfano y despreciado, o como cuando se le hace nacer como objeto del deseo y no como fruto del amor, o como cuando se le ocultan sus raíces biológicas para proteger el tráfico de gametos con fines de reproducción artificial, así tampoco tiene nombre que los padres identifiquen a sus hijos con nombres estrambóticos, malsonantes, desarraigados, ridículos.

Pensándolo bien, el asunto éste sí que tiene nombre, pero vamos a dejarlo oculto por lo que significa.

De vez en cuando, se publican en Chile, como en muchos otros países, las nuevas modas en materia de nombres. Tengo delante de mí uno de esos recuentos (La Tercera, 3 de junio de 2007, pág. 22). Consolador y preocupante a la vez.

Piensen ustedes que el primer lugar, en Chile, se lo llevan Benjamín y Martina, para varones y mujeres respectivamente. Les siguen, entre los niños: Vicente, Matías, Martín, Sebastián, Joaquín, Diego, Nicolás, José, Cristóbal (¡increíble encaramamiento en el ránking!), Bastián, Juan, Ignacio, Maximiliano y Felipe. Y entre las niñas: Constanza, Catalina, Valentina, Sofía, Javiera, Antonia, María, Isidora, Francisca, Fernanda, Camila, Antonella, Florencia, Josefa y Emilia.

Hasta ahí, los nombres parecen indicar una cierta inserción de la mayoría en la tradición chilena, con nombres cristianos y castellanos, relativamente comunes y, permítanme decirlo, biensonantes.

Sin embargo, fíjense cómo otros nombres van subiendo posiciones, tomados de las series de televisión o del imaginario globalizado. Kevin, por ejemplo, es más usado que Alejandro; Christopher, más que Rafael. No pasa nada, si esos niños se van a vivir luego a Estados Unidos; pero, en Chile, ya sabemos: o son hijos de familias emigrantes —en cuyo caso, Kevin y Christopher son bien vistos, como lo serían Jonathan y Paul— o simplemente son hijos de familias sin tradición, o de familias pobres e incultas, de clase baja o de medio pelo, o, por desgracia, de ninguna familia propiamente dicha. Otro tanto pasa entre las pobres niñitas: Carolina, un nombre precioso —como de ojos verdes y cuentos de hadas—, ha sido desplazado por Anais y Krishna; Andrea, por su lado, cae ante Kiara y Dafne.

No es un problema solamente de clases sociales. No es un asunto de simple clasismo, como tendería a pensar alguien políticamente correcto. No, señores, porque el nombre refleja el ser de la persona, indisolublemente unido al de su entorno familiar y social. Por eso, nuestro complejo de inferioridad puede inclinarse ante un Kevin que desciende, con acento yanqui y la billetera repleta, de un avión procedente de Nueva Inglaterra; pero ante “el Kevin” de La Pintana —una población marginal de chavolas, al sur de Santiago—, se inclina nuestra compasión, no nuestra admiración.

¿Y si el Kevin de La Pintana se convierte en inmensamente rico, con el paso de los años? Los milagros son posibles. En ese caso, “poderoso caballero es don dinero”, nos inclinaremos como nos inclinamos todos ante los ricos y los poderosos.

De todas maneras, los nombres globales en las villas miseria suponen cierta conexión con un mundo real más amplio. Lo peor emerge ante nuestros ojos cuando el citado reportaje nos informa que los niños comienzan a ser nombrados en honor a personajes del cine, el deporte o la televisión: Zinedine, Zidán y Beckham, bien, que merecen ser honrados (¿jugará mejor un “Beckham Pérez” que un “Zidán González”?); pero Legolas, Neo, Eminen . . . y luego ya viene el acabóse: K’rla, Zxamorith, Xol, Violent, como nombres de mujeres, y Ziggi, Xadyer, Pool, D’, Anarko, como nombres de varones.

Existe una miseria de fondo, más profunda que la socioeconómica, cuando algunos hermanos y hermanas nuestras —terminadas las risas, vemos que somos hermanos— sienten de lo más natural donar a sus hijos unos nombres que no los conectan con nada, solamente con un mundo virtual y desarraigado.


domingo, mayo 13, 2007

Platón, ¿podrá salvarnos?


Yo uso un anillo de oro, de vez en cuando, no siempre, porque en Chile, un país harto especial, se considera como de medio pelo o de nuevo rico o, en fin, vamos a decirlo, de turco o algo peor.

Sin embargo, yo lo uso, entre otras razones, porque era de mi abuelo. No era ni turco. Era diplomático de carrera, es decir, de esos que sirven a su patria con sacrificio, así que debe de haber visto muchas veces que en Europa también usan anillos los hombres elegantes, los aristócratas, los diplomáticos como él, y no solamente los turcos.

Sea como fuere, yo no tengo prejuicios contra los turcos, desde que tuve como alumno a Karim, que me enseñó lo que es estar medio loco, medio cuerdo, medio vivo, medio muerto (¡no saben ustedes de cuando casi nos lo mata una vieja motorizada!), pero que si de pasarlo bien se trata, eso sí, ¡nunca a medias!

Yo pensaba, antes, que había que cerrarles las puertas de la Unión Europea a los turcos; pero, ahora que Europa parece haber muerto (no lo olviden: si Edith Stein murió, Europa con ella), ¡que vengan los turcos! Incluso en el caso de que aumentara la población europea islámica, no estoy seguro de si eso sería peor que el aumento de la población nihilista, atea, materialista, abortera, infanticida, gerontofóbica.

¡Que vivan, que vayan los turcos a Europa, y usemos nuestros anillos desplegados al viento!

Yo uso un anillo de oro, que lleva grabado el escudo de una rama de mi familia, los Vicuña. Al centro, una torre grande, rodeada por tres torres pequeñas. Sobre la torre central, que es como una fortaleza, se yergue un guerrero, con su brazo izquierdo a la cintura y el derecho alzado en alto, empuñando la espada del valiente defensor, del soldado despierto, si acaso también la del cobarde que teme más la deshonra que la muerte.

Miro el anillo. Me recuerda la historia de Giges, que narra Glaucón en La República. Es una historia que, cuando uno la medita, estremece, porque está diseñada para convencernos de que realmente no somos justos por virtud, sino por coerción; de que lo que realmente querríamos es ser injustos, pero no podemos.

“Demos a todos, justos e injustos, un poder igual para hacer todo lo que quieran; sigámoslos, y veamos a dónde conduce la pasión al uno y al otro. No tardaremos en sorprender al hombre justo siguiendo los pasos del injusto, arrastrado como él por el deseo de adquirir sin cesar más y más, deseo a cuyo cumplimiento aspira toda la naturaleza como a una cosa buena en sí, pero que la ley reprime y limita por fuerza, por respeto a la igualdad. En cuanto al poder de hacerlo todo, yo les concedo que sea tan extenso como el que se cuenta de Giges, uno de los antepasados del lidio. Giges era pastor del rey de Lidia. Después de una borrasca seguida de violentas sacudidas, la tierra se abrió en el paraje mismo donde pacían sus ganados; lleno de asombro a la vista de este suceso, bajó por aquella hendidura y, entre otras cosas sorprendentes que se cuentan, vio un caballo de bronce, en cuyo vientre había abiertas unas pequeñas puertas, por las que asomó la cabeza para ver lo que había en las entrañas de este animal, y se encontró con un cadáver de talla aparentemente superior a la humana. Este cadáver estaba desnudo, y sólo tenía en un dedo un anillo de oro. Giges lo cogió y se retiró. Posteriormente, habiéndose reunido los pastores en la forma acostumbrada al cabo de un mes, para dar razón al rey del estado de sus ganados, Giges concurrió a esta asamblea, llevando en el dedo su anillo, y se sentó entre los pastores. Sucedió que habiéndose vuelto por casualidad la piedra preciosa de la sortija hacia el lado interior de la mano, en el momento Giges se hizo invisible, de suerte que se habló de él como si estuviese ausente. Sorprendido de este prodigio, volvió la piedra hacia fuera, y en el acto se hizo visible. Habiendo observado esta virtud del anillo, quiso asegurarse repitiendo la experiencia y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia adentro el engaste, se hacía visible; cuando ponía la piedra por el lado de afuera se volvía visible de nuevo. Seguro de su descubrimiento, se hizo incluir entre los pastores que habían de ir a dar cuenta al rey. Llega a palacio, corrompe a la reina, y con su auxilio de deshace del rey y se apodera del trono. Ahora bien; si existiesen dos anillos de esta especie, y se diesen uno a un hombre justo y otro a uno injusto, es opinión común que no se encontraría probablemente un hombre de carácter bastante firme para perseverar en la justicia y para abstenerse de tocar los bienes ajenos, cuando impunemente podría arrancar de la plaza pública todo lo que quisiera, entrar en las casas, abusar de todas las personas, matar a unos, liberar de las cadenas a otros y hacer todo lo que quisiera con un poder igual al de los dioses en medio de los mortales. En nada diferirían, pues, las conductas del uno y del otro: ambos tendrían el mismo fin, y nada probaría mejor que ninguno es justo por voluntad, sino por necesidad, y que el serlo no es un bien para él personalmente, puesto que el hombre se hace injusto tan pronto como cree poderlo ser sin temor. Y así los partidarios de la injusticia concluirían de aquí que todo hombre cree en el fondo de su alma, y con razón, que es más ventajosa que la justicia; de suerte que, si alguno, habiendo recibido un poder semejante, no quisiera hacer daño a nadie, ni tocara los bienes de otro, se le miraría como el más desgraciado y el más insensato de todos los hombres” (Rep. II).

Donde reina el pensamiento débil, miro mi anillo: ¡me hago fuerte!

domingo, mayo 06, 2007

La canción de Edith


¿Qué podemos aprender de santa Teresa Benedicta de la Cruz?

Edith Stein nació en el centro del factum abominationis, de la consumación de la destrucción de Europa. Ella vio la luz el 12 de octubre de 1891, cuando se acercaba a su fin el que vio la muerte de Dios: Nietzsche compareció ante el Juez Supremo el año de Nuestro Señor de 1900.

El imperialismo y el racismo habían colmado ya la paciencia del Creador, aunque a los hombres les pareciera que no eran sino las conclusiones de la ciencia y las exigencias de extender la civilización.

Edith abandonó la fe judía ortodoxa de sus padres, mas no el deseo de la verdad. Fue atea por insatisfacción.

El ateo alemán proclamaba la muerte de Dios. La atea judía alemana se deslumbraba con los últimos intentos de escapar de esa muerte, de la jaula del propio yo. La fenomenología de Edmund Husserl le pareció a ella un camino desde el aparecerse de los cosas ante la conciencia hacia las cosas mismas, hacia la verdad y el sentido, que la muerte de Dios negaba — esto es evidente para cualquiera que tenga las agallas de Nietzsche— y que los recursos espirituales de Europa no permitían ya rescatar.

Edith buscaba la verdad desde su ateísmo, mientras trabajaba como discípula y colaboradora de Husserl. Dios había muerto para ella, pero ella no había muerto para Dios.

De aquí la primera lección que saco para mí. Hemos de respetar el itinerario espiritual de los amigos, sin renunciar a ayudar mediante la exposición de la verdad como sinceramente la vemos. Es misterioso el itinerario de la mente hacia Dios.

Mas también hemos de aprender a distinguir el valor intrínseco de los diversos itinerarios.

Un ejemplo cercano. Martin Heidegger, poco después de conocer a Edith en el entorno de Husserl, abandonó la fe católica —explícitamente en 1919— para quedar a merced de su propia inteligencia, autónoma y debilitada, inerme ante la ideología más poderosa de la época. Su inteligencia superior no lo libró de enredarse en asuntos de cintura con dos de sus alumnas, entre ellas Hannah Arendt.

Todos los que se consuelan de las cámaras de gas, pensando que se debieron a un arranque de locura inexplicable, para volver plácidamente al nihilismo de entreguerras . . . a la tolerancia de todas las posiciones, con la confianza ingenua y atroz en que no volverá una locura semejante . . . ¡todos ellos son parte de una masa capaz de seguir el mismo camino, del que abominan solamente porque la guerra lo tronchó a tiempo!

Edith fue entreviendo la verdad de la religión dogmática a través de la vida llena de alegría de algunos amigos convertidos. La alegría es una señal —cito aproximadamente a Edith— de que estamos cerca de la luz de la verdad. Edith captó también la alegría en la Vida escrita por santa Teresa de Jesús, y, junto con la alegría, habrá visto la esencia de una mujer traspasada por el amor de Dios. Esta lectura fue decisiva en su conversión.

Edith se bautizó en 1922. Fue un desgarrón para su familia, especialmente para su madre.

Mi segunda lección: A veces se necesita fortaleza para decepcionar a la propia familia.

Edith comenzó muy pronto a pedir a su Director Espiritual la autorización para ingresar en el Carmelo, pero le fue denegada para que sirviera a través de su investigación y la enseñanza. Ella había tenido, sin embargo, dificultades en su carrera académica por ser mujer, primero, y por ser judía, más adelante. ¿Qué hizo? ¿Se amilanó? ¡No! Ya desde muy joven luchó por los derechos y la dignidad de las mujeres. Y, al crecer la persecución antijudía, rechazó una oportunidad de huir a América del Sur, sólo para permanecer junto a su familia.

Mi tercera lección: Hemos de seguir el camino de lo justo sin importar las opiniones de la mayoría, ni los prejuicios culturales de la época, ni los peligros. Ahora es muy sencillo declararse a favor de la igualdad de las razas y de los derechos de las mujeres; pero el equivalente de la acción de resistencia heroica de Edith es, hoy, la lucha por los derechos de los no nacidos y por resistir la presión de lo “políticamente correcto”.

Al fin Edith se hace carmelita. Ahora se llama Teresa Benedicta de la Cruz. Tras la muerte de su madre, su hermana se traslada a trabajar de portera en el convento. Las dos huyen a un convento en Holanda. Sin embargo, tras la declaración de los obispos holandeses contra los nazis (20 de julio de 1942), los ocupantes persiguieron a los judíos conversos al catolicismo, entre ellos a Edith y a su hermana. Edith había podido huir a Suiza, pero rehusó hacerlo por no poder llevar consigo a su hermana.

Cuarta lección: La muerte es el último sello de la autenticidad del compromiso y del amor. Es terrible que lo diga alguien que no sabe si sería capaz de dar la vida; pero, ¿acaso vamos a dejar de proclamar la verdad que vemos solamente porque no seamos capaces de estar a su altura?

Edith Teresa nos reveló la identidad de Europa. Fue filósofa, y Europa comenzó a forjarse en la cuna de la partera del alma. Edith era judía, y en el Pueblo Escogido se reveló por primera vez el amor de Dios y la dignidad del hombre: su arraigo en el Logos. Edith fue hecha cristiana, por elección divida, y en el cristianismo se abrió el tesoro de la revelación a la humanidad entera: ¡entonces nació Europa!

Edith Stein llevó esta síntesis de la esencia de Europa a su núcleo más profundo: el encierro de un convento carmelita. Ella, según el ideal de la fenomenología, fue del fenómeno al fundamento: de las sombras de la verdad a su contemplación más penetrante.

Edith Teresa murió envuelta en el gas del nihilismo. Su cadáver fue presa del fuego aniquilador de la violencia.

Si ella murió, Europa ha muerto.

sábado, mayo 05, 2007

Receso de Viaje

Por causas de fuerza mayor no podré publicar la entrega del domingo. Quizás el jueves o viernes me ponga al día. Un cordial saludo a todos, desde el país de las meigas.

domingo, abril 29, 2007

Elizabeth Anscombe y la filosofía de la acción


Habitualmente no dedico este espacio a recomendar libros, pero haré una excepción. No está especialmente bien escrito, para aquellos que gustan de la literatura; pero es siempre correcto castellano y no carece de toda la precisión necesaria. No ha sido escrito tampoco por un autor consumado, sino por un principiante.

Ya veis que no comienzo con las flores.

El asunto es que vale la pena leerlo como una introducción rigurosa la filosofía de la acción humana, uno de los temas centrales de la antropología y de la filosofía práctica contemporáneas, tal como lo trata una discípula de Wittgenstein y gran filósofa cristiana, defensora de la ética de los absolutos morales contra los embates de todo tipo de corrupción.

Elizabeth Anscombe (1919-2001) transformó los puntos de referencia de la filosofía moral y de la teoría filosófica de la acción. En “Modern Moral Philosophy” propuso un diagnóstico severo de la situación confusa de la reflexión moral y focalizó la discusión en torno al “consecuencialismo” (término introducido por ella), a la par que hizo ver la necesidad tanto de contar con una correcta teoría psicológica de la acción como de evitar la separación entre el bien humano y el ámbito de lo moral, que se entendía como un añadido externo. En Intention, obra suya señera publicada por primera vez en 1958, replanteó completamente las bases de la comprensión de la acción humana y suscitó la recuperación de la teoría aristotélica del silogismo práctico, es decir, de la razón y de la verdad en la práxis.

El contexto histórico de la discusión y, en definitiva, el enorme desafío de la filosofía anglosajona dominante, exigieron de Anscombe una profundidad y una sutileza analítica extraordinarias, muy superiores a los intentos de mantener viva o de resucitar la filosofía aristotélica y tomista en ámbitos académicos que, como el español, italiano o latinoamericano, no se habían visto tan afectados por la penetración del empirismo y del utilitarismo. De ahí que los escritos de la ilustre filósofa inglesa frecuentemente parezcan difíciles y complejos.

Acción intencional y razonamiento práctico según G.E.M. Anscombe (Eunsa, Pamplona, 2005, 241 pp.), del profesor José María Torralba, es una obra sucinta que permite acercarse con mayor facilidad a los aportes fundamentales de Anscombe.

La primera parte (capítulos I al III) expone los orígenes y el desarrollo de la filosofía práctica de G. E. M. Anscombe. Proporciona así las claves biográficas e históricas para comprender el contenido de sus escritos más importantes. Esta parte no es superflua porque solamente ese contexto biográfico permite comprender exactamente a qué problemas atañen sus pensamientos. Sin el conocimiento de esos problemas (v.gr., el extendido consecuencialismo ético) es muy difícil hacerse cargo de sus soluciones y de sus modos de argumentar. Esta labor histórico-biográfica, necesaria respecto de cualquier autor, lo es más aún respecto de los de la tradición analítica para comprenderlos en el contexto europeo continental y, particularmente, en los países latinos.

La segunda parte del libro es una reconstrucción sistemática de la explicación de Anscombe sobre la racionalidad práctica. Torralba se aparta deliberadamente del orden seguido por Anscombe, para facilitar así al lector, desde el comienzo, las claves de comprensión de la acción según Anscombe.

El capítulo IV expone primero la relación entre lo voluntario y lo intencional, contrapone la comprensión de la acción intencional según Anscombe a las teorías causales de la acción (Anscombe sostiene que la intención no constituye una causa de la acción en el sentido de un evento mental del que fluye la acción intencional), y delimita el concepto de intención, que comparece siempre que de una acción puede preguntarse ‘¿por qué?’ en un sentido diverso de la mera explicación causal. Así emergen tres sentidos de intención relacionados con analogía, que Torralba vincula con la doctrina clásica de las fuentes de la moralidad del acto humano: la expresión de intención, la intención con la que se hace la acción (finis operantis o fin del agente) y la acción intencional (finis operis u objeto de la elección). Los dos últimos son los sentidos más importantes para la comprensión de la racionalidad práctica, a lo cual se dedica el capítulo V sobre el razonamiento práctico y la verdad de la acción.

En este contexto Torralba destaca el rescate que Anscombe hace de la teoría aristotélica del silogismo práctico. Muestra cómo la estructura del silogismo práctico, si se entiende bien que la comparación con el silogismo teórico es una analogía y no se lo interpreta al modo del saber especulativo, reproduce el carácter doblemente teleológico del obrar humano: cada acción singular tiene una estructura teleológica (es un qué o acción intencional elegida para un fin o intención con la que aquella se hace) y toda intención con la que una acción se hace se relaciona teleológicamente con los fines de las virtudes y con el fin total de la vida humana, que es la vida lograda. En consecuencia, Torralba termina por mostrar que, según Anscombe, existe una conexión ineludible entre la teoría de la acción y la filosofía moral, que la profesora inglesa se vio forzada a distinguir abstractamente para superar la confusión denunciada en “Modern Moral Philosophy”.

José María Torralba se enfrenta, de la mano de Anscombe, con la dificultad de la descripción correcta de la acción intencional, que es el núcleo fundamental de la divergencia entre la ética tradicional de la ley natural y de las virtudes, que identificaba objetos siempre ilícitos, y las éticas teleológicas, que, mediante una nueva teoría de la acción, pueden expandir la descripción del objeto para hacerla coincidir con el bien que se desea.

El libro es una introducción documentada y al día a la filosofía práctica de Elizabeth Anscombe. Los problemas y los argumentos tratados están tan bien elegidos que me atrevo a asegurar que la lectura será de provecho para cualquiera que, además de interesarse por Anscombe, desee familiarizarse con la más rigurosa filosofía de la acción en la tradición analítica.

Aunque especializado, el libro se destaca bajo mi lupa.

domingo, abril 22, 2007

Contra nihilismo, matrimonio

El catecismo antiguo era encantador, como para niños de entonces. A cada vicio contraponía una virtud.

“Contra soberbia, humildad”.

Cualquiera podía ir feliz por la vida, sabiéndose lleno de defectos, como cualquier niño; pero bien pertrechado de remedios.

“Contra pereza, diligencia”.

Muy sencillo. El bien era bueno y, ¿lo adivinan?, el mal, malo.

Nada de revoltijos mentales, donde todo se confunde con todo, donde todos los gatos son pardos en la noche y de tanto matizar los juicios se termina por cohonestar el mal en el mundo; donde, de tanto comprender al pecador, paramos en disculparnos a nosotros mismos, en justificar nuestras miserias, en lugar de contraponerles, como los niños en el catecismo, unas virtudes hermosas, nítidas, aunque lejanas. Nos enceguecemos plácidamente. Entonces, para el peregrino que camina a ciegas (Heidegger) sí que es fácil la bajada a los infiernos (Virgilio, Eneida VI, 126).

No niego que esa forma cómoda de anestesiarse contra el mal, contra el desgarrón de la injusticia en el alma y contra la llaga de la iniquidad social, cosecha placeres duraderos, según la medida efímera de la vida presente. Claro, pues que no es una odisea vivir como hombre amnésico y narcotizado durante treinta, cincuenta, ochenta años. Lo heroico es sobrevivir al instante de lucidez que a todo humano se le otorga, al filo de la muerte de un amigo o de un hijo, o bajo el peso de un revés de fortuna, de una enfermedad grave, de un amor que se renueva o de un odio inesperado, que todo lo cuartea.

Se plantea entonces, de alguna manera oscura, como subcutánea, el dilema fundamental: el ser o la nada. ¿Soy alguien o más bien un grano de polvo en el viento de la nada?

“Ser o no ser, he ahí la pregunta”, exclamaba el desgarrado Hamlet (3, 1); mas su dilema iba de las luchas de la vida a la placidez del sueño de la muerte: “morir: dormir, no más”. Toda la cuestión fatal era aceptar los tormentos de la vida presente por temor a lo ignoto de la futura o no atreverse a obrar contra la conciencia por horror al castigo eterno.

¡Qué envidia, esos hombres que podían quizás pensar, como Hamlet, que la conciencia hace de todos nosotros cobardes!

Vivimos en otro mundo. Ahora la conciencia, si la tenemos, hace de todos nosotros valientes. Ya no hay temor de la sentencia futura, del castigo eterno, que pueda retraernos del mal obrar durante la vida presente. Nuestros dilemas no pasan por la frontera entre la vida y la muerte.

La opción es más radical. ¿Hay ser o más bien nada?

Los otros, ¿son seres duros, como de roca tallada en lo real, de sangre que palpita eterna? ¿O son, acaso, apariencias fugaces que cada hombre, hecho de la nada, apátrida esencial (Nietzsche), proyecta sobre el vacío para no sentir un vértigo intolerable?

El espíritu absoluto, invento de una menta pequeña y extraviada, ¿ha involucionado ya definitivamente hacia la identidad del ser y la nada? ¿Todo da lo mismo? ¿Hemos demolido todos los valores y entramos por el camino irreversible de la guerra de todos contra todos, del dominio y del engaño, de las palabras tiernas que ocultan y enmascaran y aderezan la voluntad insaciable de poder?

He ahí el dilema: ser o no ser.

Nihilismo, he ahí la enseña del futuro.

Tu cabeza, joven de quince años, da tumbos de un lado para otro. Unos te exhortan a respetar “valores” nacidos de la nada por obra del consenso, como si fueran absolutos y eternos; otros te susurran que tú eres tú, que te busques con denuedo, que te atrevas a pensar por ti mismo y a decidir sobre lo bueno y lo malo.

Todo da igual, amigo mío, convéncete. Eres una náusea un escupo del azar un vómito del big bang entre una nada y otra nada infinita.

Sé tú mismo, convéncete, que nada te salvará de ti.

“Contra lujuria, castidad”, decía el catecismo para tus abuelos, cuando eran niños. Jesús os dijo: “El que mire a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. Mas yo, el Anticristo, os digo: “Mirad, desead, girad hasta donde alcance vuestro poder, sorbed el ser-nada de vuestro prójimo: ¡Sed vosotros mismos!”.

Y así todo da igual.

Teresa de Calcuta es blanco de críticas atroces, calumnias desaforadas, de los idólatras del nihilismo. ¿Qué diferencia hay entre ella y Hitler, entre sus enfermos y pobres redimidos y las cenizas del Holocausto?

Nada. Ella eligió. Él eligió.

He ahí, pues, brevemente, la elección: o el ser o la nada. O nihilismo o teología.

Solamente los frívolos, los superficiales, los esclavos de ocultos mandarines, viven como embriagados con la alucinación de que no deben elegir entre el nihilismo y el ser, entre la autonomía rabiosa de su propia afirmación como dominadores y explotadores y la sumisión a lo real, al universo externo, duro como roca, a los demás humanos, a Dios.

El siglo XXI, el cadáver de Nietzche hiede, no os hagáis ilusiones. La guerra por la autonomía de la razón ya ha sido ganada por el Padre de la Mentira: ¡la razón ha sido derrotada irremisiblemente!

Someterse o disolverse, he ahí la alternativa.

Sumisión amorosa al ser, salir de sí por el amor, poseerse a sí mismo en el mismo acto de donarse y para darse generosamente a Otro, o, por el contrario, sumisión de todo lo otro, como objeto, como nada, a uno mismo, al propio instinto de dominio: disolverse en el marasmo mental de la autoafirmación egocéntrica, de la autonomía dominadora y cruel, hedonista por agotamiento de sentido.

Ya no hay cabida para la razón autónoma, puro espíritu alto y digno. O la razón hecha carne, o la nada. O la razón comprometida en la batalla diaria por el ser, o la nada. O la entrega carnal, racional y amorosa, que engendra el ser nuevo, la sonrisa del niño de azul, o nihilismo.

O el milagro o la locura.

“Contra nihilismo, matrimonio”.

miércoles, abril 18, 2007