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domingo, marzo 29, 2009

El aborto: desafío a Eduardo Frei Ruiz-Tagle

Desafío al candidato Eduardo Frei Ruiz-Tagle a debatir públicamente —por televisión— un asunto íntimamente relacionados con su campaña presidencial: ¿qué debemos hacer en Chile respecto del crimen abominable del aborto? Y también: ¿qué pensar de un cristiano que instrumentaliza este doloroso tema con fines de poder?

No, no os preocupéis: apuesto a que no habrá debate, porque Eduardo Frei Ruiz-Tagle no está realmente dispuesto a debatir. Me encantaría desenmascarar a Eduardo Frei Ruiz-Tagle en persona, pero sé que no querrá debatir conmigo.

Y entonces, más allá de las máscaras, emerge la indecencia que significa su intento de engañarnos con pseudo-debates sobre el aborto y sobre otros temas morales.

Entiéndanme bien. Yo no soy de esos que se retacan de un auténtico debate, abierto y respetuoso y sincero. Todavía más: en el tema del aborto —como en el de cualquier crimen contra la Humanidad— no solamente hemos de estar dispuestos a debatir, cuando la situación lo amerite, sino también a perorar —sin debate: exponer, informar, denunciar— y a marchar y a gritar y a rezar frente a las sedes abortistas y aborteras. Hemos de querer movilizar todas las fuerzas sociales, con todos los medios lícitos, a favor de las vidas humanas indefensas, criminalmente tronchadas en sus inicios, con la complicidad de algunos políticos frívolos, dispuestos a vender su alma.

Y esto nos trae a nuestro tema. Eduardo Frei Ruiz-Tagle está tratando de engañar al público con sus expresiones desesperadas a favor de este debate. Es mentira, señores, y no podemos entrar a debatir el tema del aborto, o cualquiera otro, cuando vemos claramente que el candidato demócrata y anticristiano simplemente quiere instrumentalizarlo con fines de poder.

Eduardo Frei Ruiz-Tagle quiere estar a bien con Dios y con el diablo: quiere poner estas controversias fuertes en el tapete, diciendo que solamente le interesa debatirlos, para así congraciarse con los abortistas de su coalición; y a la vez quiere que los ingenuos, los bobalicones de siempre, lo sigan considerando un buen cristiano y un señor pro-vida. El señor candidato no dispara a tontas y a locas, sino que sigue la estrategia clásica de los que van perdiendo en la carrera por el poder: apostar fuerte, casi al todo o nada, para ganar una posición de liderazgo en la arena pública y en los medios de comunicación de masas.

El truco es viejo. A los ciudadanos conscientes y activos, Eduardo Frei Ruiz-Tagle no nos va a engañar. Nos basta comparar su estrategia en la primera elección, que ganó holgadamente, con la de ahora. Antes, le bastaba medrar con el apellido de su padre (quiera Dios que ahora no intente hacerlo con sus cenizas): callar, sonreír, abstenerse de meter las patas. Ahora, en cambio, necesita hablar, aullar, y venderle su alma al demonio. Sí, porque, si él es pro-vida, como dice —yo no le creo—, estaría dispuesto, como todos los militantes de este movimiento mundial por la dignidad humana, a debatir sobre el aborto . . . ¡para reprimirlo, para combatirlo, para disminuir su cantidad, y no para ver si se legaliza o no!

Sí, señores, porque si Eduardo Frei Ruiz-Tagle fuera pro-vida —yo no lo creo, y no creo que ningún pro-vida del mundo pueda creerlo, salvo los bobalicones de siempre—, estaría pronto a debatir sobre el aborto en un foro, para defender aun con más fuerza a los no nacidos; pero no daría ningún paso en un programa de gobierno, ni en el Congreso, que nos acercara a desproteger la vida de los niños indefensos. No sería su prioridad discutir este asunto específico, aunque sí otros proyectos de ley, como, por ejemplo, uno que castigue el aborto como cualquier otro homicidio con premeditación y alevosía. Un defensor de la vida humana discutiría este asunto cruel en el Congreso solamente si otros tuvieran la fuerza política de llevar el tema adelante, pero no como una iniciativa suya, que eso es vender el alma por un puñado de votos.

En el terreno de la política de corto plazo, es de esperar que los actores pro-vida no dejen pasar esta gran oportunidad. El pueblo chileno no es abortista. El debate público, que no admite matices, debería llenarse ahora de mensajes claros: “Si Usted vota por Frei, promueve el aborto”. Punto final.

Una autoridad religiosa nos llama a no banalizar el debate sobre el aborto y a promover el diálogo en la sociedad pluralista. Me parece bien. Una forma de banalizar este asunto es dialogar como si fuera un tema cualquiera, como la AFP estatal o la salud gratuita, sobre los que Eduardo Frei Ruiz-Tagle se niega a debatir: los descarta como simples “ofertones”.

Y complicidad con la banalidad del mal sería entornar los ojos y debatir sin desenmascarar a quien instrumentaliza impunemente la sangre y la memoria de tantos millones de muertos.

domingo, marzo 22, 2009

Sobre el aborto: tomar partido


A muchos lectores de buena fe, desprevenidos, los engañan las mil luces de bengala que los defensores del crimen nefando del aborto utilizan, estratégicamente, para distraer las miradas sobre lo esencial.

La verdad esencial es que el aborto directo, es decir, provocar voluntariamente la muerte de un niño no nacido como fin o como medio para otro fin, por bueno que sea tal fin, es un asesinato de un ser inocente e indefenso. Nunca puede justificarse.

En este asunto, como en otros de graves violaciones del derecho de todo ser humano inocente al respeto de su vida, los ciudadanos conscientes y honestos no pueden eximirse de una opción radical: o están por la vida, o son cómplices de la muerte.

Y no hay más.

Yo tomo todos los intentos de emborronar el debate como tomaría los de los antiguos comunistas o los de los viejos nazis. Ya Romano Guardini advirtió a los cristianos, sus contemporáneos alemanes, y especialmente a los católicos, que con el nazismo no cabía ninguna componenda. Debate, sí; lucha cívica, sí: para derrotarlos por todos los medios pacíficos y legítimos. Y, finalmente, si los totalitarios, desenmascarados por Guardini, por Clemens August von Galen, por Hans Litten, recurrían a la violencia, también era legítima la defensa por la fuerza, como fue la Segunda Guerra Mundial, para salvar de las garras del totalitarismo a los millones de víctimas que Hitler amenazaba con cobrar. De no mediar esa guerra liberadora, hubieran sido más.

Así también asistimos durante décadas a los intentos ingenuos de dialogar con el comunismo. Terminaron en la entrega de poblaciones completas en las garras exterminadoras de Stalin y de sus hijos. América Latina, especialmente, además de la experiencia cruel consumada y remachada en Cuba, vio enfrentarse a sus ciudadanos a favor y en contra de la libertad y de la dignidad de las personas. Y también vimos con vergüenza cuántos no se atrevieron a mantener una posición firme, y fueron arrastrados por la marea del odio, del resentimiento y, al final, de la violencia. Nunca se debe olvidar que incluso las dictaduras militares, que se instalaron en diversos países, como en Chile, fueron la reacción de la sociedad contra los diversos intentos de bañarla en la sangre revolucionaria. Y esas naciones que no pasaron por una dictadura eficaz, como la de Chile, tuvieron que soportar, a cambio, guerras civiles mucho más enconadas, extensas y dolorosas, como contemplamos por años en El Salvador y Colombia.

Así que no nos engañemos. Veamos dónde están ahora los mismos que quisieron destruir nuestros países mediante la violencia de los totalitarismos. Ahora son los que defienden el aborto. La lucha por el derecho a la vida de los niños no nacidos es, en nuestros días, también una lucha de la cultura de la vida contra la cultura de la muerte. Del amor que sabe pelear contra el odio, un odio que antes apuntaba a los ricos y que ahora apunta a los débiles, indefensos, niños no nacidos. La guerra del amor no teme a usar incluso la fuerza física, si es necesario, en legítima defensa contra las agresiones violentas de los enemigos fanáticos de la vida humana.

Ojalá logremos esta vez mantener el debate dentro de los límites de la civilización; pero no seamos ingenuos: siempre será necesaria la valentía, y los enemigos de la vida y de la libertad han promovido siempre el odio asesino. Pensadlo así: si están dispuestos a matar niños, ¿qué los detendrá en su amenaza contra los adultos que, presentados como demonios, se oponen a sus crueles designios?

Pensadlo bien. Si hubo una guerra civil por la libertad de los negros; si hubo guerras civiles o, en el mejor de los casos, la intervención de las fuerzas armadas contra la violencia revolucionaria, la legítima defensa de la nación contra la agresión totalitaria; si fue necesaria la Segunda Guerra Mundial contra Hitler; si el campeón de los países libres pudo detener al coloso soviético mediante las armas de la guerra fría; si todo eso fue así, ¿por qué habría de tocarnos ahora, cuando el odio antivida es aún más fuerte, una vida fácil y pacífica?

La cuestión es, por tanto, dónde nos situamos, todos y cada uno, frente a la controversia esencial.

Por la vida o por la muerte.

El movimiento mundial por la vida no admite ninguna forma de aborto directo, de la misma manera que no acepta ninguna forma de homicidio directo de un inocente (la prohibición tradicional no abarca ni el matar en legítima defensa, ni la pena capital, ni el matar a combatientes en una guerra conforme al derecho de la guerra).

El movimiento mundial por la vida no acepta las medias tintas.

El movimiento mundial por la vida considera que un diálogo constructivo sobre estas materias es el que se da entre personas de buena fe. En un diálogo así, dirigido a clarificar las cuestiones y a mejorar la protección de los inocentes, no caben los que utilizan las artes de la mentira, la distracción demagógica, el uso espurio de los casos excepcionales (cuando realmente se desea legalizar el aborto abierto), el doble rasero moral (como condenar indignadamente el asesinato de terroristas y defender como un derecho el de los niños no nacidos, ¡porca miseria!), la instrumentalización electoral de la posibilidad de debatir sobre el asunto (¡vender la sangre inocente por un puñado de votos!), la manipulación de los datos empíricos y de las encuestas, las amenazas violentas y vociferantes.

Sí caben quienes están confundidos, quienes abominan del infanticidio y desean averiguar los mejores medios de reducirlo, quienes sienten la presión de los argumentos falaces y querrían saber cómo responderlos, quienes desean quedar del lado de la verdad y del amor en esta vuelta de la historia, aunque sus padres y sus abuelos hayan quedado del lado del comunismo, del socialismo, del nacional socialismo, y de cuantas aberraciones totalitarias hubo en el siglo XX.

Y es preciso moverse, situarse en una posición o en la otra. Y luchar.


domingo, marzo 15, 2009

Salvemos Vitacura (y a la Alianza)

El plebiscito de hoy en Vitacura puede significar un punto de inflexión en el camino ascendente de la Alianza por Chile. Hacia abajo, hacia el desencanto de los conservadores, que pueden terminar absteniéndose de votar Sebastián Piñera. Y no me refiero solamente a los miles de vecinos que hoy votarán por el NO, que quizás serán derrotados.
A veces, un movimiento milimétrico en un rincón de un puesto de retaguardia provoca, como de rebote, efectos insospechados en todo un ejército. El cuento de la guerra perdida por un mensajero que perdió un caballo porque perdió una herradura por perder un clavo . . . es el cuento de nuestra política de derechas.
Recordad el famoso “naranjazo” de 1964. En la elección complementaria para sustituir al difunto Óscar Naranjo, diputado socialista por Curicó, fue elegido su hijo homónimo, con el 40% de los votos. Entonces asistimos a un caso típico de análisis político de la derecha tradicional, de esa a la que, como al Presidente de la UDI, no le gusta recibir críticas “de los nuestros”. Su análisis “racional” está gobernado por el temor y por el pragmatismo a la vez. ¡Qué combinación tan poco feliz!
La derecha, aterrada, creyó que el pueblo era ya casi socialista, que elegiría a Allende, a menos que todos, todos, disciplinadamente, se unieran bajo el nuevo candidato ungido como el “del sector”. Había que votar por el famoso y nunca suficientemente venerado “mal menor”, que era don Eduardo Frei Montalva. A nadie se le ocurrió pensar que el pueblo chileno hubiera votado influido por otras consideraciones, como que el justo sucesor del diputado Naranjo debiera ser su hijo, el del mismo nombre, a quien todos compadecían por la sensible pérdida.
Mi punto, ahora, es que un pequeño acontecimiento comunal, el “naranjazo”, cambió la historia para peor. Pero no por azar, sino porque la derecha reaccionó mal.
En Vitacura, hoy, puede suceder algo parecido.
Se ha trabado una contienda desigual con ocasión de un cambio propuesto a las normas de edificación. Sobre la cuestión de fondo, arquitectónica y urbanística, tanto los arquitectos como los vecinos se hallan divididos. Yo he compartido siempre la visión urbanística conservadora, contraria a la depredación liberal del espacio público, que es un bien común. Sin embargo, esta opinión mía sobre cuestiones urbanísticas es poco importante al lado de la interpretación política de este plebiscito.
Si la Municipalidad gana, será un triunfo de la alianza entre el poder político —en este caso, de la derecha— y los intereses económicos de las inmobiliarias. Así está planteado el asunto: los vecinos débiles y de sentido humanista —nada menos que Cristián Warnken los avala— en una lucha desigual contra los poderosos, contra el poder político y el capital codicioso.
Todos los que han seguido este debate por la prensa han podido constatar que la Municipalidad, lejos de exhibir imparcialidad entre los vecinos, ha hecho campaña con desproporción de medios económicos y propagandísticos. Incluso algunos han escrito cartas que han llegado a insultar a los disidentes, como, otra vez, al señor Warnken. Ya el colmo fue una carta a nuestro Director que sostenía que, aunque aumentara la densidad poblacional con los edificios más altos, en fin, no iba a cambiar la tendencia demográfica de la comuna. (Igual agradecí esa humorada, porque uno necesita reírse un poco en las mañanas, y eso de que la densidad de la población aumente mientras disminuye la población total, sí, me hizo gracia, qué quieren que les diga).
Les cuento, por transparencia, que soy amigo de una de las familias que lucha con denuedo contra la Municipalidad. Por eso, estoy mejor informado de todas las artimañas del poder político y económico contra los vecinos. Esto no significa nada respecto de mi opinión urbanística, ni política, que la tengo desde mucho antes de conocer a Rodolfo Terrazas, a quien apreciaría igual que ahora si opinara todo lo contrario. No soy de los que forma sus opiniones políticas de acuerdo con el qué dirán de sus amistades, como bien saben mis mejores amigos. Si fuera tan deleznable mentalmente, tendría que ser de izquierda y de derecha a la vez, y la verdad es que no estoy dispuesto a ser democratacristiano.
El asunto aquí es otro, netamente político. Yo querría que la Alianza por Chile llegase a La Moneda cuanto antes. A diferencia del finado Hermógenes, no tengo ninguna objeción contra el actual candidato presidencial en sí mismo considerado. Por eso me preocupa que un detalle, el desigual plebiscito en Vitacura, termine remachando en las conciencias de todos, incluso de los conservadores, que la coalición opositora es una alianza por el poder y por el dinero, y nada más.
¡Qué entusiasmante!

domingo, marzo 08, 2009

Los hijos de Stalin y la deshonestidad burguesa

Uno de los grandes consuelos de un archiconservador reside en ver un grupo político que se mantiene inamovible. Y no solamente en sus principios, que ya sería de agradecer, sino también en sus conclusiones más elementales y en sus métodos. Desde Cuba nos llega una de esas noticias que confirman la solidez histórica del gran partido totalitario.

Uno pensaba que se habían terminado las purgas estalinianas, pero, ay, qué alivio, todavía subsisten, todavía quedan gentes con principios totalitarios vivos.

¡Qué consuelo, en medio de tantos que truecan sus raíces cristianas por un plato de lentejas!

La anécdota es sencilla. Carlos Lage y Felipe Pérez, ex Vicepresidente y ex Canciller, fueron destituidos por Raúl Castro, acusados de ambición y de conductas indebidas. ¿Qué pecados exactamente? No lo sabemos, porque la Revolución es muy caritativa con quienes la han servido por décadas. Quizás ambicionaban ejercer el poder durante cincuenta años . . . No, no, eso no puede ser pecado, si Fidel y Raúl lo hacen. Quizás sus “conductas indebidas” . . . No, no quiero ni pensarlo, porque Fidel y Raúl . . .

Lo más reconfortante de este elegante proceso es que los acusados no se defendieron. Dieron así un ejemplo de entereza a los viles burgueses, los no comunistas, que suelen patalear, heridos, cuando les enrostran algún error. ¡No, señores, faltaba más! Los compañeros Carlos y Felipe reconocieron sus miserias en sendas cartas publicadas en Granma, el periódico por medio del cual se ejercita ordenadamente la libertad de prensa en la Isla.

Mirad qué humildad: “Reconozco los errores cometidos y asumo la responsabilidad”, afirmó Lage. “Considero que fue justo y profundo el análisis realizado en la pasada reunión del Buró Político”. Y el ex Canciller: “Reconozco plenamente que cometí errores, que fueron analizados ampliamente en dicha reunión”.

Y renunciaron a todo. Salvaron su honra revolucionaria; quizás, la libertad; en una de esas, aun la vida.

Y los chilenos que contribuyen al ascenso del Partido Comunista son la comparsa del movimiento totalitario.

Sí, compatriotas, el Partido Comunista es el representante vivo de la experiencia totalitaria: una ignominia para la Humanidad. 

Ante este hecho macizo, nuestros políticos y nuestros intelectuales laboran en vano por construir argumentos que justifiquen la complicidad de los defensores de la sociedad libre, especialmente si son cristianos, con el progreso del comunismo. Y no es aceptable ninguna estratagema de sofistas resabiados que conceda al Partido Comunista lo que no se concedería, en las mismas circunstancias, al Partido Nacionalsocialista.

Yo entiendo que, durante el primer tercio del siglo XX, los burgueses trataran a los partidos totalitarios como si fueran dignos de participar en el diálogo político. Solamente algunos espíritus preclaros, como Romano Guardini, vieron que a los nazis y a los comunistas había que combatirlos sin ambages. C. S. Lewis incluso denunció la trampa moral de detenerse a pensar cuál de los dos movimientos totalitarios sería el peor. Así se resbalaba por la pendiente interminable de “optar por el mal menor”. Se terminaba en la complicidad con uno de los dos sistemas.

Comprensión para los ingenuos del comienzo, bien, concedida. Pero después del completo desvelamiento de los horrores totalitarios y de sus raíces ideológicas, esa actitud cómplice no admite ni siquiera una mirada de disculpa. Me remito a las obras ya antiguas de Raymond Aron, Hannah Arendt y Karl Popper. Sugiero la lectura —se lee como una novela, con todo rigurosamente documentado— de Richard Overy: “Dictadores”. Me uno a la reflexión de Alain Besançon en “A Century of Horrors”, que denuncia la asimetría de la memoria colectiva sobre estos gemelos del mal. Al mismo tiempo que todos se pronuncian contra el nazismo a la menor muestra de presencia pública, como un obispo cismático que niega el Holocausto o el funeral de Miguel Serrano, el comunismo genocida goza de una amnesia y de una amnistía casi unánimes, no solamente de parte de los que todavía lo apoyan —una inmoralidad incomprensible—, sino también de quienes han sido sus enemigos y aun de sus víctimas.

De manera que no se discute acerca de acoger en la mesa a nuestros adversarios civilizados, sino sobre si facilitar o no que un enemigo de la civilización vuelva por sus fueros.

Todavía no encuentro al intelectual coherente que propicie similar apoyo para los neo-nazis.

Y los políticos que actualmente dudan, particularmente los democratacristianos, exhiben solamente oportunismo e hipocresía. Si fueran sinceras sus razones de principio en esta materia, no habrían pasado veinte años sin pactar con los hijos de Stalin.


miércoles, febrero 25, 2009

México no existe

He regresado de unas largas vacaciones, en enero, y de una estadía de investigación y conferencias en México.

Espero ponerme al día con los artículos de este blog, pero ahora será con algo más sistemático.

Por el momento, les puedo adelantar una sola cosa: México no existe. Si existiera, tendríamos que creer también en las hadas y en las brujas, en que viven juntos policías y ladrones, indios y vaqueros, asesinos a sueldo con peregrinos a Guadalupe, todos en la misma casa, casi, casi.

Ya lo veréis.

martes, diciembre 30, 2008

Indignación moral, detenidos desaparecidos


Uno puede criticar los escandalosos fraudes con falsos detenidos desaparacidos desde el ethos de la derecha pinochetista acérrima, la que nunca quiso creer que había violaciones de los derechos humanos. Si ya son más de cien los nombres borrados del memorial de los detenidos desaparecidos, ¿qué nos asegura que deban permanecer todos y cada uno de los otros? ¿Cuántos más son falsos? ¿Todos? ¿Todos, salvo algunos abusos aislados de las fuerzas de seguridad?

La táctica de la sospecha resucita, fresca y sana, esa que fue tan bien utilizada durante el gobierno militar para que no creyéramos la calumnia, la existencia de desaparecidos por obra de la represión. ¿De qué desaparecidos me habla? ¡Los desaparecidos me tienen curco!

Etcétera.

Yo no me sumo a esa crítica, porque pienso que la táctica antisubversiva de la desaparición forzada de los enemigos políticos, aunque muchos fueran, además, terroristas, fue no solamente un pecado gravísimo, sino un invento de la ética de "el fin justifica los medios", un procedimiento cruel pergeñado en Estados Unidos y aplicado miserablemente en América Latina, que contradijo radicalmente todas las tradiciones cristianas de nuestros pueblos y todos los códigos del honor militar en la lucha contra los enemigos. En suma, abomino de la desaparición forzada de personas (inocentes o culpables de graves crímenes: da igual) porque es un crimen gravísimo contra la dignidad inalienable de cada uno; porque es un avance más de la ética anticristiana; porque, en fin, en el terreno puramente político, es un atentado contra la misma obra de regeneración del orden social que se propuso la legítima rebelión armada contra el gobierno marxista que pretendía hacer de Chile una segunda Cuba, que amenazaba en serio (aunque ahora, mintiendo, digan que era broma . . .) con bañar de sangre nuestras plazas en una guerra civil revolucionaria.

Lo correcto, ahora, es criticar los fraudes sobre los detenidos desaparecidos, sí, pero desde el ethos de la izquierda. Así como los verdaderos detenidos desaparecidos son una afrenta contra la política de derecha, que, junto con la Democracia Cristiana (en su mayoría), consideró legítimo el pronunciamiento militar, y lo alentó desde las trincheras de la lucha civil, así también los falsos detenidos desaparecidos son una afrenta contra la política de izquierda, que defendió los derechos humanos realmente violados y que se ve burlada ahora por sabe Dios qué ambiciones y deshonestidades. Por eso, desde el ethos de la izquierda no es tolerable que se utilicen los errores del gobierno como una nueva ocasión de reforzar ideológicamente a la Concertación.

Lo digo de otra manera. Los izquierdistas honestos, los militantes de la Concertación y de la izquierda extraparlamentaria, deberían rechazar con verdadera indignación moral, por el honor de los verdaderos detenidos desaparecidos, las actuales propuestas del régimen en orden a revivir las comisiones Rettig y Valech, en un año electoral. Se trata de una instrumentalización demasiado burda de un asunto demasiado trágico como para que los verdaderos izquierdistas, y más aún los deudos de las víctimas, asistan pasivamente.

A veces, el honor de los hombres está por encima de las conveniencias electorales. Sí, pero solamente desde la izquierda puede surgir una verdadera indignación moral por esta instrumentalización del dolor y de los propios errores gubernativos.



 

lunes, diciembre 29, 2008

El Papa, ¿defiende la separación Iglesia-Estado?

Algunas fuentes de noticias sobre la Iglesia nos informan que el Papa ha cambiado el tradicional lenguaje de la Iglesia sobre las relaciones entre la Iglesia y la comunidad política al declarar que la separación Iglesia-Estado es un "progreso para la humanidad". La agencia Zenit afirma en su edición en inglés  que "la separación Iglesia-Estado es uno de los signos del progreso de la humanidad".
La nociticia es lingüísticamente desafortunada.
Si uno lee el texto, el Papa tiene cuidado de no usar la expresión "separación Iglesia-Estado", que ha tenido connotaciones laicistas en toda la historia de los siglos XIX y XX. Por eso, se prefieren expresiones como "independencia", "distinción de esferas", "autonomía" (relativa: la sociedad y el Estado no son autónomos respecto de Dios y de la ley moral, y la Iglesia tiene la misión pública de recordar estas exigencias en la práctica), etc.
Y lógicamente habla de "cooperación" entre Iglesia y Estado, que es lo que esencialmente negaba el dogma laicista de la separación.
No descarto que, cuando la expresión adquiera sentido más positivo, la Iglesia comience a usarla. Por ahora, en lugar de "laicismo" e incluso de "laicidad" del Estado, la Iglesia habla de "distinción" entre Iglesia y Estado y de "sana laicidad" del Estado. O de "legítima autonomía" de las realidades terrenas respecto de la jerarquía de la Iglesia, pero no respecto de Dios y del orden moral.
Por ahora, desafío a los autores a encontrar las expresiones que le atribuyen al Papa.

lunes, diciembre 08, 2008

¿A quién apelar en caso de engaño?

La ventaja de las novelas judiciales de John Grisham es que se leen de una carrera, volando. Y uno se relaja una tarde entera, sin rollos, sin pensar demasiado. Y son sencillas, casi lineales, con una trama bien trazada pero sin excesiva exigencia a la memoria. Así que disfruté su reciente La apelación (Plaza & Janés, Barcelona, 2008; trad. cast. de Laura Martín de Dios del original en inglés: The Appeal, 2008), como un paréntesis en mi lectura de Sword of Honour, la trilogía que Evelyn Waugh inventó para reírse de las incongruencias aliadas durante la segunda guerra mundial y para continuar explorando la universal condición humana.
Mas basta ya de Waugh. Sobre Grisham solamente quiero decir que me gustaría apelar a alguien para quejarme de la propaganda. Sí, ya sé que el imbécil soy yo, por creerla.

Mirad: The New York Times dice: “John Grisham nos ofrece su libro más inteligente”. ¿Por qué insultar al autor de esta manera? Yo le pongo un 4 (de 10). Es un libro mediocre desde el punto de vista de la trama y del estilo literario. En casi todo resulta muy predecible. Sin embargo, he aquí un segundo engaño: la revista People afirma que “el final sorprenderá a muchos lectores”. Así que me imaginé un final sorprendente que, por supuesto, no aconteció. Terminó como era probable que terminara cualquier novela mínimamente realista sobre el tema. Por lo menos, el autor eligió uno de los dos finales obvios posibles: escogió entre el triste y el alegre. Pero no hizo ni el más mínimo esfuerzo por sorprender a quienes estaban leyendo su novela más inteligente.

Desastre.

Y tampoco es que el nervio del asunto sea tan espectacular. Prestad atención. Los abogados Payton & Payton, marido y mujer, logran una sentencia de indemnización de perjuicios favorable a una mujer que ha perdido a su marido y a su pequeño hijo a causa del cáncer, a su vez provocado por la contaminación de las aguas del pueblo, debida, a su vez, a la dolosa actuación de la empresa química Krane. El dueño de la empresa recibe, mediante un senador que promueve la causa conservadora en Estados Unidos (una amalgama de defensores del derecho a portar armas, del libre mercado y las empresas capitalistas como Krane, del matrimonio tradicional contra el homosexualismo y de la causa pro-vida), la oferta de pagar algunos millones de dólares a una empresa de comunicaciones que se especializa en ganar elecciones de jueces de tribunales supremos estatales. Así, toda la segunda parte del libro muestra cómo se elige a un honesto abogado, que ha trabajado como defensor contra este tipo de demandas de indemnización; se lo convierte en candidato a juez del tribunal supremo del estado, y, finalmente, se le hace ganar la elección e integrar el tribunal que verá la apelación del caso contra Krane. La tercera parte narra cómo decide este hombre honesto, con dudas de conciencia de última hora, debidas a ver la negligencia de una fábrica de bates de béisbol y de un hospital que casi le cuestan la vida a su niño beisbolista. Todo es aderezado con relatos de intrigas políticas y empresariales, corrupción, gente mala y gente buena. Aparentemente muy realista, pero nada del otro mundo.

Y, en definitiva, el buen nuevo juez falla a favor de Krane, lo cual significa la quiebra de Payton & Payton y un triste final para todas las víctimas. Y los lectores acostumbrados a finales felices se enojarán un poco.

Y aquellos que hayan leído este comentario, donde a propósito he contado el final, que sepan que ya no tienen ninguna razón para leer el libro. De nada.

Además, sugiero una calificación moral Almudí: L-B1. Esto significa que tiene algunos inconvenientes morales, aunque sea una novela limpia desde el punto de vista de la sensualidad (suelen serlo las de Grisham). Y es que la moral no se reduce al sexo, y este libro presenta unilateralmente la causa pro-vida como una simple tapadera de otras causas económicas y políticas. En forma un tanto maniquea, da a entender que los buenos están del lado liberal (aborto, homosexualismo) y los malos son un solo paquete pro-mercado, pro-armas, pro-capitalismo, pro-vida (antiaborto), pro-religión (cristianismo protestante) y pro-matrimonio tradicional (anti-homosexual). Aunque, para ser justo, añado que a los dos lados de la división presenta bien el ideal de una familia joven y unida.

domingo, noviembre 30, 2008

La izquierda en América

En diciembre de 2007 se llevó a cabo una reunión académica en la Universidad de Princeton para analizar el alza de la izquierda en América durante los últimos diez o quince años. El Instituto Witherspoon —un pujante think tank situado en Princeton, independiente de la Universidad— y la Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Princeton convocaron a un grupo de políticos, académicos y líderes de opinión, bajo este título magnífico: «La Globalización y el Surgimiento de la Izquierda en América Latina», para discutir acerca de los cambiantes roles y objetivos de la izquierda política en nuestras tierras (la cursiva corresponde a mi traducción o síntesis del texto ofrecido por los organizadores).

Vamos a analizar cómo se plantearon las cuestiones y el marco conceptual de las respuestas.

¿Qué condiciones llevaron al resurgimiento de la izquierda en América en la última década? ¿No os parece que las condiciones sociales de la última década —miseria extendida, oligarquías centenarias, debilidad de las instituciones, corrupción política y administrativa . . .— son, sencillamente, las de siempre? En cambio, el hombre civilizado parece suponer, cuando pregunta, que algo ha cambiado, que unas condiciones, que antes no existían, ahora, de la noche a la mañana, hacen surgir a Chávez y Lula y Morales y Bachelet. No, por desgracia: ¡todo estaba ahí desde hacía décadas! Solamente una cosa había cambiado: no hay ya la guerra fría, ni, por ende, el marxismo revolucionario de los sesenta y setenta, ni, por tanto, la lucha represiva militar de esos mismos años, esa autodefensa desesperada de los pueblos americanos contra la amenaza de una dictadura totalitaria como la de Cuba. Quitad la fuerza para reprimir la revolución y tendréis otra vez la revolución; eliminad el apoyo totalitario a la revolución —la fuerza del comunismo violento— y ya no tendréis una auténtica revolución, sino izquierdistas liberalizados, que han aprendido a no provocar la ira de los dioses.

¿Hay dos izquierdas —se pregunta el nortino desconcertado—: una heredera de la lucha comunista o proletaria y otra populista y nacionalista? ¿Cómo se relacionan los líderes de una izquierda con los de la otra? ¿Cuál es más fuerte y por qué? Aquí sí que tenemos una paradoja. Si ustedes recuerdan, durante las luchas sociales del siglo pasado los nacionalistas y los populistas —especialmente los nacionalistas— eran considerados de derecha. ¿De dónde procede, entonces, que ahora parezcan ser de izquierda? Ya os lo he explicado en otras ocasiones: ¡de la astucia!

El paradigma es Hugo Chávez. Él intentó primero ser un militar golpista. Su ideología es sencilla, como la de cualquier líder totalitario: no importan los medios, con tal de ganar el poder. El líder venezolano, tan carismático, tan mono él, tuvo la inmensa suerte de fracasar en su golpe militar, y de ser perdonado cuando debió haber sido pasado por las armas, como cualquier militar que se subleva. Entonces volvió por sus fueros de la mano de un discurso rojo, donde el socialismo y el marxismo leninismo y el populismo y el amedrentamiento de los opositores —tantos han huido ya de su patria— son un totum revolutum que ha servido para neutralizar la crítica de los izquierdistas. El razonamiento es falaz, pero eficaz y subliminal: «él está contra Bush; yo estoy contra Bush; ergo, él y yo estamos juntos».

Es que los izquierdistas del mundo desarrollado suelen ser fáciles de manipular desde la distancia.

Mas ahora fijaos en otras preguntas que preocuparon sobremanera a todos los participantes en la conferencia: ¿Cuál es el futuro de la política democrática en América Latina? ¿Qué ha sucedido con la construcción de un consenso transversal, más allá de las fronteras partidistas? ¿Qué ha sucedido a las instituciones que sirven de soporte a la democracia, incluyendo la rama judicial y el sistema de partidos políticos? ¿Quién denunciará los abusos contra los derechos humanos? ¿Lo veis? ¿No entendéis la angustia, acaso? Es la pregunta que tanto escuchamos desde niños, siguiendo la serie mexicana «El Chapulín Colorado»: «Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?». No se os oculta —os considero a todos bien maduros— que esta preocupación legítima supone cierta visión idílica de lo que sucedía antes, como si hubiera habido un consenso transversal duradero en América, y una institucionalidad jurídicamente estable, y una judicatura impoluta. Salvo el caso de Chile, donde la mayoría estimó sensato recoger el legado del gobierno de Augusto Pinochet y hacerle algunos ajustes menores —precisamente mediante consensos transversales—, en el resto de América ha habido una lucha que ha terminado por cansar a los países o por destruirlos. Algunos gobiernos de derecha han conseguido sentar las bases de una institucionalidad seria: Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Ecuador —antes del desastre reciente—, Brasil —Lula no lo ha tocado— y Uruguay, por ejemplo. Se trata, sin embargo, solamente de las bases, pues queda mucho por hacer para que todo eso funcione como en países serios.

Lo más preocupante es la referencia a los abusos de los derechos humanos. El cuadro es el siguiente: cuando eran violados sistemáticamente por regímenes de derecha, es decir, militares, ahí estaban los movimientos de la izquierda local y universal para denunciar esos crímenes. Sí, siempre lo he sostenido: verdaderos crímenes, sin paliativos; pero que jamás hubieran llegado a existir si los ciudadanos perseguidos por la revolución izquierdista —criminal y violenta a su vez— no hubieran sido forzados a llamar en su defensa a las . . . bueno, para eso están: las fuerzas de la defensa nacional. Mas ahora que las armas callan, y que los gobiernos están en manos de quienes, por definición, nunca violan los derechos humanos, sino que siempre denuncian a sus enemigos, que son los que los violan, entonces, ¿quién podrá denunciarlos?

El marco conceptual de este tipo de preguntas revela cómo nos ven desde donde se ha alcanzado un nivel de cultura y de institucionalidad cívica asombroso. Estados Unidos —su gente, sus instituciones— tiene energía y generosidad para ocuparse de sus problemas y de los nuestros por añadidura: ¡gracias!

miércoles, noviembre 12, 2008

Charles Darwin, hijo de tigre

Me preguntan sobre las mil iniciativas para conmemorar a Charles Darwin. Todavía no estoy bien informado, pero recomiendo ser en esto como Darwin: audaces y científicos, humanistas y cristianos . . . (él dejó de serlo a los cuarenta, por falta de una buena teología), adultos y maduros.

Si alguno todavía usa "El origen de las especies" como sustituto de Dios, no se preocupen: es adolescencia senil, quizás se pase con la muerte.

Si alguno se asusta con la teoría de la evolución, como si se opusiera a la creación del universo y del alma inmortal, no se preocupen: es infantilismo religioso, que se cura con paseos bajo el sol y buena literatura; quizás basta con la lectura de la Biblia. O san Agustín.

Si alguien cree que a los católicos nos afecta demasiado la polémica, se equivoca: nunca se ha opuesto, la Iglesia verdadera, a esta teoría; Pío XII enseñó expresamente que puede discutirse de acuerdo con su propio mérito, sin usarla para negar la fe en Dios y en la inmortalidad del alma (cuestiones que no competen a la discusión científica); Juan Pablo II la consideró más que una simple hipótesis fundada, y Benedicto XVI la ha seguido estudiando, con los académicos de su confianza, sin negar los datos empíricos y sin darle tampoco ese valor cuasi-místico que quieren atribuirle algunos.

En fin, que Darwin fue un grande, no cabe duda. Si los simples hombres somos descendientes del mono, Darwin es más: hijo de tigre.