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martes, agosto 28, 2007

Tras una conferencia brutal . . .

Tras haber estado casi encerrado preparando una conferencia brutal, donde propongo abolir todas las leyes sobre el aborto, me pongo al día, pues quiero cumplir la meta auto-impuesta de un capítulo por semana: De ahí las fechas asignadas a lo que acabo de enviar. No se trata de mentir sobre la fecha, sino de asignarle la fecha que realmente le corresponde en la secuencia. Gracias, y perdón por la seriedad de los temas: desde que escribo en El Mercurio, dejo para sus lectores la chacota . . . ¿quién habla en serio en Chile?


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domingo, agosto 26, 2007

El hombre invisible: ¿abolir las leyes de aborto?


Juan Pablo II no temió enfrentar a los poderosos con su voz pacífica pero firme. Gritó con fuerza contra la guerra: “¡nunca más la guerra!”, le oímos todos; contra la pena de muerte: “un castigo cruel e innecesario” en la situación actual, aunque él mismo lo justifica en condiciones extremas de legítima defensa colectiva (vid. Encíclica Evangelium Vitae, n.56); contra el aborto: “¡Es un a-se-si-na-to!”.

¿Seremos nosotros, que queremos ser pacíficos, igualmente valerosos? La última vez que pude responder esta pregunta en la práctica fue en el III Congreso de Derecho Constitucional organizado por estudiantes de la Universidad de Chile. Una de las sesiones plenarias versó sobre el derecho a la vida de los más débiles. Los organizadores se enfrentaron con el típico problema de las universidades pluralistas: encontrar a algún profesor pro-vida que, para colmo, esté dispuesto a presentarse en minoría.

Yo acepté. No es que me guste jugar a ser el negro en Harvard. Tampoco me atrae contribuir a promover el mito de la neutralidad de las universidades públicas. Mis razones fueron puramente sentimentales. Por una parte, me conmovió la sinceridad de los organizadores. ¿Cómo negarme a ayudarlos, más aún si ellos padecían la sincera equivocación de pensar que yo podría estar a la altura? (¿O me habrán elegido de “paquete”, de blanco para el tiro de los otros dos? ¡Prefiero no creerlo!).

Por otra parte, les confieso que me atrajo la posibilidad de defender una tesis audaz por la vida del no nacido precisamente en la Universidad de Chile. Sí, porque el agradecimiento y la emoción me acompañan cada vez que puedo enseñar donde por primera vez aprendí a amar la ciencia: en la Universidad de Chile. Ustedes quizás saben que deambulé por los pasillos y admiré los laboratorios de la Sede Norte de la Facultad de Medicina, de la mano de mi padre, el doctor Fernando Orrego Vicuña, Profesor Titular de esa Casa de Estudios Superiores y promotor infatigable de la ciencia tanto como de la vida, especialmente de los niños indefensos. No se extrañarán ustedes, entonces, que yo haya estado dispuesto a ser el negrito en Harvard con tal de seguir los pasos de mi padre en esta defensa irrestricta de la vida precisamente ahí: ¡en la Universidad de Chile!

Con una sola persona desorientada que, tras escuchar mis palabras, se decidiera a actuar en consecuencia, habría valido la pena concurrir a ese encuentro.

La tesis central que defendí entonces puede resumirse así:


La defensa irrestricta de la dignidad humana exige abolir las normas jurídicas que tratan el aborto como delito especial, pues el niño no nacido merece la plena defensa garantizada por las normas sobre el homicidio. La evolución de la tecnología médica, que hace cada vez más visible y más tempranamente viable al niño no nacido, propende a esa toma de conciencia colectiva necesaria para producir ese cambio jurídico.

¿Pueden leerse estas palabras sin perplejidad, sin creer que soy un ingenuo y un soñador, cuando conocemos cómo se ha expandido la ola sanguinolenta del aborto legal por casi toda la faz de la tierra? Quizás, no; pero soy consciente de los mil obstáculos para aceptar mi propuesta. No la propongo por ingenuidad, sino por esperanza; no por temeridad, sino por audacia.

Mas los obstáculos son imponentes, y es preciso mirarlos de frente.

En efecto, la manera tradicional de plantear la cuestión da por sentada la especificidad moral y jurídica del aborto, y se limita a discutir sobre su licitud moral, sobre si castigarlo o no y en qué casos, y sobre otras intervenciones jurídicas y políticas relacionadas con la vida humana naciente.

Además, pocas personas logran sustraerse del peso de la propaganda y de la acción política favorables a la legalización del aborto, fenómeno que ha avanzado vertiginosamente desde los años sesenta del siglo pasado. Por otra parte, las construcciones jurídico-dogmáticas y iusfilosóficas más autorizadas, es decir, las que gozan de mayor prestigio académico y social —¡no hay nada como saberse en minoría!—, están fuertemente influidas por la ideología dominante en las sociedades tardomodernas, un liberalismo más o menos escéptico o relativista o que, en el mejor de los casos, aísla y neutraliza las convicciones tradicionales sobre la dignidad del ser humano no nacido. La historia reciente nos muestra que la sumisión de los intelectuales a una ideología dominante no admite contrapeso en las mejores razones, ni siquiera en la evidencia empírica más palmaria. Me refiero, por ejemplo, a la chocante experiencia de la intelectualidad marxista en el mundo libre, durante casi todo el siglo XX: ¡miles y miles de profesores universitarios que traicionaron las exigencias de su propia ciencia —desde la biología hasta la economía— para rendir pleitesía a los postulados ideológicos del materialismo dialéctico!

En fin, incluso los defensores de la vida naciente sufren a menudo de pusilanimidad: prefieren resistir en el derecho antiguo, no agitar las aguas del debate político sobre el no nacido, actuar a la defensiva, antes que promover un derecho nuevo y audazmente favorable a los niños no nacidos y a sus madres, tantas veces engañadas y coaccionadas por una solución fácil.

Admito estas dificultades, pero puedo pasar por encima de ellas porque no escribo solamente para hoy o para pasado mañana, sino, sobre todo, para el futuro. El mundo del mañana, quizás tras una crisis saludable, será tan pro-vida y anti-aborto como seguirá siendo pro-libertad y anti-esclavitud.

Sí, porque el avance en el reconocimiento de la igualdad de los seres humanos confluye con el fenómeno científico-médico de la visibilidad del niño no nacido: ecografías, filmación intrauterina, viabilidad cada día más temprana, cirugía prenatal, y una ola sensible —al fin un sentimentalismo bueno— que adora a los niños . . . ¡cada día más protegidos, incluso contra sus padres! Esta veneración por la infancia, unida a la visibilidad del feto y a la expansión del principio de igualdad, terminará por estigmatizar fuertemente el crimen nefando del aborto y cualquier ideología que pretenda justificarlo.

domingo, agosto 19, 2007

Pienso que no pienso; luego, existo


Cogito, ergo sum”, exclamó Descartes cuando descubrió cómo demostrar que existía su querido yo. Fue algo así como el “eureka!” de Arquímedes, solamente que este anciano hizo avanzar algo la ciencia, mientras que Renato empujó el pensamiento un poco más hacia la nada. Igual es progreso en filosofía: la sutileza, la elegancia, su haber visto el fondo de los problemas y la superficie de una solución incorrecta, ese darle trabajo a los pensadores que después lo refutaron, que dicen ahora que el yo no existe ni menos piensa. Nada existe propiamente hablando, nos informa la filosofía más evolucionada. En fin, que me quedo con Arquímedes, porque descubrió que para mover el mundo se requiere un punto de apoyo: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Sí, cierto, notable: ¡pero el punto de apoyo ha de estar fuera del propio yo y del propio mundo!

De manera, hijos, que nada de creerse que solamente porque uno piensa puede estar seguro de que existe. A estas alturas de la civilización nihilista —donde subsisten las viejas formas europeas, cristianas, con los horrores subterráneos de su falta de sustancia—, a muchos les parece arrogante sostener que algo existe así: definitivamente, objetivamente, extramentalmente, ingenuamente. Muchos dudan de sí mismos y del suelo que pisan. Curiosamente, mientras más dudan de todo más se aferran a sus propios pensamientos, como si algo valieran, como si merecieran respeto en un mundo de nada que nada ama y que nada respeta. Así las cosas, ¿por qué os extrañáis de que yo prefiera simplemente conocer un poco de la realidad más elemental —una gota de lluvia, ¡qué hermosa!— antes que pensar infinitamente en mis propios pensamientos? Pues que la verdad es que pienso que no pienso y por eso existo. Sobrevivo al marasmo de las masas porque me niego a tomarme en serio mis propios pensamientos. Existo como un trozo sólido de materia vivificada por un chispazo de la inteligencia divina; así existo porque antes me ha pensado el Espíritu Absoluto con un pensamiento de amor que dice: “¡Quiero que tú existas!”.

Y en ese instante, existo.

Pienso que no pienso; luego, existo. De ahí que todos mis esfuerzos por hacer que otros piensen —que pongan sus neuronas en contacto con el ser inextinguible—, por provocar el resplandor de la verdad y la angustia de la duda y la indignación de la injusticia que antes se escondía, se reducen a un solo empeño: amar la verdad hasta el extremo y ayudar a que otros la amen. Pero no me tomo en serio mis propios pensamientos, sino la realidad palpitante, salida de las manos de Dios, que podría alumbrarse más en mi mente si no me enceguecieran las pasiones. Por eso, aunque pienso un poco, más todavía pienso que no pienso y luego existo.

De ahí, amigos, que siempre me sorprende la estima, el reconocimiento, que de vez en cuando me regala algún amigo, alguna amiga, algún ser que me mira tras el anillo de Giges, movido seguramente por la indulgencia de su cristiana caridad o por sabe Dios qué secretos impulsos de benevolencia humana.

¿Que diga de una vez a qué viene todo esto? ¿Que cuál es el tema? ¿Que a dónde vamos con tanto enredo sobre que si pienso o no pienso y si hago o no pensar a quienes piensan lo que no pienso?

¡Paciencia! No es fácil confesar lo que me ha sucedido en tiempos recientes. Me da vergüenza.

Señores, señoras, niños, niñas, jóvenes: ¡estoy abrumado! Una escritora chilena de best-sellers galácticos, que vive en Alemania —es un modo decir a la antigua: en realidad, ella vive en la blogósfera—, me ha conferido una especie de título honorífico del ciberespacio: un thinking blogger award. Yo no sabía ni que existieran estos títulos, así que no deben de ser como un Nobel ni como ser armado caballero por la reina de Inglaterra. Quizás son algo mejor que todo eso, porque nos dan el título, pero nos ahorran la fama y los riesgos de caer en las garras de la prensa del jet-set y de la farándula. En fin, que no puedo rechazar un honor tan gratuito.

Mi traductor automático lo traduce como “concesión de pensamiento del blogger”, lo cual me induce a creer que, supuesto que el blogger soy yo, la gentil lectora que ha asumido el rol de reina que concede honores ha decidido concederme el honor del pensamiento.

A ver, amigos, paciencia: estoy tratando de pensar.

Think again, stupid!

¿Quién dijo eso? ¿Fuiste Tú, Dios mío? (No se me viene a la cabeza ningún otro que sepa que soy estúpido: claro, si me comparas Contigo, por supuesto que lo soy).

Please, please, stop philosophizing and start thinking again!

Oh, my God!, sí, pienso que no pienso y que por eso existo: ¡Porque Tú, oh Dios, has pensado en mí! (Y claro, me pensaste con el nivel de inteligencia que de hecho tengo, así que ahora no te quejes).

Otra interpretación de Thinking Blogger Award, menos apegada al traductor en línea, puede ser “Premio al Bloguero Pensante”. Increíble pensamiento. Todo este enredo, en el que me ha metido a pensar la bloguera más rápida del Oeste, puede significar que yo soy un bloguero que piensa, luego existe. Mas yo, en realidad, pienso que no pienso; luego, existo.

Igual es emocionante pensar —pensar, pensar, ¿cuántas veces diré lo mismo?— que uno, cuando desvaría, piensa. Oh, el Nuevo Descartes ha nacido: ¡Desvarío, luego existo! Y conmueve pensar que yo pueda hacer pensar a otros; darles que pensar. Sí, es verdad que ése era mi propósito: Provocar (¿qué mujer no se sintió provocada por lo de la partenogénesis?, ¿qué agitado hombre de negocios no se sentirá derrumbado por la Operación Momo?). Provocar el pensamiento, si se puede; y, si no, la rabia, la curiosidad, la risa, la emoción, ¡el palpitar del ser en la noche, que nos recuerda que es mentira que todo sea igual que nada!

Think about that, baby!


domingo, agosto 12, 2007

¿Partenogénesis en varones?


¡Ridículo! ¡Imposible! ¡Impensable! Gritad, bramad, decid lo que queráis, ¡oh, tropa de infelices, llenos de prejuicios científicos!

Yo me limito a transmitiros la sensación —Descartes diría que “pensamiento”— que recorrió mi piel cuando puse el punto final al capítulo pasado, a esa visión delirante y terrorífica de un mundo solitario poblado por mujeres solas. Aunque fueren millones, trillones interminables de féminas galopando solas sobre la arena, será solitario su mundo sin varones. La explosión demográfica de mujeres solas, en una Madre Tierra con sólo hijas, es una paradoja cruel: aunque ya no quepa nadie más en el mundo, ese mundo será un mundo solitario. El libro del Génesis, escrito obviamente por un varón, afirma, justo antes de narrar la creación de la mujer a partir del varón, que “no es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2, 22). ¿No será que tampoco es bueno que la mujer esté sola?

Mujeres solas. Pesadillas de noche, cuando sueñan con . . . ¡hombres! Pesadillas de día, cuando viven con mujeres. Pesadillas para mujeres por mujeres (como ese hotel para damas y caballeros atendidos por damas y caballeros . . ., que revela las diferencias de fortuna entre los miembros de la nobleza). Esta pesadilla puede pensarse como posible porque existe la partenogénesis en la naturaleza. Comprendo a los lectores conservadores, ya suficientemente escandalizados con la idea de la partenogénesis en mujeres, cuando se revuelcan en sus tumbas al leer mis desvaríos (en mi patria, los conservadores están todos muertos, por lo que se les llama cariñosamente “momios”). Los comprendo, pero no los justifico. Así como la partenogénesis de las mujeres es una realidad en aumento en la esfera simbólica —son tantas las pobrecitas que prefieren vivir sin varones de verdad a la vera: a lo más con machos de quita y pon—, en la conformación de la cultura sin padres, así también cabe pensar como hipótesis en qué pasaría con la partenogénesis en los varones.

(No: no soy un imbécil, sino un buen actor.)

Esa hipótesis de soledad radical recorrió como un escalofrío mis huesos y mi piel, apenas había publicado ya irrevocablemente el capítulo precedente.

Consideremos un segundo cómo podría ser tecnológicamente posible una proeza así, que toda la comunidad de los humanos se propagara por partenogénesis masculina.

De acuerdo: ¡no podría ser sin óvulos! ¡No podría ser sin úteros! La partenogénesis masculina se nos presenta como inconcebible. Pienso, con todo, que la dificultad para concebir la reproducción por vía exclusivamente masculina se debe únicamente a que los hombres tenemos grabada en los genes la necesidad de una madre. La reproducción por vía puramente femenina no es difícil de imaginar, porque, además de la hipótesis estrambótica de la partenogénesis, conocemos la menos estrafalaria —abierta a mayor variedad entre las individuas— de la clonación. Si existe Dolly, la oveja clon, ¿por qué no un mundo de muñecas humanas reproducidas de mujer en mujer, a punta de clonaciones? Sería, hemos dicho, un mundo de terror para las mujeres; pero sabemos muy bien que los mundos de terror pueden ser cualquier cosa excepto imposibles. En cambio, si pudiéramos imaginarnos una Humanidad sin Madre, también podríamos pensar en una tecnología capaz de la clonación y de la partenogénesis por vía masculina.

Piensa tú en esta imagen solamente: Un científico toma, de un varón, células madres adultas. Las cultiva hasta diferenciar líneas de tejidos y generar órganos específicos: riñones, hígados, corazones. ¡El paraíso de los transplantes! Hasta que se le ocurre generar gónadas, cultivar ovarios in vitro a partir de células madres varoniles. De ahí todo se sigue fácilmente. Los ovarios producen óvulos. Los óvulos son usados para clonar a cualquier otro varón. ¿Y el útero? Nada, se usan úteros artificiales, construidos con carne de cadáveres criopreservados.

Y así los niños se anidan y crecen alimentados en el vientre de sus padres muertos.

“¡No! ¡Es científicamente imposible generar gónadas a partir de las células madres!”, me grita ese científico loco que todos llevamos dentro. Él olvida que lo que era imposible para la tecnología hace cien años —inconcebible, absurdo, incluso inmoral— es ahora rutinario y hasta bien visto: generar humanos fuera del vientre materno, clonar mamíferos, barrer ciudades enteras de la faz de la tierra. Él no sabe —son tan tiernos los científicos locos— que, como decía un nazi, los hombres ordinarios olvidan que todo es posible. Así que podemos soñar con que, algún día, el mundo se vea libre de mujeres.

Ahí sí que será todo una pesadilla. No para ellas, sino para ellos. Será una pesadilla el doble de truculenta que para las mujeres.

Una pesadilla para caballeros servida sólo por caballeros.

Sí, amigos, porque un mundo de mujeres sin varones es una pesadilla bajo control. Todavía existirá en el mundo, entonces, la inclinación natural al cuidado, al afecto, a la imaginación. Y ellas, aunque siempre solas y desconcertadas, sin un varón de verdad que pueda servirlas como un padre, un amigo, un marido, ellas no echarán de menos el entrelazarse de los cuerpos en el amor. No sabrán lo que era. En cambio, un mundo de varones solos, sin la saludable censura de una mujer, será una pesadilla fuera de control. Solamente quedará la inclinación natural hacia lo feo, hacia la dominación, hacia el mal gusto, hacia la razón teórica que abstrae de la tuidad del otro. Solamente estará el hombre capaz de poner nombres a todas las cosas, como afirma el Génesis (2, 19-20), sin encontrar en ellas una ayuda ni un descanso.

Una pesadilla para caballeros y niños, un mal sueño.

Y, con todo, esa pesadilla será solamente de día, la de vivir junto a los gritos salvajes de los machos invertidos o la de ser uno de ellos. Sí, porque el normal tremolar de su virilidad hará, de esos varones solitarios, o bestias desbocadas o ángeles sufrientes y acosados —pocos, pocos—; pero jamás podrán ellos olvidar que sobre la faz de la tierra hubo mujeres, calor de esposas, cariño de hermanas, amor de madres.



domingo, agosto 05, 2007

¿Partenogénesis en humanos?


No todo lo que se pone bajo mi lupa ha de ser por fuerza serio. Podemos tratar de cuestiones científicas también, corriendo el riesgo de que sean refutadas muy pronto. Desde ya les advierto, pues, queridos lectores, que no crean a pie juntillas las tesis “científicamente comprobadas” que aparecerán de vez en cuando en este atado de letras.

Recuerden el caso reciente de Woo Suk Hwang, el biólogo mentirosillo que afirmó haber clonado una célula madre embrionaria. La célula madre o troncal embrionaria es una célula que forma parte de un embrión, la cual es pluripotente, es decir, puede dar origen a muchos tipos de tejidos y órganos, pero no a un individuo completo como lo hace el óvulo fecundado o cigoto. Lo increíble es que sus artículos fueron publicados en Science en 2004 y 2005.

Mr. Hwang fue refutado por análisis genéticos posteriores. No sé si se habrá practicado el haraquiri, porque él es coreano y la mencionada costumbre es japonesa. Pero la vergüenza era como para haraquiri, sin duda. Advierto que no apruebo el suicidio, pero realmente en ocasiones sería comprensible y hasta deseable, como cuando los insensatos desprestigian a la ciencia.

En fin, que son bromas, si ya les advertí que no me tomo en serio la ciencia.

Un paso adelante: Woo hizo algo increíble, pero no se dio cuenta de que lo hacía. Él creó por primera vez una línea de células madre procedente de un óvulo no fecundado, según explica Ewen Callaway en Nature (publicado on-line el 2 de agosto de 2007). La partenogénesis es una forma de reproducción asexual de algunas plantas y animales (puede suceder en algunos insectos, lagartos y aun tiburones), a partir de la división de células sexuales femeninas que no se han unido con gametos masculinos. Después de Woo, otros equipos de científicos dicen haberlo conseguido.

¿Qué pasa si la técnica se generaliza en seres humanas?

Reflexionad, ¡oh aterrorizados pigmeos varones!, en lo que significa hacerse completamente superfluos de la noche a la mañana.

Pensad en lo que sería un mundo después de dos o tres milenios de civilización partenogénica, de mujeres que nacen de mujeres sin más. Imaginad un mundo donde se hablaría de la evolución de las mujeres a partir de otro mundo remoto de hombres que eran —por falta de evolución— machos y hembras, que mezclaban sus partes para poder ir adelante, como los primates, todavía más abajo en la escala del progreso.

¿Os imagináis una familia de madre sola y con sólo sus hijas? ¡Una familia de amazonas! No pasa nada grave —igual debe de ser aburrido para ellas— ahí donde hay primos, vecinos, amigos, tíos, novios . . .; pero, si todas las familias terminaran partenogénicas, ¿os representáis acaso la evolución que se produciría en todos los terrenos? Vamos por partes. Todos los gobernantes serían mujeres; pero también los súbditos. Se ejercería el poder con más sentimiento; pero, llegado del caso, no me quiero imaginar los gritos. ¿Y habéis visto algo más divertido que mujeres jugando fútbol? ¡Pues así sería el mundo entero!

Un mundo partenogénico, de amazonas, sería una pesadilla; pero no una pesadilla para nosotros los varones, quienes, por definición, estaríamos en los museos junto con los monos y los leones, exhibidos como reliquias de la guerra de los sexos, disecados y con etiquetas de “¡No tocar!”. Allí irían las niñitas de los colegios cultos para aprender esa extraña historia de su pasado. Oirían con asombro, quizás con absoluta incomprensión, las explicaciones sobre cómo se reproducían esos seres pre-femeniles: ¡de a dos! Lo considerarían, sin duda, un poco animal, bestial, violento, impúdico, pues en su mundo subsistirían aún otros mamíferos menos evolucionados. Ya avizoro a unas chicas que se despiertan gritando en la noche, empapadas en sudor, y, cuando su madre se acerca, para calmarlas, ellas sollozan entrecortadamente: “¡Mamá: soñé con un hombre!”.

Terrible.

Ese mundo femenil sería terrible para ellas. No solamente tendrían las pesadillas infantiles de soñar con hombres (¡con machos!), sino la más traumática de vivir despiertas solamente con mujeres. Sería todo un mundo en que las cosas se ven a la mitad; todo un mundo donde los suspiros del amor serían como es hoy el apéndice: un resabio de la evolución, ya sin objeto; todo un mundo, en particular, donde la racionalidad fría del varón —brutal, a veces, pero fría—, que tan necesaria resulta en momentos decisivos como una guerra, un conflicto, un peligro inminente, no estaría a su disposición.

Sería un mundo sin hijos varones. Estoy seguro de que cualquier madre que haya tenido hijas e hijos admitirá que la pérdida sería terrible. La mayoría, intuyo, si de prescindir de algún varón se trata, preferiría perder al padre de los niños —antiguamente, el marido—, que igual está ausente respecto de la mayor parte de los hijos y de sus madres.

Así que, ¿partenogénesis en humanos? Piano, piano, per favore.

La transmisión del mismo ADN solamente por vía materna y como forma exclusiva de procreación originaría un mundo femenil intolerable. Repito: ¡intolerable para ellas!

Mas, ¿por qué un espacio público serio, una publicación periódica de punta, cae en la ciencia ficción, divaga sobre una pesadilla para mujeres? Mirad: pienso que a veces una hipótesis estrambótica, sólo abstractamente posible, puede llevar a recapacitar a los desquiciados. La adecuada combinación de los gametos femenino y masculino es una condición indispensable para la transmisión de la vida, pero también para la preservación de la cordura individual y colectiva. Por eso, señoras, mirad por un momento la crisis de masculinidad que se extiende por el mundo, y la crisis de la paternidad, que es patente para los ojos más atentos. Sabed que la sociedad del feminismo radical, rabioso, va camino de la partenogénesis global. Las mujeres sensatas deberían rebelarse, porque el mundo sin maridos, sin hijos, sin padres, sin varones —ese mundo de meros machos productivos y reproductores— es la peor pesadilla . . . ¡no para los varones, que casi no se dan cuenta, sino para las mujeres!





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domingo, julio 29, 2007

Operación Momo


Michael Ende (1929-1995), un bávaro que ha cautivado a millones de niños con su pluma, acaba de clavarme una estocada. Hace muchos años leí La historia interminable, pero no quise leer Momo, quizás porque alguien me contó algo un poco vago, algo así como que trataba de una niñita pobre que sabía escuchar. ¿Una niña pobre? ¿Escuchar? “Esto no me dice nada”, debo de haber pensado por esos años, cuando mis facultades mentales, hoy tan deterioradas, estaban en su plenitud. Lo que quiero decir es que, si no me falla la memoria acerca de mí mismo —la más difícil, porque tendemos a construir un pasado bastante mejor de lo que realmente fue—, nada más lejano de Momo que mi fría racionalidad, mi capacidad de “producción científica”, mi agilidad mental de entonces. Lo natural para mi carácter trabajador, académico, nada sentimental, empeñado en ser eficaz de una vez por todas, era no detenerse en una historia que sin duda debía de ser sentimental y con muy poca acción —imagínate: una niña pobre que sabe solamente escuchar . . .—; no valía la pena, a pesar de ser del mismo autor que ya me había encantado desde el punto de vista literario.

Al comenzar este año, sin embargo, mi hermana y asistente, quien, ahora lo sé, tiene cara de Momo, me contó que había leído el librito.

—¡Tienes que leerlo! —recomendó con entusiasmo.

El entusiasmo de una persona confiable vale más que la orden perentoria de un gran mandón. Así que, apenas terminé de leer un par de novelas y el Gorgias y La República de Platón, le di un primer mordisco a esta novela corta de Michael Ende. Y fue como el mordisco de Eva: una vez que se comienza, imposible parar. A pesar de estar yo metido en un simposio universitario, con diversas conferencias y conversaciones (aparte de lo propio y específico e indispensable y laudable de todo verdadero simposio), acabé con Momo en un par de días.

Más preciso es decir que Momo acabó conmigo.

Momo es una niñita pobre, de origen desconocido, que vive sola en un parque, en un viejo anfiteatro. Los vecinos la protegen y cuidan y se dan cuenta de que tiene un don especial: sabe escuchar. No da consejos, como pretendemos tantas veces los viejos de este mundo, sino que solamente escucha mientras mira con sus grandes ojos. Entonces, el que habla, comenzando por lo que le preocupaba, va pronunciando un discurso cada vez más humano, más razonable y pacífico, hasta que termina aliviado y sin problemas. “Ve a hablar con Momo”, se convierte en la consigna del vecindario para quienes pasan un mal momento o se comportan como no deben. Pero Momo no les dice nada: solamente los escucha con amor. Los niños aprenden a jugar con ella, sin juguetes sofisticados y lujosos, sino solamente con la palabra y la imaginación. Momo tiene dos amigos de personalidades opuestas: Beppo Barrendero, un viejo barrendero que trabajaba muy lentamente y hablaba muy poco —quería decir solamente la verdad porque pensaba que los males del mundo proceden de las mentiras que se dicen incluso por precipitación o inadvertencia—, y Gigi o Girolamo Cicerone, un joven guía turístico que hablaba hasta por los codos, siempre inventando historias nuevas —pensaba que todas podían ser verdad o que el asunto de su verdad era irrelevante—. Así las cosas, aparecen los hombres de gris. Son un ejército de seres que existen y viven del tiempo que roban a los hombres reales. Se lo roban haciéndoles pensar que tienen que ahorrarlo para ser eficientes y poder disfrutarlo en el futuro. Los hombres de gris ven que Momo, con la enorme pérdida de tiempo que surge a su alrededor —imagínate: niños que juegan y adultos que conversan y luego viven sin apuro, con calma—, es el enemigo fatal de su objetivo: apoderarse de todo el tiempo de los hombres. Entonces se desata la guerra. Los hombres de gris consiguen que cada vez más hombres no tengan tiempo, que se entreguen por entero a producir, a ahorrar tiempo. Dos ejemplos bastan. Convencen a un peluquero de que atienda a sus clientes en quince minutos en lugar de media hora, y que lo haga en silencio. Persuaden al tabernero de instalar un local de autoservicio de comida rápida, de manera que él se sitúe en la caja registradora y, sin hablar con sus clientes —un par de palabras bastan para cobrar amablemente—, haga su negocio mucho más productivo. Los hombres de gris consiguen capturar en sus redes a todos los amigos de Momo. Incluso los niños dejan de jugar en el parque, porque deben aprender cosas útiles para el futuro. Y el resto es la historia de cómo Momo, que se pone en contacto con el Maestro Hora, el origen del tiempo, rescata a sus amigos y destruye a los hombres grises. Solamente que, por desgracia, no sabemos si la historia de Momo sucedió en el pasado o sucederá en el futuro. Sucede que se la contó a Michael Ende un extraño compañero en un viaje de tren. O eso dice Ende.

Sí sabemos, en cambio, que hoy —el hoy que vivió Ende no es demasiado distinto del nuestro— no está Momo con nosotros y, en cambio, cada uno tiene un hombre gris de guardaespaldas. Nos obsesiona ahorrar tiempo y, como les sucede a los personajes de la novela, podemos sacrificar —sin querer: por aprovechar el tiempo— nuestra familia, nuestros amigos, nuestra salud corporal y mental, con tal de ser eficientes, de producir, de responder a las exigencias de los hombres grises que nos han contratado.

Momo ha sido una estocada para mí: ¡directa al corazón! No tengo un jefe gris, pero yo mismo me exijo rendir más: leer más, escribir más; más conferencias y congresos. Ser eficiente. Intento ahorrar tiempo y, como en la novela, mientras más tiempo ahorro, como los hombres grises quieren, menos tengo.

Ahora comienzo la Operación Momo: tiempo de paz, alegría, trabajo sereno, descanso.

domingo, julio 22, 2007

¡Que construyan más pirámides!


Un abogado mexicano, que debe de andar en sus setenta —poco más o menos—, me acogió en su casa durante una visita reciente a Ciudad de México. La conversación derivó no recuerdo bien si hacia el tema trivial del turismo y la economía o hacia la cuestión espinosa de la inteligencia de las mujeres hermosas. Yo confieso que sé muy poco sobre cualquiera de estos temas, pero el viejo lobo del foro se las arregló para conectarlos en una sola anécdota.

—Cuando yo era niño —me dijo, echando la mirada arriba como diciendo lo que yo estaba pensando— no existía la Pirámide de la Luna.

—Hombre, no puede ser —le repliqué—; si es de la época de los Aztecas. Yo desde luego sí que la visité entre 1974 y 1978, cuando yo era niño . . .

—Mira, no sé qué dirá la historia oficial sobre estas cosas; pero puedo decirte lo que han visto mis ojos.

Amigos lectores: ¡qué dilema! ¿A quién le creo, a los ojos de un amigo o a la historia oficial? En realidad, no sé qué dice la historia oficial sobre la famosa Pirámide de la Luna, que se yergue ahora —no sé si hace setenta años— frente a la del Sol, en Teotihuacan.

—Ande, dígame lo que sabe, que le creo.

—Pues que comenzaron a poner piedras sobre piedras al comenzar el siglo XX.

—Pero seguro que habría alguna base, un fundamento, algunos testimonios . . .

—Yo te digo solamente lo que he visto: que antes no estaba, que subieron piedras una sobre otra, y que ahora está. Además, no soy el único que ha pensado en esto de construir pirámides.

Puse cara de curiosidad, desconcierto.

—Hace años, le preguntaron a la Miss México, la muchacha que nos iba a representar en el certamen de Miss Universo, una de esas preguntas de cultura diseñadas para dejar claro que se trata de una competencia que va más allá de las piernas y las caderas y las sonrisas . . . En fin, que las muchachas han de pasar por inteligentes, dignas representantes de sus compatriotas. Le preguntaron, pues: “¿Y que haría usted para mejorar la situación económica de México?”. “Yo creo”, respondió ella, “que deberíamos promover muchísimo más el turismo”. “No es tarea fácil”, acotó el entrevistador: “¿Y cómo lo haría usted?”. Ella se lanzó con la idea genial: “¡Tenemos que construir muchas más pirámides, en otras ciudades!”.

Nos reímos los dos, pero ahora pienso que injustamente. El populacho es muy injusto. Se rieron de ella, por ignorante, por no saber que las pirámides fueron edificadas por las culturas precolombinas. Los machos mexicanos se apoyaron en esta anécdota para impulsar más todavía la campaña de desprestigio contra el sexo débil. Ya sabéis, lo típico: “tan bonita como tonta” . . .

Y me acordé de una historia que cuenta mi madre con la frecuencia que su inteligencia superior le sugiere. Dice que sus amigos y conocidos, cuando hablaban en las reuniones sociales de la época en que ella y mi padre eran novios o recién casados, solían comentar sobre él —un universitario de prestigio, científico de punta—: “¡Qué inteligente que es Fernando!”. Y añadían, para no dejar a la novia debajo de la mesa de los elogios: “Y la Cristi, ¡pero qué dije que es la Cristi!”. Unos treinta y cinco años después, las opiniones de las viejas se hicieron más explícitas. También nos lo contaba la dije de la Cristi. Se encontraba ella en el estacionamiento subterráneo de un hipermercado, junto a su automóvil. Nadie la veía, o, al menos, ellas, las otras, no la vieron. Entonces oyó que una señora le decía a su amiga, con voz estentórea, con ese acento subido y semimodulado de las viejas empingorotadas de mi patria: “Oye, fulanita, dicen que la señora del doctor Orrego es redonda como la O”. Y siguieron su cháchara insulsa. La primera vez que oí la expresión fue cuando nos lo contó, a la hora del almuerzo, la mismísima afectada por esa murmuración. El doctor Orrego nos explicó —a los tardos para entender, herencia por el lado materno, seguro— que ser redondo como la O es ser tonto de remate. Él, que entonces escribía en un diario financiero unas columnas muy sabrosas, para esponjar el espíritu de los comerciantes y mercaderes, tituló su siguiente artículo así: “Redonda como la O”. Fue un homenaje a la mujer que había sido tan tonta de casarse con un hombre que llegaría a ser inmensamente pobre, ¡y a propósito! Pero feliz. Con una familia grande y feliz (sin pero). Así que ahora, cada vez que alguien dice de una mujer que es dije —no inteligente— o hermosa, pero tonta, me acuerdo de mi madre. Comparados con ella, pienso que los once hijos le salimos bastante, cómo decirlo, sí: dijes.

En México, por cierto, terminaron por hacerle caso a la Miss México aquella. Otro amigo me llevó de paseo a Puebla, y nos acercamos a visitar la gran Pirámide de Cholula. Junto a ella había, todavía en obras, algunas ruinas nuevas. Estaban a la mitad del camino de su reconstrucción. Quizás llegarían a ser como habían sido hace dos milenios. Lógicamente había otros visitantes: aumentaba el turismo. Varones y mujeres de lejanos países —de Europa, Asia, América Inglesa— acudían para empaparse de ese ambiente entre curioso y esotérico. Lo que para los indígenas no era más que un montón de piedras, para los humanos civilizados era historia, cultura —aunque muerta—, evocación de ritos y misterios, así que valía la pena poner las piedras en orden, como pirámides. Lo dice el refrán: “el que pone la plata, pone la música”. Lo dijo la Señorita México: “¡Que construyan más pirámides!”.

No se extrañen, entonces, de que en otros países, como Chile, comencemos a descubrir momias milenarias —justo cerca de hoteles de novecientos dólares por noche— y restos que podrían ser de extraterrestres. El mercado todo lo soporta, todo lo espera, no piensa mal.

miércoles, julio 18, 2007

Atraso en columnas

Estimados lectores: He notado un atraso en mis columnas. Intentaré ponerme al día retroactivamente. Además, fijaré el día MARTES para actualizar el blog maximasminimas. Y dentro de poco abriré un blog solamente para poner las columnas de la prensa escrita.


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domingo, julio 15, 2007

Manuel Pellegrini: ¿hay esperanza?


La entrevista a Manuel Pellegrini me ha devuelto la esperanza (por Margarita Serrano, con fotos de Miguel Sayago, en la revista El Sábado, El Mercurio, 7 de julio de 2007). No canonizo al entrenador chileno del Villarreal. No conozco al detalle sus virtudes. Ni me corresponde juzgarlo. Simplemente digo que ha ido dejando un rastro admirable. Afirmo que no es posible separar la ética de la técnica, ni en el fútbol ni en ninguna otra actividad. Donde se produce ese quiebre, se corrompe también, a la larga, la eficacia técnica, como vemos en esos países e instituciones y personas que van de tumbo en tumbo, arrastrando una miseria que hunde sus raíces más en la falta de virtudes que en la ignorancia científica o tecnológica.

A la luz de la experiencia de Manuel Pellegrini, comparto contigo, lector atento, mis conclusiones.

Manuel era —nos dice la entrevistadora— “un joven y prometedor ingeniero civil, uno de ocho hermanos de una familia tradicional y muy conservadora”, que abandonó su empresa constructora para ser futbolista profesional. Primera lección: ¡Cuánto ayuda provenir de una familia numerosa! Por cierto, mejor aún si es tradicional y “muy conservadora”. Las probabilidades de hacer las cosas bien, de superarse, de no detenerse ante los aparentes fracasos, aumentan con el número de hermanos, la herencia acumulada —no es igual una familia con varias generaciones a la espalda que una, por irme al extremo opuesto, con una sola o ninguna— y el adecuado acompañamiento moral (es mi traducción de lo que los periodistas suelen llamar “muy conservador”).

“En esos tiempos era más difícil emprender una carrera que no fuera tradicional”, dice Manuel. Es verdad. Su constatación me trae a la mente a don Ismael Sánchez Bella, primer rector de la Universidad de Navarra, quien en 1990, de visita en la naciente Universidad de los Andes en Chile, respondió así a un joven preocupado por seguir una carrera peor pagada que la de futbolista: “Mira”, le dijo, más o menos, “para los mejores siempre hay un buen trabajo, y vosotros vais a ser de los mejores”. De manera que, estimado amigo, sigue el impulso de Pellegrini junto con el de Sánchez Bella: Escucha tu vocación —sea el fútbol o la filosofía o la historia— y procura ser de los mejores.

Segunda lección: Más vale buscar la excelencia en pos de un sueño noble, que hundirse en la mediocridad, por falta de ilusiones, en algo que no nos atrae.

“Me siento muy identificado con el Quijote. Luchando por causas imposibles, persiguiendo sueños lejanos, pero caminando hacia ellos en las buenas y en las malas”, dice nuestro héroe. “Se levanta temprano, y desde las 8:30 entrena en la ciudad deportiva del Villarreal. A las 12:30 termina de gritar y de correr con los jugadores, se va a su oficina y recibe a los que llegan con distintas peticiones y problemas. A las 2 vuelve a su casa a almorzar, duerme 15 minutos de siesta, ve un montón de partidos de fútbol de los equipos rivales en la televisión y comienzan sus clases de las cosas más raras: acaba de terminar las de francés, porque no quiere perder lo que aprendió en los Padres Franceses de Manquehue; clases de alemán, de impostación de voz...”, nos informa la entrevistadora.

Tercera lección: El Quijote puede hacer realidad sus sueños, si se levanta temprano, trabaja duro, descansa lo suficiente (¡esos 15 minutos de siesta!), es cien por ciento profesional (¿cuántos entrenadores dedican las tardes a observar a los adversarios?) y aprovecha el tiempo con algo tan útil como aprender idiomas o manejar mejor su voz, su instrumento de liderazgo. No pude evitar recordar, al leer ese pasaje, que san Josemaría recomendaba, a los jóvenes que se acercaban a recibir su formación, que, además de estudiar mucho y bien, aprendieran uno o dos idiomas y oratoria, el arte de expresarse bien en público.

“No me gusta la noche. Me acuesto temprano con mucho gusto, porque me levanto muy temprano”, afirma Manuel Pellegrini. Y responde con delicadeza las preguntas un poco frívolas sobre cómo sobrelleva la distancia con su mujer, que vive habitualmente en Chile, con sus tres hijos (nota en aras de la transparencia: yo le enseñé Derecho Natural a su hijo Juan Ignacio, en la Universidad de los Andes). El hombre reconoce la dificultad: “Hay un costo importante por el hecho de perder la relación diaria, la cotidianidad. Me he perdido mucho de la formación de mis hijos”. Sin embargo, algo se puede hacer: “El día comienza con mi llamado a mi señora, luego vienen los mails con todos. Ella viaja una vez al mes a verme y ellos van en las vacaciones. Pero tengo que reconocer que nada de eso es suficiente. La única manera de suplir en parte mi ausencia en Chile es con el hecho de que mis hijos vean que estoy siendo coherente con mi vocación. Porque también es una esperanza para los jóvenes; saber que se puede llegar cuando uno tiene la convicción y la fe que yo he tenido para llegar, en una profesión no tradicional. Mis hijos han visto a su padre arriba y lo han visto abajo, y saben que yo he seguido, porque mi éxito no está en los logros”.

Cuarta lección: Una vida plena pasa por subir y bajar, pero no será un fracaso si se apoya en la firmeza de una familia. No quiero idealizar la familia de nadie —ni la de Manuel ni la mía ni la del lector—, sino poner el éxito profesional en su justo lugar en la jerarquía de los valores. La familia está primero. El aumento de los fracasos matrimoniales, el hecho de que la prensa —dominada por gente de ese talante— trate como normal el emparejarse y desemparejarse, la sutileza de las excusas que tantos rumian para evitar la depresión, nada de eso pueden oscurecer esta verdad brutal: en la familia se juega el verdadero éxito o fracaso vital.

Futbolistas amigos: ¿por qué no lo entendéis?

domingo, julio 08, 2007

Futbolistas famosos: ¿por qué me hacéis llorar?


Sé que vosotros, ¡oh, intelectuales, que leéis estos desvaríos!, añoráis, desde que alabé a ese gran señor del balompié y guardián del honor de su hermana, Zinedine Zidane, añoráis, digo, unas palabras nuevas sobre el fútbol. Desde luego, no puedo arrollaros, en tan breve espacio, con las ideas geniales que me asaltan cada vez que la borrachera y la lujuria asaltan a mis chiquillos de la Roja, la nuestra selección de chúpfol profesional, que de tan penosa ya no nos hace sufrir, ni gritar, ni siquiera emborracharnos de alegría o de tristeza o de rabia. No tengo tiempo ni paciencia para ilustraros acerca de un sistema infalible para subir a un lugar decente en el concierto mundial de las naciones futbolizadas. Es un sistema cruel, por cierto, pues exige aplicar las leyes del mercado juntamente con la dureza de una dictadura violadora de los derechos humanos. Le trae, para comenzar, la tortura de levantarse y acostarse temprano, más trabajo duro, más silencio sin libertad de expresión, más abstinencia de alcohol y drogas y, sí, me temo que también de sexo, salvo en dosis moderadas para los que estén bien casados, más cárcel casi hasta el extremo del secuestro permanente —o sea, concentraciones sin escapadas por la ventana—, más charlas de virtudes humanas y trabajo bien hecho —sí: adoctrinamiento, contra la libertad de pensamiento, que no sé cómo puede jugar bien a la pelota un indio que piense lo que le dé la gana.

Mas todas esas revelaciones esperarán mejores tiempos, aunque, como ya saben, por un millón de dólares me doy vuelta la chaqueta y lo suelto todo ahora. Todo hombre tiene su precio y el mío —qué vergüenza— es bastante bajo. ¿O acaso creéis, miserables, que un guatón de billetes verdes es mucho dinero comparado con mi dignidad de persona humana? A propósito, mi hermana Teresa, que tiene restos de optimismo familiar y sabe cuán necesitado ando de dinero para mis proyectos infames, y que lo estoy buscando, me preguntó hace poco si acaso mi ridícula actuación como cibermendigo había dado algún fruto. ¡Qué vergüenza! Tuve que confesarle que, como nadie se toma en serio este remanso de sentido común que es Bajo la Lupa —por lo menos, nadie con fuerzas para enviar un euro o un dólar siquiera—, como todos piensan que soy rico solamente porque escribo best-sellers (como Las Instrucciones del Microondas, un superventas en su género, el de los libros desconocidos) y soy el columnista nuevo del diario más rico de Chile y realmente me las doy de aristócrata —lo soy, joder, lo soy: ¿que acaso un noble no puede ser pobre?—, en fin, que no me ha llegado ni un solo peso y ahora hago como que esa cibermendicidad fue solamente una broma.

Mientras tanto, me refiero solamente a la pena que un futbolista me causa cuando comienza a hacerse famoso. Sé que entonces vendrá el acoso de una banda de putas que se dedican al periodismo deportivo y de farándula sin demasiadas transiciones (entiéndase “putas” referida a personas de cualquier orientación sexual, pues no pretendo discriminar ahora por eso), un acoso perfumado pero de fondo asqueroso para emparejar al jovenzuelo con una mina, quizás la novia o la mujer de otro; para hacerle subir los humos a la cabeza, descentrarlo en lo emocional y en lo familiar, hasta que, aunque siga siendo bueno para las patadas, pierda poco a poco la estima de su dignidad —algo más de fondo que su maldita autoestima— que lo llevó a superarse para ser bueno como hombre alguna vez. Sí, señores, nos destruyen a los que van a ser modelos de nuestros jóvenes más indefensos, de todos nuestros jóvenes, sí, pero pienso ahora en los que se ven sometidos desde los siete años a optar entre estudiar o robar, entre sacrificarse o drogarse, entre . . . ¿por qué no completas tú, que yo estoy ahora llorando?

Sí. ¿Cómo no recordar al chiquillo Diego Armando Maradona, a quien tanto admiro, que terminó causando tanto daño a sí mismo y a su alrededor? Ahora recuerdo algo que se cuenta de cuando era un niño. No hay filmación disponible. Quizás es parte de la leyenda. No lo sé. Dicen que fue así. En el entretiempo de un partido, puso el balón en el punto penal. Solo. El público miraba. El chico tiró fuerte. El balón golpeó un poste lateral, a media altura. Los mirones lo pifiaron. ¿Cómo podía no echar dentro la pelota, él solo frente a las redes? Diego Armando avanzó lento, sereno. Tomó el balón. Otra vez lo emplazó en el punto central. Lo golpeó más fuerte. Volvió a fallar. El balón dio otra vez en el lateral, a media altura. En el mismo punto que antes. Algunos espectadores —miraban y no veían— volvían a abuchear, cuando a los otros, los que llegarían a ser fanáticos del Diego, los sobrecogía el silencio. Maradona era un niño. Otra vez tomó el balón. Al punto penal. Disparó fuerte. Y una vez más falló: en el mismo poste, a la misma altura, solo frente a las redes. El estadio estalló en aplausos y vítores.

Más tarde vendría la fama y las putas del periodismo farándula y las mafias de la droga y un ídolo que fue sano hundiéndose en la desintegración, la soberbia, la desgracia. Todos los que lo queremos por lo que fue no podemos dejar de llorar por lo que llegó a ser.

Por eso elevo una súplica a Iván Zamorano y a Marcelo Salas, también zarandeados por una vida no bien asesorada, y al Mati Fernández y a tantos otros que inician el camino de la fama. Os imploro: ¡Edificad vuestras vidas rectamente! ¡Tantos que os miran dependen de eso! ¿Por qué me hacéis llorar?

Este sábado encontré un buen modelo en Manuel Pellegrini, el entrenador chileno del Villarreal. Me ha devuelto la esperanza. Lo entrevista El Sábado de El Mercurio. Lo pondré bajo la lupa en el siguiente capítulo.