El jueves 22 de diciembre, por la mañana, en la sala Clementina del
palacio apostólico, se celebró el tradicional encuentro en el que el
Colegio cardenalicio, los responsables de la Curia romana y del
Governatorato del Estado de la Ciudad del Vaticano felicitan al Papa por
la Navidad. Durante el encuentro Benedicto XVI pronunció el siguiente
discurso.
Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el presbiterado, queridos hermanos y hermanas:
Vivimos hoy en un momento especialmente intenso. La santa Navidad está
ya muy cerca y lleva a la gran familia de la Curia romana a reunirse
para este hermoso intercambio de felicitaciones, que conllevan el deseo
recíproco de vivir con alegría y auténtico fruto espiritual la fiesta de
Dios que se hizo carne y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1, 14).
Esta es para mí una ocasión no sólo para expresar mi felicitación
personal, sino también para manifestar a cada uno de vosotros mi
agradecimiento y el de la Iglesia por vuestro generoso servicio; os
ruego que lo transmitáis también a todos los colaboradores de nuestra
gran familia. Doy las gracias de modo particular al cardenal decano,
Angelo Sodano, que se ha hecho portavoz de los sentimientos de los
presentes y de los que trabajan en las diferentes oficinas de la Curia,
del Governatorato, incluidos los que desempeñan su ministerio en las
representaciones pontificias repartidas por todo el mundo. Todos estamos
comprometidos en que el anuncio que los ángeles proclamaron en la noche
de Belén, "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres
de buena voluntad" (Lc 2, 14), resuene en toda la tierra para llevar
gozo y esperanza.
En este final del año, Europa se encuentra en una crisis económica y
financiera que, en última instancia, se funda sobre la crisis ética que
amenaza al viejo continente. Aunque no están en discusión algunos
valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la
responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia,
sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y
a los grandes grupos sociales a renuncias y sacrificios. El
conocimiento y la voluntad no siguen siempre la misma pauta. La voluntad
que defiende el interés personal oscurece el conocimiento, y el
conocimiento debilitado no es capaz de fortalecer la voluntad. Por eso,
de esta crisis surgen preguntas muy fundamentales: ¿Dónde está la luz
que pueda iluminar nuestro conocimiento, no sólo con ideas generales,
sino con imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo
alto nuestra voluntad? Estas son preguntas a las que debe responder
nuestro anuncio del Evangelio, la nueva evangelización, para que el
mensaje llegue a ser acontecimiento, para que el anuncio se convierta en
vida.
En efecto, el gran tema de este año, como también de los siguientes, es
cómo anunciar el Evangelio. ¿De qué manera la fe, en cuanto fuerza viva y
vital, puede llegar a ser hoy realidad? Todos los acontecimientos
eclesiales del año que está por concluir han estado relacionados, en
definitiva, con este tema. Se han realizado viajes a Croacia, a España,
para la Jornada mundial de la juventud, a mi patria, Alemania, y
finalmente a África, Benín, para la entrega del Documento postsinodal
sobre justicia, paz y reconciliación; un documento del que ha de nacer
una realidad concreta en las diversas Iglesias particulares. Han sido
inolvidables también los viajes a Venecia, a San Marino, a Ancona, para
el Congreso eucarístico, y a Calabria.
Y ha tenido lugar, en fin, la
importante jornada del encuentro entre las religiones y entre las
personas en búsqueda de verdad y de paz en Asís; una jornada concebida
como un nuevo impulso en la peregrinación hacia la verdad y la paz. La
institución del Consejo pontificio para la promoción de la nueva
evangelización nos remite anticipadamente al Sínodo que sobre el mismo
tema tendrá lugar el próximo año. También tiene que ver con ello el Año
de la fe, en recuerdo del comienzo del Concilio, hace cincuenta años.
Cada uno de estos acontecimientos ha tenido su propio matiz. En
Alemania, el país de origen de la Reforma, la cuestión ecuménica, con
todas sus dificultades y esperanzas, ha tenido naturalmente una
importancia particular. Indisolublemente unida a esto, hay siempre en el
centro de las discusiones una pregunta: ¿Qué es una reforma de la
Iglesia? ¿Cómo sucede? ¿Cuáles son sus caminos y sus objetivos? No sólo
los fieles creyentes, sino también otros ajenos, observan con
preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más
ancianos y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento
de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la
incredulidad. ¿Qué debemos hacer entonces? Hay una infinidad de
discusiones sobre lo que se debe hacer para invertir la tendencia.
Ciertamente, es necesario hacer muchas cosas. Pero el hacer, por sí
solo, no resuelve el problema. El núcleo de la crisis de la Iglesia en
Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si
la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una
fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás
reformas serán ineficaces.
En este sentido, el encuentro en África con la gozosa pasión por la fe
ha sido de gran aliento. Allí no se percibía ninguna señal del cansancio
de la fe, tan difundido entre nosotros, ningún tedio de ser cristianos,
como se percibe cada vez más en nosotros. Con tantos problemas,
sufrimientos y penas como hay ciertamente en África, siempre se
experimentaba sin embargo la alegría de ser cristianos, de estar
sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer
a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a
Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse
a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar. Encontrar esta
fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran
medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en
Europa.
La magnífica experiencia de la Jornada mundial de la juventud, en
Madrid, ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha
sido una nueva evangelización vivida. Cada vez con más claridad se
perfila en las Jornadas mundiales de la juventud un modo nuevo,
rejuvenecido, de ser cristiano, que quisiera intentar caracterizar en
cinco puntos.
1. Primero, hay una nueva experiencia de la catolicidad, de la
universalidad de la Iglesia. Esto es lo que ha impresionado de inmediato
a los jóvenes y a todos los presentes: venimos de todos los continentes
y, aunque nunca nos hemos visto antes, nos conocemos. Hablamos lenguas
diversas y tenemos diferentes hábitos de vida, diferentes formas
culturales y, sin embargo, nos encontramos de inmediato unidos, juntos
como una gran familia. Se relativiza la separación y la diversidad
exterior. Todos quedamos tocados por el único Señor Jesucristo, en el
cual se nos ha manifestado el verdadero ser del hombre y, a la vez, el
rostro mismo de Dios.
Nuestras oraciones son las mismas. En virtud
del encuentro interior con Jesucristo, hemos recibido en nuestro
interior la misma formación de la razón, de la voluntad y del corazón.
Y, en fin, la liturgia común constituye una especie de patria del
corazón y nos une en una gran familia. El hecho de que todos los seres
humanos sean hermanos y hermanas no es sólo una idea, sino que aquí se
convierte en una experiencia real y común que produce alegría. Y, así,
hemos comprendido también de manera muy concreta que, no obstante todas
las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la Iglesia
universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado.
2. De aquí nace después un modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser
cristianos. Una de las experiencias más importantes de aquellos días fue
para mí el encuentro con los voluntarios de la Jornada mundial de la
juventud: eran alrededor de 20.000 jóvenes que, sin excepción, habían
puesto a disposición semanas o meses de su vida para colaborar en los
preparativos técnicos, organizativos y de contenido de la JMJ, y que
precisamente así habían hecho posible el desarrollo ordenado de todo el
conjunto. Al dar su tiempo, el hombre da siempre una parte de su propia
vida. Al final, estos jóvenes estaban visible y "tangiblemente" llenos
de una gran sensación de felicidad: su tiempo que habían entregado tenía
un sentido; precisamente en el dar su tiempo y su fuerza laboral habían
encontrado el tiempo, la vida. Y entonces, algo fundamental se me ha
hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida
no porque había sido mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni
siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho
porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos. Me vino a
la mente la imagen de la mujer de Lot que, mirando hacia atrás, se
convirtió en una estatua de sal. ¡Cuántas veces la vida de los
cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos! Hacen el
bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de
todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia
atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, en
"estatuas de sal". Aquí, en cambio, no se trataba de perfeccionarse a sí
mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos. Estos jóvenes
han hecho el bien -aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya
supuesto sacrificios- simplemente porque hacer el bien es algo hermoso,
es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el
salto. Todo eso ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un
encuentro que enciende en nosotros el amor a Dios y a los demás, y nos
libera de la búsqueda de nuestro propio "yo". Una oración atribuida a
san Francisco Javier dice: "Hago el bien no porque a cambio entraré en
el cielo y ni siquiera porque, de lo contrario, me podrías enviar al
infierno. Lo hago porque tú eres tú, mi Rey y mi Señor". También en
África encontré esta misma actitud, por ejemplo en las religiosas de
Madre Teresa que cuidan de los niños abandonados, enfermos, pobres y que
sufren, sin preguntarse por sí mismas y, precisamente así, se hacen
interiormente ricas y libres. Esta es la actitud propiamente cristiana.
También fue inolvidable para mí el encuentro con los jóvenes
discapacitados en la fundación San José, de Madrid, donde encontré de
nuevo la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una
generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con
Cristo que se entregó a sí mismo por nosotros.
3. Un tercer elemento, que de manera cada vez más natural y central
forma parte de las Jornadas mundiales de la juventud, y de la
espiritualidad que proviene de ellas, es la adoración. Fue inolvidable
para mí, durante mi viaje al Reino Unido, el momento, en Hyde Park, en
que decenas de miles de personas, en su mayoría jóvenes, respondieron
con un intenso silencio a la presencia del Señor en el Santísimo
Sacramento, adorándolo. Lo mismo sucedió, de modo más reducido, en
Zagreb, y de nuevo en Madrid, tras el temporal que amenazaba con
estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos.
Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo
resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de
nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol santo Tomás:
"Señor mío y Dios mío". La adoración es ante todo un acto de fe: el acto
de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o
imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está
presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se
abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el
Dios que se hizo hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama.
Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo
hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi
vida. Sólo así puedo celebrar también la Eucaristía de modo adecuado y
recibir rectamente el Cuerpo del Señor.
4. Otro elemento importante de las Jornadas mundiales de la juventud es
la presencia del sacramento de la Penitencia que, de modo cada vez más
natural, forma parte del conjunto. Con eso reconocemos que tenemos
continuamente necesidad de perdón y que perdón significa
responsabilidad. Existe en el hombre, proveniente del Creador, la
disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe. Pero,
proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la
Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia
contraria al amor: la tendencia al egoísmo, a encerrarse en sí mismo,
más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de
gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo. Por eso necesitamos la
humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar
y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del
Creador, que nos atrae hacia lo alto.
5. Finalmente, como última característica que no hay que descuidar en la
espiritualidad de las Jornadas mundiales de la juventud, quisiera
mencionar la alegría. ¿De dónde viene? ¿Cómo se explica? Seguramente hay
muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo
decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un
cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido. Josef Pieper, en su
libro sobre el amor, ha mostrado que el hombre sólo puede aceptarse a sí
mismo si es aceptado por algún otro. Tiene necesidad de que haya otro
que le diga, y no sólo de palabra: "Es bueno que tú existas". Sólo a
partir de un "tú", el "yo" puede encontrarse a sí mismo. Sólo si es
aceptado, el "yo" puede aceptarse a sí mismo. Quien no es amado ni
siquiera puede amarse a sí mismo. Este ser acogido proviene sobre todo
de otra persona. Pero toda acogida humana es frágil. A fin de cuentas,
tenemos necesidad de una acogida incondicional. Sólo si Dios me acoge, y
estoy seguro de ello, sabré definitivamente: "Es bueno que yo exista".
Es bueno ser una persona humana. Allí donde falta la percepción del
hombre de ser acogido por parte de Dios, de ser amado por él, la
pregunta sobre si es verdaderamente bueno existir como persona humana,
ya no encuentra respuesta alguna. La duda acerca de la existencia humana
se hace cada vez más insuperable. Cuando llega a ser dominante la duda
sobre Dios, surge inevitablemente la duda sobre el mismo ser hombres.
Hoy vemos cómo esta duda se difunde. Lo vemos en la falta de alegría, en
la tristeza interior que se puede leer en tantos rostros humanos. Sólo
la fe me da la certeza: "Es bueno que yo exista". Es bueno existir como
persona humana, incluso en tiempos difíciles. La fe alegra desde dentro.
Esta es una de las experiencias maravillosas de las Jornadas mundiales
de la juventud.
Nos llevaría muy lejos hablar ahora también del encuentro de Asís de
manera detallada, como merecería la importancia del acontecimiento.
Agradezcamos sencillamente a Dios porque nosotros -representantes de las
religiones del mundo y también representantes del pensamiento en
búsqueda de la verdad- pudimos encontrarnos aquel día en un clima de
amistad y de respeto recíproco, en el amor por la verdad y en la
responsabilidad común por la paz. Podemos esperar que de este encuentro
haya nacido una nueva disponibilidad para servir a la paz, la
reconciliación y la justicia.
Por último, quisiera agradeceros de corazón a todos el apoyo para llevar
adelante la misión que el Señor nos ha confiado como testigos de su
verdad, y os deseo a todos la alegría que Dios, en la encarnación de su
Hijo, nos ha querido dar. ¡Feliz Navidad a todos vosotros! Gracias.