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viernes, diciembre 13, 2013

Dios mío, líbrame del martirio: yo quiero llevarme bien con todos

Cómo cambian los tiempos.


Leed. Un relato emocionante.



9.12.13

Un sacerdote especialmente incómodo para Hitler

A las 10:14 AM, por Alberto Royo
Categorías : HitlerPersecución religiosa

JAKOB GAPP, REVOLUCIONARIO EN SU JUVENTUD, AL LLEGAR EL MOMENTO “SUPO DÓNDE TENÍA QUE ESTAR”

La expresión es de Juan Pablo II, pronunciada en 1996 con ocasión de la beatificación de este religioso austríaco, y haciendo referencia a sus devaneos de juventud con las ideologías ateas que llegaron a subyugar su mente y su corazón inquieto -concretamente el comunismo- y su elección valiente cuando años después se le presentó la terrible disyuntiva de elegir entre otra ideología atea -en este caso el nazismo- y Dios, a pesar del peligro de muerte, que se hizo efectivo hace 70 años, en 1943.
Había nacido en Wattens, (Tirol austríaco) el 26 de julio de 1897, de una familia obrera pobre y cristiana, fue el último de siete hijos. Sacrificándose, sus padres le dieron todos los estudios posibles, pero en 1914, estalló la “gran guerra” y sus estudios se vieron truncados. En 1915 Italia atacó a Austria y Jakob con sus 18 años fue al frente de batalla, en el que fue herido, por lo cual sería condecorado con una medalla al valor. Al final de la contienda, derrotada su patria, fue hecho prisionero y sufrió nueve meses de cautiverio antes de regresar a casa en 1919. Aquellos meses, tras su regreso al hogar familiar, fueron amargos. En ellos la utopía marxista, sedujo su alma de joven generoso y lleno de deseos de justicia, alejándole de la práctica religiosa. Su madre, desolada al ver a su hijo alejado de Dios, rezaba y lloraba y, como una nueva santa Mónica, consiguió del Señor su conversión.
Tenía veintidós años y su conversión fue tan fuerte que decidió hacerse religioso, presentándose a los Marianistas, congregación fundada por Guillermo José Chaminade en 1817 y que tan ejemplarmente se dedicaba a la educación de la juventud. A los superiores Marianistas les dijo sin reparos que era socialista y quería ser sacerdote, pero ellos no se asustaron y supieron ver los valores y el potencial de este joven confuso: había nobleza, deseo de verdad, piedad… Poco a poco se fue purificando de ideologías, pero se quedó con lo esencial: el amor a la verdad, el deseo de justicia y un amor muy grande a los pobres.
Jakob comenzó su noviciado el 13 de agosto de 1920 y un año más tarde hizo sus primeros votos. Estudió y trabajó en Graz, en un colegio Marianista y posteriormente, durante cuatro años (1925-1930) cursó sus estudios teológicos en el seminario internacional Marianista y en la Universidad Católica de Friburgo de Suiza, ordenándose sacerdote el 5 de abril de 1930. Vuelto a su patria, durante varios años ejerció un intenso apostolado entre la juventud de varios colegios marianistas, pero eran años duros, de crisis social y de confusión ideológica por la fuerte instigación de los nazis alemanes, lo que hacía el trabajo apostólico especialmente difícil.
El plan del partido nazi para Austria era semejante al ejecutado en Alemania, pero allí no tuvieron la misma suerte. Se presentaron por primera vez en las elecciones generales de 1927, obteniendo únicamente 779 votos. El ascenso en las siguientes elecciones de 1930 no fue tan grande como se esperaba, llegando tan sólo al 3% de los votos posibles. En las elecciones que tuvieron lugar en 1932 en varios distritos austriacos, el partido nazi comenzó a recibir gran cantidad de votos, llegando a ser el segundo partido más votado. Siguiendo ese crecimiento, posiblemente el partido nazi hubiera conseguido algo en las siguientes elecciones generales, pero el canciller electo Engelbert Dollfuss, viendo el panorama, disolvió el parlamento en 1933 e instauró una dictadura.
Con Dollfuss en el poder en Austria, los acontecimientos para completar el plan nazi se complicaron, pues el canciller era un gran defensor del nacionalismo austriaco y un anti-alemán declarado, que llevó su régimen autoritario al máximo, ilegalizando al partido nazi y metiendo a todos sus miembros en la cárcel. Cuando la invasión de las tropas de Hitler era inminente en 1933, Dollfuss consiguió una alianza con el fascismo italiano que hizo recular a Hitler, ante el miedo de ganarse el descontento de su necesario aliado Benito Mussolini.
La situación en Austria se fue complicando con el paso de los meses. La presión de los socialdemócratas mediante protestas y atentados varios convirtieron el corto mandato de Dollfuss en un infierno, que encontró su final en un alzamiento del partido nazi que, aprovechando la coyuntura, quiso hacerse con el poder mediante un golpe de estado el 25 de julio de 1934. La falta de colaboración de la armada austriaca frustró el golpe de estado, pero con él se llevaron la vida de Dollfuss.
El poco apoyo popular que tenían los nazis en Austria y el hecho de que los socialistas y demócratas vieran en el Austrofascismo un mal menor que el nazismo permitieron que tras Dollfuss llegase otro canciller, Kurt Schuschnigg, que mantuvo el mismo régimen. Pero en esta ocasión, Hitler y su partido decidieron no quedarse de brazos cruzados. En los cuatro años siguientes los nazis pusieron a Austria al borde de la guerra civil. Hitler presionó de forma continua con la anexión de Austria a Alemania, mientras tanto su partido extorsionó a la nación mediante continuos atentados que se cobraron la vida de más de 800 austriacos. El desempleo a causa de la gran recesión y los éxitos conseguidos por el partido nazi en Alemania hicieron que poco a poco el partido fuera ganando poder e influencia en Austria entre las clases más afectadas por el desempleo y la pobreza.
El P. Jakob llevaba a sus alumnos a los barrios más pobres para que tomasen conciencia de la situación de los numerosos obreros en paro. El auge de las ideas nazis entre la juventud austríaca le preocupaba y, sobre todo, el hecho de que Hitler no ocultaba su deseo de anexionar Austria al “Gran Reich”. Por eso se alegró grandemente cuando en 1937 la encíclica de Pío XI, “Mit Brennender Sorge”, condenó las doctrinas nazis. Pero en 1938 se consumó el proyecto de Hitler: El 12 de febrero, cuando la situación en Austria era insostenible, el canciller alemán solicitó una reunión con Schuschnigg. En esa reunión Hitler expuso claramente aquello por lo que había luchado durante tantos años mediante la extorsión. Quería amnistía y cargos gubernamentales para todos los nazis retenidos en las cárceles austriacas y una anexión total de Austria, haciendo especial hincapié en la lealtad del ejército austriaco y en la supresión de aduanas.
A su vuelta a Austria, Schuschnigg cedió en parte, liberó a todos los presos nazis, pero propuso un referéndum nacional para la adhesión de Austria como una provincia más de Alemania. Hitler, al enterarse de las intenciones de Schuschnigg, ordenó a los nazis austriacos que causasen el caos completo en el país. Entre el 10 y el 11 de marzo, todas las grandes ciudades austriacas -Linz, Innsbruck o Viena- se sumieron en el caos a causa de multitud de incendios, saqueos y destrucción de edificios. Mientras tanto, Hitler comenzó la invasión pacífica de Austria. El gobierno austriaco buscó ayuda en otras grandes potencias europeas como Francia o Gran Bretaña, pero ningún país mostró la mínima intención de intervenir por miedo a un gran conflicto internacional. Menos de una semana después de que Schuschnigg hubiera anunciado referéndum que nunca se llevó a cabo, Hitler ya había llegado con sus tropas a Viena, donde declaró la anexión de Austria ante 250.000 simpatizantes locales.
En apenas unas semanas, para legitimar sus acciones llevadas a lo largo de aquel marzo de 1938, Hitler anunció un plebiscito en el que preguntó a los votantes austriacos si le aceptaban como líder y si aceptaban la adhesión de Austria al Tercer Reich. El proceso estuvo cargado de trabas a los votantes para conseguir su objetivo. Además de la poca subjetividad mostrada en la papeleta, donde el círculo grande representa el Sí y el círculo pequeño representa el no, no existió el voto secreto, ya que la papeleta debía ser rellenada delante de los oficiales de las SS entregándosela más tarde en sus manos. El censo también excluyó a un 10% de los votantes, entre los que se incluían judíos, comunistas y todos aquellos que pudieran plantearse el voto en contra. Por todo ello el resultado de la votación no trajo ninguna sorpresa: un 99,73% del electorado optó por el sí, legitimándose así el Anschluss.
Con la invasión alemana, los colegios marianistas fueron confiscados y a los religiosos les tocó ganarse la vida como pudieron. Al P. Jakob lo aceptaron en Reutte, como docente de religión en una escuela oficial rural, pero su docencia en aquella escuela duró poco porque le denunciaron y le apartaron de la enseñanza por haber dicho a sus alumnos que había que amar a los judíos. La Gestapo comenzó a seguirle los pasos, trabajó en el campo, ayudó en las parroquias. El 11 de diciembre de 1938, en la iglesia de Wattens, su pueblo, en una homilía clamorosa, denunció la campaña que los nazis habían emprendido en contra del Papa. Había espías de la Gestapo en la iglesia y a punto estuvieron de arrestarlo, pero se pudo librar en aquella ocasión. Visto el peligro que corría, sus superiores le hicieron huir a Francia, desde donde pasó a España en mayo de 1939.
La Guerra Civil española había terminado y, recuperada la libertad de la Iglesia, los marianistas, que querían volver a poner en marcha sus obras, dieron la bienvenida a varios religiosos austríacos. En tierras españolas, el P. Jakob, para hacerse más cercano, tradujo su nombre y se hizo llamar P. Santiago, fue profesor y capellán en los colegios de San Sebastián y Valencia, donde tuvo algunas dificultades con los hermanos de comunidad por su carácter fuerte y su estilo un poco revolucionario en comparación con los religiosos españoles de la época. Sufrió con las noticias que le llegan de Austria y sentía la nostalgia de la patria ausente y entregada a una sistemática descristianización, como confirman las cartas que escribió en aquellos años, que a su vez hablan de grandes deseos de santidad: “La vocación del sacerdote no consiste hoy en hacer hermosos discursos, sino en sufrir y en morir por amor de Dios, de Cristo, de la causa católica, de la patria.”
En Valencia, donde celebraba la misa dominical para los residentes alemanes, denunció la incompatibilidad del nazismo con la fe cristiana y les habló claramente de la persecución y de los errores nazis… Pero las noticias de sus predicaciones llegaron hasta Alemania y la Gestapo decidió acallar esta voz incómoda. Dos agentes nazis se hicieron pasar por judíos huidos de Berlín querían convertirse. El padre Jakob accedió a catequizarlos durante varios meses. A sus hermanos Marianistas aquellos dos hombres no les gustaron y le dijeron que no se fiase de ellos, pero él hizo caso omiso: creía en su sinceridad y pensaba que su deber sacerdotal era atenderlos. En el proceso de Beatificación, alguno de los consultores argüirá que el padre Santiago pecó por imprudencia al no escuchar a sus hermanos de comunidad. Pero lo que no sabían los marianistas de entonces, ni tampoco los consultores de la Causa (se descubrió después del proceso vaticano) es que esos presuntos judíos le fueron presentados en casa de un sacerdote alemán que de pronto apareció por Valencia y en el que el P. Jakob confió del todo. Ganada la confianza del religioso, ellos le propusieron un viaje al norte, a San Sebastián, donde tenía amigos. La proposición tenía trampa; le hicieron pasar a Hendaya, a la Francia ocupada, donde fue inmediatamente arrestado por la Gestapo. Era el mes de noviembre de 1942.
El P. Jakob atravesó Francia para ser encarcelado en Berlín. No lo enviaron a ningún campo de concentración, le hicieron un juicio exhaustivo con dos largos interrogatorios, -más de 30 páginas de actas-, en los que quisieron hacerle confesar culpas políticas, pero no cayó en la trampa: “Mi deber propio como sacerdote católico, era alertar a los creyentes sobre lo peligroso que es el nacionalsocialismo para el catolicismo”. Uno de los miembros del tribunal, que después declaró en el proceso de Beatificación, afirmó que el texto de los interrogatorios, firmado libremente por el P. Jakob, fue a parar al despacho de Himmler, el jefe supremo de la Gestapo, que exclamó: “Con un millón de hombres como Gapp, pero de nuestra ideología, dominaríamos el mundo”. Se han conservado las actas de los interrogatorios, en los que el religioso Marianista defendió con firmeza su fe católica y su deseo de mantenerla con coherencia, con amor, plenamente consciente de que podría perder su vida con su actitud de creyente convencido.
Todo lo referente a su detención y procesamiento no deja de ser misterioso: Ante todo, ¿por qué la policía secreta alemana tuvo tanto empeño en acallar una voz que, en la práctica, tenía muy poco alcance al estar en España? Y por otro lado, ¿por qué, una vez detenido, se le hizo un interrogatorio y un juicio tan minuciosos, en vez de enviarle directamente a un campo de concentración, a Dachau por ejemplo, donde en aquellos momentos había encerrados unos 3.000 sacerdotes y religiosos? Son cuestiones difíciles de responder sobre las que se barajan distintas hipótesis, como la del castigo público y ejemplar para disuadir a otros sacerdotes de la posible resistencia al régimen, cosa que en lo escondido de un campo de concentración no se conseguiría del mismo modo.
Fue condenado a muerte y la ejecución de la sentencia quedó fijada para el 13 de agosto de 1943 (este años hemos cumplido 70 años de su muerte), el día del aniversario de su ingreso al noviciado de los marianistas. Antes de morir pudo escribir dos breves cartas, una a sus primos y otra a su superior. En ellas se descubre la sencillez, el valor y la fe propia de tantos mártires de ayer y de hoy. A sus primos les decía, entre otras cosas, lo siguiente: “Hoy será ejecutada la sentencia. A las 7 me presentaré a mi buen Salvador, a quien siempre amé ardientemente. No lloréis por mí. Soy plenamente feliz. Sin duda que he pasado muchas horas en la tristeza, pero he podido prepararme a la muerte del mejor modo posible. ¡Buscad vivir santamente y soportad cualquier cosa por amor de Dios, para que podamos reencontrarnos en el cielo! Saludad a todos, parientes y conocidos. En el paraíso me acordaré de todos”.
En la carta que dirigió a su superior religioso, escrita el mismo día de su ejecución, expresaba ideas parecidas. “He pasado por momentos realmente difíciles, pero ahora soy plenamente feliz. Creo que todo esto me ha ocurrido para que pueda santificarme en este tiempo de pruebas. ¡Salude de mi parte a todos los hermanos! Yo saludaré a los que ya han pasado a la otra vida. Todo pasa, sólo el cielo permanece”.
El 24 de noviembre de 1996, en su ceremonia de Beatificación, Juan Pablo II dijo, entre otras cosas: “El padre Jakob Gapp dio su testimonio con la fuerza de la palabra intrépida y la convicción profunda de que no podía existir ningún acuerdo entre la ideología pagana del nacionalsocialismo y el cristianismo. Vio, con razón, en este conflicto una lucha apocalíptica. Sabía en cuál de las dos partes tenía que estar y, por eso, fue condenado a muerte.”

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