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jueves, abril 13, 2006

Corazones grandes, familias pequeñas


“Todas las familias felices se parecen; cada familia infeliz es infeliz a su manera”, leemos en Ana Karenina, esa novela de León Tolstoi que nos sedujo cuando éramos demasiado jóvenes. Después hemos conocido muchas familias, cada una con sus penas, sus alegrías, sus sueños, sus esperanzas.

No, estimado León, no: es justo al revés. Las familias infelices se parecen; las felices, lo son cada una a su manera.

El egoísmo, la búsqueda del propio interés, la intolerancia con los defectos ajenos —nos parecen mayores que los nuestros—, la primacía de los valores materiales sobre los espirituales, el intento de sojuzgar a los otros, la molestia que se insinúa como un murmullo interior sutil y leve y termina en odio soterrado y luego manifiesto, la desobediencia de los hijos a sus padres, la infidelidad matrimonial —comienza con los pensamientos y los sueños, las miradas, las quejas y los desahogos . . .: un largo camino, a veces rápido, hacia las sábanas—, el orgullo, el desprecio de la religión —vínculo fundamental del matrimonio— o el descuido de apoyarse en Dios, la desconfianza . . . ¿Para qué seguir? Todas las familias infelices lo son de la misma manera.

Las familias felices, en cambio, son cada una un universo original y propio. Alguien podría pensar, leyendo los capítulos precedentes, que yo creo que solamente las familias numerosas son felices. Por el contrario, pienso que todas las familias pueden ser felices, cada una a su manera, siempre que eviten el cáncer de la desunión, del egoísmo, del orgullo, de eso que puede hacerlas a todas infelices.

Una familia con un solo hijo puede ser feliz. Un matrimonio sin hijos puede ser feliz. La condición es llevar esa realidad con la clara conciencia de que no es el ideal, de que haber recibido más hijos no hubiera sido una carga, sino un don de Dios. Solamente así podrán abrirse a acoger y a servir a otras familias. Y, entonces, una familia, sin ser numerosa, se hace grande por la grandeza de los corazones de sus miembros. Su tamaño —un matrimonio solo, un niño, dos o tres solamente— no procede del egoísmo, sino de la Divina Providencia; sus confines se abren, por la generosidad, más allá de sus puertas. Entonces esa familia será feliz a su manera, a veces con el sufrimiento de no haber podido tener más hijos.

Las familias numerosas multiplican los modos de ser felices. Cada uno se goza en la felicidad del otro, como dice Leibniz. La presencia de los otros redunda en la mayor felicidad de cada uno, como en esas salas de espejos donde una misma imagen se duplica indefinidamente. Entonces parece que, mientras más numerosa es una familia, se nos hace exponencialmente más grande: cada uno reproduce dentro de sí su propia familia, con matices diversos, llena con la alegría y con las penas de los otros.

No es así, sin embargo. La familia numerosa se multiplica en las infinitas resonancias de la vida interior de sus miembros, pero, cuando uno mira fuera de sí, su propia familia le parece más pequeña mientras más crece.

Una persona que vive encerrada en sí misma puede abrigar la ilusión de que su mundo es gigantesco, y en parte tiene razón: cada alma tiene una profundidad infinita. Pero no todos los infinitos son iguales. Un laberinto también puede ser infinito. Además, la profundidad infinita del encierro egocéntrico no corresponde nunca a la profundidad real del alma, que solamente puede advertirse mirando a los ojos de otro, oyendo de la boca del otro el reconocimiento del propio yo, que nos es tan desconocido y misterioso. Sin un tú permanecemos infinitamente oscuros.

A quien ha vivido siempre en una familia de pocos hijos puede parecerle grande una de seis, nueve u once. Es numerosa, sin duda; pero no grande. Desde dentro, siempre parece pequeña. Cada nacimiento agranda los corazones en una medida proporcionalmente mayor a ese nacimiento, como si pudieran haber venido trillizos. Entonces cabe imaginarse que la familia podría haber sido más numerosa, pero no menos. Podríamos haber sido catorce hijos, pero no cinco. Con otras palabras, la familia numerosa que tenemos llega a parecernos pequeña, porque nadie sobra y todavía hay espacio para más.

No se extrañarán si les cuento, entonces, que mi familia ha sido feliz a su manera —no digo que sea imitable—, haciéndose más pequeña cuanto más crecía.

La familia se achica cuando uno mora en una casa viva. Se añadieron ampliaciones, se construyó un gallinero para los gallos de la pasión y para las gallinas, creció la vegetación, y fue llegando todo tipo de animales . . .¡como una gran arca de Noé!

Hago el recuento.

Una ternera, que había quedado huérfana, fue alimentada por mi madre y por los niños con leche en una botella de Coca-Cola, hasta que creció y hubimos de enviarla al campo de un tío. La vaca Pepita era un animal doméstico: respondía a su nombre y galopaba a saludar a sus amigos.

He perdido la cuenta de los perros. Solamente recuerdo bien a Lucero, un pastor alemán cachorro que me robaron cuando yo era niño; a Max, un boxer de fieras y frecuentes peleas callejeras; a Joe, que se volvió loco y murió en circunstancias trágicas, y a Von Struddel, un salchicha inconvenientemente deforme. A algunos los vi ser amigos de los gatos y jugar con ellos. Más tarde fueron protectores de las ovejas, innumerables también. Cabras hubo, cómo no. Y gansos y patos, si no recuerdo mal.

Y una tortuga.

Si el mundo crece así alrededor de una familia numerosa es porque la vida a atrae a la vida. Los corazones crecen y la familia parece cada vez más pequeña. El cariño a todo lo que tiene vida, a los animales de toda especie, es como una extensión natural de una familia viva.

Las familias numerosas son una bendición de Dios. Nos parecen pequeñas desde dentro porque se nos ha agrandado el corazón.

3 comentarios:

  1. Hola hola! Muy bueno tu post. Pienso que una familia es o no numerosa, dependiendo del lugar, de la época y de las circunstancias.

    Cristóbal: tres ninos en Alemania (en condiciones normales, no si vives en el castillo de Hovestadt) constituye ya una familia numerosa. En castellano ahora: en Alemania, una familia con tres ninos es una familia numerosa.

    Es la propia infelicidad de mucha gente (en el sentido de no estar felices interiormente consigo mismos, ni con su matrimonio, ni con su vida, ni con el mundo, que se ve como un enemigo a temer) la que lleva a muchos amigos míos, a no tener o no poder tener hijos...

    Uno de los factores que considero determinante en este no querer o no poder tener hijos es el miedo, no sólo a la contaminación ambiental, sino al fracaso como padres (según Freud, las mujeres siempre son las culpables de todos los problemas de los hijos, fíjate, el padre es el super yo y la mamá la responsable de cuanta tranca tiene una persona), a que te dejen sola (generalmente son las mujeres las que más padecen) con los ninos, mientras tu marido se va con otra, a la pobreza, al desempleo, a la incomprensión, a que te juzguen si (pese a ser mamá) trabajas o haces tu vida y no estás pendiente todo el día de los ninos.

    En definitiva, pienso que es el fundamentalmente el miedo lo que lleva a la mayoría de la gente en nuestras sociedades "tan avanzadas" a no poder o a no querer tener hijos. Bueno, el miedo y la propia incapacidad... Qué tipo de incapacidad? La pedagógica por supuesto.

    Vas a tener que perdonarme que te contradiga un poco: yo sí conozco a familias numerosas (cinco o seis ninos, aquí en Alemania) que son infelices. Por qué? He llegado a la conclusión que hay dos razones principales:

    1) los padres ven a sus ninos como prolongación de su propio yo y así se forjan las relaciones entre ellos, como si fuesen los hijos propiedad de los padres; y

    2) porque estos padres se consideran a sí mismos superiores por tener más hijos que los demás y te lo echan en cara todo el tiempo. (Estoy hablando de Alemania).

    La otra razón para que los alemanes no tengan hijos (aparte del miedo) es que son tan re-complicados (producto o consecuencia de su incapacidad pedagógica), sobre todo las mujeres que, de una educación sana, libre y despreocupada, no han oído hablar nunca.

    Es que mira, si quieres vivir la vida de tu hijo y controlar todos sus movimientos, entonces, no puedes tener más que uno o dos como máximo. Una sana familia con varios hijos signfica que los padres confíen en sus hijos, y les den la nacesaria libertad sin la cual es imposible desarrollarse, además de la confianza. Y esto es algo que cuesta mucho en Alemania. No hablo de otros países, porque no los conozco.

    Bueno, son temas que dan para mucho. Y cada país, me atrevería a decir, cada ciudad en Alemania es un poco diferente.

    Sé que me salí un poco del tema... sorry!

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  2. Excelente comentario, Marta: muchas gracias. Ya traté de dejar claro que la felicidad no depende del número de hijos en la familia. De que muchas familias numerosas sean felices (que es mi tesis) no se sigue ni que las menos numerosas no puedan serlo (todas pueden) ni que todas las familias numerosas lo sean: cualquier familia puede caer en los defectos que llevan a la infelicidad.

    Las causas de todo esto, por cierto, superan mi intención, que es dar materia para pensar. Y para agradecer. Danke!

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  3. Hola, soy David y en ciertas partes de tu artículo discrepo completamente. En primer lugar creo que una familia feliz, se basa en una completa despreocupación del entorno o bien una situación idílica temporanea, por lo tanto todas las familias que se consideran felices se basan en una misma base que no discrepa ni se ramifica en ningun momento del término feliz, ya que no se puede ser completamente feliz si todas las cosas no funcionan a la perfección. En cambio las familias infelices si que tienen ramificaciones en su desarrollo y vienen causadas por diferentes echos que les imposibilitan llegar a la felicidad, por tanto son infelicidades distintas.

    Quisiera además soportar mi teoria con una frase pronunciada por Anna Karenina:

    "Las familias felices son todas iguales, las familias infelices lo son cada una a su manera"

    Espero aver ayudado con este comentario. Saludos.

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