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jueves, noviembre 15, 2012

Amigos personales, enemigos públicos

La encontré. Publicada el año 2007 en El Mercurio. De gran actualidad.

Leed.


 

Amigos personales, enemigos públicos


Corre el año 1984. He tenido mi primer encuentro con quien llegará a ser uno de mis mejores amigos de la Universidad Católica.

Él milita en la Democracia Cristiana; tiene una conciencia viva de las violaciones a los derechos humanos; cree en la necesidad de luchar, de manera pacífica, por la recuperación de la democracia. Yo no milito en ningún partido; creo que las denuncias de violaciones a los derechos humanos son calumnias de gentes ávidas de poder, y espero que la democracia llegue como consecuencia del cumplimiento de un itinerario marcado por la Constitución de 1980, no de las movilizaciones, que tanta violencia desatan.

Seguirían muchas conversaciones como ésa. También con otros compañeros, por así decir, más a la izquierda y más a la derecha: esos que luego aparecían lanzando piedras y corriendo delante de los guanacos, y los que lamentaron el fracaso del intento de asesinar al Presidente, y los gremialistas que formaban grupos para defender la Universidad contra quienes pretendían tomársela por la fuerza, y los que organizaban esos desfiles de adhesión al gobierno militar.

Mi amigo democratacristiano, alto, más bien grueso, no se cerró a la amistad con un pinochetista.

Yo, por mi parte, ya había aprendido a abrir mis brazos y mi corazón a todos, sin discriminaciones políticas, gracias a las enseñanzas de san Josemaría Escrivá de Balaguer, el Fundador del Opus Dei, y de su ejemplo durante el difícil trance de la guerra civil española. Pero fue especialmente a partir de ese primer año de universidad que tuve ocasión de practicarlo. Recuerdo ese 1984 como el origen de amistades personales entrañables, a pesar de las diferencias de lealtades políticas.

Si en esos años anormales fue posible trazar la distinción entre el ámbito público, donde se daban las diferencias —incluidas diferencias en la acción política—, y el ámbito personal, donde se daban las coincidencias de afectos y de actividades —esos partidos de fútbol pluralistas . . . aunque no tan pluralistas como los asados—, ¿cómo no va a ser posible trazar la distinción hoy, cuando llevamos ya casi dos décadas de convivencia democrática normal?

Entiéndaseme bien. No es mi intención derogar la diferencia entre amigo y enemigo en el ámbito público, sino más bien afirmarla como una distinción fundamental que no lleva consigo la enemistad privada.

Un ejemplo extremo es el de la guerra. Dos hombres pueden ser amigos personales y verse enrolados como soldados en ejércitos enemigos.

La convivencia pacífica y los métodos políticos de solución de las controversias sobre el bien público permiten mantener y aun llevar a su plenitud la distinción, sin confusión, entre los amigos personales y los amigos públicos, y entre los enemigos personales y los enemigos públicos.

Uno de mis sueños de 1984, que compartía con ese amigo tan abierto y sabio, era poder intervenir los dos en algún debate público, donde —como auténticos enemigos públicos— nos atacáramos sin cuartel, con las armas y bajo las reglas de la retórica; pero que, terminado el debate, por muy acalorado que hubiese sido, por muchas chispas de pasión que hubieran saltado, los dos fuésemos capaces de saludarnos como amigos e ir a almorzar juntos.

Ese sueño —entonces parecía algo utópico— es hoy, sin duda, para una gran mayoría de los protagonistas de la vida política, una realidad más o menos conquistada.

No renunciamos a atacar, por todos los medios lícitos, a nuestros enemigos políticos.

No desistimos de tocar el talón de Aquiles de un enemigo político, de quien combate nuestros ideales sobre el bien común, de quien nos parece —en cuanto personaje público— un demonio destructor de cuanto hay hermoso y santo en este mundo decadente.

Aceptamos, además, como exige la equidad argumentativa, que ese enemigo político utilice las mismas armas, y que las blanda en contra nuestra con toda su fuerza y habilidad.

Yo soy católico y pretendo que el espíritu del Evangelio se imprima en todas las estructuras temporales.

Ya veo que algún comecuras pone cara de asco y se acuerda de alguno de sus sacerdotes laicos, no sé, de Hobbes o de Habermas. El anticlerical sufre y chirría con una ley inspirada en el Evangelio tanto como una viejecita beata sufre y chilla con una ley inspirada en la autonomía atea, como las leyes que admiten el aborto o la eutanasia.

Yo le reconozco su derecho a ese laiconazo, el derecho a su religión —la de la autonomía, que es como creerse dios para sí mismo— y el derecho a considerarme su enemigo público, como yo lo considero a él mi enemigo público.

Lo fundamental es conseguir ese recíproco reconocimiento como enemigos, como requiere la nobleza, y que ojalá encaucemos esa enemistad pública por vías pacíficas.  

Así podremos también ser amigos personales.


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