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domingo, marzo 22, 2009

Sobre el aborto: tomar partido


A muchos lectores de buena fe, desprevenidos, los engañan las mil luces de bengala que los defensores del crimen nefando del aborto utilizan, estratégicamente, para distraer las miradas sobre lo esencial.

La verdad esencial es que el aborto directo, es decir, provocar voluntariamente la muerte de un niño no nacido como fin o como medio para otro fin, por bueno que sea tal fin, es un asesinato de un ser inocente e indefenso. Nunca puede justificarse.

En este asunto, como en otros de graves violaciones del derecho de todo ser humano inocente al respeto de su vida, los ciudadanos conscientes y honestos no pueden eximirse de una opción radical: o están por la vida, o son cómplices de la muerte.

Y no hay más.

Yo tomo todos los intentos de emborronar el debate como tomaría los de los antiguos comunistas o los de los viejos nazis. Ya Romano Guardini advirtió a los cristianos, sus contemporáneos alemanes, y especialmente a los católicos, que con el nazismo no cabía ninguna componenda. Debate, sí; lucha cívica, sí: para derrotarlos por todos los medios pacíficos y legítimos. Y, finalmente, si los totalitarios, desenmascarados por Guardini, por Clemens August von Galen, por Hans Litten, recurrían a la violencia, también era legítima la defensa por la fuerza, como fue la Segunda Guerra Mundial, para salvar de las garras del totalitarismo a los millones de víctimas que Hitler amenazaba con cobrar. De no mediar esa guerra liberadora, hubieran sido más.

Así también asistimos durante décadas a los intentos ingenuos de dialogar con el comunismo. Terminaron en la entrega de poblaciones completas en las garras exterminadoras de Stalin y de sus hijos. América Latina, especialmente, además de la experiencia cruel consumada y remachada en Cuba, vio enfrentarse a sus ciudadanos a favor y en contra de la libertad y de la dignidad de las personas. Y también vimos con vergüenza cuántos no se atrevieron a mantener una posición firme, y fueron arrastrados por la marea del odio, del resentimiento y, al final, de la violencia. Nunca se debe olvidar que incluso las dictaduras militares, que se instalaron en diversos países, como en Chile, fueron la reacción de la sociedad contra los diversos intentos de bañarla en la sangre revolucionaria. Y esas naciones que no pasaron por una dictadura eficaz, como la de Chile, tuvieron que soportar, a cambio, guerras civiles mucho más enconadas, extensas y dolorosas, como contemplamos por años en El Salvador y Colombia.

Así que no nos engañemos. Veamos dónde están ahora los mismos que quisieron destruir nuestros países mediante la violencia de los totalitarismos. Ahora son los que defienden el aborto. La lucha por el derecho a la vida de los niños no nacidos es, en nuestros días, también una lucha de la cultura de la vida contra la cultura de la muerte. Del amor que sabe pelear contra el odio, un odio que antes apuntaba a los ricos y que ahora apunta a los débiles, indefensos, niños no nacidos. La guerra del amor no teme a usar incluso la fuerza física, si es necesario, en legítima defensa contra las agresiones violentas de los enemigos fanáticos de la vida humana.

Ojalá logremos esta vez mantener el debate dentro de los límites de la civilización; pero no seamos ingenuos: siempre será necesaria la valentía, y los enemigos de la vida y de la libertad han promovido siempre el odio asesino. Pensadlo así: si están dispuestos a matar niños, ¿qué los detendrá en su amenaza contra los adultos que, presentados como demonios, se oponen a sus crueles designios?

Pensadlo bien. Si hubo una guerra civil por la libertad de los negros; si hubo guerras civiles o, en el mejor de los casos, la intervención de las fuerzas armadas contra la violencia revolucionaria, la legítima defensa de la nación contra la agresión totalitaria; si fue necesaria la Segunda Guerra Mundial contra Hitler; si el campeón de los países libres pudo detener al coloso soviético mediante las armas de la guerra fría; si todo eso fue así, ¿por qué habría de tocarnos ahora, cuando el odio antivida es aún más fuerte, una vida fácil y pacífica?

La cuestión es, por tanto, dónde nos situamos, todos y cada uno, frente a la controversia esencial.

Por la vida o por la muerte.

El movimiento mundial por la vida no admite ninguna forma de aborto directo, de la misma manera que no acepta ninguna forma de homicidio directo de un inocente (la prohibición tradicional no abarca ni el matar en legítima defensa, ni la pena capital, ni el matar a combatientes en una guerra conforme al derecho de la guerra).

El movimiento mundial por la vida no acepta las medias tintas.

El movimiento mundial por la vida considera que un diálogo constructivo sobre estas materias es el que se da entre personas de buena fe. En un diálogo así, dirigido a clarificar las cuestiones y a mejorar la protección de los inocentes, no caben los que utilizan las artes de la mentira, la distracción demagógica, el uso espurio de los casos excepcionales (cuando realmente se desea legalizar el aborto abierto), el doble rasero moral (como condenar indignadamente el asesinato de terroristas y defender como un derecho el de los niños no nacidos, ¡porca miseria!), la instrumentalización electoral de la posibilidad de debatir sobre el asunto (¡vender la sangre inocente por un puñado de votos!), la manipulación de los datos empíricos y de las encuestas, las amenazas violentas y vociferantes.

Sí caben quienes están confundidos, quienes abominan del infanticidio y desean averiguar los mejores medios de reducirlo, quienes sienten la presión de los argumentos falaces y querrían saber cómo responderlos, quienes desean quedar del lado de la verdad y del amor en esta vuelta de la historia, aunque sus padres y sus abuelos hayan quedado del lado del comunismo, del socialismo, del nacional socialismo, y de cuantas aberraciones totalitarias hubo en el siglo XX.

Y es preciso moverse, situarse en una posición o en la otra. Y luchar.


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