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domingo, junio 10, 2007

La muerte es mi compañera


No te acerques demasiado a mí. Del hálito de vida, que brota de una sonrisa, al helado soplo de la muerte, hay un paso débil, negro, suave. No te me arrimes, amigo, amiga, que la muerte es mi compañera.

He paralizado por un segundo a esta gran danzadora, compañera mía, para verla quieta y mirarla de frente y gritarle: ¡¿por qué?! ¿Por qué me acompañas desde que era yo tan joven que no debía haber sabido tu nombre?

Ya se lo he dicho hace una semana a mis alumnos en la Universidad de los Andes:

—Una desgracia tienen ustedes, ahora irremediable.

Silencio. Pensaron que era broma, otra vez, porque esa compañera mía me ha donado el humor negro. Sí, es humor; pero negro, negro como ella, y no siempre sutil.

—La desgracia es que ya se me han muerto muchos, demasiados amigos jóvenes, alumnos y ex alumnos —les expliqué con calma.

La muerte es mi compañera. Ahora veo que es eterna.

Ellos callan. Yo prosigo:

—¿Fueron “accidentes”? Así dicen, pero siempre hubo algo de más: o velocidad o vértigo o la embriaguez de mil fuentes inconscientes y malditas.

Silencio. Callan los chicos porque la muerte no es palabra para jóvenes. Quizás es verdad, entonces, que yo nunca fui joven. Quizás por eso, por ese desfilar de la muerte tan pronto a mi lado, que siempre quise ser viejo, y hasta me divertí y me reí con eso de que qué viejo estoy.

—Así que, ustedes, por favor, ¡cuídense!

Están advertidos. Quiera Dios que mi compañera no venga a danzar cerca de ellos, que elija a otros más aprovechados.

Como eligió a María de los Ángeles Manasero, la primera de nuestro grupo de doctorado que ha dado el salto al Cielo.

Sí, era joven. Sí, murió de cáncer. Sí, se preparó para morir como una buena cristiana, tras años de luchar por su existencia. Sí, la vi una sola vez en todo este tiempo de lucha, porque vivíamos lejos. Sí, me invade la tristeza, porque tengo corazón.

Se me vienen a la mente esas comidas del departamento de filosofía del derecho en la Universidad de Navarra. Esos seminarios. Nada espectacular ni frecuente, pero ahí nadie sobraba, todos aportaban lo suyo, en lo académico y en lo humano, en todo.

María de los Ángeles era una presencia discreta, amable, con buen humor, de esas que hablaban cuando tenían algo que decir de interés para los demás.

Y era argentina, por supuesto, argentina también de alma.

No tenía nada de ese aire avasallador que los pobres y tímidos chilenos asociamos instintivamente con la sustancia del ser metafísico argentino. No era esa tromba personificada por otro doctorando argentino, que era como un volcán de palabras y de acciones y que, por supuesto, todavía no se ha muerto (Dios te guarde muchos años, Fernandito, el tímido).

María de los Ángeles tenía que morirse así, tras la lucha, serena. Mas yo me rebelo contra mi compañera la muerte, que se me viene de cerca tan seguido.

Ahora es María de los Ángeles quien detona mi rebeldía. O quizás no es rebeldía de la mala, sino sólo la tristeza del que no se acostumbra, del que nunca ha asistido a unas exequias para fumar en el dintel de la iglesia, del que desde tan niño danza con la muerte y desea que ella, la compañera cruel, se quede quieta unos años.

¡Es que no cesa de moverse, de bailar con sorna delante de los que se creen inmortales!

Poco antes de María de los Ángeles había muerto Felipe, un estudiante de Ingeniería en la Universidad de los Andes. También se me agolparon los recuerdos de paseos, de conversaciones, de actividades varias, de ideales comunes, todas cosas pálidas y sin importancia cuando las cubre el manto de mi compañera la muerte.

No quiero decir ahora nada sobre Felipe porque no serviría más que para aumentar la tristeza, y yo no soy un hombre triste.

Lo más extraño de todo es que ella, mi compañera de ruta, ya no logra aguijonearme. No es que esté abotargado, como esos heridos de guerra que ya no sienten el horror de los cadáveres y los mutilados. No. Sucede que la tristeza, la pena, no se opone totalmente a la alegría, a la serenidad.

No es que me haya acostumbrado y resignado a que todos los que quiero se me mueran hasta que me muera yo. No. Sucede nada más que uno termina por amar a sus compañeros de viaje, y la muerte es mi compañera.

Tú ya estás advertido. No te me acerques porque te arriesgas a la muerte. Si un día vienes, como amigo, como alumno, como lector, procura pertrecharte de prudencia, de mesura, mira que mi compañera aprovecha el menor descuido en la velocidad, en la bebida, en la inconsciencia, para dar su abrazo eterno.

Y a veces, tan impaciente que es ella, tan caprichosa e incomprensible, no espera al descuido. Se lleva a quien quiere, al más sano, al mejor pintado, al más prudente. Sirve como una lección para todos, para vivir al día, para no tener asuntos pendientes de esos que son importantes, como dar las gracias o pedir perdón. Todos los demás, los poco importantes, se arreglan con la muerte.

Sé que ahora puedes tener la tentación de alejarte de mí: abandonar nuestra amistad, tan difícilmente construida; cambiarte a un curso distinto, con un profesor menos cercado por la muerte; renunciar a leer estas páginas de locura y de negro humor.

¡Supersticioso!

La verdad, por desgracia, es que ya no hay vuelta atrás. Aunque hayas llegado a este capítulo por Google, tu suerte está echada. Ya no tiene sentido huir, porque mi compañera de ruta abraza por igual a todos los que alguna vez, no importa cuán leve y breve e inopinadamente, hayan osado entrar en este círculo.

Solamente te queda una salida digna: prepararte a bien morir, como María de los Ángeles.

Y entonces diré una plegaria por tu alma.





6 comentarios:

  1. Cristóbal:
    La muerte es compañera de todos y se nos aparece cuando menos la esperamos, porque no siempre se hace anunciar. El problema es que hablamos poco de la muerte, en circunstancias que, si algo sabemos a ciencia cierta es que moriremos. Desearía haber podido evitar la muerte de un alumno a quien una leucemia -que él y su familia ignoraban- fulminó en apenas tres días. Desearía haber evitado la muerte de Tania (sí, la misma Tania de la que hablabas en otro posteo), pero no fue posible. Y es que, en general, no podemos evitar la muerte. Pero hay algo que sí quizá nos sea dado hacer: asistir a quien muere, así sean unos segundos al lado de un accidentado que se desangra: hacerle sentir cariño, paz, que sepa que hay alguien a su lado que lo escucha hasta el último suspiro. Si sólo pudieramos en nuestra vida estar al lado de una persona en sus últimos segundos, transmitiéndole paz, haríamos mucho. Y vaya cosa, es algo a lo que no sólo no estamos acostumbrados, sino que tampoco sabríamos cómo hacer bien. Hablemos de la muerte, hablemos más de ella, que aún hay mucho por hacer.
    Patricio

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  2. Sublime!! Un saludo desde España y gracias a Marta por recomendarme este post.

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  3. Castaneda dice: La muerte siempre esta a un metro de distancia, a veces si tienes suerte y agudizas la mirada la puedes ver observando y esperando el mejor minuto para llevarte con ella, además soy supersticiosa, por ende debiera alejarme de la lectura de tu blog, considerando que mi cercanía con la muerte ha sido una constante. En más de alguna oportunidad he pensado que si hubiese sido un gato, probablemente mi madre me hubiese devorado en sus fauces a la primera olfateada a conciencia una vez nacida. Pero no soy gato y sigo viviendo.

    Ojalá tú amiga haya vivido en plenitud, que todos quienes la recuerden lo hagan con amor, y que su paso por la tierra haya sido generoso y alegre. La única certeza de esta vida, es que un día de estos vamos a morirnos, por consiguiente todos debiéramos esforzarnos por ser mejores personas, mejores amigos, dar y darnos mucho amor.

    Espero tú corazón pueda sentirse confortado pronto.

    Un abrazo,

    J.

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  4. Yo, al igual que "J" no puedo irme de este blog sin citar a castaneda -auque deduzco por lo que escribes, que ya lo leíste-... yo llegue por google, leí el texto y me estremeció... te dejo este extracto, un abrazo y una invitación a que pases por mi blog...


    “Una de las grandes ayudas que emplearon los chamanes del México antiguo para establecer el concepto de guerrero fue la idea de tomar nuestra muerte como compañera, como testigo de nuestros actos. Don Juan decía que en cuanto se acepta esta premisa, se tiende un puente que salva el abismo entre nuestro mundo de los asuntos cotidianos y algo que tenemos enfrente y que no tiene nombre; algo que está perdido en una niebla, que parece no existir; algo tan tremendamente difuso que no puede utilizarse como punto de referencia, pero que está allí, innegablemente presente.
    Don Juan afirmaba que el único ser de la Tierra capaz de cruzar ese puente era el guerrero: silencioso en su lucha, imparable porque no tiene nada que perder, práctico y eficaz porque tiene todo que ganar (…)
    Un guerrero piensa en su muerte cuando las cosas pierden claridad. La idea de la muerte es lo único que templa nuestro espíritu. (…)La muerte está en todas partes. Acaso esté en los faros de un coche que alumbran tras de nosotros desde lo alto de una colina distante. Pueden permanecer visibles por un rato y entonces desaparecer en la oscuridad como si se los hubiera tragado la tierra, para aparecer sobre otra colina y luego desaparecer de nuevo. Ésas son las luces que lleva la muerte sobre su cabeza. La muerte se las pone por sombrero y se lanza al galope, ganándonos terreno, acercándose más y más. A veces apaga sus luces. Pero la muerte nunca se detiene (...) Sólo la idea de la muerte da al hombre el desapego suficiente para ser capaz de no abandonarse a nada. Un hombre así sabe que su muerte lo está acechando y que no le dará tiempo para aferrarse a nada”

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