Esta entrevista deja claro que el Papa no quiere hablar de cosas técnicas, sino de doctrina social de la Iglesia cuando se refiere a temas económicos. Reconozco que, para mí, la Navidad es un tiempo para ver el cotraste entre la alegría cristiana de cada día y la tristeza mundana que busca la felicidad donde no se encuentra.
Leed.
Vatican Insider
14/12/2013
"Jamás tener miedo a la ternura"
La entrevista con papa Francisco sobre la Navidad, el hambre en el
mundo, el sufrimiento de los niños, la reforma de la Curia, mujeres
cardenales, IOR y el próximo viaje a Tierra Santa
Andrea Tornielli (vatican insider)
«La Navidad para mí es esperanza y ternura...». Francisco
cuenta a “La Stampa” y a "Vatican Insider" su primera Navidad como
Obispo de Roma. Casa Santa Marta, martes, 10 de diciembre, 12.50 hrs. El
Papa nos recibe en un salón junto al refectorio. El encuentro duró una
hora y media. En dos ocasiones, durante la conversación (al hablar sobre
el sufrimiento inocente de los niños y sobre el hambre en el mundo),
desapareció del rostro de Francisco la serenidad que todo el mundo
conoce.
En la entrevista el Papa también habló sobre las relaciones con las
demás confesiones cristianas y el «ecumenismo de la sangre» que une en
la persecución, aludió a la situación del matrimonio y la familia (de la
que se ocupará el próximo Sínodo), respondió a quienes lo han criticado
en los Estados Unidos (definiéndolo “marxista”) y también habló sobre
la relación entre la Iglesia y la política.
¿Qué significa para usted la Navidad?
Es
el encuentro con Jesús. Dios siempre ha buscado a su pueblo, lo ha
guiado, lo ha custodiado, ha prometido que le estará siempre cerca. En
el Libro del Deuteronomio leemos que Dios camina con nosotros, nos guía
de la mano como un papá con su hijo. Esto es hermoso. La Navidad es el
encuentro de Dios con su pueblo. Y también es una consolación, un
misterio de consolación. Muchas veces, después de la misa de Nochebuena,
pasé algunas horas solo, en la capilla, antes de celebrar la misa de la
aurora, con un sentimiento de profunda consolación y paz. Recuerdo una
vez aquí en Roma, creo que era la Navidad de 1974, en una noche de
oración después de la misa en la residencia del Centro Astalli. Para mí
la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su
pueblo.
¿Cuál es el mensaje de la Navidad para las personas de hoy?
Nos
habla de la ternura y de la esperanza. Dios, al encontrarse con
nosotros, nos dice dos cosas. La primera: tengan esperanza. Dios siempre
abre las puertas, no las cierra nunca. Es el papá que nos abre las
puertas. Segunda: no tengan miedo de la ternura. Cuando los cristianos
se olvidan de la esperanza y de la ternura se vuelven una Iglesia fría,
que no sabe dónde ir y se enreda en las ideologías, en las actitudes
mundanas. Mientras la sencillez de Dios te dice: sigue adelante, yo soy
un Padre que te acaricia. Tengo miedo cuando los cristianos pierden la
esperanza y la capacidad de abrazar y acariciar. Tal vez por esto,
viendo hacia el futuro, hablo a menudo sobre los niños y los ancianos,
es decir los más indefensos. En mi vida como sacerdote, yendo a la
parroquia, siempre traté de transmitir esta ternura, sobre todo a los
niños y a los ancianos. Me hace bien, y pienso en la ternura que Dios
tiene por nosotros.
¿Cómo es posible creer que Dios, considerado por las religiones como infinito y omnipotente, se haga tan pequeño?
Los
Padres griegos la llamaban "synkatabasis", condescendencia divina. Dios
que desciende y está con nosotros. Es uno de los misterios de Dios. En
Belén, en el 2000, Juan Pablo II dijo que Dios se convirtió en un niño
que dependía totalmente de los cuidados de un papá y de una mamá. Por
esto la Navidad nos da tanta alegría. Ya no nos sentimos solos, Dios
descendió para estar con nosotros. Jesús se hizo uno de nosotros y
sufrió por nosotros el final más terrible en la cruz, el de un criminal.
A menudo se presenta la Navidad como una
fábula de ensueño. Pero Dios nace en un mundo en el que también hay
mucho sufrimiento y miseria…
Lo que leemos en los
Evangelios es un anuncio de alegría. Los evangelistas describen una
alegría. No hacen consideraciones sobre el mundo injusto, sobre cómo
pudo nacer Dios en un mundo así. Todo esto es fruto de nuestra
contemplación: los pobres, el niño que nace en la precariedad. La
Navidad no fue una denuncia de la injusticia social, de la pobreza, sino
un anuncio de alegría. Todo lo demás son conclusiones que sacamos
nosotros. Algunas correctas, otras menos y otras más ideologizadas. La
Navidad es alegría, alegría religiosa, alegría de Dios, interior, de
luz, de paz. Cuando no se tiene la capacidad o se está en una situación
humana que no te permite comprender esta alegría, se vive la fiesta con
alegría mundana. Pero entre la alegría profunda y la alegría mundana hay
mucha diferencia.
Es su primera Navidad como Obispo de Roma, en un mundo lleno de conflictos y guerras…
Dios
nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo. Si nos ofrece el don
de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad para comprenderlo y
recibirlo. Todos, desde el más santo hasta el más pecador, desde el más
limpio hasta el más corrupto. Incluso el corrupto tiene esta capacidad:
pobrecito, la tiene un poco oxidada, pero la tiene. La Navidad en este
tiempo de conflictos es un llamado de Dios, que nos da este don.
¿Queremos recibirlo o preferimos otros regalos? Esta Navidad en un mundo
afectado por las guerras me hace pensar en la paciencia de Dios. La
principal virtud de Dios, indicada en la Biblia, es que Él es amor. Él
nos espera, no se cansa nunca de esperarnos. Él da el don y después nos
espera. Esto sucede en la vida de cada uno de nosotros. Hay algunos que
lo ignoran. Pero Dios es paciente y la paz, la serenidad de la noche de
Navidad, es un reflejo de la paciencia de Dios hacia nosotros.
En enero se cumplen cincuenta años del histórico viaje de Pablo VI a la Tierra Santa. ¿Usted va a ir?
La
Navidad siempre nos hace pensar en Belén, y Belén está en un punto
preciso, en la Tierra Santa donde vivió Jesús. En la noche de Navidad
pienso, sobre todo, en los cristianos que viven allí, en los que están
en dificultades, en todos los que han tenido que abandonar esa tierra
por diferentes problemas. Pero Belén sigue siendo Belén. Dios vino a un
punto determinado, a una tierra determinada, apareció allí la ternura de
Dios, la gracia de Dios. No podemos pensar en la Navidad sin pensar en
la Tierra Santa. Hace cincuenta años, Pablo VI tuvo la valentía para
salir e ir allá, y así empezó la época de los viajes papales. Yo también
deseo ir, para encontrarme con mi hermano Bartolomeo, Patriarca de
Constantinopla, y conmemorar con él este quincuagésimo aniversario
renovando el abrazo de 1964 entre Papa Montini y Atenágoras en
Jerusalén. Nos estamos preparando.
Usted ha estado en muchas ocasiones con niños gravemente enfermos. ¿Qué puede decir ante este sufrimiento inocente?
Para
mí, Dostoyevski ha sido un maestro de vida, y su pregunta, explícita e
implícita, siempre ha rondado mi corazón: ¿por qué sufren los niños? No
hay explicación. Me viene esta imagen: en cierto momento de su vida, el
niño se “despierta”; no entiende muchas cosas, se siente amenazado,
empieza a hacer preguntas a su papá o a su mamá. Es la edad del “por
qué”. Pero cuando el hijo pregunta, luego no escucha todo lo que le
tienes que decir y te acorrala con nuevos “por qué”. Lo que busca, más
que una explicación, es la mirada del papá que le da seguridad. Frente a
un niño que sufre, la única oración que me viene es la oración del “por
qué”. ¿Señor, por qué? Él no me explica nada, pero siento que está
viéndome. Entonces puedo decir: “Tú sabes por qué, yo no lo sé y Tú no
me lo dices, pero me ves y yo confío en Ti, Señor, confío en tu mirada”.
Al hablar sobre el sufrimiento de los niños, no se puede olvidar la tragedia de quienes sufren hambre.
Con
la comida que dejamos y tiramos podríamos dar de comer a muchísima
gente. Si lográramos no desperdiciar, reciclar la comida, el hambre en
el mundo disminuiría mucho. Me impresionó leer una estadística que habla
de 10 mil niños que mueren de hambre cada día en el mundo. Hay muchos
niños que lloran porque tienen hambre. El otro día, en la audiencia del
miércoles, atrás de una valla había una joven mamá con su niño de pocos
meses. Cuando pasé, el niño lloraba mucho. La mamá lo acariciaba. Le
dije: “Señora, creo que el pequeño tiene hambre”. Ella respondió: “Sí,
ya es hora…”. Y le dije: “¡Pero dele de comer, por favor!”. Ella tenía
pudor, no quería amamantarlo en público, mientras pasaba el Papa.
Entonces quisiera decir lo mismo a la humanidad: ¡den de comer! Esa
mujer tenía la leche para su niño, en el mundo tenemos suficiente comida
para que coman todos. Si trabajáramos con las organizaciones
humanitarias y lográramos ponernos todos de acuerdo para no desperdiciar
comida, mandándola a los que la necesitan, contribuiríamos mucho para
resolver la tragedia del hambre en el mundo. Quisiera repetir a la
humanidad lo que dije a aquella mamá: ¡den de comer a los que tienen
hambre! Que la esperanza y la ternura de la Navidad del Señor nos
sacudan de la indiferencia.
Algunos pasajes de la “Evangelii gaudium” le
granjearon las acusaciones de los ultra-conservadores estadounidenses.
¿Qué siente un Papa cuando escucha que lo definen “marxista”?
La
ideología marxista está equivocada. Pero en mi vida he conocido a
muchos marxistas buenos como personas, y por esto no me siento ofendido.
Las palabras que más han sorprendido son las palabras sobre la economía que «mata»…
En la Exhortación no hay nada que no se encuentre en la Doctrina
social de la Iglesia. No hablé desde un punto de vista técnico, traté
de presentar una fotografía de lo que sucede. La única cita específica
fue sobre las teorías del “derrame”, que suponen que todo crecimiento
económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí
mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Se prometía que,
cuando el vaso hubiera estado lleno, se habría desbordado y los pobres
se habrían beneficiado. En cambio sucede que, cuando está lleno, el
vaso, por arte de magia, crece y así nunca sale nada para los pobres.
Esta fue la única referencia a una teoría específica. Repito, no hablé
como técnico, sino según la Doctrina social de la Iglesia. Y esto no
significa ser marxista.
Usted anunció una «conversión del papado». ¿Los encuentros con los patriarcas ortodoxos han sugerido alguna vía concreta?
Juan
Pablo II habló de manera muy explícita sobre una forma de ejercicio del
primado que se abra a una situación nueva. Pero no sólo desde el punto
de vista de las relaciones ecuménicas, sino también en las relaciones
con la Curia y con las Iglesias locales. En estos primeros nueve meses
he recibido las visitas de muchos hermanos ortodoxos, Bartolomeo,
Hilarion, el teólogo Zizioulas, el copto Tawadros; este último es un
místico, entraba a la capilla, se quitaba los zapatos e iba a rezar. Me
sentí su hermano. Tienen la sucesión apostólica, los recibí como
hermanos obispos. Es un dolor no poder celebrar juntos todavía la
eucaristía, pero la amistad existe. Creo que el camino es este: la
amistad, el trabajo en común y rezar por la unidad. Nos bendijimos los
unos a los otros; un hermano bendice al otro, un hermano se llama Pedro y
el otro se llama Andrés, Marco, Tomás…
¿La unidad de los cristianos es una prioridad para usted?
Sí, para mí el ecumenismo es prioritario. Hoy existe el
ecumenismo de la sangre. En algunos países matan a los cristianos porque
llevan consigo una cruz o tienen una Biblia; y antes de matarlos no les
preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos. La
sangre está mezclada. Para los que matan somos cristianos. Unidos en la
sangre, aunque entre nosotros no hayamos logrado dar los pasos
necesarios hacia la unidad, y tal vez no sea todavía el tiempo. La
unidad es una gracia que hay que pedir. Conocí en Hamburgo a un párroco
que seguía la causa de beatificación de un sacerdote católico que fue
guillotinado por los nazis porque enseñaba el catecismo a los niños.
Después de él, en la fila de los condenados, había un pastor luterano y
lo mataron por el mismo motivo. Su sangre está mezclada. Ese párroco me
contó que había ido a ver al obispo y le había dicho: “Sigo con la
causa, pero de los dos, no sólo del católico”. Este es el ecumenismo de
la sangre. Todavía existe hoy, basta leer los periódicos. Los que matan a
los cristianos no te piden el documento de identidad para saber en cuál
Iglesia fuiste bautizado. Tenemos que tomar en cuenta esta realidad.
En la Exhortación apostólica usted invitó
a tomar decisiones pastorales prudentes y audaces en cuanto a los
sacramentos. ¿A qué se refería?
Cuando hablo de prudencia
no pienso en una actitud paralizadora, sino en una virtud de quien
gobierna. La prudencia es una virtud de gobierno. También lo es la
audacia. Hay que gobernar con audacia y con prudencia. Hablé del
bautismo y de la comunión como alimento espiritual para seguir adelante,
y que se debe considerar como un remedio y no como un premio. Algunos
pensaron inmediatamente en los sacramentos para los divorciados que se
han vuelto a casar, pero yo nunca hablo de casos particulares: solo
quería indicar un principio. Debemos tratar de facilitar la fe de las
personas más que controlarla. El año pasado en Argentina denuncié la
actitud de algunos sacerdotes que no bautizaban a los hijos de madres
solteras. Es una mentalidad enferma.
¿Y en cuanto a los divorciados que se han vuelto a casar?
La
exclusión de la comunión para los divorciados que viven una segunda
unión no es una sanción. Hay que recordarlo. Pero no hablé de esto en la
Exhortación.
¿Se ocupará de ello el próximo Sínodo de los obispos?
La
sinodalidad en la Iglesia es importante: sobre el matrimonio en su
conjunto hablaremos en las reuniones del Consistorio en febrero. Después
el tema será afrontado en el Sínodo extraordinario de octubre de 2014 y
también durante el Sínodo ordinario del año siguiente. En estas sedes
se profundizarán y aclararán muchas cosas.
¿Cómo procede el trabajo de sus ocho “consejeros” para la reforma de la Curia?
El
trabajo es largo. Quienes querían presentar propuestas o enviar ideas
ya lo han hecho. El cardenal Bertello recopiló las opiniones de todos
los dicasterios vaticanos. Recibimos sugerencias de los obispos de todo
el mundo. En la última reunión los ocho cardenales dijeron que hemos
llegado al momento de presentar propuestas concretas y en el próximo
encuentro, en febrero, me entregarán sus primeras sugerencias. Yo
siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la
mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace
bien . Un cardenal anciano me dijo hace algunos meses: “Usted ya comenzó
la reforma de la Curia con la misa cotidiana en Santa Marta”. Esto me
hizo pensar: la reforma empieza siempre con iniciativas espirituales y
pastorales, antes que con cambios estructurales.
¿Cuál es la relación correcta entre la Iglesia y la política?
La
relación debe ser al mismo tiempo paralela y convergente. Paralela,
porque cada uno tiene su camino y sus diferentes tareas. Convergente,
sólo para ayudar al pueblo. Cuando las relaciones convergen antes, sin
el pueblo, o sin tomar en consideración al pueblo, comienza ese
contubernio con el poder político que acaba pudriendo a la Iglesia: los
negocios, los compromisos… Hay que proceder paralelamente, cada uno con
el propio método, las propias tareas, la propia vocación.
Convergentemente solo en el bien común. La política es noble, es una de
las formas más altas de caridad, como decía Pablo VI. La ensuciamos
cuando la usamos para los negocios. La relación entre la Iglesia y el
poder político también puede corromperse, si no converge sólo en el bien
común.
¿Puedo preguntarle si tendremos mujeres cardenales?
Es
una frase que salió de quién sabe dónde. Las mujeres en la Iglesia
deben ser valorizadas, no “clericalizadas”. Los que piensan en las
mujeres cardenales sufren un poco de clericalismo.
¿Cómo procede el trabajo de limpieza en el IOR?
Las
comisiones referentes están trabajando bien. Moneyval nos dió un
informe bueno, vamos por el buen camino. Sobre el futuro del IOR,
veremos. Por ejemplo, el “banco central” del Vaticano sería la Apsa. El
IOR fue creado para ayudar a las obras de religión, a las misiones, a
las Iglesias pobres. Luego se convirtió en lo que es ahora.
¿Hace un año se habría imaginado que la Navidad de 2013 la habría celebrado en San Pedro?
Claro que no.
¿Se esperaba que lo eligieran?
No,
no me lo esperaba. No perdí la paz mientras aumentaban los votos.
Permanecí tranquilo. Y esa paz todavía me acompaña, la considero un don
del Señor. Al terminar el último escrutinio, me llevaron al centro de la
Sixtina y me preguntaron si aceptaba. Respondí que sí, dije que me
habría llamado Francisco. Sólo entonces me alejé. Me llevaron a la
habitación contigua para cambiarme. Después, poco antes de asomarme, me
arrodillé para rezar durante algunos minutos en compañía de los
cardenales Vallini y Hummes en la capilla Paulina.
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