lunes, diciembre 29, 2008
lunes, diciembre 08, 2008
¿A quién apelar en caso de engaño?
Mirad: The New York Times dice: “John Grisham nos ofrece su libro más inteligente”. ¿Por qué insultar al autor de esta manera? Yo le pongo un 4 (de 10). Es un libro mediocre desde el punto de vista de la trama y del estilo literario. En casi todo resulta muy predecible. Sin embargo, he aquí un segundo engaño: la revista People afirma que “el final sorprenderá a muchos lectores”. Así que me imaginé un final sorprendente que, por supuesto, no aconteció. Terminó como era probable que terminara cualquier novela mínimamente realista sobre el tema. Por lo menos, el autor eligió uno de los dos finales obvios posibles: escogió entre el triste y el alegre. Pero no hizo ni el más mínimo esfuerzo por sorprender a quienes estaban leyendo su novela más inteligente.
Desastre.
Y tampoco es que el nervio del asunto sea tan espectacular. Prestad atención. Los abogados Payton & Payton, marido y mujer, logran una sentencia de indemnización de perjuicios favorable a una mujer que ha perdido a su marido y a su pequeño hijo a causa del cáncer, a su vez provocado por la contaminación de las aguas del pueblo, debida, a su vez, a la dolosa actuación de la empresa química Krane. El dueño de la empresa recibe, mediante un senador que promueve la causa conservadora en Estados Unidos (una amalgama de defensores del derecho a portar armas, del libre mercado y las empresas capitalistas como Krane, del matrimonio tradicional contra el homosexualismo y de la causa pro-vida), la oferta de pagar algunos millones de dólares a una empresa de comunicaciones que se especializa en ganar elecciones de jueces de tribunales supremos estatales. Así, toda la segunda parte del libro muestra cómo se elige a un honesto abogado, que ha trabajado como defensor contra este tipo de demandas de indemnización; se lo convierte en candidato a juez del tribunal supremo del estado, y, finalmente, se le hace ganar la elección e integrar el tribunal que verá la apelación del caso contra Krane. La tercera parte narra cómo decide este hombre honesto, con dudas de conciencia de última hora, debidas a ver la negligencia de una fábrica de bates de béisbol y de un hospital que casi le cuestan la vida a su niño beisbolista. Todo es aderezado con relatos de intrigas políticas y empresariales, corrupción, gente mala y gente buena. Aparentemente muy realista, pero nada del otro mundo.
Y, en definitiva, el buen nuevo juez falla a favor de Krane, lo cual significa la quiebra de Payton & Payton y un triste final para todas las víctimas. Y los lectores acostumbrados a finales felices se enojarán un poco.
Y aquellos que hayan leído este comentario, donde a propósito he contado el final, que sepan que ya no tienen ninguna razón para leer el libro. De nada.
Además, sugiero una calificación moral Almudí: L-B1. Esto significa que tiene algunos inconvenientes morales, aunque sea una novela limpia desde el punto de vista de la sensualidad (suelen serlo las de Grisham). Y es que la moral no se reduce al sexo, y este libro presenta unilateralmente la causa pro-vida como una simple tapadera de otras causas económicas y políticas. En forma un tanto maniquea, da a entender que los buenos están del lado liberal (aborto, homosexualismo) y los malos son un solo paquete pro-mercado, pro-armas, pro-capitalismo, pro-vida (antiaborto), pro-religión (cristianismo protestante) y pro-matrimonio tradicional (anti-homosexual). Aunque, para ser justo, añado que a los dos lados de la división presenta bien el ideal de una familia joven y unida.
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Cristóbal Orrego
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4:34 p.m.
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domingo, noviembre 30, 2008
La izquierda en América
Vamos a analizar cómo se plantearon las cuestiones y el marco conceptual de las respuestas.
¿Qué condiciones llevaron al resurgimiento de la izquierda en América en la última década? ¿No os parece que las condiciones sociales de la última década —miseria extendida, oligarquías centenarias, debilidad de las instituciones, corrupción política y administrativa . . .— son, sencillamente, las de siempre? En cambio, el hombre civilizado parece suponer, cuando pregunta, que algo ha cambiado, que unas condiciones, que antes no existían, ahora, de la noche a la mañana, hacen surgir a Chávez y Lula y Morales y Bachelet. No, por desgracia: ¡todo estaba ahí desde hacía décadas! Solamente una cosa había cambiado: no hay ya la guerra fría, ni, por ende, el marxismo revolucionario de los sesenta y setenta, ni, por tanto, la lucha represiva militar de esos mismos años, esa autodefensa desesperada de los pueblos americanos contra la amenaza de una dictadura totalitaria como la de Cuba. Quitad la fuerza para reprimir la revolución y tendréis otra vez la revolución; eliminad el apoyo totalitario a la revolución —la fuerza del comunismo violento— y ya no tendréis una auténtica revolución, sino izquierdistas liberalizados, que han aprendido a no provocar la ira de los dioses.
¿Hay dos izquierdas —se pregunta el nortino desconcertado—: una heredera de la lucha comunista o proletaria y otra populista y nacionalista? ¿Cómo se relacionan los líderes de una izquierda con los de la otra? ¿Cuál es más fuerte y por qué? Aquí sí que tenemos una paradoja. Si ustedes recuerdan, durante las luchas sociales del siglo pasado los nacionalistas y los populistas —especialmente los nacionalistas— eran considerados de derecha. ¿De dónde procede, entonces, que ahora parezcan ser de izquierda? Ya os lo he explicado en otras ocasiones: ¡de la astucia!
El paradigma es Hugo Chávez. Él intentó primero ser un militar golpista. Su ideología es sencilla, como la de cualquier líder totalitario: no importan los medios, con tal de ganar el poder. El líder venezolano, tan carismático, tan mono él, tuvo la inmensa suerte de fracasar en su golpe militar, y de ser perdonado cuando debió haber sido pasado por las armas, como cualquier militar que se subleva. Entonces volvió por sus fueros de la mano de un discurso rojo, donde el socialismo y el marxismo leninismo y el populismo y el amedrentamiento de los opositores —tantos han huido ya de su patria— son un totum revolutum que ha servido para neutralizar la crítica de los izquierdistas. El razonamiento es falaz, pero eficaz y subliminal: «él está contra Bush; yo estoy contra Bush; ergo, él y yo estamos juntos».
Es que los izquierdistas del mundo desarrollado suelen ser fáciles de manipular desde la distancia.
Mas ahora fijaos en otras preguntas que preocuparon sobremanera a todos los participantes en la conferencia: ¿Cuál es el futuro de la política democrática en América Latina? ¿Qué ha sucedido con la construcción de un consenso transversal, más allá de las fronteras partidistas? ¿Qué ha sucedido a las instituciones que sirven de soporte a la democracia, incluyendo la rama judicial y el sistema de partidos políticos? ¿Quién denunciará los abusos contra los derechos humanos? ¿Lo veis? ¿No entendéis la angustia, acaso? Es la pregunta que tanto escuchamos desde niños, siguiendo la serie mexicana «El Chapulín Colorado»: «Y, ahora, ¿quién podrá defendernos?». No se os oculta —os considero a todos bien maduros— que esta preocupación legítima supone cierta visión idílica de lo que sucedía antes, como si hubiera habido un consenso transversal duradero en América, y una institucionalidad jurídicamente estable, y una judicatura impoluta. Salvo el caso de Chile, donde la mayoría estimó sensato recoger el legado del gobierno de Augusto Pinochet y hacerle algunos ajustes menores —precisamente mediante consensos transversales—, en el resto de América ha habido una lucha que ha terminado por cansar a los países o por destruirlos. Algunos gobiernos de derecha han conseguido sentar las bases de una institucionalidad seria: Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Ecuador —antes del desastre reciente—, Brasil —Lula no lo ha tocado— y Uruguay, por ejemplo. Se trata, sin embargo, solamente de las bases, pues queda mucho por hacer para que todo eso funcione como en países serios.
Lo más preocupante es la referencia a los abusos de los derechos humanos. El cuadro es el siguiente: cuando eran violados sistemáticamente por regímenes de derecha, es decir, militares, ahí estaban los movimientos de la izquierda local y universal para denunciar esos crímenes. Sí, siempre lo he sostenido: verdaderos crímenes, sin paliativos; pero que jamás hubieran llegado a existir si los ciudadanos perseguidos por la revolución izquierdista —criminal y violenta a su vez— no hubieran sido forzados a llamar en su defensa a las . . . bueno, para eso están: las fuerzas de la defensa nacional. Mas ahora que las armas callan, y que los gobiernos están en manos de quienes, por definición, nunca violan los derechos humanos, sino que siempre denuncian a sus enemigos, que son los que los violan, entonces, ¿quién podrá denunciarlos?
El marco conceptual de este tipo de preguntas revela cómo nos ven desde donde se ha alcanzado un nivel de cultura y de institucionalidad cívica asombroso. Estados Unidos —su gente, sus instituciones— tiene energía y generosidad para ocuparse de sus problemas y de los nuestros por añadidura: ¡gracias!
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Cristóbal Orrego
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8:50 a.m.
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miércoles, noviembre 12, 2008
Charles Darwin, hijo de tigre
En fin, que Darwin fue un grande, no cabe duda. Si los simples hombres somos descendientes del mono, Darwin es más: hijo de tigre.
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Cristóbal Orrego
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7:52 a.m.
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lunes, noviembre 10, 2008
Flattered, indeed!
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Cristóbal Orrego
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9:54 a.m.
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jueves, octubre 23, 2008
El dolor de la calumnia
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Cristóbal Orrego
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5:12 p.m.
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domingo, octubre 19, 2008
Ambiciones grandes, audacia pequeña
El resumen de la campaña electoral para las elecciones de alcaldes y concejales en Chile viene a ser el de siempre: se despolitiza ante las masas; se interpreta políticamente ante las élites.
La coalición de izquierda que nos gobierna puede, así, conservar, conservar, conservar por inercia sus bastiones de poder, la mayoría de sus municipios, a fuerza de ocultar casi por entero los vínculos ideológicos y simbólicos entre lo local y lo nacional. Reitero: no en la realidad de las cosas, sino en la imaginación, en la visión grandiosa que se despliega ante las masas, que viven y lloran y mueren manipuladas desde y para siempre.
La ambiciosa arremetida desde la Alianza por Chile, la derecha, a su turno, intenta crecer más allá de las orillas de su propio mar, de su bañera mejor dicho, eternamente minoritaria, encerrada en el autoengaño perpetuo típico de las oligarquías burguesas. A lo más que se atreven es a usar las imágenes de sus grandes líderes para identificar con alguna marca a esos candidatos pequeños, que casi nadie conoce. Así se repite por todas partes la foto de los alcaldes de derecha, ya conocidos y bien probados y votados, junto a los nuevos políticos, que entran recién, animosos, a la arena. Se reproduce, sobre todo, la imagen de Sebastián Piñera, de Pablo Longueira, de gente así de famosa en la derecha o de centro-derecha, como suelen decir con vergüenza de ser lo que la geometría los condena a ser: ¡de derechas! No se atreven, en cambio, a politizar del todo la campaña: siempre va por delante en cálculo milimétrico, la percepción chata de los expertos en mercadeo y en propaganda, es decir, de los que han perdido siempre.
El truco es muy sencillo. Durante la campaña, se apela a los intereses cotidianos de los votantes, que son, a su vez, una exigua minoría de los ciudadanos. Se borran las diferencias ideológicas, para mover los resortes de la imaginación y del sentimiento, de la simpatía. Así parece como que no está en juego la lucha sin cuartel entre los que ya son dueños del poder, unos de algo más que los otros pero todos nerviosos por no perder el que ya tienen. Así parece como que las ideologías no importan, sino las realizaciones objetivas, materiales, mensurables. Así se difunde esa sensación realmente asquerosa de que es de mal gusto adherir a una persona por lo que piensa, es decir, por sus principios políticos. Mas llegará la emocionante jornada cívica, es decir, el rito de la minoría democrática inscrita en los registros electorales para decidir, democráticamente, el destino de la mayoría amorfa y desinteresada de sus conciudadanos. Y, a la sombra de la noche, con los primeros cómputos, todos sin excepción se quitarán esa máscara apolítica, mentirosamente abierta, y comenzarán a defender que ha ganado su respectiva ideología, su grupúsculo, su exitosa coalición de gobierno o de oposición.
El rito es siempre el mismo. Los bufones del régimen, que por algo dominan el aparato comunicador del Estado, explicarán, como profesores de kindergarten, lo que ya sabemos: que ellos son mayoría; que los votos totales, el número de alcaldes, la caterva de concejales, siguen siendo superiores a los de la derecha (así: “la derecha”, nada de usar el nombre de la Alianza por Chile, nada de dignificar al enemigo). Muy pocos advertirán que ese éxito prueba una sola cosa: más poder manipulador, máxima sagacidad para ocultar los lazos entre la corrupción central, que crece de manera incontrolada, y el pequeño pillaje local, que a nadie le importa demasiado. (Una encuesta reciente advierte que los electores esperan de sus alcaldes electos, por sobre todas las cosas, que sean honestos; se trata de un deseo que pone el dedo en la llaga, pero nadie está dispuesto a pintarse la cara de otro color político solamente porque el cacique está robando: la corrupción no le importa a nadie). Y la Alianza por Chile hará un ejercicio parecido, como minoría que avanza. Mostrará que se acorta la brecha entre las dos coaliciones, que ya no queda casi nada para que los indecisos y los indignados (muchos y pocos, respectivamente) le den la patada de despedida al régimen de la Concertación de Partidos por el Poder.
Nada de esto, sin embargo, será suficiente para liberarnos de tanta impericia en La Moneda, salvo que la crisis financiera, que recién comienza, cause estragos durante el 2009 a los bolsillos de quienes votan.
La razón es muy sencilla: a Sebastián Piñera y a los suyos les sobra ambición y les falta audacia. Sí, estimados lectores, por desgracia es un hecho que el candidato de derecha se mueve como conteniendo la respiración y chorreando saliva ante la vista del poder, que, como un suculento helado, se derrite ante su boca. La ambición es, por ahora, más visible que su capacidad para gobernar, de la que yo jamás he dudado ni un minuto; es más notoria que el respaldo de los equipos técnicos, intelectuales, profesionales, políticos, sociales, deportivos, culturales, con que cuenta la Alianza por Chile: por cada funcionario de la Concertación, la Alianza puede nombrar cuatro o cinco igualmente capaces, pero no se notan. Y el pueblo que vota necesita ver algo más que la gran ambición de un hombre inmensamente rico: necesita mística, sentido de misión, indignación moral, optimismo, sueños de un futuro mejor, ansias de desarmar la máquina de poder que se nos ha enquistado en la carne misma de la administración pública. Mostrar todo eso era una exigencia de una campaña municipal concebida como un peldaño de la escalera hacia La Moneda. Pero faltó audacia. Se insistió en trabajar con una politización mediana, bajo el pretexto de que a la gente no le gustan las peleas políticas.
¡Qué detalle! Porque solamente tras una buena refriega lograremos que nuestros amigos de la izquierda suelten la ubre del Estado. Y había que azuzar a los electores, sin pensar que los inscritos, que van ritualmente a votar, son apolíticos. Faltó audacia.
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Cristóbal Orrego
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4:43 p.m.
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Mi candidato en Vitacura
Vota por Rodolfo Terrazas en Vitacura. Yo no puedo porque voto en Las Condes y, además, mis candidatos siempre pierden. Pero supongo que Cristián Warnken podrá influir en más gente que un comentador como yo. Mirad qué buena cosa:
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Cristóbal Orrego
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3:39 p.m.
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viernes, octubre 03, 2008
Dell demasiado barato: no comprar
Nos informan que otra vez se ofrece un pc Dell por poca plata. Algunos sospechan que es una maniobra publicitaria, pues su nombre aparecerá de nuevo por todas partes. Mas creo que aparecerá como chapucero.
Hagamos un experimento. Llamemos a no comprar nada de Dell por un año, hasta que se pongan serios. A ver si era publicidad.
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Cristóbal Orrego
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12:27 p.m.
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jueves, octubre 02, 2008
Especial 80 años Opus Dei
Increíble video en EmolTV. Lo recomiendo vivamente:
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Cristóbal Orrego
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12:02 p.m.
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